jueves, 26 de diciembre de 2013

El viento en los sauces, de Kenneth Grahame


Hay libros que, aunque los leamos de adultos, realmente los leemos desde la adolescencia. Libros como La isla del tesoro, o El hobbit, o Moonfleet, que, aunque los leamos con cincuenta años, los está leyendo un muchacho.

Y hay libros que nunca podremos leer de niños. Libros dirigidos en teoría a los niños, pero que los niños apenas entienden, o de los que los niños entienden solo una pequeña parte, la cáscara más exterior. Libros que solo puede entender en toda su extensión y en toda su hondura un adulto. Es la falsa literatura infantil. Libros como Peter Pan, o Winnie the Pooh o este maravilloso El viento en los sauces

A uno le gustaría quedarse a vivir en este libro, especialmente en los primeros capítulos, en los que apenas pasa nada. En los que se exalta la naturaleza, la amistad, la compañía, y se nos contagia el infantil gusto por el hogar, y asistimos al cambio de las estaciones y sentimos con melancolía cómo pasa el tiempo.

Un día el Sapo propone a sus amigos hacer un viaje. El Ratón se niega. Pero el Topo está tan entusiasmado que el Ratón acaba cediendo, por amistad. Antes de dormirse, el Topo le dice al Ratón: “Qué gran amigo eres”.

Desde el principio somos testigos de magníficas escenas. Están desayunando en casa del Tejón, cuando llega la Nutria y le pide al Topo que le fría jamón, y este les pasa el encargo a los Erizos, que han trabajado tanto en la cocina desde muy temprano que ya vuelven a tener hambre.

Es imposible que algunos capítulos los entienda un niño. Y si los entiende, dudo mucho que le gusten. El Topo no soporta que le levanten la tierra de su jardín. Todo el tiempo leemos con una sonrisa.
Hay muchos momentos muy altos en este libro. Pero si no estamos atentos, apenas los veremos, porque no se hace ningún énfasis en ellos.

“Para formar un mundo se requieren personas buenas, malas e indiferentes”, dice uno de los personajes. Y de pronto entendemos el grave problema filosófico del mal.

La traducción es de Marià Manent, un gran poeta. (Cuando tradujo a Emily Dickinson, escribió en un poema, a propósito de la muerte de una niña: “Cómo es posible que unos pies con carga tan dichosa a un umbral tan pequeño hayan llegado”, palabras que creo que no están en el original.) Marià Manent consigue que oigamos el viento entre los sauces.

Kenneth Grahame El viento en los sauces (Barcelona: Juventud; traducción de Marià Manent)

lunes, 23 de diciembre de 2013

Acuarelas de Comas Quesada - El Pilar de Santo Domingo

Por José García Caneiro

PILAR DE SANTO DOMINGO
  
Cuando el otoño,
opaco trueno no esperado,
retumba su oro
    en el ambiente,
reposa, en un instante,
el vientre obscuro
de los obscuros barros
henchidos de cristal
                                    de agua.
Santo Domingo es, apenas,
leve prolongación de estío,
humedecido, en vano
    y loco esfuerzo,
por las conversaciones;
y se ahoga, tristemente,
                      en el monótono
murmullo
que aflora de los caños.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Los otros clásicos XX - Bartolomé Leonardo de Argensola

Los versos del Bartolomé Leonardo de Argensola, junto con los de su hermano Lupercio, no conocieron edición impresa hasta 1634, cuando, ya muertos ambos poetas, el hijo de este último recopiló en un mismo volumen los poemas de su padre y de su tío. Puede que de esta edición conjunta arranque la confusión que aún no ha permitido aclarar del todo si el soneto más célebre de las Rimas de Lupercio y del doctor Bartolomé Leonardo de Argensola (“Yo os quiero confesar, don Juan, primero”) es obra de nuestro poeta –como parece más probable– o de su hermano mayor; pero, en cualquier caso, Bartolomé es autor de otras piezas maestras de la lírica áurea. Entre ellas, este magnífico soneto, que se entenderá mejor cuando se sepa cómo lo intituló el sobrino y editor del poeta: “A UN CABALLERO Y UNA DAMA QUE SE CRIABAN JUNTOS DESDE NIÑOS Y SIENDO MAYORES DE EDAD PERSEVERABAN EN LA MISMA CONVERSACIÓN”. Don Bartolomé (a veces severo jurista y circunspecto canónigo, y a ratos pícaro jocundo y malicioso), advierte contra los juegos de niños entre quienes ya no son tan niños; y, de paso, describe en el segundo cuarteto los benditos efectos de la pubertad en el pecho femenino, con una de las más bellas definiciones del pezón que jamás se han escrito.

XX.- Bartolomé Leonardo de Argensola (1561-1631).

Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve;
porque nos hablas ya con voz oscura
y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura
sobre ese labio superior se atreve.

Y en ti, oh Drusila, de sutil relieve
el pecho sus dos bultos apresura,
y en cada cual, sobre la cumbre pura,
vivo forma un rubí su centro breve.

Sienta vuestra amistad leyes mayores:
que siempre Amor, para el primer veneno
busca la inadvertencia más sencilla.

Si astuto el áspid se escondió en lo ameno
de un campo fértil, ¿quién se maravilla
de que pierdan el crédito sus flores?

lunes, 16 de diciembre de 2013

Adolfo M. Martínez

No me resulta fácil escribir sobre el autor de La casa rural (su última novela): primero, porque es un amigo y siempre es complicado escribir con objetividad de un amigo; y segundo, porque Adolfo Martínez es un hombre “multiversal” y no sabe uno desde qué universo empezar a hablar de él. Si a los que le conocen les preguntáramos quién es Adolfo, cada uno diría una cosa diferente, lo que, siendo verdad, no representa todo lo que es Adolfo Martínez: él es la suma de todas esas cosas y algo más. 

Cuando yo lo conocí, creo que tuve la suerte de que se me “revelara” de esta forma múltiple, buena parte de sus facetas al mismo tiempo, y por eso, recordar aquella experiencia me parece la manera más adecuada de hablar de él. 

