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martes, 7 de mayo de 2013

¡El autor, el autor!, de David Lodge


Este libro fue regalo de cumpleaños de una buena amiga, hace ahora un año y unos meses, pero no me puse con él hasta hace dos semanas. Lo curioso es que, cuando llegó a mis manos, yo no había decidido aún que mi próximo empeño literario sería, será, una obra de teatro. Por eso, me sorprendió mucho que el tema principal fuera lo que le sucedió al bueno de Henry James al tomar una decisión similar, aunque en circunstancias bien diferentes a las mías. Es de esos libros que parece que le eligen a uno, y no al revés.

La literatura está llena a rebosar de historias que tienen como protagonista a escritores y yo mismo no me he librado de colaborar. Hace unos años habría calificado el hecho de síntoma de egocentrismo, pero hoy empiezo a pensar que en el fondo está reflejando una realidad estadística: todo el mundo escribe. Por eso, quizás las editoriales comerciales descubran pronto el género del libro para escritores, o aspirantes a, porque me parece un filón.

viernes, 6 de julio de 2012

Reseñas del lector: Romana Petri, la novela de toda la vida


Podría decirse, con poco margen de error, que Toda la vida, de Romana Petri, no es una novela escrita a la moderna pese que haya sido publicada recientemente, tanto en Italia (Longanesi & Co., 2001) como en España (Destino, 2012). En estos tiempos dominados por las redes sociales, los libros digitales y el correo electrónico, y donde la narrativa moderna tiende a rechazar la clásica historia de amor que trasciende las fronteras, Petri vuelve la mirada y la intencionalidad atrás para entregarnos una novela a la antigua usanza: el hombre joven que se muda a Argentina (o mejor dicho, a la Argentina, con regusto lingüístico a añejo) para hacer las Américas tras la guerra; un único y fogoso beso que sella una vital declaración de intenciones; una carta con recado de matrimonio dos años después; el viaje transatlántico en barco de la novia dispuesta a iniciar una nueva vida…
Pero pongamos nombres a los personajes. Ella, Alcina, una mujer solitaria y áspera que cree comunicarse con los muertos y que se niega una y otra vez la felicidad. Él, Spaltero, un hombre diez años más joven que ella, vigoroso y tremendamente guapo, que pese a la distancia geográfica no olvida el sueño de su niñez, nunca marchito: casarse con Alsina.
Sintetizado así, parecería que tenemos entre las manos una novela romanticona. No lo es: dije una historia de amor a la antigua usanza, no una novela rosa. Petri renuncia a ciertos elementos habituales de la moderna novela (fragmentarismo, elección de personajes anti-heroicos, uso de la analepsis, desprecio del amor como tema dominante, distanciamiento hacia los personajes, el hibridismo de géneros) a favor de esa literatura que podríamos decir, casi robándole el título al libro, “de toda la vida”, sencilla y sincera, pero literatura en cualquier caso. La novela, con todas las diferencias que pretendamos encontrar en esta aseveración, está más cerca de las propuestas de los autores italianos de la posguerra (Pratolini, Moravia, Svevo o Pavese –aparte de poeta, también novelista) que del vanguardismo de la segunda etapa de Italo Calvino, cuando comenzó a dar rienda a su arriesgado juego combinatorio.
Como son pocos los personajes, la autora puede permitirse el lujo de desarrollarlos desde dentro, sin prisas. Toda la vida es, antes que nada, ese retrato de interiores de sus personajes, que conversan sobre sus anhelos y sus frustraciones: Alcina, Spaltero, la Jole, el indómito perro Venceguerra y, por encima de todos –en mi opinión el más interesante del libro– Toni, un escritor agonista e inconsolable que no cree en ningún amor que no venga envuelto con la belleza de una Ava Gardner. En ellos –se diría que incluido el perro– convive la memoria de la II Guerra Mundial, que con el paso de las décadas habrá de dejar paso a otra amenaza: la de la dictadura argentina.
Romana Petri (Roma, 1965) es una autora consagrada en su país, con una trayectoria jalonada por importantes premios literarios, y codirige junto a su marido la editorial Cavallo di Fierro. Mi primer acercamiento a su obra, Toda la vida, es una novela que sabe conjugar la buena literatura con una apuesta narrativa por los valores tradicionales del arte de narrar los sentimientos.

Autor: Francisco Rodríguez Criado
Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo. Mi querido Dostoievski es su última novela. 

