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jueves, 4 de abril de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (6)

Por Javier Guzmán


Citas de El largo Adiós

De propina les dejo unos párrafos extraídos de El largo adiós, contados en primera persona por el propio rey Philip. Si después de leerlos no corre a buscar la novela, Chandler seguirá siendo nuestro contemporáneo, pero yo habré fracasado.

De la sociedad y los diferentes problemas de pobres y ricos.
Silvia es feliz aunque no necesariamente conmigo. En nuestro círculo eso carece de importancia. Siempre hay algo que hacer si uno no está obligado a trabajar o a considerar lo que cuesta. No es una verdadera diversión, pero los ricos no lo saben. Nunca han tenido otra. Nunca desean algo con todas sus ganas, excepto tal vez una esposa ajena, y eso es un deseo muy pálido comparado con la forma en que la mujer del fontanero ansía comprar cortinas nuevas para el cuarto de estar.

Del oficio de policía y del conocimiento humano.
Tal vez solo me gustaba sentirme el hombre superior. En mi oficio hay momento para hacer preguntas y un momento para dejar que el hombre se consuma hasta que no pueda más y largue todo. Todo buen policía lo sabe. Se parece bastante al ajedrez o al boxeo. A alguna gente hay que acorralarla y hacerle perder la serenidad. Pero a otros simplemente se les abofetea y ellos terminan golpeándose a si mismos.

jueves, 7 de marzo de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (5)


  Por Javier Guzmán

 La novela negra escandinava tiene aciertos mayúsculos y su aporte al género puede considerarse como la mayor contribución en otras lenguas y otros ámbitos en los últimos 30 años. Pero de ahí a convertirla en la sublimación absoluta hay mucho trecho. De la misma manera que el montaje (el lenguaje cinematográfico), se asienta sobre la obra Eisenstein y Orson Wells (rodada en B&N, con una cámara Mitchel y editada en moviola vertical), como reconocen todos los directores desde entonces, la novela negra actual sienta sus bases en los clásicos americanos.

   Ignorar esto es como pretender que la novela española nace con Camilo José Cela. (Por citar a nuestro último premio Nobel.)

miércoles, 9 de enero de 2013

De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (3)


Por Javier Guzmán

 Henning Mankell, extraordinario escritor dotado de una acerada sensibilidad social, creó un personaje admirable, el inspector Kurt Wallander, un hombre complejo, lleno de dudas y contradicciones (como todos por otra parte y en parte eso explica parte de su éxito), profundamente insatisfecho consigo mismo y con una carga de humanidad tan pesada que puede llegar a hacérsele insoportable (a él mismo, quiero decir). Sus novelas contienen agudas interpretaciones sociológicas porque, cito a Chandler,
            El relato policial en general se refiere a un asesinato, y por tanto carece de elementos promocionales. El asesinato, que es una frustración del individuo, y por consiguiente una frustración de la humanidad, puede poseer y de hecho posee, una buena proporción de inferencias sociológicas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (2)




