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lunes, 2 de mayo de 2016

Almedina, último libro de Javier Guzmán

Almedina es el último libro que, junto a Brigada Lincoln (X Premio Gonzalo Torrente Ballester) y El cocinero del Papa (Ediciones de La Discreta, 2012), completa la conocida como Trilogía de Almedina, territorio mítico inventado por Javier Guzmán. También fue el último libro de Javier, que falleció en septiembre del 2014, en Madrid.

De origen gallego, Javier residió en Venezuela durante 15 años, y se casó con Alicia, una aragonesa. No solo se enamoró de ella, sino de la tierra de la que procedía, Aragón. Elementos todos que fueron decisivos en su escritura. Como él mismo señalaba:

Así que estos territorios discordantes (Galicia, el norte de Castilla, Aragón y la bella Caracas) impregnaron mi geografía emocional, mis lenguajes, mis acentos, mis concreciones, pocas, y mis extrapolaciones, excesivas (...) Con mi primera novela, Brigada Lincoln (1998), creé mi particular mundo de Almedina, Teruel, cronotopo en donde también se desarrolla El cocinero del Papa (Ediciones de La Discreta, 2012).

Sí, tuvimos la suerte de conocer a Javier Guzmán en el año 2011 y publicamos El cocinero del Papa. Y como ocurre con la mayoría de los escritores que publican con nosotros, el vínculo trascendió la habitual relación editor-autor para convertirse en amistad y el desinteresado apoyo de Javier al proyecto discreto: participó en nuestros actos culturales, reuniones, colaboró en nuestro blog literario Náufragos en tiempos ágrafos.

En ese tiempo siguió dando forma a unos "Relatos Complementarios" que se derivaban de Brigada Lincoln y de los que que también se desprendió El cocinero del Papa. Javier lo explicaba de esta manera:

Finalizada la redacción definitiva de Brigada Lincoln sentí que ciertos personajes me gritaban, ¿y qué hay de lo mío? Entendí sus razones, al fin y al cabo era la gente más íntima de todas las personas reales o imaginarias que haya conocido en mi vida. Volví a leerlos, es decir, volví a intimar cara a cara a calzón quitado y sí, quedaban desdibujados cuando en mi opinión, y en la suya, merecían un tratamiento más extenso. Esto supondría alargar en exceso BL con situaciones que lastrarían la historia. Por eso decidí escribir una serie de “Relatos Complementarios” agrupados bajo el nombre genérico de Almedina. Una cosa lleva a la otra. En alguno de esos relatos nacieron personajes que luego se incorporaron a El cocinero del Papa, novela situada también en territorio Almedina (Tiburcio Paricio tal vez sea el más representativo). Terminada ésta me vi en la necesidad de abundar en otros. Total, zagal, para acabar de una vez, casi sin darme cuenta había escrito once relatos, algunos bastante extensos. Aquí están.

Y el resultado es Almedina, con el que se cierra la Trilogía.

Como decíamos al principio, Javier falleció hace poco más de un año, cuando corregía las pruebas de este libro.

(Almedina será presentado en Madrid el próximo día 8 de mayo, a las 12 horas, en la Biblioteca Eugenio Trías del Retiro, un acto que queremos que no solo sea la presentación de un libro, sino nuestro discreto homenaje a Javier Guzmán. Además del crítico literario y escritor José A. Ponte Far, en el acto participarán los escritores David Torrejón, Emilio Gavilanes y Luis Junco.)


lunes, 15 de septiembre de 2014

Eric Arthur Blair, recién llegado al frente de Aragón



A Javier Guzmán. In Memoriam

Lo que más le llama la atención es la suciedad. Por todas partes hay papeles, latas de conserva, restos de comida y sobre todo excrementos. Los españoles defecan junto al lugar en el que hacen la vida. Algunos incluso en la trinchera.

Todos los días cae a la misma hora una lluvia de proyectiles muy mediocres. El armamento de los fascistas –al menos el de los que ocupan esa posición– es tan malo como el de los republicanos. Ambos bandos comparten el calibre de algunas municiones. Hay unos obuses de los nacionales que hacen unos cráteres mínimos. Y eso cuando estallan, porque cerca de un tercio no llegan a hacerlo. Y como valen para los cañones de los republicanos, estos se los devuelven. Hay un obús que ha volado de una posición a otra más de diez veces. Le llaman El Pacifista. Por cada viaje le hacen una muesca. Nadie quiere que haga blanco.