Fue hace unos quince años, y yo asistía a una de mis primeras reuniones de La Discreta en el café Góngora, en el centro de Madrid. Reunión tumultuosa (como casi todas las discretas reuniones), unas quince personas, más o menos, hablando de literatura, edición de libros, actos..., con un orden del día que no recuerdo pero que no importaba porque siempre era superado por las circunstancias. Lo que sí recuerdo es que a mí me tocó al lado de Adolfo Martínez, quien, entre cerveza y cerveza y punto del orden del día y punto del orden del día, me contaba de su vida. Y empezó diciéndome que en realidad él era un agricultor, un hombre de La Mancha que disfrutaba labrando la tierra en un pequeño pueblo llamado Villaescusa de Haro. Y si esto ya de por sí me resultaba sorprendente, más me resultó cuando añadió que allí, en aquel pequeño pueblo de La Mancha, él vivía en un palacio, en donde, naturalmente, yo sería bienvenido si decidiera visitarlo. Creo que en aquellos momentos yo pensé que Adolfo estaba de coña o que eran los efectos de la cerveza; pero unos meses más tarde, atendiendo a su invitación, pude comprobar que todo era rigurosamente cierto: Adolfo vivía en un verdadero palacio renacentista, construido a finales del siglo XV y primeros del XVI y cuyo primer objetivo fue convertirlo en la primera universidad del centro de la península de aquella época. (Aquel proyecto quedó frustrado con la construcción de la universidad en Alcalá de Henares, pero aquel primer edificio de Villaescusa de Haro continúa en pie hasta el día de hoy.) 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Estupor y temblores, de Amélie Nothomb

Esta narración en primera persona (tras la que sospechamos que hay una experiencia real) cuenta la experiencia laboral en una empresa japonesa durante un año de una mujer joven europea. Hay tantos momentos cómicos a lo largo del libro que uno está tentado de pensar que el objetivo de la novela es humorístico. Pero no. Nos reímos por no llorar. El libro es muy amargo.

En su peregrinaje por las diferentes ocupaciones que le van dando a la protagonista dentro la empresa, comenzamos asistiendo a encargos tan absurdos como repetir una carta una y otra vez o repetir una fotocopia miles de veces. La joven se aburre tanto que decide regalar unas cuantas ideas a la empresa. Pero esto, tener iniciativa, es considerado como una traición a la empresa, y la joven se verá castigada con encargos cada vez más degradantes: servir té, ordenar facturas, limpiar los baños… (no sé muy bien por qué pongo puntos suspensivos; creo que no se puede llevar más allá la secuencia descendente).

El choque entre la mentalidad japonesa y la occidental (mentalidad esta que al parecer los japoneses desprecian) lleva a momentos hilarantes (uno de ellos cuando la joven descubre que quien la ha denunciado es la mujer que mejor le cae en toda la empresa). Pero no debemos olvidar algo que señala la narradora: en la sociedad japonesa la mujer está anulada y el índice de suicidios femeninos es muy alto.

La narradora tiene motivos para mostrarse resentida y sin embargo no lo hace. A pesar de todo lo que la maltratan, ella conserva un fondo de cariño y de admiración a los japoneses. Casi diría que si salen malparados es contra la voluntad y la intención de ella. Seguramente soy yo el único responsable de que gente que se tiene por educada y sensible me haya acabado pareciendo grosera e irrespetuosa, de que gente que se cree muy inteligente me haya resultado absolutamente zafia.

Amélie Nothomb Estupor y temblores (Barcelona: Anagrama, 2004)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Acuarelas de Comas Quesada - La Plazuela

Por José García Caneiro

LA PLAZUELA
  
Bajo la espesa luz del viejo cielo,

conformada
por el soplo cálido del viento
y los cúmulos nacidos
                                    del verano,
hierática y helénica,
desnuda, primaveral,
                                   la alegoría
se asombra ante el tupido
embozo de las núbiles mantillas.
La Plazuela,
sabiendo del agobio,
quiere sorber algún helado,
amasado con el frío de las almas,
                                               o hundirse
en la frescura imaginada
que expende aquel carrito,
al tiempo que se pierde,
quedamente, entre la tibia
penumbra de los árboles.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Los otros clásicos XIX- Juan de Almeida

A raíz del arribo a “LOS OTROS CLÁSICOS” de Francisco de la Torre (vid. entrada XVII), quise acordarme de don Juan de Almeida (o Almeyda), otro poeta vinculado a Salamanca y señalado, en su día, como el posible autor de los versos atribuidos al enigmático vate editado por Quevedo. Cursó Teología con tal aprovechamiento que, con tan sólo veinticinco años, ya era Rector en la prestigiosa universidad salmanticense, donde trabó amistad con otros sabios de la talla de El Brocense, Arias Montano y fray Luis de León; con todos ellos y con otros poetas de la ciudad celebró, en su casa, numerosas tertulias que le consagraron, a pesar de su breve existencia, como uno de los grandes “animadores culturales” de su tiempo. De él recordaba, tan vaga como gratamente, algunos sonetos suyos que leí en mi mocedad y que, pese a la excesiva inclinación de Almeida a las rimas pobres, me habían gustado mucho por su elegante sobriedad, su dulce armonía y sus depurados conceptos. Me vino a la cabeza, claro, el famoso “–¿A quién buscas, Amor? –Busco a Marfida”, uno de los poemas dialogados más célebres del Siglo de Oro; pero como Almeida aún tiene pleiteada la autoría de este soneto con Jorge de Montemayor, copio este otro, cuyo decimotercio endecasílabo se me antoja maravilloso.

XIX.- Juan de Almeida (1542-1572)

A la sombra de un mirto estaba un día
el Niño Ciego, de mirar cansado;
dejó las armas en un verde prado
y al sueño entre las flores se rendía.

Llegó Sirena y, viendo que dormía,
el arco con las flechas le ha hurtado,
y déjale al mozuelo desarmado
y a paso con el hurto se volvía.

El dios Amor, que recordando vido
el hurto de Sirena, vas tras ella
llorando que le dé sus pasadores.

