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martes, 14 de noviembre de 2017

Náufragos en tiempos ágrafos se traslada


Con esta breve nota queremos comunicar a nuestros lectores y seguidores del blog que nos trasladamos a www.ladiscreta.com. 

En esta web, nuevo formato de La Discreta en la que también podéis consultar las novedades y noticias relacionadas con la editorial así como la revista digital La Indiscreta, colgaremos las nuevas entradas del blog de "Náufragos en tiempos ágrafos". Las antiguas entradas seguirán estando en http://naufragosentiemposagrafos.blogspot.com.es y algunas de las más leídas y seguidas las pasaremos a esta nueva dirección web.

domingo, 1 de octubre de 2017

Los otros clásicos, de José Ramón Fernández de Cano

(La Discreta acaba de publicar Los otros clásicos, de José Ramón Fernández de Cano, muchas de cuyas entradas han sido motivo de aplauso y cálida acogida en las páginas de este blog. El libro ya está en la calle y, además de en las librerías, pronto podrá ser comprado on line a través de la página web de la editorial: www.ladiscreta.com)


La feliz antología de José Ramón Fernández de Cano, que él califica como acto de amor, es también un acto de justicia. En el Siglo de Oro español brilló una inmensa constelación de poetas. Su mayor parte no solo sufrió el eclipse a causa de los astros más grandes y cegadores, sino que se ha olvidado después, o se ha denigrado como caterva grotesca de mediocres o de infelices, cuando no de parásitos. El Siglo de Oro es como un iceberg poético, del cual vemos tan solo una mínima parte, esa de Góngora, Quevedo, Cervantes, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y otro puñado de excelencias literarias. La otra parte, inmensa, permanece fuera de la luz, oscura y sumergida. Más que hablar de una generación perdida, cabe hablar de una verdadera constelación perdida […]. José Ramón Fernández de Cano ha querido además ofrecer alguna noticia sucinta de cada poeta rescatado. Desfilan entre el centenar un judaizante relapso, un embajador arruinado, una dama resuelta, un catedrático negro, un abad vihuelista, un militar arqueólogo, una monja curiosa, un niño prodigio, un antequerano desconocido, un mediterráneo rayo de la guerra, varios canónigos disolutos, militares gotosos, cortesanos indigentes, iluminados novohispanos y novogranadinos, médicos adeptos a las musas, culteranos tardíos y extremados, grandes de España preteridos, genios anónimos todos, fascinantes en sus personas como en sus versos; y poetas olvidados todos, por supuesto, en esta España siempre caprichosa, ingrata, rica y derrochadora de ingenios esclarecidos.
(Dativo Donate, “Epílogo”)

Nuestro antólogo se entrega al propósito legítimo de enmendar la plana al canon áureo, y lo consigue mediante el rescate de poetas “preteridos, ignorados y ninguneados”, acción tan rayana en el alarde como harto pertinente en estos tiempos ágrafos en los que los discretos nos empeñamos en seguir naufragando con paladina constancia. Rescate, además, reivindicativo, en el que Fernández de Cano y Martín discrepa con otros especialistas, amparado en una autoridad difícilmente contestable y dejando claro que el goce de la poesía, como todos los goces, solo es posible si es rigurosamente personal en los criterios y en los gustos, y que no cabe la pontificación (ni sacralizante ni demonizante) a la hora de condicionar las lecturas ni de cincelar los cánones […]. El lector amante de la poesía, especialista o no, vibrará con los versos y las peripecias vitales, gozosas y doloridas, de hombres y mujeres que vivieron un tiempo irrepetible, labrado a medias entre la pasión y el artificio, en donde el cultivo de la poesía era el resultado de una formación rigurosa y de un espíritu elevado.
(Santiago López Navia, “Prólogo”)

En breve, verás deambular por estas páginas un tropel de poetas y poetisas de toda laya, cada cual con su estilo propio y su peculiar andanza a cuestas: poetas sacerdotes, poetas profesores y poetas juristas, entreverados con poetas hampones, poetas soldados y poetas aventureros; autores exquisitos o chocarreros, y autoras prestigiosas o enigmáticas; bardos acaudalados y vates paupérrimos… Aquí, un malogrado escritor muerto en su cama, rodeado de amigos, cuando estaba festejando su supuesta sanación; allá, un deslenguado poeta ajusticiado en la horca; acullá, un infortunado autor asesinado a cuchilladas en casa de unos amigos. Y alrededor, o en medio, o a la postre (porque enseguida descubrirás, escamado lector, que en esta enloquecida zarabanda barroca el tiempo y el espacio se me han ido diluyendo, sometidos a los fueros establecidos por mis bríos y a las premáticas dictadas por mi voluntad), una disputa entre poetas convecinos que da con todos ellos en la cárcel; o un negro que pasa de ser esclavo a maestro de Gramática; o un joven seductor que cree toparse con la muerte al desvelar el rostro de la mujer a la que acosa; o un religioso que no estima irreverente el celebrar en un soneto no ya los pechos de la Virgen, sino la leche que mana de ellos; o un vulgo convencido de que la peste declarada en Milán la han provocado, envenenando sus cisternas, unos esbirros a sueldo del rey de Francia… Lances, ideas, figuras, escenarios y esquemas mentales que, en su conjunto (y a pesar del caos asumido –y aun diré que revoltosamente buscado– como tributo debido a la época), acaban configurando, a lo que creo, un magnífico retablo de las formas de vida y la mentalidad de los hombres de los siglos XVI y XVII.

