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lunes, 8 de febrero de 2016

Al hilo de la lectura de Tiempos de hielo de Fred Vargas


Por Santiago López Navia

Aunque la aprecio mucho, no puedo presumir de ser un gran lector de novela negra y policíaca. En estos últimos años destaco entre mis lecturas de este tipo La rubia de ojos negros, de Benjamin Black (el alter ego literario de John Banville para su producción de  novelas policíacas) y Una verdad delicada de John Le Carré, pero sobre todo destaco a Fred Vargas, por la que siento una especial debilidad y de la que he leído unos cuantos títulos de sus historias protagonizadas por el comisario Jean-Baptiste Adamsberg. La última de ellas es Tiempos de hielo (Madrid, Siruela, 2015). Por preferencias personales suelo leer a Fred Vargas en verano (igual que Bukowski), pero las resonancias invernales de esta última novela me han invitado a leerla precisamente en enero.

         Las dos principales razones por las que admiro las novelas policíacas de Fred Vargas (seudónimo masculino de Frédérique Audoin-Rouzeau, verdadero nombre de la escritora) son sus personajes, construidos con una gran originalidad, y la elaborada trama cultural de sus historias. Por lo que respecta a los personajes, me parece muy atractivo el universo de la brigada parisién sujeta al mando del comisario Adamsberg. Son especialmente singulares el comandante Danglard, impenitente bebedor de vino blanco que atesora conocimientos verdaderamente enciclopédicos que suelen resultar de una enorme utilidad en las investigaciones del equipo; la formidable teniente Retancourt, cuya fortaleza física es tan reseñable como su sentido de la lealtad; el hipersomníaco Mercadet, sujeto a ciclos de sueño de tres horas cuyo trastorno está protegido por toda la brigada y que duerme con frecuencia en el mismo cuarto en el que se aloja la Bola, un enorme e indolente gato que debe ser transportado a lugares diferentes para dormir y para comer, y que además necesita comer acompañado. Fuera del pequeño mundo de la comisaría resulta entrañable el viejo Lucio, vecino de Adamsberg, español exiliado y veterano de guerra, manco de un brazo que le pica permanentemente y compañero de confidencias e intuiciones del comisario.

         El comisario Adamsberg merece especial atención por muchas razones: por su imbatible sensibilidad ante la naturaleza, fruto de su origen pirenaico; por sus ritmos imprevisibles, orientados casi siempre por una morosidad que muchas veces desespera a su equipo, que no obstante le admira y respeta; por su rara capacidad de perderse en ensoñaciones –“paleador de nubes” lo llama el narrador en alguna novela anterior–, unas veces en el transcurso de una caminata y otras en su facilidad para el dibujo, de las que siempre acaba extrayendo detalles determinantes para sus investigaciones, y por su asendereada vida sentimental a la que en las últimas novelas se suma la recuperación de su hijo Zerk, que vive con él y que supone un cierto equilibrio en su soledad.

         En cuanto a la elaboración cultural de sus tramas, basta poner como ejemplo Tiempos de hielo, en la que el lector asistirá entusiasmado a una logradísima recreación de la asamblea revolucionaria animada por personas de nuestros días que asumen los papeles de Robespierre, Danton, Desmoulins y el verdugo Sanson. Guiados por ellos, entre otros muchos, reviviremos las peripecias de la Revolución Francesa mezclándolas con una cadena de crímenes que se remontan a una dramática excursión en la isla de Grimsey, en Islandia. Entre unas cosas y otras, la lectura de las novelas policíacas de Vargas es una verdadera delicia en la que el lector aprende, y no poco, y en esto se ve la sólida formación académica de la autora, arquéologa e historiadora. Una sugerencia muy recomendable para cualquier lector, aficionado o no a la novela policíaca, que encontrará en Fred Vargas pistas muy valiosas para el disfrute y el enriquecimiento cultural.
         

jueves, 4 de abril de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (6)

Por Javier Guzmán


Citas de El largo Adiós

De propina les dejo unos párrafos extraídos de El largo adiós, contados en primera persona por el propio rey Philip. Si después de leerlos no corre a buscar la novela, Chandler seguirá siendo nuestro contemporáneo, pero yo habré fracasado.

De la sociedad y los diferentes problemas de pobres y ricos.
Silvia es feliz aunque no necesariamente conmigo. En nuestro círculo eso carece de importancia. Siempre hay algo que hacer si uno no está obligado a trabajar o a considerar lo que cuesta. No es una verdadera diversión, pero los ricos no lo saben. Nunca han tenido otra. Nunca desean algo con todas sus ganas, excepto tal vez una esposa ajena, y eso es un deseo muy pálido comparado con la forma en que la mujer del fontanero ansía comprar cortinas nuevas para el cuarto de estar.