Y ella con uno de ellos le ha herido
y así se muere Amor de amores de ella…
¡Ay, Dios! ¿Qué harán los tristes amadores?

lunes, 2 de diciembre de 2013

Autosemejanza

En un libro científico leo que entre los físicos hay un término que denominan autosemejanza y que expresa la propiedad según la cual ciertas partes de la realidad física se parecen a otras partes de esa misma realidad. 

Y que esa semejanza no se refiere solo a cosas concretas –como la imagen en un planetario se parece al cielo nocturno; las características de estrellas, planetas y galaxias a las de los elementos químicos que se comparten en todo el universo conocido, etc.–; sino a la abstracción: por ejemplo la que representan los símbolos matemáticos de las ecuaciones de la relatividad de Einstein. Como descripción de la curvatura del espacio y del tiempo, semejan la realidad de la que formamos parte. 

Las palabras también son símbolos y tienen un significado. Y en el mismo sentido que las ecuaciones, me digo que por qué un buen poema o una buena novela de ficción no van a ser parte de esa autosemejanza. ¿Acaso no expresan profundas verdades del mundo en el que vivimos?

En este aspecto, tengo para mí que la bondad de una poesía o de una novela tiene que ver con el grado de autosemejanza que posean. Y que cuando se profundice en la explicación de eso aún tan elusivo que se llama la belleza en el arte, lo mismo encontraremos en su fundamento.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Cortázar y los libros, de Jesús Marchamalo

Este libro nos permite visitar a Cortázar para curiosear en su biblioteca. Qué libros tenía, cuáles no tenía, cuáles estaban dedicados, cuáles anotados.

A su muerte, sus 4.000 libros fueron donados a la Fundación Juan March. Allí los revisó Jesús Marchamalo, que tiene unos libros de biografías jíbaras de escritores españoles y extranjeros que se leen como se comen las pipas. Cuando te quieres dar cuenta se te ha acabado la bolsa y todavía no estás saciado.

Aquí nos enteramos de que Cortázar no tenía ni un Delibes, ni un Aldecoa, ni un Cela, ni un Benet, ni un Baroja, ni un Galdós… Tenía algunos Valle-Inclán, en los que hizo anotaciones desdeñosas. No parecía gustarle, o interesarle, la literatura española. Le interesaban los hispanoamericanos, los franceses y los ingleses, sobre todo.

Tiene libros dedicados de casi todos los autores del Boom, de quienes además fue amigo: García Márquez, Vargas Llosa, Lezama Lima, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Neruda, Alejandra Pizarnik… Tiene libros de Borges (recordemos que Borges fue uno de sus primeros editores), pero ni están dedicados ni señalados ni anotados.

Tampoco tiene libros de Camus, ni de Simone de Beauvoir, ni de la Duras, que también vivían en París, y con los que coincidiría a veces.

También tiene libros dedicados por sus autores a amigos suyos (de José Agustín Goytisolo a García Márquez, por ejemplo), o con el nombre de su dueño (Vargas Llosa, Alejandra Pizarnik). Es decir, libros que le dejaron y se los quedó (no nos imaginamos a Cortázar quitándoselos, directamente).
Cortázar empezó a escribir muy pronto, siendo niño, con nueve años, escritos tan maduros que su familia creía que los copiaba de algún sitio.

Tenía muchos libros de vampiros. Él mismo tenía fama un poco de vampiro, porque el ajo le sentaba mal y le daba jaquecas y siempre preguntaba en los restaurantes si el plato que iba a pedir tenía algo de ajo, por poco que fuera.

En un viaje que hizo por Italia con su primera mujer, Aurora Bernárdez, compraban libros en las estaciones de tren para leer en cada trayecto. Cortázar leía una hoja, la arrancaba y se la pasaba a Aurora Bernárdez, y cuando esta la leía la tiraba por la ventanilla. No querían cargar con peso. Esto quiere decir que en su biblioteca no están, ni mucho menos, todos los libros que había leído. Seguramente faltaban muchos de sus libros preferidos.

Tenía tres libros de Salinger, pero estaban sin abrir.

Jesús Marchamalo Cortázar y los libros (Madrid: Fórcola, 2011)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Acuarelas de Comas Quesada - Fuente del Espíritu Santo

Por José García Caneiro

FUENTE DEL ESPÍRITU SANTO
 El hierro ennegrecido de la verja
apenas si protege,
a duras penas,
el llanto en carne de cal viva
con que el turbión
cubrió a las cuatro damas.
El calmado aguaviento
se viste hoy de susurro,
        alegre y decidor
de coplas ya pasadas,
rebota en la fontana
y trepa hasta el cimborrio,
temeroso, tal vez,
        de que su canto
se pierda en el espacio,
sin una flor o un niño
que abrace su destino.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Los otros clásicos XVIII - Martín de Lizana

Si bien Martín de Lizana no era un poeta del todo desconocido a principios del siglo XX (el gran hispanista francés Foulché-Delbosc había publicado algunos sonetos suyos en su valioso artículo “237 sonnets”, de 1908), tuvo que pasar casi un siglo hasta que su editora moderna, María Luisa Cerrón Puga, lo rescatara de esas negras aguas del olvido en las que jamás debió haber quedado sumergido. Petrarquista modélico, imitó con singular inspiración algunos de los más célebres sonetos del genio de Arezzo, hasta el extremo de que sus personalísimas versiones en lengua castellana pueden competir en calidad y hondura con los poemas originales. A pesar de esta acreditada maestría, quedan pocas noticias de su vida y obra: es posible que naciera en Medina del Campo, y que fuera el mismo Martín López de Lezana que, elogiado por el erudito Argote de Molina, ejerció de faraute (“heraldo o mensajero de confianza”) del duque de Medina Sidonia. Apenas han llegado hasta nosotros un puñado de redondillas de Martín de Lizana, junto con una excelente sextina provenzal y catorce sonetos; y estos últimos tan bellos y tan bien rematados, que, a pesar de su reducido número, me ha costado mucho seleccionar éste, pues todos son dignos de figurar en “LOS OTROS CLÁSICOS”.

XVIII.- Martín de Lizana (ca. 1535-ca. 1598)

Sueltos son ya los lazos, y rompida
la cadena de amor que al cuello tuve;
abierta es la prisión do un tiempo estuve:
la voluntad es libre, antes rendida.