(José Ramón Fernández de Cano y Martín, “Epístola al lector”)

viernes, 11 de agosto de 2017

Ocios de (este) estío (1). El señor conde de Abascal a punto de sucumbir en las aguas del Danubio

Abochornados, más bien, desconcertados, por los vaivenes de este raro estío de la Villa y Corte de los que ya no escapa ni el experto primo del señor presidente del gobierno, nos sacude la noticia de que el señor Conde de Abascal, que en compañía de su señora, doña Ana, disfrutaba de unos días de merecida holganza allende nuestras fronteras, está a punto de irse a pique en las aguas del Danubio.

En palabras de nuestro discreto comunicante: El barco en el que surcaban las aguas del Danubio comenzó a arder y a amenazar con catastrófico desenlace. La tripulación dispuso la evacuación del pasaje, que fue rescatado por un barco británico que por allí pasaba.

Después de unos días de desconcierto y congoja, por fin el propio Conde de Abascal nos hace llegar una nota tranquilizadora:

Pensé yo que me tocaba remojarme los venerables tegumentos por segunda vez, al cabo de treinta años, en el proceloso Danubio, y que tomaban cumplida venganza de mí las musas por aquel soneto en que relaté cómo, otrora, lo había cruzado in puribus (“Cuando surqué sus ciénagas remotas/ dejándome las ropas en el suelo,/ gritaban las vienesas con gran duelo:/ ¡Catad que os ve el Danubio las pelotas…”)

Y añade:

Yo nunca temí (¡salvo por mis muchos pecados!), porque al punto pensé: Si Garcilaso creyó que había de acabar sus días en mitad del Danubio, y al fin salió indemne y aun crecido, ¿no han de venir a rescatarme a mí?

Añadiré, en cualquier caso, que me enojó mucho que la embarcación que acudió a socorrernos luciera bandera inglesa. Pero antes de saltar, pregunté desde mi cubierta si eran corsarios o anglicanos. Me juraron que no, y así, a regañadientes, pasé.


Por mor de las noticias de este feliz desenlace, todo lo que al principio fueron dudas y zozobras se transformaron en pocas horas en algazaras y celebraciones, y muchos discretos y discretas, admiradores y servidores agradecidos de la Casa de Abascal, inundan nuestra redacción con todo tipo de parabienes. Algunos en la forma de soneto, al hilo del suceso, y otros, a modo de quintillas, que recogen otros acontecimientos de La Discreta Academia de este estío y que estamos seguros serán muy del gusto del señor Conde y señora. Iremos publicando algunos de ellos, comenzando por el soneto que nos hace llegar Tediato (bien conocido por su célebre diccionario):  

Suceso que fue famoso
del naufragio abascalino

Jamás viera el Danubio proceloso
prodigio tan notable y celebrado
como el que vio aquel día señalado
por el valor del Conde victorioso.

Fuese su barco a pique, mas, calmoso,
mientras crecía el agua en el sollado,
se encaramó a la cofa confiado
y dijo desde allí grave y donoso:

“¡No mengüe agora, hermanos, vuestro brío!
¡No habremos de morir en las remotas
ondas de aqueste cauce tan valiente!”

Tal dijo, y arrojose luego al río,
y fueron salvavidas sus pelotas
triunfantes del fragor de la corriente.


Tediato

lunes, 17 de abril de 2017

Kenji Miyazawa, un escritor japonés aún por descubrir en nuestro país

Por Luis Junco

En poco tiempo se publicará en nuestro país Haru to shura y otros poemas, fundamento de la obra poética de Kenji Miyazawa (1896 – 1933), poeta clásico en Japón pero prácticamente aún desconocido en nuestro país. El libro será editado por Ediciones de La Discreta y es una traducción al español del catedrático de la Universidad de Waseda (Tokio) y especialista en la poesía española contemporánea Alfredo López-Pasarín Basabe.

Como el mismo Alfredo nos dice, Kenji Miyazawa pertenece a ese abundante y especial grupo de escritores y artistas desconocidos o despreciados por sus contemporáneos que alcanzan el reconocimiento después de su muerte. En la actualidad, Miyazawa es considerado autor imprescindible de la literatura japonesa de todos los tiempos. Y si bien ese reconocimiento se refiere a los dos géneros literarios que practicó –el cuento y la poesía– su fama póstuma se debió principalmente a los relatos, cuentos del mundo de la infancia que en modo alguno podemos considerar solo para niños. En ellos podemos hallar el mismo profundo lirismo y la visión mágica de la existencia que Miyazawa manifiesta en sus poemas.