A Orwell, afiliado al POUM hace unos días, comienza a nacerle un gran amor por los incultos anarquistas españoles. Dentro de cinco meses, en las jornadas de mayo, en Barcelona, a muchos kilómetros del frente, su vida correrá más peligro, ante el fuego amigo comunista, que en estas pobres trincheras. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Necroilógicas - Javier Guzmán

Sí, esta madrugada murió Javier Guzmán, novelista que el año 2000 había ganado el Premio Torrente Ballester con Brigada Lincoln y que no conocimos personalmente hasta que hace un par de años la “causalidad” de la vida le llevó a proponernos la publicación de la continuación de aquella primera novela. La publicamos en el 2012, con el título El cocinero del Papa, y desde entonces Javier entró para quedarse en nuestras vidas con su vitalidad y su personalidad arrolladora. Como escritor, colaboró con nosotros en este mismo blog, charlas, reuniones tempestuosas para hablar de literatura, presentaciones de libros. Pero sobre todo se convirtió en un amigo. Él sabía valorar la amistad con la cita adecuada:

Gracias por vuestra amistad, amigos. Como decía León Felipe, no basta con arar los campos, hay que cultivar las espigas con amor y con gracia.

En el mes de marzo, al tiempo que nos alegraba con el envío de la última entrega de la trilogía de Almedina, Javier nos hacía torcer el gesto con el anuncio de que le habían detectado un cáncer de páncreas. No se andaba con chiquitas o medias tintas; desde el principio enfrentó la enfermedad a cara descubierta:

Toda mi vida he sido analítico, responsable y capaz de asumir cualquier problema que se me presente. Posiblemente este es el más peliagudo de todos. Pero lo asumo, lo entiendo y lo acepto.

Y estos últimos meses han sido de gran intensidad para todos nosotros, pues al tiempo que avanzábamos en la corrección de la novela, con los habituales comentarios de Javier, llenos de humor y sabiduría

(Como ejemplo intercalamos aquí éste, uno entre otros muchos:
Me gustaría agregar algunos cambios. Por ejemplo, el hermano de mi mujer que está aquí porque, dadas las circunstancia, necesitamos la presencia de un hombre en casa, me dice que el los años 50 hablar de limpiar algo a "manguerazos", la tartana de "La simple verdad", es una desatino, entonces las mangueras solo aparecían en las películas americanas. Las cosas se lavaban a pozaladas.
-¿Pozaladas?
-Sí. Lo que los castellanos llamáis cubo, nosotros le decimos pozal. El suelo, una superficie grande y esas cosas se lavaban tirando pozales de agua.
-¡Ayvá, dios!
-¡Venga!
Otra. "Cap a..." es una catalanada cuyo significado es "en dirección a..." (cabeza a)
Ejemplo grasiento.
-¿Onde vais?
- Cap a Zárágózá!
Nunca lo olvides: el habla maña es de imperativo esdrújulo. La excepción es Zaragoza, palabra donde se acentúan todas las sílabas.)

         al tiempo de esto, digo, veíamos el imparable avance de la enfermedad y nos maravillábamos de la conciencia y entereza con las que Javier la afrontaba:

El otro día, más bien noche, estaba en bata cuando me levanté y vi una imagen ligeramente humana reflejado en el cristal negro por el contraespejo de la noche. Y allí estaba Nosferatu, versión clásica, Murnau 1922. Avanzamos, me dije, hacia la inmortalidad por extraños vericuetos.


Hace unos días, fuimos a visitarle a su casa en Madrid. Estaban su esposa, Alicia, y su hija, Tamara. Nos tomamos unas cervezas, charlamos, nos reímos, Javier nos leyó cosas que había escrito. Y nos despedimos, serenamente. Él nos contagió su entereza y nos enseñó algo que solo puede aprenderse de esta manera.

martes, 22 de octubre de 2013

La casa rural, de Adolfo M. Martínez

 Por Javier Guzmán

En un confín de las tierras sin mácula de la España más honda donde (a pesar de, o por haber pocas) cada cosa parece estar en su sitio de un modo sustantivo o eterno, vive desde tiempo inmemorial un beatusile (muy posiblemente huido de las asechanzas de la corte do al más astuto nacen canas), estudioso de lenguas de gato, experto en duelos y quebrantos, ladrón de suspiros de monjas, capador de ditirambos, violador de metáforas y morador en añosa heredad de noble sillería, devenida por las impertinencias de una fortuna rencorosa en hospedaje singular.

 El señor y maestro, rector y habitante unidimensional tenía ensayado un protocolo por si alguna noche de invierno llegaba un pasajero, que llegó una tarde gloriosa de primavera de libro. Luego del trasiego por dependencias, alcobas y un sinfín de grandezas otoñales (vasijas de ordeño donde se crían lagartijas escurridizas a la contra, celosías transfiguradas en troneras luminosas, ménsulas de barroco primitivo aparejadas como patas de cama adoselada, columnas salomónicas construidas girando ladrillos sobre su eje), el señor huésped contrató la habitación por seis meses y pagó por adelantado. El dueño, de genoma (neologismo por antigua prosapia) impertérrito a las veleidades del destino, requiere a qué fin tanta confianza en el futuro.
 La respuesta fue rotunda.

 -He venido aquí a suicidarme.

 -Oiga, esto por aquí se hace en un olivar.