La llama del amor ya es consumida,
y olvidados los pasos por do anduve;
quebradas son las flechas que detuve
en el pecho, do hicieron honda herida.

Trocádose ha mi suerte, y yo he cobrado
mi triste corazón envuelto en males,
del grave sentimiento hecho pedazos;

y aunque quedan del daño las señales,
todo es deshecho al fin, todo acabado
flechas, llamas, prisión, cadena y lazos.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Operación Proteo, de James P. Hogan

Entre los autores de ciencia ficción contemporáneos hay dos que son mis preferidos: Philip K.  Dick –conocido sobre todo a raíz de la película Blade Runner, adaptación de su novela Sueñan los androides con ovejas eléctricas– y James P. Hogan. Este último (ingeniero londinense que murió hace un par de años), menos conocido, dejó un montón de buenas novelas y relatos, entre las que destaco Herederos de las estrellas (que reseñaré en algún momento) y esta Operación Proteo, que comento a continuación. 

Si tuviera que hacer una distinción entre los dos escritores, diría que las novelas de Philip K. Dick tienen una mayor carga “poética”: imágenes, pasión, sentimientos; mientras que las de James P. Hogan destacan por su fundamento científico. Y es que en todas sus narraciones Hogan sabe de lo que habla, como en esta Operación Proteo (escrita en 1985, lo que señalo porque en esa época la teoría cuántica del tiempo, base de la novela, era cosa de unos pocos iniciados).

Imaginen un mundo en que el resultado de la última confrontación mundial no hubiera sido el que conocemos. En 1942, Hitler habría conseguido la bomba de fusión, arma detrás de la que estaba, y la habría utilizado contra Rusia. Como consecuencia, en 1975 el mundo estaba dominado por la ideología totalitaria y nazi, y eran pocos los lugares que, como focos de resistencia, aún se le oponían. 

(Este escenario, que podría considerarse una gratuita imaginación, es, según la teoría cuántica del tiempo, una realidad: como circunstancia posible y que no contradice las leyes de la física, es otro de los tantos mundos que coexiste con el nuestro.)

Ese es el contexto en el que se desarrolla la novela. Un grupo de militares y científicos americanos viaja en el tiempo, hasta la Inglaterra del año 1939, y solicita una entrevista con Winston Churchill y su equipo de asesores. Su objetivo es cambiar los acontecimientos históricos que dieron lugar al mundo del que proceden. Pero no se dan cuenta –o al menos pocos de ellos son conscientes– de que lo que en realidad están haciendo es abrir una nueva rama en la multiplicidad de universos en que cualquier circunstancia pasada se ramifica. Se embarcan en un nuevo futuro. 

Además de la emocionante e intrincada trama –los alemanes del futuro también habrían descubierto el viaje al pasado, y la bomba de fusión de Hitler en 1942 es una de las consecuencias de ese conocimiento del futuro–, lo que más me gusta de la novela es la manera poco forzada en que Hogan nos explica la teoría cuántica de los muchos mundos. Lo hace a través de la inevitable discusión que se entabla entre los físicos que vienen del futuro y los de aquel presente (1939), entre los que están Fermi, Leo Szilard y el propio Einstein.

En un momento del encuentro, cuando los físicos del futuro niegan el llamado colapso de la función de onda de un suceso cuántico, Leo Szilard dice:

 “Pero si la función de onda no colapsa en una de sus posibles resultados, tendremos que quedarnos con todos ellos”, dijo despacio. “Nos obligaría a postular la realidad de todos ellos”. “¿Me está usted diciendo de que si hay un número de posibles resultados de un acontecimiento, no es cierto que la Naturaleza elija a uno de manera arbitraria, al azar?” 
Luego Einstein comenzó a afirmar con su cabeza vigorosamente. “Sí, por qué no”, dijo. “El mundo real podría ser mucho más vasto de que lo que nunca hubiéramos imaginado: una gigantesca superposición de increíble complejidad, en la cual cada interacción genera su propio conjunto de salidas ramificadas. Y puesto que formalmente no hay una rama que sea más real que la otra, ¿por qué no habrían de ser igualmente reales?”

Imagino aquel Einstein suspirando aliviado al comprobar, con esta teoría cuántica del tiempo, cómo se desvanecía aquella angustia que tanto le atormentó de un Dios jugando a los dados con su universo. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

La desaparición de Majorana y Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel, de Leonardo Sciascia

A Sciascia le debían de encantar los misterios históricos, como a casi todo el mundo. Varios de los libros en los que trata de aclarar oscuros episodios del pasado (con inquisidores, con brujas, con capitanes) se leen como novelas policiacas. Pero, para mí, frustrantes novelas policiacas.

En La desaparición de Majorana, cuenta cómo desapareció en 1938 el físico Ettore Majorana, la gran promesa de la ciencia italiana, el nuevo Fermi, sin dejar rastro. La explicación oficial es que se arrojó al mar, se suicidó. Pero Sciascia se opone. Plantea una hipótesis alternativa: pudo ser asesinado por agentes extranjeros, debido a sus conocimientos sobre energía atómica. También se hace eco de una especie de leyenda que circulaba y que decía que se había retirado a un convento. Para mi gusto Sciascia cuenta todo sin demasiados argumentos, sin gran poder de convicción. Al final te sientes frustrado, porque no has llegado a ningún sitio. No te aclara nada.

En las Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel, investigó la muerte de este escritor que tanto gustaba a los surrealistas (a Dalí le encantaban sus Impresiones de la Alta Mongolia) en un hotel de Palermo. Y otra vez Sciascia se muestra confuso. Se empeña en demostrar que Roussel no se suicidó. Pero en las actas oficiales que él mismo reproduce no se dice que se suicidara (unos días antes sí había intentado suicidarse cortándose las venas). Dice que no se suicidó porque esa noche bajó el colchón de la cama al suelo, pues temía caerse. Si se quería suicidar no habría tenido miedo de caerse de la cama. Bien, es verdad. Pero si no se suicidó, fue un accidente: se tomó muchas pastillas (en el diario que llevaba la mujer que vivía con él se ve que tomaba muchísimas pastillas) y le sentaron mal. Y entre que se suicidase y que muriese accidentalmente, qué diferencia hay. Qué cambia. Quizá haya diferencia para la familia, a la hora de cobrar seguros y esas cosas. Pero a nosotros nos da un poco igual. Lo importante, más que el que se suicidase o se pasase con los fármacos, es que no lo mataron. Si no lo mataron, suicidio o accidente para mí es un matiz sin demasiada importancia. Sciascia no sostiene que lo mataran, pero dirige hacia la mujer que vivía con él ciertas sospechas, pues dice que miente, que ella ya sabía que él estaba muerto cuando lo encontraron los empleados del hotel. Y si miente, pero ella no le ha matado ni obtiene ningún beneficio de su muerte, ¿qué importa que mienta? No sé. Es remover el aire.