Del oficio de policía y del conocimiento humano.
Tal vez solo me gustaba sentirme el hombre superior. En mi oficio hay momento para hacer preguntas y un momento para dejar que el hombre se consuma hasta que no pueda más y largue todo. Todo buen policía lo sabe. Se parece bastante al ajedrez o al boxeo. A alguna gente hay que acorralarla y hacerle perder la serenidad. Pero a otros simplemente se les abofetea y ellos terminan golpeándose a si mismos.

jueves, 7 de marzo de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (5)


  Por Javier Guzmán

 La novela negra escandinava tiene aciertos mayúsculos y su aporte al género puede considerarse como la mayor contribución en otras lenguas y otros ámbitos en los últimos 30 años. Pero de ahí a convertirla en la sublimación absoluta hay mucho trecho. De la misma manera que el montaje (el lenguaje cinematográfico), se asienta sobre la obra Eisenstein y Orson Wells (rodada en B&N, con una cámara Mitchel y editada en moviola vertical), como reconocen todos los directores desde entonces, la novela negra actual sienta sus bases en los clásicos americanos.

   Ignorar esto es como pretender que la novela española nace con Camilo José Cela. (Por citar a nuestro último premio Nobel.)

martes, 5 de febrero de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (4)


  Por Javier Guzmán

 Millenium, tochazo de más de dos mil páginas, editado en tres volúmenes, que fueron apareciendo justo a tiempo para poder leer el siguiente inmediatamente después de haber terminado el anterior.

   El primero se llamaba Los hombres que no amaban a las mujeres.

   En esta primera entrega el autor presenta a los personajes y utiliza una acción colateral para consolidar su estructura. Sus dos protagonistas son un hombre y una mujer (faltaría más, eso funciona desde Adán y Eva), la Salander y el Mikell de los cojones, preciosa descripción la trascripción del traductor, ambos luchadores contra un sistema que les atropella sin pudor y con ensañamiento. Ella es una muchachita frágil, canija punk (según el autor, físicamente no vale un pedo), perseguida por psiquiatras (la consideran débil mental), policías (es una peligrosa delincuente) y abogados (mejor no hablar), aunque a la hora de la verdad de fragilidad nada, ella es de hierro y no de manteca, es la gata ¡karateca! Y en cuento a mente de demente ¡niente!, es una Einstein de la informática con un cerebro que se mueve con la velocidad y precisión de un misil de ojiva nuclear sobre el objetivo fijado. Ella tiene dos protectores, su primer controlador social al que le da un ictus (pobre niña, lo poco que el sistema le presta la naturaleza se lo manga), y un empresario propietario de una red privada de seguridad (suelen ser los paradigmas de la honradez y los negocios limpios). Por el medio vejaciones, violaciones, extrañas relaciones, cámaras ocultas y demás recursos cinematográficos porque la novela, concebida como un todo, repito, iba a ser llevada al cine desde antes de empezar a imprimirse. Él es un hombre triunfador, un periodista independiente, íntegro, comprometido, consecuente, serio y divertido (¡jolín!, la de cosas guapas que tienen los suecos), dirige una revista especializada en sonrojar al sistema y tiene un ligue, Erika, con la que mantiene la relación de erotismo ficción más descabellada de la literatura universal (bueno, tal vez eso sea mucho presumir, pero no deja de ser curioso que en las dos versiones de cine, la sueca y la americana, esa relación baje de intensidad y que el personaje del feliz amigo marido cornudo consentidor, se minimice). Pese a tantos valores, ¿o precisamente por tenerlos?, Mikell ha fracasado en su intento por desenmascarar a los poderosos de la banca/industria y ha terminado en la cárcel de papel.

    Los dos, el Mikell y la Salander, se cruzan por imperativo del guión y se van a un islote témpano, aún más al norte, para desentrañar un extraño caso de desaparición. Es la única parte de la trilogía que presenta un problema policial clásico. Por supuesto, los malos son nostálgicos del nazismo (con lo que curamos en salud a la democracia sueca), y demonizamos el mal en el horror de la extrema derecha europea. Nadie se siente identificado con esos perversos racistas (y si se identifican se lo callan y luego asesinan al primer ministro o a sesenta adolescentes de la juventudes socialistas en un apacible islote noruego). La desaparecida aparece en Australia de granjera ovejera, ¡toma ya!, el chico bueno (periodista) es rehabilitado y la chica frágil con su ordenador biónico le afana a uno de los malos ¡tres mil millones de euros!, y las traspasa de sus cuentas a las suyas situadas en lejanos paraísos fiscales. Nadie es capaz de rastrear la pista del dinero. Dentro de las incongruencias de la novela, esta es de las más sangrantes. Vamos, es como si al pirata Morgan le quitan su botín, le dejan en pelota de la noche a la mañana y el pobrecito, y sus dos mil asesores, no se entera por donde sopla el viento. Y los lectores encantados: la chica buena le saca la pasta gansa a los malos. Eso es lo que en Milenium se plantea como justicia social. ¿A que es muy potito? 