 Si cuento esto de entrada es con la intención nada oculta de meterme, a mi manera, en el mundo de La casa rural, la deliciosa novela de Adolfo M. Martínez, cuya lectura me ha hecho crujir las cuadernas hasta empujarme a dar gracias a la vida, porque siempre se aprende cuando uno se sorprende y pocas cosas son más de celebrar que la lectura pausada de una prosa diáfana, transparente, utilizada con mesura y desparpajo, desprovista de resabios, para contarnos una historia de delicada ficción (de ficción son todas las historias literarias, pero no todas son delicadas), contada así, con las manos, sin aspavientos, divertida y eterna, donde todo ocurre, muchas veces, con pasmosa naturalidad. Al principio pensé hacer una crítica (palabra tajada con aceros), empeño de inmediato desdeñado. Esta, me dije, me la voy a festejar.

 La casa rural me llega en sobre de la continuamente renovada despensa de Ediciones La Discreta, extraña editorial que aún te permite mantener la fe en los sociales atributos esenciales de la imprenta recién inventada.

 Como es muy habitual, el libro abre con una cita que es una autocita, algo para nada habitual, exaltación de las virtuosas profesionales del sexo, esas mujeres que, citando a Jardiel Poncela, hacen bien por dinero lo que la mayoría hace mal por amor.

 (Inciso: no voy a citar nunca más las fuentes de mis intercalados intertextos. Apócrifos o no, los mantendré perniciosamente ocultos, solo para enterados, interesados o listillos.) 

 Luego de la autocita, una dedicatoria:

 A las chicas del burdel y a las volgivagas que hacen la calle.

 Vamos, dedicada a todas las mujeres que ejercen la profesión del desahogue masculino (a más putas entregadas, menos psiquiatras entrometidos) en su aplicación más fieramente humana, y no a las empresariales de las sacrílegas casas de tapadillo, (más propias de militares, concejales y arciprestes), ni a las diletantes del papel couché, asiduas boqueronas en los programas del corazón casposo de todas las televisiones de nuestro mierdoso país, esas que cobran mucho más y lo hacen mucho peor por ejercer de entretenidas de, disfrazadas de, acompañantes ocasionales de, último amor de o ex de (como terminan todas).


A ver si no me disperso. El término volgivaga, pese a entenderlo perfectamente, me lanzó al diccionario. Es término romano, utilizado por Ovidio y por Virgilio (toma ya), significa vulgar, común y popular (o sea, como nuestro gobierno) y engloba a quienes ofrecen amor tornadizo y plebeyo, digamos por así decir amor de pueblo y al descampado, no en vano habitamos una muy noble casa rural.

 Pordiós, si sigo así no es que no vaya a terminar nunca, es que ni tan siquiera voy a empezar. Vamos pues.

martes, 23 de abril de 2013

50 polvos de ley


Por Javier Guzmán

  Mi amiga Tina, estanquera, castiza, chulapa, pechugona y descará, ¿a quién, a mí?, sigue siendo fiel a la memoria del Caudillo (con mayúscula, porfa), y no pasa un 20 de noviembre sin pegar una lágrima en su muro. También fue del Opus, mas aguantó poco en el refugio del subterfugio (tanta reunión alambicada, tanta señorita amaestrada, tanto amor de meapilas), y los largó destemplá, ¡si es que son muy ñoños, leñe! Pues esta perla, o joya, me dijo un día, ¿películas?: A mí la peli que más me ha gustado es Pretty Woman. Yo aproveché raudo el flanco abierto, claro, es un precioso cuento de puta con millonario. Pues como la vida misma, jodío, y qué bien lo has definío. Huelga decirlo, mi amiga Tina es madrileña de arrastre.

  Las historias de putas, mujeres que venden su cuerpo por dinero, y millonarios, hombres que compran cuerpos por dinero, son más viejas que la orillita del mar y acampan en los campos de las letras desde antes de que se inventara la escritura. La nueva versión de lo viejo, 50 sombras de nada, abunda en los tópicos y repatea la literatura con saña de ilustrado en su diván. El rico hombre hace de sádico y la golosa ilusa de masoca, o sea, lo habitual. Él la penetra con ritmo de perforadora petrolera (no deja hueco u orificio libre, la búsqueda rastrea hasta el hondo musgoso de los humedales fangosos), y ella aúlla como perra con nudo de perro dentro, vamos, se larga sesiones multiorgásmicas que describe con rubor de teresiana extasiada ante lo que estoy sintiendo. De todas maneras, la cosa es controlada, nadie vaya a pensar en el divino marqués haciendo guarradas durante 120 interminables días por Tacoma, Zamora, Gomorra o Salamanca.

jueves, 14 de febrero de 2013

Dos formas de narrar. ¿Cuál prefieres?


Luchar contra la pila de libros por leer es un empeño tan inútil como podar un seto de hiedra: año a año ambas cosas te van ganando terreno.