Creo que el empeño de Sciascia en negar estos suicidios arroja luz, más que sobre los propios casos, sobre sí mismo. Un hermano de Sciascia (el pequeño) se suicidó muy joven. Quizá negando otros suicidios Sciascia negaba el suicidio de su hermano y en cierta forma lo devolvía al mundo en el que debería haber seguido estando vivo.


Leonardo Sciascia La desaparición de Majorana (Barcelona: Tusquets, 2011) y Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel (Madrid: Gallo Nero, 2010)

martes, 12 de noviembre de 2013

Los otros clásicos XVII - Francisco de la Torre

El gran enigma de la poesía áurea sigue siendo Francisco de la Torre, de cuya peripecia vital se ignoran tantos datos que hay, incluso, quienes creen firmemente que nunca existió, y que tanto él como su deslumbrante corpus poético fueron una ingeniosa y malévola invención de Francisco de Quevedo. Algunos lo hacen madrileño y ubican su nacimiento en Torrelaguna, hacia 1534; y otros, amparándose en un documento que le denomina “vecino de Salamanca”, creen que fue natural de la ciudad del Tormes, en la que podría haber fallecido hacia 1594. Lo único probado es que, en 1631, Quevedo editó un manuscrito de un tal “Francisco de la Torre” –recuérdese el nombre propio del editor, y que era señor de la Torre de Juan Abad– que, según él, le había vendido un librero casi con desprecio; y que, una vez leídos los poemas que contenía, quedó deslumbrado por aquella notable muestra de la auténtica poesía castellana, frente a la oscuridad latinizante de los culteranos. Sorprende, desde luego, el celo editor de Quevedo, que aquel mismo año editó también la poesía de fray Luis de León, mientras se desentendía de su propia obra lírica… En fin: en medio de tantas dudas sobre De la Torre, nos cabe al menos la certeza de que su amada era bellísima y él (real o no) un consumado poeta.

XVII.- Francisco de la Torre (s. XVI)

Bella es mi Ninfa, si los lazos de oro
al apacible viento desordena;
bella, si de sus ojos enajena
el altivo desdén que siempre lloro.

Bella, si con la luz que sola adoro
la tempestad del viento y mar serena;
bella, si a la dureza de mi pena
vuelve las gracias del celeste coro.

Bella si mansa, bella si terrible;
bella si cruda, bella esquiva, y bella
si vuelve grave aquella luz del cielo.

Cuya beldad humana y apacible
ni se puede saber lo que es sin vella,
ni, vista, entenderá lo que es el suelo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Un libro de James Stephens

James Stephens (1882-1950) es otro de los escritores irlandeses poco conocido pero de enorme talento. Contemporáneo de Flann O´Brien y de James Joyce, comparte con el primero el humor, la fantasía y el deseo de recuperar los principales mitos y fábulas de la tradición irlandesa; al segundo profesó verdadera devoción, simpatía que –salvo algunos desencuentros– parece fue mutua y que llevó al autor de Finnegans Wake a declarar que en el caso de que la muerte le impidiera acabar la obra, la única persona que podría hacerlo sería James Stephens.

Sus obras más conocidas en nuestro país son La olla de oro (Ed. Siruela, 1993) y La mujer de la limpieza (Ed. El Viento, 2012); pero tiene otras estupendas obras aún no traducidas (que yo sepa) y entre las que destaco: Irish fairy tales, un delicioso conjunto de relatos de hadas, y Here are ladies, otro libro de relatos que tiene como motivo principal el conflicto entre los sexos. 

Para dar una idea de la ironía, sagacidad y buen arte de este escritor, comento brevemente un relato de este último libro en que se trata de los mundos tan diferentes del hombre y la mujer, confrontados en la institución del matrimonio. 

El protagonista es un hombre tranquilo, esencialmente silencioso y a quien la proximidad del matrimonio le hace afrontar algo que antes no se había planteado: la conversación con una mujer toda la vida. 

Al tiempo que se acercaba el día de la boda le crecía el miedo a la prolongada conversación que se extendería desde ese día, hasta su muerte, y, cada vez más, le creció la duda de poder lidiar o ser capaz de resistir a ese extraordinario debate que se llamaba matrimonio. 
Con hombres, decía, uno puede hablar o estar en silencio, según se prefiera, pues entre ellos hay un común entendimiento que convierte el silencio en un interludio fructífero durante el cual un pensamiento puede mantenerse al abrigo, cálido: ¡pero con una mujer!

martes, 5 de noviembre de 2013

Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez

Son anotaciones seleccionadas de su blog. Reflexiones y sucedidos diarios. (Para quien no lo conozca, digamos que García-Máiquez es básicamente poeta, un magnífico poeta.)

García-Máiquez es católico y ni lo oculta ni se avergüenza. Lo digo porque esto tiene su mérito, en una época en la que ser católico y escritor no está muy de moda que digamos. Tampoco es un meapilas ni un ñoño, como tendemos a pensar los no creyentes que son la mayoría de los católicos. Es un poco como el Miguel D’Ors (mi muy admirado Miguel D’Ors) de Virutas de taller, pero quizá mejor humorado, más feliz, más joven. Un poco a la manera de Chesterton. El tono de las anotaciones es de comedia ligera, con unas gotas de melancolía.

Cuando mi mujer dice “Ay, madre mía” –dice en una de las anotaciones-, yo escucho “Ay, mi suegra”.