[Fragmento]
(Doy un breve fragmento de la novela que relata una etapa de la vida de Toni, el escritor, y su hermano Sante. Elijo este fragmento porque describe algunas de las mayores confrontaciones políticas y sexuales de la Italia de la época):

“En Sicilia su hermana se había quedado con sus padres. Una vida tranquila, un buen trabajo en el hospital, un marido también médico, dos hijos. Su hermano Sante se había reunido con él en la Argentina. Los primeros años habían vivido juntos, pero después había pasado algo. Siempre habían sido distintos, muchas noches habían perdido el sueño a causa de sus ideas políticas. Llegaban al amanecer, exhaustos, sin que ninguno de los dos hubiese dado un paso por acercarse al otro.
–No entiendo cómo puedes apoyar a los comunistas –le decía Sante.
–Estudiamos carreras distintas –le contestaba Toni–. El cerebro toma la forma de lo que se aprende. ¿Cómo explicártelo, Sante? Hay cosas que hacen que el cerebro levite, y otras que lo dejan a un nivel más…
–¿Elemental?
–No, más primitivo. Yo he evolucionado, tú no.
–¿Quieres hacerme tragar que una licenciatura en letras vale más que una de ingeniería?
–Desde el punto de vista práctico, diría todo lo contrario. Pero siempre has tenido demasiados números en la cabeza, Sante. Nunca te ha quedado sitio para las palabras. Digamos que tenemos dos inteligencias muy diferentes. La tuya es de tipo convergente y la mía, divergente; si supieras, Sante, cómo diverge siempre.
Después ocurrió aquel episodio en el que Sante se había emborrachado. Había regresado a casa y se había tumbado en el sofá con los ojos abiertos en la penumbra de la sala, iluminada apenas por la luz de una farola de la calle que se filtraba a través de la venta. Toni estaba en la cama, pero despierto, y al oírlo entrar se había levantado.
–¿Te encuentras bien? –le había preguntado.
–Tal como me ves –le había contestado Sante, arrastrando las palabras.
–A veces hace bien beber. Mañana se te habrá pasado todo. ¿Quieres que te haga la cama?
–Vete a la mierda, Toni. Sólo tienes tres años más que yo, no me hagas de mamá.
–¿Qué tienes?
–Nada, he pasado una velada maravillosa. Déjame en paz.
–¿Una muchacha?
–No. Un muchacho.
Y después se había quedado dormido. Al día siguiente empezó la guerra. De aquella historia ni una palabra más. Pero Sante no había olvidado la confesión hecha en la euforia del alcohol, y a partir de entonces Toni pasó a ser su peor enemigo. Tras unas semanas encontró otro alojamiento y se marchó. Volvieron a verse algunas veces, sólo porque Toni lo buscaba, pero los encuentros eran fríos, llenos de silencios. Después, cuando Toni había tratado de volver a sacar el tema para decirle que a él no le importaba nada, que cada cual era libre de seguir lo que le indicaba su naturaleza, Sante había perdido los estribos, se habían abalanzado sobre él, lo había agarrado por el cuello y lo había lanzado contra la pared.
–¡Métete en tus asuntos! –le había gritado–. ¡Me importa un carajo lo que pienses!
Pero como Toni era más fuerte, había conseguido soltarse e inmovilizarlo, y mientras Sante se debatía, tratando de liberarse, lo había estampado contra el suelo y le había dicho:
–Pues debería importarte. Porque entre los fascistas con los que andas no sé cuántos encontrarás dispuestos a aceptar que eres maricón. ¿Qué vas a hacer, Sante, eh? ¿Te vas a esconder toda la vida? ¿Te buscarás una mujer y te casarás con ella? Más te vale que la elijas bien guapa, porque los que son como tú necesitan señuelos”.

Romana Petri, Toda la vida, Destino, 2012, pp. 162–164. Traducción del italiano: Celia Filiperto, 2012.

miércoles, 27 de junio de 2012

¿Un intruso en Los de abajo?


Hace muchos años leí por primera vez Los de abajo de Mariano Azuela y quedé prendido de esa veracidad que emanaba de sus páginas. Daba la impresión de estar asistiendo, testigo de primera línea, a la Revolución Mexicana. No en vano, la escritura de la novela casi ni se despegaba en el tiempo de los acontecimientos que narraba (comenzó a escribirse en 1914, al hilo de los combates que libraban Villa y Carranza, cuando el propio Azuela participaba como médico militar en las filas villistas); pero, sobre todo, el lenguaje, para mi gusto el mayor acierto de la novela, que nos hace tan cercana y mágica la peripecia a la que asistimos.