  La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina es la segunda entrega de la saga Millenium. Si en la primera los malos son los nazis, en esta son los restos del naufragio comunista soviético. ¿No querías caldo? ¡Pues toma dos tazas! Los dos totalitarismos del siglo XX se aparejan en bellaquería y así la democracia representativa europea se queda de rositas. La niña Salander es hija de una madre buena (algo que se intuye porque ese personaje pasa de puntillas por el libro), y padre que más que malo es la aislación química del mal. Un ruso de mierda que se cambia a tiempo de bando cuando su sistema se desbanda. El estalinista tiene otro hijo, un gigante albino insensible al dolor, como los leprosos, y obediente a las órdenes de papi sin la mínima protesta. Después de Adán y Eva, Caín y Abel. (El que dos hijos del mismo padre tengan una estructura física tan antagónica carece de importancia). La nena quiere vengar a su mamá, maneja motos mejor que Valentino Rossi y termina en una granja difusa casi muerta, con la cabeza destrozada y enterrada. Pero, para complementar la incoherencia del personaje, ejerce de zombi (muerta viviente), se desentierra, mata al padre, descacharra al hermanastro mayor y se venga, porque la venganza es el hilo conductor de la historia como en El Conde de Montecristo, cuyo hálito traspasa toda la trilogía.

   Este final tan incongruente como imposible atenaza al lector/espectador y le deja babeante para la próxima entrega.

   A la tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire, va la vencida.  Ahora los pocos malos (nostálgicos nazis con ayuda de excrementos soviéticos), amparados por un fallo del sistema intentarán acabar con la volátil protagonista. Y entonces, ¡tachán, tachán!, aparecen los buenos (policías, políticos, jueces e, ¡increíble!, hasta abogados honestos), que impedirán la injusticia y convertirán la maldad en anécdota canalla de unos pocos. Eso sí, los malos son de lo peor (el psiquiatra no solo obedece órdenes de un difuminado y no legal departamento de recontraespionaje, también es un pederasta que limpia, fija y da esplendor a la asquerosa pornografía infantil). Al final todo se resuelve (el famoso Happy End), la justicia triunfa, el sistema se depura a si mismo de pequeños fallos, y la nenita ya puede disfrutar de los millones robados como le salga del forro.
   Se pregunta Vargas Llosa:
            Si uno toma distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente, se pregunta:¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas tan improbables?
   Pues lo mismo digo, don Mario.

   Y me pregunto yo: ¿cómo este éxito editorial, en particular, y el lago helado de la negra literatura nórdica, en general, puede relegar al olvido a los maestros y a las obras maestras del género?

lunes, 2 de julio de 2012

Literatura y cine: Wallander, de Henning Mankell

Es posible que a estas alturas se haya desinflado un poco la moda de los nuevos autores suecos de novela negra, pero hace unos pocos años era sin duda la novedad dentro de el mercado generalista. Un movimiento liderado por Stieg Larssenn y su triología Millenium, pero más allá de estos Best-sellers hay una profunda corriente de autores suecos que escriben una literatura negra excelente, entre los que destaca, para mi gusto, Henning Mankell.

Henning Mankell comenzó su andadura en la literatura creando a su personaje más famoso, Kurt Wallander, un inspector de policía de la pequeña ciudad de Ystad, situada cerca de Malmo, que es testigo de cómo cambia la sociedad sueca en los últimos años. De hecho, su primer libro, Asesinos sin rostro, da mucha más importancia al tratamiento que se hace de la inmigración en Suecia que al propio caso, que sería en lo que se centraría un libro con pretensión de Best Seller, sin embargo Mankell es capaz de alejarse en cierta forma de las clásicas reglas de la literatura negra, consiguiendo aún así mantener el interés del lector sobre el caso, pero añadiendo todo un análisis de la sociedad y sus cambios a través de los ojos de Kurt Wallander.