En mi último arrebato coincidieron dos autores españoles y sus dos últimas novelas: Javier Marías con “Los enamoramientos” y Andrés Trapiello con “Ayer no más”.

No pienso hacer una crítica de dos obras tan conocidas y menos en esta bitácora habitualmente consagrada a liberar valiosos pecios literarios, siquiera temporalmente, del limo que los mantiene atrapados en el olvido. Simplemente quiero haceros partícipes de una reflexión que me surgió tras leer ambas obras, tan distintas en todo. Y es que lo son en tal manera que me han hecho pensar en dos tipos de autores, o al menos de narrativa: aquella que proporciona al lector una profusa descripción de los sentimientos de sus protagonistas, que se correspondería con “Los enamoramientos” y aquella que prefiere provocárselos por la vía de los hechos que acontecen, sin dar más pistas introspectivas, caso de “Ayer no más”.

Pensando en ello me he dado cuenta de que he preferido siempre la segunda, aunque conozco personas, grandes lectoras, que son claramente partidarias de la primera. Así que quizás también existan dos tipos de lectores atendiendo a estas dos formas.

El caso de “Los enamoramientos” está en el límite de lo que tolero. La prolijidad con que se detiene en la explicación no sólo de los sentimientos, sino de los más nimios y a veces repetidos pensamientos de la narradora pusieron a prueba mi paciencia. Y me hizo pensar por comparación en “Epitafio”, de Paloma González Rubio (editada por LaDiscreta), que despliega con mesura esta forma de narrar en ciento y pocas páginas, las mismas que debería haber tenido la obra del académico. La anécdota de la que parte González Rubio es más original aunque menos intrigante que la de Marías pero el disfrute que me produjo conocer la evolución de los sentimientos de su protagonista fue mucho mayor que en “Los enamoramientos”, simplemente por estar en la justa medida.

Por el contrario, en la novela de Trapiello, narrada en una falsa tercera persona (se descubre al final), los sentimientos del protagonista están apenas esbozados. Conocemos bien su personalidad, su trayectoria, pero lo que siente tenemos que proyectarlo sobre él como lectores.

Siempre he preferido esta segunda forma de narrativa que deja más espacio al lector para que respire. De una cierta forma es más arriesgada porque no tienes constancia de si lo que estás proponiendo por la vía del tablero de juego que has ido disponiendo en la trama va a ser interpretado como tú quieres por el lector. Compensas el miedo incluyendo algunas frases, algunas metáforas, una referencia musical o meteorológica, pero dejas que el lector, imbuido en la piel de tu personaje, proyecte en sí mismo sus sentimientos en un esfuerzo empático. Pienso que, como todo lo que requiere más esfuerzo, produce mayor compensación.

Y ya que he hablado de música, forzando un poco la comparación, lo reconozco, pondríamos en un lado una ópera de Verdi, donde los sentimientos de los protagonistas se explican a cada paso y, en el otro, una pieza de jazz, en la que no tenemos más pistas que unas notas, a veces dislocadas, para subirnos al carro de los sentimientos que están queriendo transmitirnos los intérpretes.

Seguramente no todo es blanco o negro. Blanco (o rojo)  sería Stendhal, negro sería Chandler (no te pierdas por nada las entradas de Javier Guzmán sobre la serie negra original y la nórdica en este blog) y entre uno y otro tenemos todo tipo de graduaciones. ¿Algún ejemplo más?


miércoles, 9 de enero de 2013

De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (3)


Por Javier Guzmán

 Henning Mankell, extraordinario escritor dotado de una acerada sensibilidad social, creó un personaje admirable, el inspector Kurt Wallander, un hombre complejo, lleno de dudas y contradicciones (como todos por otra parte y en parte eso explica parte de su éxito), profundamente insatisfecho consigo mismo y con una carga de humanidad tan pesada que puede llegar a hacérsele insoportable (a él mismo, quiero decir). Sus novelas contienen agudas interpretaciones sociológicas porque, cito a Chandler,
            El relato policial en general se refiere a un asesinato, y por tanto carece de elementos promocionales. El asesinato, que es una frustración del individuo, y por consiguiente una frustración de la humanidad, puede poseer y de hecho posee, una buena proporción de inferencias sociológicas.