En la novela se narra el alzamiento de Demetrio Macías contra el cacique de su pueblo, su incorporación a una Revolución que prende como un reguero de pólvora de un lado al otro del país, y su vuelta, cansado y desilusionado, a su hogar, donde le esperan su mujer y su hijo. (Carlos Fuentes la llamó La Iliada descalza.)

Muchos fueron los personajes que me deslumbraron de la novela, pero, en particular, hubo uno que me impactó: Valderrama. No sé por qué, pero mi impresión desde el principio es que asistía a la aparición de uno de esos dioses que, al igual que ocurría con los griegos y troyanos, intervenía en los acontecimientos que dirimían los humanos y que luego, siempre luminoso, desaparecía. Y con esa impresión me mantuve durante años. Cada vez que pensaba o se hablaba de esa novela me venía esa imagen de Valderrama.

Valderrama aparece en la vuelta del héroe Demetrio Macías a su hogar, envuelto en una inercia de peleas incomprendidas:
Valderrama, ¿vagabundo, loco y un poco poeta?
Y aparece como una revelación:
–¿Villa?... ¿Obregón?... ¿Carranza?... ¿Qué se me da a mí? ¡Amo la Revolución como al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es volcán; a la Revolución porque es Revolución!... Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cataclismo, ¿qué me importan a mí?
–Le tengo voluntá a ese loco –dijo Demetrio sonriendo–, porque a veces dice cosas que lo ponen a uno a pensar.
Pero no hace mucho leí una edición crítica de la novela de Mariano Azuela, editada en el año 1984 con el apoyo de la UNESCO y bajo la coordinación de Jorge Ruffinelli y descubrí que Valderrama era un intruso. Como el mismo Ruffinelli dice en la introducción:
Este personaje no pertenece al universo inicial de Los de abajo en 1915, que es un universo descarnado, llevado casi al hueso... Como dice Stanley R. Robe, “Valderrama es uno de los tributos de Mariano Azuela a Becerra (el poeta José Becerra)... Su presencia en la novela y los episodios en los que participa fueron decisiones a posterori y Azuela, quien es notablemente descuidado en la construcción argumental, no se toma el trabajo necesario para justificar lógicamente el ingreso de Valderrama en la novela ni su salida posterior”.
Leí esto desconcertado. Por una parte con el arrobo de quien descubre una verdad; pero por otra con la impresión de que algo importante se me desmoronaba.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que las novelas son universos autónomos, y sus personajes cobran vida o desaparecen con independencia de voluntades y propósitos individuales. Incluso los del autor. Valderrama entró y salió de la novela cuando llegó su hora, pero dejando para siempre su huella luminosa:
Valderrama, el vagabundo de los caminos reales, que se incorporó a la tropa un día, sin que nadie supiera a punto fijo cuándo ni en dónde, pescó algo de las palabras de Demetrio, y como no hay loco que coma lumbre, ese mismo día desapareció como había llegado.

lunes, 9 de abril de 2012

Reseñas de los lectores: La devoción del sospechoso


Terminé la lectura, cerré el libro, lo dejé reposar en silencio sobre mis rodillas, me levanté sin prisas, alejé cualquier ruido, me acerqué a la biblioteca, busqué uno de mis rincones reservados, abrí un hueco mínimo, (entre Las mocedades de Ulises, Álvaro Cunqueiro, y El adversario, Emmanuel Carrière), y lo encajoné con mimo intentando no romper la armonía del instante. La devoción del sospechoso, de Keigo Higashino, había entrado para quedarse.

Pese a poder alimentarme de forma continua con sopas de algas, pescado crudo aviado por el dulzor de la salsa de soja potenciada con la penetrante contundencia del wasabi, y arroces sencillos, mi ignorancia enciclopédica de la cultura japonesa abarca un laberinto de bibliotecas. Cuanto más me intereso, más se me escapa. El padre Arrupe, jesuita y médico en Hiroshima cuando cayó la maléfica, y más tarde último Gran General de la Compañía, tardó tres años largos en aprender a manejar con la armonía requerida los utensilios de la ceremonia del té. Pero él era un hombre de Dios y yo soy ateo. Renuncio.