En mi opinión, lo que diferencia a Mankell de otros autores (suecos o no) de literatura negra es la gran profundidad que consigue en sus personajes, permitiendo que el lector se identifique con ellos y nos obligue de esa forma a querer siempre conocer más de sus relaciones, sus vivencias y el desarrollo de sus vidas. Esta fórmula no le ha ido nada mal a Mankell que ya lleva 11 novelas con Wallander de protagonista o hilo de conexión y que, pese a haber puesto un punto y final a la historia del personaje en el último libro de la serie, El hombre inquieto, es posible que sigamos en ese universo propio con su hija, Linda Wallander, de protagonista.

El personaje de Kurt Wallander ha sido llevado al cine y la televisión principalmente en Suecia, donde se han producido 3 películas interpretadas por Rolf Lassgard, actor al que Henning Mankell ha agradecido en más de una ocasión su interpretación de Wallander, y una serie de televisión de 13 capítulos, pero no es de estas adaptaciones de las que voy a hablar, (principalmente porque no he tenido ocasión de verlas), sino de la fabulosa serie que ha producido la BBC en la que Kenneth Branagh interpreta a Kurt Wallander de forma magistral. Desde 2009 se han estrenado dos temporadas de esta miniserie compuestas cada una por 3 capítulos de 1 hora y media de duración. En cada capítulo se recoge la trama policial de una de las novelas, mientras que los aspectos personales de los personajes, (para mi, casi lo más interesante) están diseminados a lo largo de toda la serie, consiguiendo de esta forma plasmar esa profundidad de la que hablaba antes. Las interpretaciones de cada uno de los personajes es prodigiosa, destacando la de el propio Branagh, que consigue transmitir el carácter de este personaje gruñón, perfeccionista y atormentado, y la de David Warner que interpreta a su padre. La producción de la serie es sencillamente increíble, consiguiendo trasladar el escenario de la ciudad de Ystad a los paisajes de Irlanda, donde está rodada, y con un trabajo de adaptación visual que te hace pensar en todo momento que estás en esa pequeña ciudad sueca.

A alguien que no conozca la obra de Mankell y el personaje de Kurt Wallander, sin duda le recomendaría que primero se sumergiera en las novelas, pero pese a que no soy amigo de las adaptaciones, ya que normalmente no suelen plasmar de una forma convincente lo que puedes encontrar en un libro, también recomendaría esta serie ya que me parece una adaptación casi perfecta.

Por cierto, para aquellos que estéis siguiendo la serie, os recuerdo que la tercera temporada se estrena el próximo día 8 de julio en el Reino Unido. Como siempre, os recomiendo verla en versión original para apreciar en todo su esplendor el trabajo de todos sus actores.

viernes, 29 de junio de 2012

Reseñas del lector: Soriano y el "Ángel Negro"


Se dice que, de una historia, solo existe un único escritor que pueda escribirla. Así lo intenten miles, una única pluma se adueñará de ella. Del centenar de periodistas y escribas que, en la oscura Argentina de los años 70´, se pusieron a la cola cuando el caso de un joven  asesino salió a la luz, solo Osvaldo Soriano fue quien supo hacerse con "La Crónica del caso Robledo Puch".

El 27 de febrero de 1972 el diario La Opinión de Buenos Aires publicó la primera nota policial de su historia. Su fundador, Jacobo Timerman, había decidido mantener la sangre y el delito lejos de sus páginas, pero el caso de Carlos Eduardo Robledo Puch conmovía al país: un "pibe" de veinte años con carita angelical -"El Ángel Rubio" lo llamaron- había asesinado a por lo menos once personas durante el último año. Un asesino en serie educado y bonito: la historia era tapa de todos los diarios. La Opinión decidió no hacer más el ridículo con su silencio sobre el caso. Timerman llamó entonces a un periodista que a sus treinta años escribía en la sección de deportes y le encomendó escribir "la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch”. 

Además de la precisión periodística de su pluma, y con la no-ficción de sus datos, la crónica aparece envuelta en aquel mundo que Raymond Chandler definió como la "novela del mundo profesional del crimen": la "novela negra". Contiene los pilares de la misma como si antes de escribirla Soriano se las hubiera repasado en una chuleta: la resolución del misterio no es el objetivo principal y los argumentos son muy violentos; la división entre buenos y malos de los personajes se difumina y la mayor parte de sus protagonistas son individuos derrotados y en decadencia en busca de la verdad o, cuando menos, algún atisbo de ella. En aquel momento, plena Dictadura Militar, "cuando la atmósfera ya era irrespirable por la caza de brujas" (según Soriano), aquel era el género que le calzaba a la perfección para ser escrita.

La nota, redactada hace ya más de cuarenta años, vislumbra un Soriano que, a menos de un año de aquella crónica, publicaría "Triste, solitario y final", el libro que lo lanzaría a la fama.