miércoles, 8 de agosto de 2012

A Chavela en su va y ven


Tu mundo raro es bolero de nombre equívoco. Y si quieren saber de tu pasado es preciso decir una mentira. Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiende de amor y que nunca has amado, perfecta conjunción de música y letra en oscuridad doliente. No es incongruente, ni tan siquiera retorcido, encontrarle una clave homosexual cuando la canta Chavela… pero verle intenciones homosexuales a José Alfredo Jiménez es un delirio tan trampantojo como imaginar sexy a la madre Teresa de Calcuta. A más de treinta y cinco años de su muerte, José Alfredo sigue siendo el rey. Para Robert “Manolito” Bojorges, magnífica cabeza de gigante olmeca, Lector de Español en la Universidad de La Joya, California, José Alfredo es sin discusión el baladista más grande de nuestra lengua común, nunca terminaremos de darle gracias a México por haberle dado tantas alas. Según el Dr. Bojorges, referencia imprescindible para conocer los entresijos de la canción popular mexicana a la que ha tratado con inusual mimo filológico, “José Alfredo Jiménez fue un macho de los de aquellos, mexicano de tótem, faldero empedernido, tequilero de arrastre, sombrero grande como un refugio, traje de charro con charreteras de plata, cinturón cargado con balas de fogueo, prieto bigote fila de hormigas de da grima mirarte, ni te cuento besarte, muerto cirrótico sin cumplir los cincuenta sentado en un rincón de la cantina, compadre, yo no me achicopalo ni ante Emiliano Zapata. Perseguido por jaurías de maridos burlados desde Guanajuato a Coyoacán, (la fuente de los coyotes bien pudiera haberse inspirado en su memoria compinchada con la del Indio Fernández), tal vez ocultara bajo su feroz aspecto de sietemachos el desgarro del despecho y la soledad del bebedor de fondo”.

 De su libro ya canónico “Los perdedores triunfales”, continúo citando de forma textual al Dr. Bojorges porque mejor no puede decirse, “su inmenso repertorio, (más asombroso aún si pensamos que su autor no sabía música y debía cantar sus composiciones a un amigo para que las transcribiese al solfa), forma parte de la extraordinaria cultura popular no solo mexicana, no solo latinoamericana, ni digamos chicana, sino también española, donde nadie conoce su nombre pero todos conocen sus canciones y las cantan, o ejecutan, o perpetran, al igual que nosotros, cuando la borrachera se sale de madre y se desborda con la memoria profunda de las cosas más íntimas en cuanto los tragos alientan la exaltación de la amistad. Ser conocido sin ser reconocido es posiblemente la máxima aspiración secreta con que sueña todo artista con vocación de pueblo.”

Claro que una cosa son los conceptos y otra las interpretaciones. En la agrietada voz de Chavela Vargas Tu mundo raro se convierte en canción homo, pretendidamente buscado el efecto. Lo que si bien se piensa quiere decir que una canción de amor de las de “adeveras”, y esta lo es, no se para en sexos ni limita sus ámbitos. Es una canción de amor para enamorados y ya está, comme il faut. Sabina, otro grande, realizó un acto de justicia poética al introducir en uno de sus temas un merecido homenaje a los dos alegres borrachos tristes, “las amargura no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”.

Javier Guzmán
Extracto de la novela El cocinero del Papa.


miércoles, 11 de julio de 2012

Cuando ETA quiso matar al Papa


Entrevista realizada por Matías Crowder a Javier Guzmán

“Casa del Libro” de Rambla Barcelona, en el centro neurálgico de la ciudad, seis de la tarde. Por la cantidad de libros, que parecen abarcar el conocimiento humano, trescientos metros cuadrados de publicaciones, la librería en la que nos encontramos semeja una pequeña Babel en miniatura. En las pantallas, la portada del libro que se presentará en breve, “El cocinero del Papa”. Javier Guzmán, su autor, llega con tiempo. Caminamos entre estanterías abarrotadas de libros.

  • (Periodista) Siempre que entro a una librería me llama la atención la cantidad de títulos. ¿Piensa en eso cuando publica un libro, que tendrá que competir con todos ellos?
  • (Javier Guzmán ) ¿Te acuerdas de “El arca perdida”, de Steven Spielberg, el final, cuando meten el arca en medio de todo aquello? Parece que a un libro le pasa lo mismo. Cuando se publica parece ser absorbido por este laberinto borgiano.
  • (P.) ¿Cómo logra un escritor que su libro no se pierda en este laberinto?
  • (J.G) Es que yo quiero que se pierda. Creo que lo bueno es perderse, y luego que el libro coja su propio camino.

Javier Guzmán ha viajado por medio mundo. Su acento, las lenguas que lo componen, del cual sus personajes sacan partido, contiene la mezcla de quien ha vivido en varios continentes.

  • (P.) Gallego emigrado a Venezuela, pasado por Madrid, adoptado en Aragón. ¿No piensa quedarse quieto?
  • (J.G) Lo que mandan son las circunstancias, que te van llevando. Uno no se mueve, uno es movido por las circunstancias.

Hablamos sobre su reciente publicación, “El cocinero del Papa”, su segunda novela, editada por “Ediciones La Discreta”. Retratada en Almedina, Teruel, el territorio imaginario al que un día viaja el Papa, su protagonista, Iñaki, un venezolano hijo de vascos, es un cocinero de prestigio con un pasado que ha conocido los lindes de ETA, organización que quiere cerrar su etapa al margen de la ley con un magnicidio final. A Iñaki le van a exigir el asesinato del Papa durante el sibarítico ágape con el que se va a agasajar a la máxima figura en vida del cristianismo. La novela atrapa desde el primer momento. Ágil, divertida, “El cocinero del Papa” es una historia desenfadada y con un punto irreverente cuya lectura lleva al lector a terrenos serios y vitales con buenas dosis de humor.