En otra cuenta que dos mujeres pequeñas van a ver una procesión y una le dice a la otra:

-Vamos a otro sitio. Aquí no se ve nada.
-¿No ves la Custodia? Mira.
-La Custodia, sí.
-Ea, pues lo demás es gente.

Y un día que está en casa de sus padres y cae una tormenta enorme, una chica peruana que trabaja en la casa le dice a otra española, suspirando:

-Así llueve en la selva.

Es el diario de un hombre feliz, espectáculo tan poco frecuente que no sé si hay más ejemplos. Inteligente, culto, moderno (aunque a la vez un poco antimoderno, o bastante), ha compuesto un libro que por cualquier sitio que se abra es grato.

(A veces intercala haikus, muy buenos haikus.)


Enrique García-Máiquez Lo que ha llovido (Sevilla: Númenor, 2009)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Los otros clásicos XVI- Leonor de la Cueva y Silva

Decir “mujer”, “poesía” y “Siglo de Oro” es traer a la mente, de inmediato, la figura colosal de Sor Juana Inés de la Cruz. Pero la monja novohispana no tiene cabida entre “LOS OTROS CLÁSICOS”, porque es poeta mayor, y consagrada, y todavía hoy archileída, glosada, reeditada y celebrada a ambas orillas del Atlántico. Hubo, empero, otras autoras destacadas que hicieron gala igualmente de una inspirada creatividad, como esta doña Leonor de la Cueva y Silva (citada a veces como Leonor de la Rúa y Silva), de cuya longeva existencia apenas nos han llegado unos pocos datos, y estos no siempre fiables. Natural de Medina del Campo, cantó al amor humano con amplio recorrido por toda la casuística amatoria (los celos, el desdén, la mudanza, el abandono…), lo que no era demasiado frecuente entre las poetas de su tiempo, pues en su mayoría fueron religiosas y se centraron, principalmente, en el amor divino y otros asuntos propios de la poesía sacra. Intuyo que este soneto refleja a la perfección las turbulencias por las que atraviesa el alma femenina cuando pisa ese suelo movedizo en el que ni ama ni deja de amar, ni quiere amar ni dejar de ser amada. No sé: vosotras diréis; el soneto, en cualquier caso, es espléndido.

XVI.- Leonor de la Cueva y Silva (1611-1705)

Ni sé si muero ni si tengo vida;
ni estoy en mí, ni fuera puedo hallarme;
ni en tanto olvido cuido de buscarme,
que estoy de pena y de dolor vestida.

Dame pesar el verme aborrecida,
y, si me quieren, doy en disgustarme;
ninguna cosa puede contentarme:
todo me enfada y deja desabrida.

Ni aborrezco, ni quiero, ni desamo;
ni desamo, ni quiero, ni aborrezco,
ni vivo confïada ni celosa;

lo que desprecio a un tiempo adoro y amo;
¡vario portento en condición parezco,
pues que me cansa toda humana cosa!

martes, 29 de octubre de 2013

El tiempo en la ficción

En otro lugar ya dije que una contradicción a que me llevó la publicación de una novela fue debida al amable comentario de un lector: “Me gustó mucho tu novela. Me la leí de seguido, en un par de días”.  Lo que me trajo a la memoria otros comentarios que tienen como común denominador el tiempo en la ficción: “Leyendo, se me pasó el tiempo volando”; “Uno de esos libros que uno siente que se acaben”; “Se me agotó la paciencia esperando que ocurriera algo interesante”, etc.

En el caso de aquel comentario sobre mi novela que el lector leyó en dos días, pensé que había algo que no cuadraba: ¡a mí me había llevado cinco años en escribirla! ¿A qué se debe ese desequilibrio entre los tiempos del escritor y del lector que, desde luego, no se limita a mi novela, sino, me atrevería decir, a cualquier literatura?

Un día que leía los avances en la realidad virtual (gracias al tremendo e imparable desarrollo de la velocidad de procesamiento de los ordenadores) se me ocurrió una idea que aclaraba la contradicción y “solucionaba” ese desequilibrio entre el creador y el lector. Para entenderla hay que tener en cuenta que la duración subjetiva de una experiencia en realidad virtual no está determinada por el tiempo real transcurrido, sino por la cantidad de procesos (cálculos) realizados en ese tiempo. 

Nuestra mente es en realidad un ordenador cuya velocidad de procesamiento (número de cálculos por unidad de tiempo) es enorme –aún, tengo entendido, superior a la de cualquier ordenador actual– y por tanto generadora de realidad virtual. En realidad, eso es lo que hacemos cuando leemos: reproducir en nuestra mente una realidad sugerida por el libro. Y el creador, cuando escribe, lo que hace es generar un especial programa para el ordenador de nuestra mente, en un especial código. (Otros códigos son la pintura, la música, las ecuaciones matemáticas...) Si el programa es bueno, la cantidad de procesos (sentimientos, pensamientos, reconstrucciones de la realidad, abstracciones) que puede inducir en la mente lectora es proporcionalmente enorme. 

Por eso, aunque la lectura de una novela lleve dos días –o un poema tan solo unos minutos– de tiempo real, el tiempo virtual recreado (vivido, experimentado por el lector) lo puede superar incomparablemente.

viernes, 25 de octubre de 2013

Campos de Níjar, de Juan Goytisolo

Juan Goytisolo Campos de Níjar (Barcelona: Seix Barral; la primera edición es de 1959)

Cuando tenía el viaje a Almería aún reciente, leí este mítico librito de viajes, magnífico libro de viajes, en el que por cierto el narrador no se autodenomina –y yo lo agradezco- “el viajero”, moda que impuso Cela y que aún muchos siguen empleando, de manera irritante. El narrador de Goytisolo es un yo nada enfático ni engolado.

El paisaje físico que describe no tiene mucho que ver con el actual. Carboneras, por ejemplo, en el libro es un poblacho maldito que la gente no se atreve a nombrar para no atraer la mala suerte, y hoy es un pueblo enorme, bastante más próspero que la mayoría de los de los alrededores, con mucho turismo, una central térmica, etc. Supongo que el paisaje humano también ha cambiado mucho. No se ven las escenas de pobreza y miseria que encontró Goytisolo.