Por Javier Guzmán

  Chandler, y su por tantos motivos compadre Dashiell Hamett, parten de cero. Ellos serán los responsables de fijar los cánones clásicos de la novela negra. Su primera obra, El sueño eterno, publicada a los 51 años, sigue siendo un referente. En ella nace su personaje clave, Philip Marlow, en todos los sentidos el hombre que nunca pudo ser su autor. (En realidad, había brujuleado por algunos relatos cortos, pero el parto con sangre fue ahí.) En él se refleja hasta fundir las dos personalidades, autor y personaje, en una sola. Marlowe nace a los 33 años, la edad de Cristo, con este impagable inicio de novela:
            Eran cerca de las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba un aspecto lluvioso. Vestí mi traje azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color adornados con ribetes azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser. Iba a visitar cuatro millones de dólares.
  Todas las características de la novela negra posterior ya están en ésta. Apenas unos párrafos después, el jovial detective retrata el lugar donde se deshilachan los cuatro millones de dólares:
            Aquí realmente hacía calor. El aire era espeso, húmedo, cargado de vapor e impregnado del perfume empalagoso de las orquídeas tropicales. Las paredes de vidrio y el techo estaban saturados de vapor y grandes gotas de agua salpicaban las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal como la filtrada a través de las paredes de un acuario. Las plantas llenaban el lugar formando un bosque con feas hojas carnosas y tallos como los dedos de los cadáveres recién lavados. Su perfume era tan irresistible como el alcohol hirviente debajo de una manta.
   Y al hombre que tenía esos cuatro millones de dólares:
            Sobre un espacio de baldosas hexagonales se había extendido un tapiz turco y sobre el tapiz una silla de ruedas y sobre la silla un anciano, visiblemente moribundo, nos miraba con ojos negros en los que el fuego había muerto hace mucho tiempo, aunque conservaban algo de los ojos del retrato que se hallaba colgado encima de la chimenea del recibidor. El resto de su rostro era una máscara de cuero, labios sin sangre, nariz puntiaguda, sienes hundidas y los lóbulos de las orejas curvados hacia fuera anunciando su próximo fin. El cuerpo, largo y estrecho, estaba envuelto, a pesar de aquel calor de sofoco, en una manta de viajes y un albornoz rojo descolorido. Las delgadas manos, semejantes a garras, descansaban mansamente en la manta de lunares rojos. Algunos mechones de cabello blanco pajizo le colgaban del cuello cabelludo como flores silvestres luchando por la vida sobre la roca pelada.
   O su cínica visión del progreso humano:
            ¡Quédate quieto o te vuelvo a dar! No te muevas y contén la respiración hasta que no puedas más. Entonces te dices a ti mismo que tienes que respirar, que tienes la cara negra, que los ojos se te salen de las órbitas y que vas a respirar enseguida, pero que estás amarrado a la silla en esta linda y limpia cámara de gas de San Quintín y que cuando tomes esa bocanada de aire que has luchado con todas tus fuerzas por no tomar, no será aire lo que aspires sino vapores de cianuro. Eso es lo que ahora llaman ejecución humanitaria en este estado.
   El éxito de la novela fue inmediato. Howard Hawks la llevó al cine, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y el amor surgió con tal virulencia que su pasión se desparrama por la pantalla. La película es un clásico… pese a haber traicionado la novela, ejemplo impagable de cómo un arte, el cine, se nutre de la literatura para, a veces, transformarla en otro lenguaje sobre sus ruinas. Chandler no participó en el guión, no se sabe si enfurruñado por lo que se estaba haciendo o por encontrarse borracho como una cuba antes durante y después del rodaje. Ya es hora de decirlo, Raymond Chandler es otro de esos escritores que se bebían hasta el rocío de las rosas de Escocia. (Y eso sí es, a todas luces, una destilada influencia Allanpoética.) En su ausencia, colaboró en el guión William Faulkner, otro santo bebedor de fondo.
   Doce años después, Philip Marlowe se desvanece con apenas cuarenta y cinco años, no sin antes haber creado un arquetipo a través de siete novelas ejemplares y una absoluta obra maestra, El largo adiós.
   Le cedo la palabra a Carlos Fuentes que en esto de los escribidores algo sabe. Lo publicó en El País, y cito de memoria. Viene a lamentarse de la injusticia histórica consistente en considerar a Chandler un extraordinario autor de novelas policíacas… y nada más. Para Fuentes, Chandler es un egregio exponente de la Generación Perdida, The Lost Generation, junto a Dos Passos, Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemmingway o John Steinbeck. Apunta que su literatura es un fresco abierto de la sociedad y el tiempo que le ha tocado vivir, menos presuntuosa y de lectura más amena, novelas ya sin inocencia, sin ilusiones respecto a la sociedad norteamericana. Y sitúa El largo adiós a la altura de Manhattan Transfer, El Gran Gatsby o Al este del Edén. Por supuesto, superior a cualquier novela de Hemmingway, aunque equiparable a los mejores de sus extraordinarios relatos cortos.