  • (P.) He escuchado de decir que usted no sabe nada de este libro, que solo eres su autor.
  • (J.G) La novela cuando está publicada ya no es tuya, ya no la puedes modificar, y tiene tantas lecturas como lectores. Pero sí tengo claro de qué va la novela.
  • (P.)¿De qué diría usted que va?
  • (J.G) Diría que se trata de una novela muy coral. Ese coro lo forman personajes trasterrados. Gente desubicada de su entorno natural, pero al mismo tiempo que se adapta muy bien y que no deja de tener añoranzas. La nostalgia es querer estar justo donde no estás. Estos son los personajes que forman la historia, el intento de asesinar al Papa por orden de ETA.

La forma “coral” a la que se refiere su autor habla de una novela intensa, llena de atrapantes digresiones. Javier Guzmán, en las pausas que hacemos entre preguntas, habla de la misma forma, con un diálogo lleno de digresiones que, en un primer momento incurre sobre el acento del entrevistador, argentino de nacimiento, pasando por una decena de libros, editoriales, sucesos, para regresar a la entrevista, y todo ello sin perder el interés de quien lo escucha. Es un buen conversador, según han contado al entrevistador sus editores, quienes facilitan la entrevista, para nada “sesudo”, y no han errado.

  • (P.) En “El cocinero del Papa” ETA cumple un papel esencial, ¿cuál es la lectura que hace su libro del terrorismo?
  • (J.G) Creo que hay una visión del terrorismo nada indulgente, aún así el libro ofrece un intento de leer la situación, de ponerse en la piel del otro. Existe el personaje de una etarra que explica sus motivos y hasta reprende a Iñaki: “no seas como los pastores que no entienden los motivos del lobo”.
  • (P.) Usted pone al persona en una encrucijada. Por no decir en una gran putada. Asesinar a un Papa.
Ríe.
  • (J.G) Es una situación donde hagas lo que hagas la vas a fastidiar.
Leo un párrafo extraído de una entrevista de un medio de comunicación:
  • (P.) “La novela no es realista: parte de premisas irreales, resueltas con realismo”.
  • (J.G) El pueblo es irreal. El alcalde es un socialista multimillonario y su opositor es un conservador de familia humilde, y se ayudan entre ellos. Son ellos los que dicen: la política está tan putrefacta que, o tú y yo hacemos algo, o esto se desmorona. A este mundo ficticio, porque es ficticio, como podrás ver, es donde llega el Papa a bendecir una ermita, y se lía.

Comienza a llegar gente a la presentación. Javier Guzmán saluda a varios de los invitados. Pido sacar al escritor una foto. Javier Guzmán me pide ver cómo ha salido. Le enseño las fotografías.

  • (P.) ¿Es usted coqueto?
  • (J.G.) No soy coqueto, soy algo golfo -bromea.

viernes, 27 de abril de 2012

Reseñas de los lectores: Diario de invierno de Paul Auster





Tú no eres amigo de las biografías, mucho menos de las autobiografías. Sospechas, no sin razón, de algo escrito para contar cosas sobre uno mismo y  para ocultar las cosas incontables de uno mismo. Son cortinas de humo, te dices. A veces hasta con escupitajos sobre el propio escribano, pero, sospechas, la mayoría de esas autocríticas están destinadas a desviar la atención sobre lo  que no se nombra.

Tampoco eres un enamorado de Paul Auster. Es un escritor importante, ¡le dieron el Príncipe de Asturias, ganará el Nobel!, y como a tu mujer le encanta, (o a tu chica, o a tu compañera, o como quiera que llames a esa persona que se despierta a tu lado y te hace soportable la vida), pues has leído alguna cosa suya, ¿Trilogía de Brooklyn, La noche de las ilusiones, El día del oráculo?, y, la verdad te gustaron. Es más, si haces memoria recuerdas que te gustaron mucho aunque luego se te amalgamaran todas en una sola. Haz un esfuercito. Sí, las casualidades convertidas en causalidades, las coincidencias, el azar organizando el caos de la existencia, las pequeñas cosas, ¿pequeño el momento inesperado cuando conociste al gran amor de tu vida?, capaces de convertir cualquier instante en un punto de partida. Sí, vas a leerlo.

Te engancha desde el primer momento, al fin y al cabo todos los adultos hemos sido niños y tú también te escapaste una vez de la mano de tu madre, te caíste y te abriste una brecha en la frente, mira, mira, aquí tengo la cicatriz. Te das cuenta de que cuenta las cosas como sin darse cuenta, y tú ni siquiera te das cuanta de cómo cambia de tiempos y escenarios, porque, eso lo sabe todo el mundo, cuando se recuerda la vida nunca se recuerda de forma lineal, minuto a minuto, día a día, año tras año consecutivamente. Sabe contar una vida a retales, la continuidad del salto temporal. Oye, te has enganchado.