(Una cosa que me llamó la atención en el viaje es la nula presencia, o recuerdo, que tiene este libro en la zona: no hay una ruta de Campos de Níjar, por ejemplo, algo que habrían hecho en otros sitios. No hay placas. Lo más que vi fue un instituto llamado Juan Goytisolo, en Carboneras. Ni siquiera encuentras el libro en los kioscos –no vi una sola librería-, kioscos en los que hay poquísimos libros. Es el lugar de veraneo en el que he visto menos puestos de periódicos.)

Un libro de viajes es sobre todo un libro de encuentros y aquí los hay memorables: ese viejo que vende higos y que tiene a la mujer enferma y que le acepta a Goytisolo un billete a condición de que sea limosna, no pago por unos higos que no quiere que le paguen, que quiere regalar, o ese don Ambrosio, el terrateniente, que es tan bueno con los niños y educado y que sin embargo se nos hace tan antipático, incluso odioso, el Sanlúcar, el viejo viudo, el de la fonda de cabo de Gata, el muerto de Las Negras... El propio narrador es un gran personaje, que nos acaba ganando, cuando se conmueve con estas gentes que nunca han dado conquistadores, ni grandes navegantes o comerciantes, y de las que hace un hermoso canto (“las fosas comunes del mundo entero contienen sin duda un buen porcentaje de almerienses”).

“La angustia”, dice Goytisolo hacia el final, “es mal pasajero, hay un orden secreto que rige las cosas y el mundo pertenece y pertenecerá siempre a los optimistas.” Y yo suscribo esa frase en cada una de sus palabras.

martes, 22 de octubre de 2013

La casa rural, de Adolfo M. Martínez

 Por Javier Guzmán

En un confín de las tierras sin mácula de la España más honda donde (a pesar de, o por haber pocas) cada cosa parece estar en su sitio de un modo sustantivo o eterno, vive desde tiempo inmemorial un beatusile (muy posiblemente huido de las asechanzas de la corte do al más astuto nacen canas), estudioso de lenguas de gato, experto en duelos y quebrantos, ladrón de suspiros de monjas, capador de ditirambos, violador de metáforas y morador en añosa heredad de noble sillería, devenida por las impertinencias de una fortuna rencorosa en hospedaje singular.

 El señor y maestro, rector y habitante unidimensional tenía ensayado un protocolo por si alguna noche de invierno llegaba un pasajero, que llegó una tarde gloriosa de primavera de libro. Luego del trasiego por dependencias, alcobas y un sinfín de grandezas otoñales (vasijas de ordeño donde se crían lagartijas escurridizas a la contra, celosías transfiguradas en troneras luminosas, ménsulas de barroco primitivo aparejadas como patas de cama adoselada, columnas salomónicas construidas girando ladrillos sobre su eje), el señor huésped contrató la habitación por seis meses y pagó por adelantado. El dueño, de genoma (neologismo por antigua prosapia) impertérrito a las veleidades del destino, requiere a qué fin tanta confianza en el futuro.
 La respuesta fue rotunda.

 -He venido aquí a suicidarme.

 -Oiga, esto por aquí se hace en un olivar.

 Si cuento esto de entrada es con la intención nada oculta de meterme, a mi manera, en el mundo de La casa rural, la deliciosa novela de Adolfo M. Martínez, cuya lectura me ha hecho crujir las cuadernas hasta empujarme a dar gracias a la vida, porque siempre se aprende cuando uno se sorprende y pocas cosas son más de celebrar que la lectura pausada de una prosa diáfana, transparente, utilizada con mesura y desparpajo, desprovista de resabios, para contarnos una historia de delicada ficción (de ficción son todas las historias literarias, pero no todas son delicadas), contada así, con las manos, sin aspavientos, divertida y eterna, donde todo ocurre, muchas veces, con pasmosa naturalidad. Al principio pensé hacer una crítica (palabra tajada con aceros), empeño de inmediato desdeñado. Esta, me dije, me la voy a festejar.

 La casa rural me llega en sobre de la continuamente renovada despensa de Ediciones La Discreta, extraña editorial que aún te permite mantener la fe en los sociales atributos esenciales de la imprenta recién inventada.

 Como es muy habitual, el libro abre con una cita que es una autocita, algo para nada habitual, exaltación de las virtuosas profesionales del sexo, esas mujeres que, citando a Jardiel Poncela, hacen bien por dinero lo que la mayoría hace mal por amor.

 (Inciso: no voy a citar nunca más las fuentes de mis intercalados intertextos. Apócrifos o no, los mantendré perniciosamente ocultos, solo para enterados, interesados o listillos.) 

 Luego de la autocita, una dedicatoria:

 A las chicas del burdel y a las volgivagas que hacen la calle.

 Vamos, dedicada a todas las mujeres que ejercen la profesión del desahogue masculino (a más putas entregadas, menos psiquiatras entrometidos) en su aplicación más fieramente humana, y no a las empresariales de las sacrílegas casas de tapadillo, (más propias de militares, concejales y arciprestes), ni a las diletantes del papel couché, asiduas boqueronas en los programas del corazón casposo de todas las televisiones de nuestro mierdoso país, esas que cobran mucho más y lo hacen mucho peor por ejercer de entretenidas de, disfrazadas de, acompañantes ocasionales de, último amor de o ex de (como terminan todas).


A ver si no me disperso. El término volgivaga, pese a entenderlo perfectamente, me lanzó al diccionario. Es término romano, utilizado por Ovidio y por Virgilio (toma ya), significa vulgar, común y popular (o sea, como nuestro gobierno) y engloba a quienes ofrecen amor tornadizo y plebeyo, digamos por así decir amor de pueblo y al descampado, no en vano habitamos una muy noble casa rural.