   Su narrativa marca un antes y un después en el género y su influencia es visible en toda la novela negra posterior hasta nuestros días.
   Hasta ahí Carlos Fuentes.
   Su influencia, abundo yo, es rastreable hasta ahora mismo. Philip Kerr, el de La trilogía de Berlín, o Dennis Lehane, el de Mystic River o Shutter Island (su primera obra, Un trago antes de la guerra, es un homenaje tan transparente que parece plagio), son dos luminosos ejemplos de obra sólida y actual. O, por movernos en un universo más cercano, la última novela de José María Guelbenzú, premio Torrente Ballester 2010, se llama El hermano pequeño, título muy aproximado a La hermana pequeña, The Little Sister, 1949, quinta novela de la saga Chandler/Marlowe. Guelbenzu ha creado una serie de novelas “criminológicas” protagonizadas por Mariana de Marco, que no es detective sino juez, interesante variante. Un escritor de la talla de Guelbenzu no puede haber elegido ese nombre por azar. Es, desde el título, un claro reconocimiento al maestro. No sigo por no apabullar.
   Ante estas realidades tan poco cuestionables (y no por eso, afortunadamente, a veces cuestionadas), me pregunto yo por qué (¿por qué, por qué, por qué?) una muy reciente, e interesante, variación sobre el mismo tema (hablo de los negros rubios de los septentriones escandinavos) borra todo lo anterior y amenaza con crear una adicción excluyente a una escuela que se fagocita a sí misma, y se nutre, y se digiere, y se fotocopia en cada viejo libro nuevo o secuela, cuela.
   ¿Por qué los nuevos lectores consideran una moda una culminación? Por no haber leído los clásicos del género, así de sencillo. Su lectura es vacuna. Su desconocimiento deja sin defensas al lector desprevenido y le hace confundir lo bueno con lo mejor. En un asesinato no es lo mismo un disparo a quemarropa (Smith & Wesson del 38, cañón recortado), que una virulenta neumonía provocada por las gélidas corrientes de los vientos boreales. 
   Escribe Chandler en su, este también, imprescindible ensayo sobre “la novela de detectives”, El simple arte de matar, (en ingles The Simple Art of Murder, el simple arte de “asesinar”), “la literatura de ficción, en todas sus formas, siempre intentó ser realista”.
   Tal vez en esa verdad radique el hecho diferencial. Los países con problemas reales tienden a exponer la realidad de sus problemas a través de la literatura. Los países que carecen de ese tipo de problemas, hartos de casas de muñecas, se suben al carro de la novela negra inventando su propias realidades para escribir ficción con apariencia de realismo social. Los escritores de las sociedades más libres, justas, igualitarias y civilizadas desde que el ser humano pasta sobre la tierra, se empecinan en agigantar sus problemas, desorbitan la realidad, para entregarnos una literatura de tundra, de tristeza, de agonía.
   Cualquiera que haya visitado los países escandinavos (o visto en televisión españoles aclimatados por esos mundos) reconocerá que es un precioso planeta aburrido, no perfecto, por supuesto (eso es imposible), pero donde existe una vocación decidida por alcanzar la perfección, algo tan utópico como pretender orinar en el horizonte. Solo la constitución americana, redactada por admirables lunáticos utópicos, consagra el derecho de todos los hombres a ser felices. Nuestros nórdicos, más pragmáticos, no se atreven a tanto, pero se empeñan, a veces se despeñan, en alcanzar la mejor de las vidas posibles para todos. Que no es poco. De esta pálida imitación del paraíso surgen como una ventisca los negreros conquistadores vikingos.
   Como acotación personal creo importante reseñar que el boom de la novela policial en los países escandinavos floreció, ¿coincidencia?, con el asesinato de Olof Palme cuando era primer ministro sueco. Ese crimen jamás se resolvió, más bien se enmascaró. (Ver “Asesinato de Olof Palme” en Wikipedia, no hace falta más.)   
 Parece ser que con la connivencia de las instituciones suecas, que ignoraron pruebas de evidencias rescatadas por la investigación periodística.     
            Detrás estaba la extrema derecha que recorre todo el sistema sanguíneo del poder oculto en Europa.
   Lo anterior lo dijo Henning Mankell, el hombre en que empieza todo.
   De acuerdo que, siguiendo de nuevo a Borges en su magistral ensayo sobre Kafka, todo autor de éxito inventa sus precursores, y en ese sentido han aparecido predecesores de Mankell… que no hubieran sido traducidos si Mankell, primero, y la niña que tiraba cerillas a los hombres que odiaban a las mujeres en los palacios de las neumonías, después, no hubieran tenido el éxito arrollador que han tenido. Con toda justicia, en mi opinión.