Empieza y va y te dice que ya tiene sesenta y cuatro tacos, ¡bicho!, aunque en la foto del libro parece mucho más joven. Y te habla de los achaques. Todos sabemos algo acerca de la nebulosa de órganos que nos habita, pero llega un momento en que ya sabes exactamente no solo donde los tienes sino también, ay, donde te duelen. Fumo porque me gusta toser, pordiós, te dices a ti mismo, este tío es un colega. No importa que ahora tú seas mucho más joven. Ese momento también me llegará, colega. 

El capítulo de su vida a través de los lugares donde ha vivido, todos, te parece extraordinario. Ves el paso del tiempo por las cosas ocurridas en las casas ya vividas. Yo también podría hacerlo, piensas, y luego piensas que no, que las cosas escritas, descritas, con tanta sencillez son algo muy difícil de pasar al papel con tanta limpieza. Por eso él escribe libros y tú los lees. Tranquilo. Él también piensa que formáis el equipo perfecto.

Pero además, no le saca el cuerpo a cosas de las que nunca se habla. Cogió una gonorrea, chico, eso no se cuenta. Y una vez pilló ladillas y se las pegó a su mujer, maestro, cállate. Pero te gusta, te gusta mucho que hable de cosas que a ti también te pasaron, o le pasaron a un amigo, pero tú nunca te has atrevido a contarlo, casi ni a recordarlo hasta ahora, cuando él te devuelve como tuyos los recuerdos suyos. ¿Y lo del aborto?

Lo del aborto es demasiado. Tú te ves con un amor juvenil, el escaso pan de los años jóvenes, con aquella medio novia pirada del todo. Y de repente, el problema. Y los dos a la clínica a hurtadillas, cabizbajos, avergonzados, el mal humor, la sensación de fracaso, el fracaso. Y eso lo vas a llevar siempre encima, no vas a dejar nunca de preguntarte qué hubiera sido si… por favor, para que luego venga un obispo, o un rabino, o un atildado ministro tan sin sustancia como un moco a darte la monserga, cuando eres tú quien les puedes enseñar a ellos la compleja asunción del dolor, la terrible disyuntiva de tener que elegir. El dolor malcomido y eterno. Solos los dos. Llorando.

Y luego habla de su madre. A lo largo del libro la ves pasar, la ves vivir, ¡mamá es tan importante!, y luego la ves envejecer, la ves morir. Y cuando ya piensas que ha acabado con ella, empieza la disección retrospectiva en un doloroso ejercicio de sicopatología forense, (hacer la disección en vida no hubiera sido autopsia sino asesinato), con una crudeza no exenta de amor. Y es que mamá, ¡sorpresa!, además de mamá fue una mujer, otra persona.

Y termina hablando de sus amores. Bueno, termina y empieza. Por supuesto, el importante es el último, apenas lleva durando, el presente es eterno, algo más de treinta años. No cuenta, nos oculta, su obra. Ni una sola mención. Pero la de ella la narra y la rastrea y la exhibe. Y, no sin retrogusto amargo, relata la alegría de esa nueva familia a la que se ha incorporado, nuevos padres, nuevos hermanos, nuevos sobrinos, hace tanto tiempo que ya es la suya, la familia de su mujer, donde se ha sentido más en familia que nunca.

El libro es pequeño, pero tú sabes que es grande. Hasta te recuerda aquella letal autobiografía de un suicida ejemplar, Stefan Zweig o algo así se llamaba. También ahora sientes una vida ajena muy dentro de la tuya, oye, hasta te ha emocionado, tonterías las justas, te ha gustado como si fuera una novela o más aún. Se lo recomendarás a tus amigos, lo regalarás en cumpleaños y cuando vuelva el reno de Papa Nöel. Pero no dirás nada, tuya es la ofrenda, de ellos debe ser el descubrimiento.

Y cierras el libro con una tristeza dulce, una tristeza para compartir.

Lo ha escrito para ti a los sesenta y cuatro años, justo cuando acaba el otoño, justo cuando empieza el crudo invierno de nuestra desventura.

Autor: Javier Guzmán

lunes, 9 de abril de 2012

Reseñas de los lectores: La devoción del sospechoso


Terminé la lectura, cerré el libro, lo dejé reposar en silencio sobre mis rodillas, me levanté sin prisas, alejé cualquier ruido, me acerqué a la biblioteca, busqué uno de mis rincones reservados, abrí un hueco mínimo, (entre Las mocedades de Ulises, Álvaro Cunqueiro, y El adversario, Emmanuel Carrière), y lo encajoné con mimo intentando no romper la armonía del instante. La devoción del sospechoso, de Keigo Higashino, había entrado para quedarse.

