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martes, 12 de agosto de 2014

Julio Ramón Ribeyro, Dichos de Luder (Lima: Jaime Campodónico Editor, 1992)




Por lo que es más conocido el peruano Julio Ramón Ribeyro es por sus cuentos, muchos de ellos excepcionales, cuentos que hace tiempo se leen en colegios e institutos.
No menos excepcional es Solo para fumadores, su libro sobre el tabaco, o más bien sobre sus conflictivas relaciones con el tabaco, un libro triste, de una intensidad y una fuerza turbadoras.
Pero de todos los que escribió Julio Ramón Ribeyro mi favorito es Prosas apátridas, libro absolutamente genial, recopilación de pensamientos, anotaciones de una claridad y una lucidez apabullantes.
Este de Dichos de Luder es como un primer esbozo de las Prosas apátridas, también con anotaciones (pensamientos, opiniones) muy originales. Lo que me resulta más gracioso de este libro es que Ramón Chao lo tiroteó para hacer su prólogo a La tentación del fracaso, los diarios de Ribeyro que publicó Seix Barral hace unos años. Chao copió muchos fragmentos enteros. En el prólogo de Ribeyro a los Dichos de Luder hay un pasaje en el que atribuye a Luder unas costumbres de su época de París que Ramón Chao copia exactamente, atribuyéndoselas a Ribeyro, y muchas de las cosas que dice Luder, especialmente las más humorísticas, Ramón Chao las cuenta como que se las dijo a él Ribeyro, en distintos momentos de su amistad, curiosamente con las mismas palabras. Chao se fía tan poco de su propia memoria, está tan apegado al texto de Ribeyro, que uno llega hasta a dudar de que conociera a este fuera de los libros.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Nada, Janne Teller

Por Paloma González


Cuando llevé Nada de Jeanne Teller, al mostrador de la biblioteca me informaron amablemente de que el libro es un crossover, a lo que siguió la explicación pertinente: que se trata de una fábula para todas las edades (no sin un punto de descalificación).

El arranque del libro, aunque inofensivo, no deja de ser irritante: un muchacho de unos trece o catorce años abandona la escuela, se encarama a lo alto de un ciruelo e increpa a sus excompañeros cada vez que los ve pasar camino a clase que nada tiene sentido; no van a llegar a nada; ¿para qué esforzarse tanto si sus vidas van a quedarse en nada?

Sus compañeros se dan por aludidos y la necesidad de demostrar Pierre Anthon el significado, la relevancia de cuanto construye sus vidas va haciéndose una necesidad imperiosa, de modo que todos acometen con entusiasmo la iniciativa de construir físicamente «un montón de significado».
Todo comienza como un juego con una pizca de trascendencia, ingenuamente altruista. Se trata de amontonar objetos simbólicos que significan mucho para cada uno de los integrantes del juego, pero no puede haber trampas: no será cada uno el que entregue voluntariamente lo que más le importa, es un tercero, otro de los integrantes del juego, quien exigirá que deposite lo que, a su criterio, sea una renuncia trascendental.

El montón empieza creciendo con renuncias obvias: colecciones de libros, zapatos de plataforma, bicicletas… Objetos que simbolizan la iniciación a una nueva edad, la libertad, los símbolos de la vida a la que aspiran; pero se han tendido una trampa mortal de necesidad, porque el que acaba de experimentar la renuncia como un trauma es quien tiene que imponer al siguiente su renuncia y en el que acaba de experimentar dolor no hay piedad, solo una amargura que requiere que el siguiente objeto sea más significativo aún que el anterior. Mientras el grupo de muchachos empeñados en su «montón de significado» se sume en un rito de iniciación salvaje, Pierre Anthon se nos hace más y más antipático encaramado a su ciruelo, sin que la espiral de renuncia y el dolor le alcancen, amonestando a sus compañeros con vaguedades que van perdiendo su capacidad de herir. 

Los integrantes del grupo del «montón de significado» se aproximan a quienes no conocen bien y le brindan una amistad de mentira para sonsacar a su víctima cuál sería su renuncia más dolorosa; la próxima víctima se pliega al juego porque piensa que, si establece un vínculo de simpatía, será tratado con piedad, pero las páginas nos van demostrando que no hay piedad posible. Todo adquiere un carácter tramposo y brutal. Y el libro crece en significado hasta un extremo en el que se impone apartarse un poco, como si quemara, para luego tomar aliento y seguir, ya seguros de que no vamos a salir indemnes de su historia.
Y no lo hacemos… Cuando el juego se detiene por causas de fuerza mayor, entran en juego otras reglas y Pierre Anthon baja del árbol, atónito, pero inamovible en su distancia. Horrorizado, pero reafirmado en la lucidez de su retórica profecía.

Nada, bendecido por un escándalo que da un halo morboso a su lectura, tiene vocación de parábola, y desde mi punto de vista es esa vocación la que pesa más que la propia historia, que la desproporción con la que se construye el «montón de significado». Todo lo doctrinal, sea del signo que sea, cuando se ha propuesto un fin dogmático es como una apisonadora que ignora los matices, el recorrido, el «cómo» para imponernos el «para qué». Cada una de las renuncias que relata aisladamente merece su propia obra, pero el exceso va pasando como un tanque sin darnos tiempo a reflexionar ni a estremecernos para conseguir transmitirnos un mensaje que prácticamente se ha vaciado de contenido a lo largo de su recorrido.