martes, 11 de diciembre de 2012

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos



Por Javier Guzmán.

A los sesenta años de su largo adiós, (más o menos), Philip Marlowe sigue siendo nuestro contemporáneo. El aniversario, con todo lo diluyente, casposo, necrófilo, pavoroso y hasta chismoso que puede ser un aniversario o fecha fija, necesita un prólogo.

Por eso he decidido empezar por un bestialismo extemporáneo y dejar los fastos del aniversario para una segunda parte, (la parte contratante de la segunda parte), si es que llega o, peor aún, si es que llega a ser necesaria.

Los feroces guerreros vikingos, (por algún lado hay que empezar a desmontar los mitos), no usaban cascos de cuernos. Eran, eso es innegable, unos extraordinarios marinos y unos guerreros brutales. Descolgados desde los gélidos fiordos del norte, arrasaron toda la costa de Europa occidental (incluida la Gran Bretaña por sus dos amuras), se descolgaron Sena arriba, convirtieron París en un fiestongo u ordalía y a la pregunta de, ¿nos quedamos o nos das algo si nos vamos, Charlipetit?, el rey de Francia, Carlos III el Simple, (motes haylos bien coñeros), les regaló la actual Normandía, (nombre derivado de su otro nombre ya latino, hombres del norte o normandos), desde donde iniciaron, algo desbravados, justo es reconocerlo, la última invasión triunfante de Inglaterra, (tierra que a estas alturas no sabemos todavía si es Europa o excepción). Por llegar, llegaron hasta fundar un reino en Sicilia y eso, amigos, queda en casadiós contado en millas marinas desde Helsingor. Pero antes, y durante, su caudillo Olaf arrasó dos veces mi ciudad, Santiago de Compostela, asesinó a todos a todos los niños y ancianos, empezando por el obispo Sisnando, a todos los hombres que sobrevivieron al ataque, y violó con furia hiperbórea a todas las mujeres en edad adecuada, (solo y en compañía de sus otros, de por ahí vienen los gallegos rubios). Todo esto sin mencionar el saqueo de los tesoros de la catedral prerománica y, ya que estamos, prenderle fuego a la ciudad que hay mucha humedad en mi pueblo. Luego, (así es la historia, así es la iglesia), se convirtió al cristianismo y los noruegos actuales lo veneran como San Olaf. El rijoso catolicismo subyace en el tedioso luteranismo. Además, reconocerán, no deja de tener su coña que Olaf al revés se lea Falo.

Basta de preludio, cebo o carnada.

Lo importante era dejar constancia de que los vikingos cuando arrasan es que arrasan de verdad.

Lugar: una biblioteca pública.
Tiempo: diríamos ayer.
Asunto: tertulia literaria sobre novela negra.
Con asombro, (mío), una mayoría significativa de mis compañeros afirmó haberse iniciado en la novela negra con los escandinavos, más concretamente con la trilogía Milenium, (las trinidades siempre han sido muy propensas al misterio), y luego haber continuado por ahí arriba y solo por esos nortes. Algunos hasta juran sin sonrojo no haber leído nunca a Chandler ni a Hammett lo que, con perdón, es como reconocer la iniciación a la ópera con El fantasma de la ópera y no haberse preocupado nunca por oír a Mozart, ¿così fan tutte?, ni a Verdi, ah, la maledizione!

Y más aún, en la primera página del primer documento entregado por la monitora, (trabajo arduo, dicho sea con reconocimiento), bajo el epígrafe “Los imprescindibles”, aparecían obras imprescindibles del género, (pero ni eran todas las que estaban ni estaban todas las que eran) y entre ellas, El sueño eterno, de Raymond Chandler y una colección de relatos previos a su obra maestra, El largo adiós, que, incomprensiblemente, ni aparecía ni se recomendaba. Salvando todas las distancias que queramos correr, es como considerar imprescindibles las novelas ejemplares de Cervantes, que lo son, y no El Quijote que inventa el concepto de imprescindible.

Por tanto, se me hizo imprescindible, un suponer, contar a todos los hombres, mujeres y varones, (ver latín), por qué para mí Raymond Chandler es imprescindible y su personaje, Philip Marlowe, el detective canónico de la literatura sobre el tema.

El atroz resultado es este texto empanada, primera parte no contratante.

A partir del rey Philip, todos los investigadores de ficción se aproximan o huyen de su negra sombra, (lo de huir me parece todavía más homenaje). Y he dicho literatura sobre el tema y no policial porque sería limitar muy mucho el campo de batalla. La novela de espías, (Graham Greene, John leCarré, por citar solo dos muy grandes), entran en el sistema. Y los guiones de cine, (las películas en principio y por principio son una escritura), también son de este mundo y aportan nombres de balbuceo. Faulkner, Hemmingway o Steinbeck, (por citar solo premios Nobel), entraron en el juego.