Pese a poder alimentarme de forma continua con sopas de algas, pescado crudo aviado por el dulzor de la salsa de soja potenciada con la penetrante contundencia del wasabi, y arroces sencillos, mi ignorancia enciclopédica de la cultura japonesa abarca un laberinto de bibliotecas. Cuanto más me intereso, más se me escapa. El padre Arrupe, jesuita y médico en Hiroshima cuando cayó la maléfica, y más tarde último Gran General de la Compañía, tardó tres años largos en aprender a manejar con la armonía requerida los utensilios de la ceremonia del té. Pero él era un hombre de Dios y yo soy ateo. Renuncio.

La devoción del sospechoso es la armonía del conjunto. Me cuesta imaginar su escritura por medio de artilugios mecánicos. Veo unas manos de pianista, alabastrinas, mover con delicadeza una pluma de ganso sobre un papel de seda. Tal vez al fondo, muy suave, María Joâo Pires interpreta el segundo movimiento del concierto para piano y orquesta nº 27 de Mozart.

Todo inicia con una muerte accidental interpretada como un necesario homicidio involuntario, pero homicidio al fin. La atractiva madre soltera y su hija adolescente sienten la llegada del pánico a sus vidas. Suena el timbre. Abren la puerta demudadas. Un hombrecillo, su vecino, se ofrece a ayudarlas. Así, tan en blanco, comienza una escritura donde, bajo el pretexto de novela negra, se analizan y entreveran un reducido mundo de personajes, sus vidas asaltadas por lo inesperado y unas formas de conducta, por encima de todo, civilizadas.

Nada hay de estridencia, ni siquiera en la violencia, todo es paciencia, rigor, espera, claridad, un policía avezado y humanista, dos científicos, (un matemático y un físico), un paso a paso, una investigación, un análisis minucioso, una confrontación de inteligencias afinadas por la elegancia.

Mientras toda pasa, nada parece estar pasando.

La escritura es limpia, ordenada, (pocas veces he leído una investigación descrita con tanta meticulosidad, tan comprensible de inmediato), donde se avanza con precisión de cirujano en unas coordenadas de tiempos y espacios de blancura quirúrgica. Por supuesto, el hacer bien las cosas no conduce a nada o, más complejo aún, el policía llega muy pronto a la raíz del problema, pero es incapaz de encontrar pruebas válidas ante un juez. Una inteligencia aguda mueve, ha movido, los hilos para invertir su función e impedir la llegada de la araña hasta la mosca atrapada, desesperada. Ahí entran en juego las dos potentes mentes científicas, la búsqueda de los ángulos muertos generados por las ideas preconcebidas, averiguar si es más sencillo encontrar por ti mismo la respuesta a un problema o comprobar si es correcta la encontrada por otro.

El autor no juega al engaño. Desde el principio, línea a línea, pone todas sus cartas sobre la mesa a la vista del lector. Pero, no nos engañemos, el ardid del argumento es una argucia. Lo importante son los personajes, sus reacciones, su modo de pensar, sus compromisos mentales, sus (des)equilibrios emocionales. Pese a ser japonesa en los detalles, la leí muy occidental. Si cambiamos, las características físicas, la comida o las tatamis para dormir, (siempre me extrañó observar a las grandes culturas orientales incapaces de inventar el colchón, la silla o el tenedor), La devoción del sospechoso podría desarrollarse en un país avanzado de Europa, en un entorno social tan habitable como un campus universitario danés, por ejemplo. Hasta el final, cuando las tensiones contenidas buscan salida, cuando el comportamiento exija ajustarse a sus normas de conducta. Entonces asistimos, con transparencia doliente, a derribos psicológicos, a la emergencia de sentimientos de culpa agazapados o a la imperdonable sensación de fracaso, algo tan rotundamente japonés.

La narración se almohadilla con ternura, impregnada de un aroma romántico nada ñoño, ¡por favor!, capaz de llegar a despertar emociones por encima de la intriga, a enamorarte de los personajes, precisamente por entender su evolución a través de la sutil progresión del desarrollo.

La traducción es impecable, magnífica, la prosa diáfana se expresa con la suavidad de un haiku, las palabras son exactas, deslumbrantes sin pretender deslumbrar. Trasladar tal sutileza del japonés al castellano se me antoja proeza.

La devoción del sospechoso ha sido mi primera gran sorpresa en mucho tiempo. Alguien dijo de cierto hombre que su grandeza crecería con el tiempo como crecen las sombras cuando el sol declina.

Perfecto para La devoción del sospechoso.


Título: La devoción del sospechoso X
(Ignoro si la X, mayúscula, en rojo, pertenece al título original o es un reclamo editorial para incentivar el suspense. En cualquier caso, para mí, es tan aberrante como rematar el Concierto nº 1 de Chopin, Maurizio Pollini al piano, con un aldabonazo de gong chino)
Autor: Keigo Higashino
Editorial Ediciones B. También accesible en el Círculo de Lectores.

Autor de la reseña: Javier Guzmán