La historia "El caso del Ángel Negro", uno de los casos de asesinos seriales más importantes de toda la historia del país, se la llevó Soriano. Muchas veces, cuando me preguntan qué leer sobre literatura y escritores argentinos, recomiendo esta breve crónica. La misma aparece en el libro "Artistas, Locos y Criminales" (1984, Seix Barrial), aunque es fácil hallarla en internet con solo escribir en cualquier buscador "Soriano" + "Robledo Puch". 

Autor: Matías Crowder

viernes, 8 de junio de 2012

Reseñas del lector: De las traducciones y las interpretaciones



Buscas un libro y encuentras otro. Escondido detrás de Suave es la noche se me apareció Capote a sangre fría, ríndete. Abrí la primera página y leí:
El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, en una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma como de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.
Y no me rendí. Más bien se me calentó la sangre. Yo había leído otra novela muy alejada de esa prosa blanda, blanca, chata, chunga. Comprobé la edición: Anagrama, 1991. Edición: Diario EL PAÍS, 2002. Estaba en lo cierto. Lo había leído mucho antes en otra versión que recordaba más vigorosa, más contundente, más recia, más agresiva. Lo primero, razoné, es ir al original, uno debe hacer las transacciones con la dueña del burdel y no con las pupilas. Copio:
The village of Holcomb stands on the high wheat plains of western Kansas, a lonesome area that other Kansans call "out there." Some seventy miles east of the Colorado border, the countryside, with its hard blue skies and desert-clear air, has an atmosphere that is rather more Far West than Middle West. The local accent is barbed with a prairie twang, a ranch-hand nasalness, and the men, many of them, wear narrow frontier trousers, Stetsons, and high-heeled boots with pointed toes. The land is flat, and the views are awesomely extensive; horses, herds of cattle, a white cluster of grain elevators rising as gracefully as Greek temples are visible long before a traveler reaches them.
¡Sorpresa! La traducción era correcta o, por mejor decir, demasiado correcta, de 10 en el cole. Pero, ¿era el alma de la cosa? Pues no. Entiendo la imposibilidad de traspasar al español lo cortante del inglés, adverbios terminados en ente contra terminados en ly, o la nasalidad, lo gutural, del  encadenado de las palabras. Pero aun así, la traducción de Anagrama me sabía a comida sin sal, más recalentada en el microondas que sometida a la reelaboración de un texto.

Me acordé de mi sobrino Pablo, el genio de la familia, (el niño habla inglés, francés, portugués, y ¡arrea, zapatilla!, aprende chino con sorprendente progresión), y no ha pagado una matrícula jamás pese a llevarse todas las matrículas. Ahora estudia ingeniería genética en Oxford becado por la universidad inglesa tras rigurosa selección. Pero sus primeros estudios universitarios fueron en la Escuela Oficial de Idiomas, traducción simultánea e interpretación. ¿No es lo mismo?, le pregunté. No, me contestó, traducir es repetir lo que otro ha dicho, en cambio interpretar es traducir lo que ha querido decir. Me estuvo bien por preguntar en tonto. La traducción de Anagrama es, solo es, traducción, prosa plana sin espíritu. Ya picado, busco otra. Me llevó dos días, y al final la encontré de chiripa, arrinconada en el desván de los libros dormidos, viejita, manoseada, subrayada, anotada. Editorial: Printer Colombiana Ltda. Traductor: María Luisa Borras. Edición: Circulo de Lectores. Impreso en Bogotá, Colombia, 1984:
El pueblo de Holcomb se halla entre los altos trigales de la Kansas occidental, zona desolada que los demás habitantes del Estado designan con un vago “más allá”. A un centenar de kilómetros al este de su frontera con Colorado, la campiña de Kansas, su cielo azul intenso y su aire seco de desierto, responden más al ambiente del Far West que del Middle West. Por allá se habla con ese acento que descubre la estridente nasalidad que sabe a pradera y a bracero. Los hombres, muchos, llevan tejanos estrechos, sombreros de ala ancha y puntiagudas botas de tacón. La tierra es llana y el horizonte espantosamente inmenso. Caballos, manadas y rebaños, racimos blanquecinos de silos que se alzan con la gracia de un templo griego, destacan en la lejanía mucho antes de que el viajero pueda acercarse a ellos.
Esto era otra cosa. Fuerza, vigor, expresividad, golpeo. Las diferencias son sutiles, pero contundentes. The high wheat plains of western Kansas, por ejemplo, en Anagrama son las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, mientras en la colombiana son los altos trigales de la Kansas occidental, tal vez menos precisa, (no precisa lo de llanuras, plains), pero maldita la falta que hace. Otro ejemplo: and high-heeled boots with pointed toes en la versión española se traduce: y botas de tacones altos y punta afilada, desabrido calzado que en la de Printer Colombiana pasan a ser puntiagudas botas de tacón. Menos palabras, más sonoridad y mejor definición. Y otro más: a lonesome area that other Kansans call "out there", en la traducción de la edición de El País es una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. Algo que en la vibrante interpretación de María Luisa Borras es zona desolada que los demás habitantes del Estado designan con un vago “más allá”. Parece lo mismo pero no es igual. Todo el conjunto se resiente de estos pequeños detalles. Mientras la primera traducción es correcta, académica y aceptable (plana como las aburridas llanuras del oeste de Kansas), la segunda es incorrecta, briosa y sobresaliente, (tenebrosa y angustiante como las agarofóbicas llanuras de Kansas). Es esta nada académica interpretación la que nos va a ir preparando para el horror del crimen en un lugar donde la tierra es llana y el horizonte espantosamente inmenso… y no con vistas enormemente grandes.