Nada, Janne Teller. Trad. Carmen Freixenet. Barcelona, Seix Barral, Biblioteca furtiva. 2011.

jueves, 13 de marzo de 2014

LA INTRUSA, Éric Faye

Por Paloma González


Éric Faye no dio a su novela el título que los editores de Salamandra decidieron para su traducción al español. La novela original se llama Nagasaki. Con esta novela sucede como con esas películas que se rebautizan por motivos comerciales, por prejuicios, sin reparar en que con el cambio de nombre nos arrebatan claves que las iluminan. 

Esto es lo que le sucede a esta novela: con el título en español pretenden invitarnos a entrar en una trama intrigante, una nouvelle de personajes y este texto es mucho más que eso.

Éric Faye elige deliberadamente como título el nombre de la ciudad en el que transcurre la trama, un espacio. Y es que esta es una narración en la que lo relevante es el espacio; el lugar en el que transcurre es el verdadero protagonista: una casa en Nagasaki, la casa de Shimura, un solterón de 56 años, meteorólogo, un hombre preciso y meticuloso, al que conocemos el día que llega a su casa cargado con las bolsas de la compra y que cuando abre el frigorífico hace un detallado inventario de su contenido. A continuación saca una regla y mide el contenido del envase de zumo que ha abierto por la mañana. Faltan siete centímetros de líquido. La evidencia reafirma sus sospechas: Shimura piensa que alguien entra en su casa y se alimenta a su costa en su ausencia, y esa misma tarde instala una WebCam en su cocina.

El primer día de vigilancia, una pequeña ventana abierta en la pantalla del ordenador de su centro de trabajo solo deja entrever a Shimura una sombra, pero el segundo día le muestra a una mujer madura y no especialmente bella que pone agua a hervir en su tetera, conecta su hervidor de arroz y recibe embelesada los rayos de sol que entran por la ventana de su cocina. Shimura, que ha llamado de inmediato a la policía para que detengan a la intrusa, se arrepiente de haberlo hecho. Trata de avisarla. Llama a su propia casa por teléfono, la visitante de su cocina se sobresalta, pero como era de esperar no responde y es detenida. 
Shimura recibe aturdido la noticia de que la mujer que han detenido, y que tiene un duplicado de la llave de su vivienda, llevaba casi un año viviendo en ella, en un estante del armario del cuarto que reservaba para invitados.

La novela se basa en una historia real que saltó a los periódicos nipones en 2008.

La extrema delicadeza de Faye al abordar la historia nos regala momentos tan hermosos como este, cuando Shimura inspecciona el estante del armario en el que pernoctaba su silenciosa huésped:

Bajo el almohadón encontré una novela que había estado buscando en la estantería del salón la semana anterior: Escándalo. En la página doblada en que debía de haber interrumpido la lectura, Shusaku Endo había escrito esto: «Los principales engranajes de su ser se habían estropeado sin previo aviso. Y el motivo era evidente. Desde la noche de…». Idiota, me dije, porque acababa de ocurrírseme que podía mandarle el libro a la cárcel para que lo terminara.

Las páginas de la primera noche tras la detención y la revelación son de una belleza que deslumbra. 
Éric Faye no renuncia a dar la versión de la okupa invisible más allá de la noticia y la reconstrucción de su epopeya, y es esta otra perspectiva la que nos hace reflexionar sobre lo que somos. No solo nosotros, sino los escenarios que nos han construido, los espacios en los que nos disponemos, que nunca vuelven a ser los mismos sin nosotros, como tampoco nosotros somos iguales sin ellos.

La intrusa, Éric Faye. Trad. José Antonio Soriano Marco. Barcelona, Ed. Salamandra, 2012

lunes, 3 de marzo de 2014

Joaquín Díaz, La cárcel blanca (Au clair de la lune, 1996)

El libro, que se compone de las anotaciones que el autor hizo durante una depresión, no es, sin embargo, nada depresivo.

Cuenta sueños y recuerdos, y unos y otros se mezclan con toda naturalidad y parecen hechos de la misma pasta.

Uno tiene la impresión de que todo lo que cuenta está dirigido a explorar su interior. Parece que está buscando dónde, cuándo se rompió la viga maestra.

Habla de su primera infancia en Zamora, de los años en Valladolid, del comienzo de su actividad como cantante folk (cuenta que creó canciones que hizo pasar por tradicionales). Recuerda a sus padres, habla de la muerte, de su anterior depresión, de su familia (ese tío Paco, encerrado en psiquiátricos), da algún paseo por Urueña, hace alguna reflexión… Y todo lo cuenta sin grandes énfasis, con una voz que parece la de un amigo que nos revela sus secretos.