 Pordiós, si sigo así no es que no vaya a terminar nunca, es que ni tan siquiera voy a empezar. Vamos pues.

viernes, 18 de octubre de 2013

Los otros clásicos XV - Francisco de Aldana

¡Loor y gloria al capitán Aldana, otro de los poetas menores ya bastante “mayorcitos”! La crítica le ha reconocido siempre un magisterio que, por mil vicisitudes que se escapan a los estrechos límites de estos comentarios, nunca ha llegado a calar entre los lectores. Se le recuerda, principalmente, por su lírica amorosa de matizada impronta erótica, en la que alcanzó cotas supremas, como queda patente en su soneto más reproducido (“¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando / en la lucha de amor juntos, trabados…”); pero Aldana cultivó también las venas religiosa, metafísica y narrativa, y en todas ellas dejó auténticas obras maestras. Yo creo, empero, que este soneto es, sin duda, su poema más hermoso: Aldana, fatigado por su agitada vida de soldado (nacido en Nápoles, participó en numerosas batallas y fue puesto por el rey Felipe II a disposición de su sobrino, el rey don Sebastián de Portugal, quien lo arrastró a la muerte en Marruecos, en la tan caballeresca como estúpida batalla de Alcazarquivir), imagina la vida eterna no como una absurda contemplación extasiada del rostro de Dios, sino como la independencia que adquiere el alma, ya despojada de las servidumbres corporales, para gozar, libremente, de la amena compañía y la conversación de los amigos.

XV.- Francisco de Aldana (1537-1578).

El ímpetu crüel de mi destino,
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otro gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!

¡Oh, si tras tanto mal, grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!:

iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte;

¡oh, qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

martes, 15 de octubre de 2013

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

Ya hace unos meses habíamos comentado en este mismo blog otro escrito de David Foster Wallace, escritor norteamericano (1962-2008), que, en mi opinión, destaca en el panorama literario de las últimas décadas. No sólo por su originalidad, humor y análisis de la vida contemporánea; sino por su rara habilidad para mezclar géneros, de tal suerte, que lo que empiezas leyendo como un reportaje se convierte en una narración deliciosa y crítica –véase el que comentamos en esta entrada–, un sesudo ensayo de tintes filosóficos y científicos–como Todo y más (Ed. RBA, 2013)–en una interesante y hermosa historia que tiene como protagonista el infinito, y una novela  –El rey pálido (Mondadori, 2011)– en una reflexión sobre el mundo de la administración de hacienda y sus habitantes. Leyendo a D. F. Wallace no puede uno dejar de preguntarse qué sentido tienen las etiquetas de los géneros en el universo de la buena literatura. 

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es un reportaje que el autor escribió por encargo de la revista Harper´s en los años 90, y que forma parte de un libro homónimo con otros ensayos y comentarios. Para realizarlo, Wallace se embarcó en un crucero de lujo de siete noches por el Caribe y nos describe con todo detalle su experiencia, desde que embarca en el sur de Florida, hasta su vuelta una semana más tarde. 

Y lo primero que llama la atención del viajero es el esmero y dedicación que toda la tripulación –desde el capitán hasta el último hombre del mantenimiento– dedica al bienestar del pasajero y al cuidado del entorno de la nave. Un batallón de hombres y mujeres –la mayoría del Tercer Mundo y en una proporción de 1,2 por cada 2 expedicionarios– se aplica a este objetivo: brigadas enteras dedicadas a sacar brillo a las superficies, limpiar los suelos, aspirar las moquetas, repasar las barandillas y eliminar los inicios del óxido; maîtres y camareros que te atienden a velocidad metanfetamínica en el bar y restaurantes; un libanés atento a tu más breve ausencia de la hamaca para cambiar tu toalla por otra nueva e impoluta...

Pero es mi experiencia con la limpieza de los camarotes la que constituye el ejemplo definitivo de estrés producido por unos cuidados tan extravagantes que te afectan a la cabeza (…) Lo cierto es que casi nunca veo a la encargada de mantenimiento del camarote 1009, la diáfana Petra, con sus pliegues epicánticos de liebre. Pero tengo buenas razones para creer que ella me ve. Porque cada vez que salgo durante más de media hora del camarote me lo encuentro completamente limpio, sin una mota de polvo y con las toallas reemplazadas y el baño reluciente... La cama está recién hecha y tiene dobladillos de hospital, y encima de la almohada hay otro bombón chocolate relleno de menta (...) Es como tener una mamá sin el sentimiento de culpa. Pero también hay, creo yo, una culpa espantosa en esto, una inquietud profunda y acumulativa, una incomodidad que se presenta como una especie extraña de paranoia por ser cuidado. 
Este es el tono de una narración en la que detrás del limpio corte quirúrgico de un humor que te lleva a echar una carcajada, nos hallamos con una realidad que nos hace torcer el gesto. Una realidad que a lo largo del relato el autor va desvelando:

(1) Cae en la cuenta que con sus treinta y tantos años es con diferencia el más joven de los viajeros del barco: No me parece un accidente que los Cruceros de Lujo 7NC atraigan sobro todo a gente mayor. No digo decrépita, pero sobre todo atraen a gente mayor de cincuenta años, para quien su propia mortalidad ya es más que una abstracción.

(2) La mayoría de los cuerpos que se exponían durante el día en la cubierta del Nadir estaban en diversas fases de desintegración. Y el océano en sí resulta básicamente una enorme máquina de podredumbre.

(3) El agua del mar corroe los barcos a una velocidad asombrosa: los oxida, exfolia la pintura, saca el barniz, apaga el brillo, cubre los cascos de los barcos de percebes, algas y una mucosidad indefinida-marinaomnipresente que parece la misma encarnación de la muerte.

Ante esta terrible realidad que se palpa por todos lados se erige el barco, el Nadir, “un barco que estaba tan limpio y blanco que parecía que lo hubieran hervido”,  aspecto este que para el autor no es algo accidental: “Está claro –nos dice– que esta blancura y limpieza han de representar el triunfo calvinista del capital y la industria sobre la putrefacción primaria del mar.”

Y aquella legión de hombres y mujeres al servicio del pasajero, atentos a cualquier deterioro, expertos en ofrecer actividades constantes, celebraciones, excitaciones y estímulos, en aquel paisaje con el color azul de las Antillas occidentales, el mismo color del cielo, que varía entre el azul de manta infantil y el azul fluorescente, si bien no puede trascender el miedo a la muerte, sí puede ahogarlo durante el tiempo mágico que dura el crucero. 

Los cruceros de lujo siempre empiezan y terminan en sábado.