El rigor de la ortodoxia jamás podrá imponerse a la fuerza de la interpretación creativa. La traducción literaria exige la perfidia de la traición al texto para intentar conservar el sentido íntimo del texto. De otra forma, como muy bien dijo Dorothy, (adorable Judy Garland, la Lolita más perversa del cine tal vez por interpretar a una niña cuando ya tenía, la muy ninfa, 20 añitos), al verse transportada por un tornado del blanco y negro al camino amarillo con arco iris lisérgico de El mago de Oz:
Desde luego, esto no es Kansas.

Autor: Javier Guzmán

viernes, 25 de mayo de 2012

Reseñas de los lectores: The Moonstone, de Wilkie Collins


En la absoluta imposibilidad de poder sustraerme a un ruego de participar, con alguna reseña, a este magnífico blog de náufragos que no naufragan, advertirán enseguida no obstante, por el título de la obra que voy a recomendar, que no voy a pecar precisamente de ser excesivamente original. Y es que, qué quieren que les diga, nunca he sido un lector empedernido, ni siquiera habitual, más bien de rachas, ocasional. Tampoco se trata de inmolarse al escrutinio público. Hace un año que leí esta obra. Y no es que no haya leído nada más, cosas muy buenas algunas, pero sentiría que traicionaría a Collins si me hiciese eco de cualquiera de ellas y no de la suya. Huérfano pues de originalidad en la elección, permítanme sin embargo que les cuente algo con respecto a mi actitud renuente hasta entonces con respecto a la lectura de The Moonstone, repetidamente recomendada por amigos y compulsivamente rechazada por mi parte, en la creencia apriorística y caprichosa de que se trataba de una novela popular, sí, pero menor, absolutamente menor. Valga pues esta humilde reseña para exorcizar prejuicios estúpidos similares que pudiesen anidar en el ánimo de algunos de ustedes.

Y es que, después de Cien Años de Soledad –la originalidad, otra vez-, les confieso que ninguna otra obra me ha conturbado el alma, la existencia entera, como de The Moonstone lo ha hecho. Ya tras la lectura del Prefacio de Wilkie Collins a la edición de 1871, no pude por menos que sentir una profunda simpatía por él, por su declarado sentimiento –sin caer en la autocompasión- de sufrimiento, físico y emocional, al escribir la novela y, sobre todo, por su majestuosamente tierna declaración de fidelidad para con sus lectores.

The Moonstone tiene todos los ingredientes de la mejor novela detectivesca. Pero no sólo eso. Es igualmente un retrato monumental de la sociedad inglesa de mitad del siglo XIX. Como monumental también es el trabajo casi de orfebrería del que hace gala Collins en el desarrollo de la trama, un trabajo que da muchas veces la impresión de que no puede por menos que inevitablemente desmoronarse de forma estrepitosa, pero que casi por arte de magia, por una suerte de sortilegio técnico, se mantiene maravillosamente en pie con la narración de múltiples puntos de vista -anticipando al gran Faulkner- de distintos y conmovedores personajes que parecen con naturalidad darse el testigo cual si carrera de relevos se tratase. Sí, personajes conmovedores que han pasado a formar parte ya de mi galería emocional de imágenes. Personajes entrañables como el viejo Gabriel Betteredge, testigo muy a su pesar de un mundo que se desmorona, al que parece buscar obsesiva y repetidamente sentido, en su desamparo, en un ejemplar de Robinson Crusoe –todo un guiño intertextual-; como Rossana Spearman, marcada por un fatalismo inmisericorde; como Drusilla Clack, trasnochada y mesiánica salvadora de almas; como el Sargento Cuff, tan sagaz como aficionado a las rosas; y, si me permiten, sobre todo como el inolvidable Ezra Jennings (en mi opinión, el claro alter ego de Collins en la novela), que, sacrificando reputación y salud, se afana hasta el dolor extremo en una suerte de exorcismo supremo de amor.