 Hasta tener la oportunidad de leer su poesía en el libro que anunciamos, me atrevo a recomendar dos de los relatos más conocidos del escritor japonés: El tren nocturno de la Vía Láctea y Matasaburo, el genio del viento, que conocí gracias a la traducción y edición de la malograda Montse Watkins, fundadora de la editorial Luna Books y que tradujo al español y publicó en su editorial casi todos los cuentos de Miyazawa.

Voy a referirme brevemente al primero de ellos.

Algunos comparan El tren nocturno de la Vía Láctea con El principito, y aunque ambos relatos puedan ser comparables en algunos aspectos –por ejemplo, en la ingenuidad, inocencia y curiosidad que manifiestan los respectivos protagonistas, y en la celebridad que los dos cuentos alcanzaron en sus correspondientes ámbitos de influencia-, considero que poco tienen que ver en la historia que se cuenta y en el rico bagaje simbólico que cada uno contiene.


Giovanni es el héroe del libro de Kenji Miyazawa, un niño pobre y solitario que se siente despreciado por sus compañeros de escuela, salvo por uno, Campanella. La noche de verano en que se celebra la Fiesta de las Estrellas - una fiesta tradicional que se celebra en el Japón durante el estío, cuando aparecen en el cielo las dos estrellas principales de las constelaciones de Lira y El Águila, Vega y Altair (ambas estrellas aparecen muy brillantes en el cielo nocturno, separadas por la luminosa nube de la Vía Láctea), y que en la tradición oriental representan dos amantes, que cada año, gracias a un puente que para ellos construyen las aves, pueden cruzar el río luminoso de la Vía Láctea y encontrarse en una de las orillas-, mientras los niños del pueblo echan farolillos luminosos a la corriente del río que atraviesa el pueblo, Giovanni se aleja del bullicio y en una colina, junto a la Columna de los Deseos, se queda profundamente dormido. Y entonces su sueño se convierte en mágico, pues de pronto Giovanni se encuentra a bordo de un tren nocturno que recorre el curso de la Vía Láctea. En el tren también viaja Campanella, su compañero de colegio, con quien Giovanni comparte el fascinante periplo que les ha de llevar lleva por las constelaciones más conocidas de la galaxia, desde la Cruz del Norte hasta la Cruz del Sur. El tren para en algunas estaciones, en las que suben y bajan curiosos personajes que cuentan a Giovanni las razones de su viaje o las circunstancias por las que se encuentran allí. Y entonces nos damos cuenta de que en aquel tren Giovanni y a su compañero están viajando al más allá, y que muchas de las cosas que experimentan –tanto las tristes como las alegres y luminosas- y que aprenden de los otros viajeros, van a cambiar profundamente la visión de sus vidas. 

El relato sorprende por la sencillez del lenguaje, la belleza y plasticidad de las imágenes que emplea, y la enorme carga poética que atesora. Y a poco que se tenga curiosidad por los elementos simbólicos, descubrir el significado de algunos de ellos añade, si cabe, arrobo a una lectura ya de por sí emocionante.


Ya hemos señalado que el sueño mágico de Giovanni se produce en la Fiesta de las Estrellas, cuando, según la tradición oriental, los amantes separados por la Vía Láctea pueden atravesar el río de luz y encontrarse de nuevo. Lo que me lleva a relacionarlo con un acontecimiento en la biografía de  Kenji Miyazawa que marcó su vida. Pues ¿cómo no ver en esta secuencia el deseo del propio Miyazawa por reencontrarse con Toshiko, su joven hermana, muerta hacía unos años, acontecimiento decisivo en su vida y en su escritura? De hecho, me parece que, como buena parte de sus poemas más célebres, la muerte de Toshiko inspira todo este relato. Mientras leía por ejemplo una parte del relato en que peregrinos en túnicas blancas entonan alabanzas mientras avanzan en una llanura de luz, no pude dejar de pensar en el viaje de Dante, acompañado de Virgilio, en busca de su Beatriz. En este caso, Miyazawa, en compañía de Giovanni y Campanella, también quiere acercarse al Paraíso para encontrarse con su añorada hermana Toshiko.

Por último, me parece necesario señalar otro logro de Kenji Miyazawa en este breve relato. Y es su capacidad para unir en su escritura culturas y religiones diferentes. Un ejemplo es la música que aparece en el relato. Junto a canciones tradicionales japonesas que cantan los niños, la melodía que suena cada vez con más insistencia al acercarse al Paraíso es la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák. O los personajes y símbolos cristianos que él mezcla sin la menor contradicción con los elementos y creencias budistas, de los que Miyazawa era devoto. ¿Y cómo no apreciar su reivindicación de la ciencia? Sí, también supo unir la ciencia con las humanidades, lo que en el relato se aprecia en muchas ocasiones. Desde la primera clase del maestro de escuela sobre lo que es la Vía Láctea, hasta esa curiosidad de Miyazawa por hallar respuestas científicas más allá de la muerte, que representa ese científico que excava sin descanso en la llamada costa del Pleoceno.

Un escritor que en su viaje en el tiempo estoy seguro llegará cada vez a más lectores. Si no lo conocen, lean estos dos relatos. Y si a través de ellos les llega el profundo aroma de su poesía, no dejen de leer Haru to shura y otros poemas, que muy pronto publicará Ediciones de La Discreta.