Se trata a sí mismo con dureza, pero sin furia. Habla con sosiego, como en voz baja, buscando sincerarse consigo mismo. Dice que no es valiente, que es insociable, que es egoísta, que se comportó mal con Cecilia... La cantautora Cecilia (¿quién no recuerda aquel cuento perfecto, “Un ramito de violetas”?). Y lo que cuenta a propósito de ella es quizá lo más dramático del libro. Cuenta la relación de amistad-amor que tuvo con ella. Cómo cuando se conocieron Cecilia se enamoró de él y cómo él la desdeñaba. Y cómo cuando Cecilia empezó a salir con otros hombres él se enfadó y se sintió horriblemente celoso. Siente que su comportamiento con ella fue miserable, egoísta. (Cecilia, que se mató al chocar el coche en que viajaba hacia Galicia, con un carro, en el pueblecito zamorano de Colinas de Trasmonte.)

El retrato de sí mismo que traza Joaquín Díaz no es agradable y sin embargo el libro es muy grato de leer.

jueves, 26 de diciembre de 2013

El viento en los sauces, de Kenneth Grahame


Hay libros que, aunque los leamos de adultos, realmente los leemos desde la adolescencia. Libros como La isla del tesoro, o El hobbit, o Moonfleet, que, aunque los leamos con cincuenta años, los está leyendo un muchacho.

Y hay libros que nunca podremos leer de niños. Libros dirigidos en teoría a los niños, pero que los niños apenas entienden, o de los que los niños entienden solo una pequeña parte, la cáscara más exterior. Libros que solo puede entender en toda su extensión y en toda su hondura un adulto. Es la falsa literatura infantil. Libros como Peter Pan, o Winnie the Pooh o este maravilloso El viento en los sauces. 

A uno le gustaría quedarse a vivir en este libro, especialmente en los primeros capítulos, en los que apenas pasa nada. En los que se exalta la naturaleza, la amistad, la compañía, y se nos contagia el infantil gusto por el hogar, y asistimos al cambio de las estaciones y sentimos con melancolía cómo pasa el tiempo.

Un día el Sapo propone a sus amigos hacer un viaje. El Ratón se niega. Pero el Topo está tan entusiasmado que el Ratón acaba cediendo, por amistad. Antes de dormirse, el Topo le dice al Ratón: “Qué gran amigo eres”.

Desde el principio somos testigos de magníficas escenas. Están desayunando en casa del Tejón, cuando llega la Nutria y le pide al Topo que le fría jamón, y este les pasa el encargo a los Erizos, que han trabajado tanto en la cocina desde muy temprano que ya vuelven a tener hambre.

Es imposible que algunos capítulos los entienda un niño. Y si los entiende, dudo mucho que le gusten. El Topo no soporta que le levanten la tierra de su jardín. Todo el tiempo leemos con una sonrisa.
Hay muchos momentos muy altos en este libro. Pero si no estamos atentos, apenas los veremos, porque no se hace ningún énfasis en ellos.

“Para formar un mundo se requieren personas buenas, malas e indiferentes”, dice uno de los personajes. Y de pronto entendemos el grave problema filosófico del mal.

La traducción es de Marià Manent, un gran poeta. (Cuando tradujo a Emily Dickinson, escribió en un poema, a propósito de la muerte de una niña: “Cómo es posible que unos pies con carga tan dichosa a un umbral tan pequeño hayan llegado”, palabras que creo que no están en el original.) Marià Manent consigue que oigamos el viento entre los sauces.

Kenneth Grahame El viento en los sauces (Barcelona: Juventud; traducción de Marià Manent)

lunes, 18 de junio de 2012

Aullido de Allen Ginsberg



“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura...”. Así comienza el poema más famoso de la generación beat. Yo me temo que esto sea lo único que voy a acabar recordando de él.

Quizá la traducción sea floja y tanto la música del verso como el contenido, lo que dice, hayan pasado muy deteriorados. Pero lo dudo. En cualquier traducción de un libro bueno siempre acaba sobreviviendo algo bueno del original. Yo en este libro no he encontrado nada de valor, ni en la forma, ni en el fondo. Repito que quizá en inglés sea otra cosa y tenga algún mérito. Pero en español a mí me parece pura charlatanería. Palabras, palabras, palabras, detrás de las que hay aire. Ningún poema me dice nada (sí, que Neal Cassady se follaba a todas las tías que se cruzaban en su camino y alguna cosa de interés semejante). No veo poesía por ninguna parte. Ni prosa (a la que creo que aspira). Tal vez en su época supuso una conmoción, un escándalo para la sociedad. Hoy solo podría escandalizar a un lector muy ñoño. A mí me parece un libro profundamente descerebrado, y me enfada que en un poema el autor nombre a Whitman, como si así quedase hermanado con él.

            La mejor poesía de la generación beat, para mi gusto (un gusto caprichoso que aborrece también a Ferlinghetti y a Corso), son los haikus de Kerouac. En algunos de ellos se da una fusión perfecta entre el delicado espíritu tradicional del haiku japonés y la pragmática vida moderna americana, lo que les da un aire muy original.

Allen Ginsberg Aullido (Barcelona: Anagrama, 2006)