También hay humor, y en buenas dosis, en The Moonstone, un humor inteligente y sarcástico (me confieso soltar alguna risotada en una estación de tren –ya sé que un lugar no muy ortodoxo para leer una novela-, expuesto al escrutinio sobre mi cordura de otros viajeros) que condimenta aquí y más allá toda la novela. Pero, para finalizar, permítanme que les confiese que la novela, por sobre todas las cosas, me ha gustado por el excelso uso del lenguaje. Emoción, la palabra justa y exacta. En definitiva, si se me permite la comparación con la leyenda artúrica, la búsqueda eterna del Santo Grial en la Literatura. Yo algo de eso creo haber encontrado. Les invito a que busquen ustedes también. No se arrepentirán.    

Autor: Antonio Junco    

lunes, 9 de abril de 2012

Reseñas de los lectores: La devoción del sospechoso


Terminé la lectura, cerré el libro, lo dejé reposar en silencio sobre mis rodillas, me levanté sin prisas, alejé cualquier ruido, me acerqué a la biblioteca, busqué uno de mis rincones reservados, abrí un hueco mínimo, (entre Las mocedades de Ulises, Álvaro Cunqueiro, y El adversario, Emmanuel Carrière), y lo encajoné con mimo intentando no romper la armonía del instante. La devoción del sospechoso, de Keigo Higashino, había entrado para quedarse.

Pese a poder alimentarme de forma continua con sopas de algas, pescado crudo aviado por el dulzor de la salsa de soja potenciada con la penetrante contundencia del wasabi, y arroces sencillos, mi ignorancia enciclopédica de la cultura japonesa abarca un laberinto de bibliotecas. Cuanto más me intereso, más se me escapa. El padre Arrupe, jesuita y médico en Hiroshima cuando cayó la maléfica, y más tarde último Gran General de la Compañía, tardó tres años largos en aprender a manejar con la armonía requerida los utensilios de la ceremonia del té. Pero él era un hombre de Dios y yo soy ateo. Renuncio.

La devoción del sospechoso es la armonía del conjunto. Me cuesta imaginar su escritura por medio de artilugios mecánicos. Veo unas manos de pianista, alabastrinas, mover con delicadeza una pluma de ganso sobre un papel de seda. Tal vez al fondo, muy suave, María Joâo Pires interpreta el segundo movimiento del concierto para piano y orquesta nº 27 de Mozart.

Todo inicia con una muerte accidental interpretada como un necesario homicidio involuntario, pero homicidio al fin. La atractiva madre soltera y su hija adolescente sienten la llegada del pánico a sus vidas. Suena el timbre. Abren la puerta demudadas. Un hombrecillo, su vecino, se ofrece a ayudarlas. Así, tan en blanco, comienza una escritura donde, bajo el pretexto de novela negra, se analizan y entreveran un reducido mundo de personajes, sus vidas asaltadas por lo inesperado y unas formas de conducta, por encima de todo, civilizadas.

Nada hay de estridencia, ni siquiera en la violencia, todo es paciencia, rigor, espera, claridad, un policía avezado y humanista, dos científicos, (un matemático y un físico), un paso a paso, una investigación, un análisis minucioso, una confrontación de inteligencias afinadas por la elegancia.

Mientras toda pasa, nada parece estar pasando.

La escritura es limpia, ordenada, (pocas veces he leído una investigación descrita con tanta meticulosidad, tan comprensible de inmediato), donde se avanza con precisión de cirujano en unas coordenadas de tiempos y espacios de blancura quirúrgica. Por supuesto, el hacer bien las cosas no conduce a nada o, más complejo aún, el policía llega muy pronto a la raíz del problema, pero es incapaz de encontrar pruebas válidas ante un juez. Una inteligencia aguda mueve, ha movido, los hilos para invertir su función e impedir la llegada de la araña hasta la mosca atrapada, desesperada. Ahí entran en juego las dos potentes mentes científicas, la búsqueda de los ángulos muertos generados por las ideas preconcebidas, averiguar si es más sencillo encontrar por ti mismo la respuesta a un problema o comprobar si es correcta la encontrada por otro.