La devoción del sospechoso es la armonía del conjunto. Me cuesta imaginar su escritura por medio de artilugios mecánicos. Veo unas manos de pianista, alabastrinas, mover con delicadeza una pluma de ganso sobre un papel de seda. Tal vez al fondo, muy suave, María Joâo Pires interpreta el segundo movimiento del concierto para piano y orquesta nº 27 de Mozart.

Todo inicia con una muerte accidental interpretada como un necesario homicidio involuntario, pero homicidio al fin. La atractiva madre soltera y su hija adolescente sienten la llegada del pánico a sus vidas. Suena el timbre. Abren la puerta demudadas. Un hombrecillo, su vecino, se ofrece a ayudarlas. Así, tan en blanco, comienza una escritura donde, bajo el pretexto de novela negra, se analizan y entreveran un reducido mundo de personajes, sus vidas asaltadas por lo inesperado y unas formas de conducta, por encima de todo, civilizadas.

Nada hay de estridencia, ni siquiera en la violencia, todo es paciencia, rigor, espera, claridad, un policía avezado y humanista, dos científicos, (un matemático y un físico), un paso a paso, una investigación, un análisis minucioso, una confrontación de inteligencias afinadas por la elegancia.

Mientras toda pasa, nada parece estar pasando.

La escritura es limpia, ordenada, (pocas veces he leído una investigación descrita con tanta meticulosidad, tan comprensible de inmediato), donde se avanza con precisión de cirujano en unas coordenadas de tiempos y espacios de blancura quirúrgica. Por supuesto, el hacer bien las cosas no conduce a nada o, más complejo aún, el policía llega muy pronto a la raíz del problema, pero es incapaz de encontrar pruebas válidas ante un juez. Una inteligencia aguda mueve, ha movido, los hilos para invertir su función e impedir la llegada de la araña hasta la mosca atrapada, desesperada. Ahí entran en juego las dos potentes mentes científicas, la búsqueda de los ángulos muertos generados por las ideas preconcebidas, averiguar si es más sencillo encontrar por ti mismo la respuesta a un problema o comprobar si es correcta la encontrada por otro.

El autor no juega al engaño. Desde el principio, línea a línea, pone todas sus cartas sobre la mesa a la vista del lector. Pero, no nos engañemos, el ardid del argumento es una argucia. Lo importante son los personajes, sus reacciones, su modo de pensar, sus compromisos mentales, sus (des)equilibrios emocionales. Pese a ser japonesa en los detalles, la leí muy occidental. Si cambiamos, las características físicas, la comida o las tatamis para dormir, (siempre me extrañó observar a las grandes culturas orientales incapaces de inventar el colchón, la silla o el tenedor), La devoción del sospechoso podría desarrollarse en un país avanzado de Europa, en un entorno social tan habitable como un campus universitario danés, por ejemplo. Hasta el final, cuando las tensiones contenidas buscan salida, cuando el comportamiento exija ajustarse a sus normas de conducta. Entonces asistimos, con transparencia doliente, a derribos psicológicos, a la emergencia de sentimientos de culpa agazapados o a la imperdonable sensación de fracaso, algo tan rotundamente japonés.

La narración se almohadilla con ternura, impregnada de un aroma romántico nada ñoño, ¡por favor!, capaz de llegar a despertar emociones por encima de la intriga, a enamorarte de los personajes, precisamente por entender su evolución a través de la sutil progresión del desarrollo.

La traducción es impecable, magnífica, la prosa diáfana se expresa con la suavidad de un haiku, las palabras son exactas, deslumbrantes sin pretender deslumbrar. Trasladar tal sutileza del japonés al castellano se me antoja proeza.

La devoción del sospechoso ha sido mi primera gran sorpresa en mucho tiempo. Alguien dijo de cierto hombre que su grandeza crecería con el tiempo como crecen las sombras cuando el sol declina.

Perfecto para La devoción del sospechoso.


Título: La devoción del sospechoso X
(Ignoro si la X, mayúscula, en rojo, pertenece al título original o es un reclamo editorial para incentivar el suspense. En cualquier caso, para mí, es tan aberrante como rematar el Concierto nº 1 de Chopin, Maurizio Pollini al piano, con un aldabonazo de gong chino)
Autor: Keigo Higashino
Editorial Ediciones B. También accesible en el Círculo de Lectores.

Autor de la reseña: Javier Guzmán