lunes, 16 de diciembre de 2013

Adolfo M. Martínez

No me resulta fácil escribir sobre el autor de La casa rural (su última novela): primero, porque es un amigo y siempre es complicado escribir con objetividad de un amigo; y segundo, porque Adolfo Martínez es un hombre “multiversal” y no sabe uno desde qué universo empezar a hablar de él. Si a los que le conocen les preguntáramos quién es Adolfo, cada uno diría una cosa diferente, lo que, siendo verdad, no representa todo lo que es Adolfo Martínez: él es la suma de todas esas cosas y algo más. 

Cuando yo lo conocí, creo que tuve la suerte de que se me “revelara” de esta forma múltiple, buena parte de sus facetas al mismo tiempo, y por eso, recordar aquella experiencia me parece la manera más adecuada de hablar de él. 

Fue hace unos quince años, y yo asistía a una de mis primeras reuniones de La Discreta en el café Góngora, en el centro de Madrid. Reunión tumultuosa (como casi todas las discretas reuniones), unas quince personas, más o menos, hablando de literatura, edición de libros, actos..., con un orden del día que no recuerdo pero que no importaba porque siempre era superado por las circunstancias. Lo que sí recuerdo es que a mí me tocó al lado de Adolfo Martínez, quien, entre cerveza y cerveza y punto del orden del día y punto del orden del día, me contaba de su vida. Y empezó diciéndome que en realidad él era un agricultor, un hombre de La Mancha que disfrutaba labrando la tierra en un pequeño pueblo llamado Villaescusa de Haro. Y si esto ya de por sí me resultaba sorprendente, más me resultó cuando añadió que allí, en aquel pequeño pueblo de La Mancha, él vivía en un palacio, en donde, naturalmente, yo sería bienvenido si decidiera visitarlo. Creo que en aquellos momentos yo pensé que Adolfo estaba de coña o que eran los efectos de la cerveza; pero unos meses más tarde, atendiendo a su invitación, pude comprobar que todo era rigurosamente cierto: Adolfo vivía en un verdadero palacio renacentista, construido a finales del siglo XV y primeros del XVI y cuyo primer objetivo fue convertirlo en la primera universidad del centro de la península de aquella época. (Aquel proyecto quedó frustrado con la construcción de la universidad en Alcalá de Henares, pero aquel primer edificio de Villaescusa de Haro continúa en pie hasta el día de hoy.) 

Volviendo a aquella noche, Adolfo siguió contándome que además de labrar la tierra de La Mancha, también labraba otros materiales, pues tenía pasión por la escultura y la pintura. Tampoco era un exageración: nada más llegar a Villaescusa de Haro en aquella mi primera visita, me tropecé con La máquina para labrar el aire en la plaza del pueblo, estupendo ejemplo de la escultura de Adolfo, que, más tarde, pude ver multiplicado en otras máquinas imposibles, mobiliario inestable y pájaros de piedra que adornan los exteriores de su palacio rural. Especialmente me llamaron la atención los retablos de profetas cabreados, así llamados por él, que adornan las paredes de aquel palacio y que Adolfo ha modelado a partir de latas de coca cola. 



Siguiendo con aquella reunión en el Góngora, Adolfo me habló de otra de sus pasiones: la lectura. Los libros no son solo parte constitutiva de Adolfo, lector impenitente, sino que también forman parte casi estructural de su palacio rural en Villaescusa, pues hay libros por todas partes y en todas las formas: en librerías, anaqueles, estanterías, entre las vigas del artesonado de los techos...; pero también te los encuentras en montones que llenan grandes canastas en el interior de las habitaciones y salones de la casa. Muchos de aquellos libros, creo recordar que me dijo Adolfo entonces, eran parte de la biblioteca de un monasterio cercano que él adquirió. Y tal vez influido por la atmósfera monacal y porque supo que yo impartía clases de astronomía, la conversación derivó hacia Georges Lemaitre, pues me preguntó Adolfo si yo sabía que este sacerdote belga, nacido a finales del siglo diecinueve, había sido en realidad el primero que habló del Big Bang. (Seguramente yo lo sabía, pero escucharlo de Adolfo era como aprenderlo de nuevo.) Injuriado por Einstein por su falta de formación teórica y matemática, al final el físico alemán tuvo que reconocer que la intuición del sacerdote había superado su ciencia: en efecto, el universo se estaba expandiendo desde un punto inicial en el que no había nada, como decía Lemaitre. Luego me habló de Teilhard de Chardin, otro sacerdote, en este caso jesuita, y de su fantástica teoría del punto omega sobre la evolución humana, sustentada en la teoría evolucionista de Darwin. Más tarde la conversación –bueno, en mi recuerdo era Adolfo quien hablaba y yo escuchaba atentamente– derivó hacia la psicología, psiquiatría, sociología, a Castillo del Pino, a la nostalgia de absoluto de George Steiner, y acabamos con otra de las pasiones de Adolfo, la música. Me dijo que lo más cercano a una experiencia mística era escuchar, en los sótanos abovedados de su palacio rural, el Miserere de Allegri o los Madrigales de Monteverdi. También tuve la suerte de comprobarlo.

En fin, de aquella reunión de La Discreta –además de bastante saturado de
cerveza e impregnado en humo de tabaco (pues en aquellos tiempos aún se podía fumar en las cafeterías)– yo salí como con una especie de chute intelectual, en un big bang de universo adolfiano que durante todos estos años no ha hecho otra cosa que crecer y expandirse, y cuya última manifestación ha sido la escritura. Porque hay que añadir, para concluir esta breve reseña de Adolfo Martínez, que hace unos ocho años, en una nave que había tenido alquilada a un señor que se dedicaba al cultivo de setas, Adolfo encontró un buen montón de pliegos de papel de estraza con el que aquel buen señor envolvía el fruto de su cultivo. Y pensando en un discreto uso para tal cantidad de papel, Adolfo Martínez comenzó a escribir sobre los pliegos. Y aún no ha parado, pues, para mí, las tres novelas –Erótica rural (2004), La erótica urbana o De la soledad del afilador (2008), La casa rural (2013)– y el libro de relatos Los profetas cabreados (2011), son un único y fantástico libro que, según el estudio monográfico Venus Veneranda II (Universidad Complutense de Madrid, 2006), inaugura una nueva tendencia literaria que allí se califica como tremendismo ilustrado. 

Ahora, en la última presentación de La casa rural en Madrid (y a cuyo acto corresponden las fotografías que aquí se muestran), Adolfo nos anunció que ya tenía casi ultimada una nueva novela que se llamará La sequía. Naturalmente, la ha escrito en el papel de estraza, y sus incondicionales ya la aguardamos con la misma devoción que profesamos al resto de su obra. 

(Como complemento de esta entrada, recomiendo, en este mismo blog, la espléndida reseña de Javier Guzmán sobre La casa rural, última novela publicada de Adolfo Martínez.)

1 comentario:

  1. Luis, magnífico retrato "aproximativo" al enorme genio que es Adolfo Martínez.

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