El autor no juega al engaño. Desde el principio, línea a línea, pone todas sus cartas sobre la mesa a la vista del lector. Pero, no nos engañemos, el ardid del argumento es una argucia. Lo importante son los personajes, sus reacciones, su modo de pensar, sus compromisos mentales, sus (des)equilibrios emocionales. Pese a ser japonesa en los detalles, la leí muy occidental. Si cambiamos, las características físicas, la comida o las tatamis para dormir, (siempre me extrañó observar a las grandes culturas orientales incapaces de inventar el colchón, la silla o el tenedor), La devoción del sospechoso podría desarrollarse en un país avanzado de Europa, en un entorno social tan habitable como un campus universitario danés, por ejemplo. Hasta el final, cuando las tensiones contenidas buscan salida, cuando el comportamiento exija ajustarse a sus normas de conducta. Entonces asistimos, con transparencia doliente, a derribos psicológicos, a la emergencia de sentimientos de culpa agazapados o a la imperdonable sensación de fracaso, algo tan rotundamente japonés.

La narración se almohadilla con ternura, impregnada de un aroma romántico nada ñoño, ¡por favor!, capaz de llegar a despertar emociones por encima de la intriga, a enamorarte de los personajes, precisamente por entender su evolución a través de la sutil progresión del desarrollo.

La traducción es impecable, magnífica, la prosa diáfana se expresa con la suavidad de un haiku, las palabras son exactas, deslumbrantes sin pretender deslumbrar. Trasladar tal sutileza del japonés al castellano se me antoja proeza.

La devoción del sospechoso ha sido mi primera gran sorpresa en mucho tiempo. Alguien dijo de cierto hombre que su grandeza crecería con el tiempo como crecen las sombras cuando el sol declina.

Perfecto para La devoción del sospechoso.


Título: La devoción del sospechoso X
(Ignoro si la X, mayúscula, en rojo, pertenece al título original o es un reclamo editorial para incentivar el suspense. En cualquier caso, para mí, es tan aberrante como rematar el Concierto nº 1 de Chopin, Maurizio Pollini al piano, con un aldabonazo de gong chino)
Autor: Keigo Higashino
Editorial Ediciones B. También accesible en el Círculo de Lectores.

Autor de la reseña: Javier Guzmán

lunes, 2 de abril de 2012

El ojo de la patria de Osvaldo Soriano


Se trata de un libro de segunda mano, escogido de entre los que pueblan una estantería con otros de estas características en la librería HG de Collado Mediano, en plena sierra madrileña, que lleva con un entusiasmo a prueba de bombas este librero náufrago y amigo que es Herminio Gas. Y cuando lo abres se nota de inmediato un penetrante olor a sustancia medicamentosa con reminiscencias a El nombre de la rosa que te hace pegar un brinco de sobresalto. Según María Jesús es olor a desinfectante, pero yo estoy persuadido de que es veneno, puro veneno literario. De otra manera no puede entenderse esa atracción casi hipnótica y alucinatoria que te hechiza desde el mismo título –El ojo de la patria y casi no te deja respirar ni casi levantar la vista del papel hasta el final de la lectura.

Después de la dictadura argentina, Carré, hombre que había tenido que ganarse la vida de maneras poco claras, es reclutado como agente confidencial a las órdenes de El Pampero. Ya enviado a Europa, pasa años en París, luchando por abortar las conspiraciones comunistas contra la patria. Y allí frecuenta El Refugio, un bar, “el único sitio neutral de la ciudad donde se reunían los agentes de todas las potencias para cambiar chismes y jugar al ajedrez. Nunca nadie había utilizado un arma en ese lugar. Era un pacto tácito que sobrevivió a todas las guerras y a los cambios de fronteras durante siglos. Por eso Vladimir el Triste se quedó a vivir para siempre en la mesa del fondo”.

Entonces Carré se ve envuelto en la misión de su vida. Obligado a cambiar radicalmente de identidad, tiene que llevar a su país a un antiguo prócer argentino, devuelto a una vida vegetativa gracias a la biología moderna y las artes de un científico soñador. (El resucitado va a pilas, insulta con profusión y rememora con nostalgia hechos de épocas gloriosas.) Y en ese viaje enloquecido, sorteando trampas innumerables, espías y contraespías que a veces se disfrazan de fundación de escritores comprometidos a no publicar nunca, acompañamos a Carré y a su prócer protegido: a veces, a carcajada limpia; otras, con la sonrisa cómplice de quien está de su parte; y siempre con la conmiseración de los derrotados de este mundo falaz y despiadado contra el que el humor y la parodia inteligente siguen demostrándose armas muy eficaces.

El libro que yo poseo está editado por Editorial Sudamericana en 1992 y no sé si existe otra edición posterior.