Raymond Chandler nació en Chicago, (buen lugar para jugar a policías y ladrones), se educó en Inglaterra, (lo que le permitió lucirse con sinuosos juegos de palabras que sus traductores no siempre aprecian), y murió en La Joya, California, muy cerca de la meca del cine negro y en color. Aupado a un buen vivir, las circunstancias de la depresión, y la realidad de la miseria inesperada, le arrastraron por esos mundos sindiós, en una época en que, como todo buen americano de libro, hizo de todo, (bracero en la cosecha de melocotones, cordelero en una fábrica ensambladora de raquetas de tenis). Fue un escritor tardío y de rebote, pues al no poder, ¿o no saber?, hacer otra cosa se dedicó a escribir. A los 49 años no había escrito nada, (o por mejor decir, no había publicado nada), pero siempre había sido un audaz lector voraz. Pasaré a la historia no tanto por lo que he escrito como por lo que he leído, dijo Borges en una de sus tantos ejercicios de falsa humildad. Chandler en el vértice abismal de los cincuenta, devoraba Black Mask, revista, (cita de Alberto Cousté) que estaba revolucionando por entonces el enfoque tradicional de la narrativa policíaca, y en cuyas páginas colaboraba con asiduidad el ya famoso Dashiell Hammett.

El mismo Chandler, el otro padre de la criatura, lo cuenta a su manera:
Es posible que algún día un anticuario de un tipo más bien especial, considere que vale la pena revisar los archivos de las revistas de detectives que florecieron a finales de los años veinte para determinar cómo, cuándo y por qué medios el relato de misterio popular se despojó de sus refinados buenos modales y adquirió reciedumbre. Necesitará tener una mirada aguda y un espíritu abierto. El papel barato jamás soñó con la posteridad y en su mayor parte debe tener ahora un color pardo sucio.
Ese papel barato para la impresión se denominaba en inglés Pulp Paper y sirvió de base para que un tal Tarantino realizase una película ya mítica, Pulp Fitcion, cine grande, gansters de orilla e irreverente humor de sumidero.

El buen Raymond, entre trago y trago, comienza a escribir relatos de detectives porque considera que, entre el humorismo monosilábico de la tira cómica y las sutilezas anémicas de los literatos hay una amplia extensión de territorio en la cual el relato de misterio puede ser, o no, un hito importante

Mucho más tarde, cuando ya sea un autor consagrado, se despachará a gusto con sus antecesores, no debe resultar muy difícil idear un misterio más plausible que El sabueso de los Baskerville o La carta robada. Esto es una declaración de guerra a degüello, dispara nada menos que sobre Conan Doyle, ¡eres un elemental, Sherlock querido!, y Edgar Allan Poe, ni más ni menos, una de las cumbres de la literatura en lengua inglesa, francesa, (gracias a la traducción de Baudelaire), y española, (gracias a la traducción de Julio Cortázar), pero solo muy tangencialmente padre fundador de la novela negra, (a lo sumo de la Poética Negra Oscura casi Gótica).

Al leer esta cita para escribir esto lo que sea, releí a tropezones El enigma de los cuatro, arranque del exitoso Holmes. Tiene tanta consistencia como un colchón de plumas en medio de una galerna del Cantábrico. (Por favor, el crimen lo cometen unos mormones que viajan desde Utah a Inglaterra para realizar una venganza ectoplásmica. Me pido el hueco más caliente del infierno, si alguien es capaz de explicarme con cierta lógica el mecanismo mental que lleva a unas deducciones tan desvertebradas).

Pero he interrumpido a Chandler, perdón, que prosigue imparable, no hay clásicos del crimen y la investigación. Ni uno. Dentro de sus marcos de referencia, que es la única forma en que se lo puede juzgar, un clásico es una obra que agota las posibilidades de su tratamiento y jamás puede ser superado. Ninguna narración o novela de misterio ha logrado tal cosa hasta ahora y muy pocas se acercaron. Y ese es uno de los principales motivos para que personas, en otros sentidos razonables, sigan atacando la ciudadela.

De su asalto a la ciudadela hablaremos en próximas escaramuzas.