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miércoles, 9 de enero de 2013

De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (3)


Por Javier Guzmán

 Henning Mankell, extraordinario escritor dotado de una acerada sensibilidad social, creó un personaje admirable, el inspector Kurt Wallander, un hombre complejo, lleno de dudas y contradicciones (como todos por otra parte y en parte eso explica parte de su éxito), profundamente insatisfecho consigo mismo y con una carga de humanidad tan pesada que puede llegar a hacérsele insoportable (a él mismo, quiero decir). Sus novelas contienen agudas interpretaciones sociológicas porque, cito a Chandler,
            El relato policial en general se refiere a un asesinato, y por tanto carece de elementos promocionales. El asesinato, que es una frustración del individuo, y por consiguiente una frustración de la humanidad, puede poseer y de hecho posee, una buena proporción de inferencias sociológicas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (2)




Por Javier Guzmán

  Chandler, y su por tantos motivos compadre Dashiell Hamett, parten de cero. Ellos serán los responsables de fijar los cánones clásicos de la novela negra. Su primera obra, El sueño eterno, publicada a los 51 años, sigue siendo un referente. En ella nace su personaje clave, Philip Marlow, en todos los sentidos el hombre que nunca pudo ser su autor. (En realidad, había brujuleado por algunos relatos cortos, pero el parto con sangre fue ahí.) En él se refleja hasta fundir las dos personalidades, autor y personaje, en una sola. Marlowe nace a los 33 años, la edad de Cristo, con este impagable inicio de novela:
            Eran cerca de las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba un aspecto lluvioso. Vestí mi traje azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color adornados con ribetes azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser. Iba a visitar cuatro millones de dólares.
  Todas las características de la novela negra posterior ya están en ésta. Apenas unos párrafos después, el jovial detective retrata el lugar donde se deshilachan los cuatro millones de dólares:
            Aquí realmente hacía calor. El aire era espeso, húmedo, cargado de vapor e impregnado del perfume empalagoso de las orquídeas tropicales. Las paredes de vidrio y el techo estaban saturados de vapor y grandes gotas de agua salpicaban las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal como la filtrada a través de las paredes de un acuario. Las plantas llenaban el lugar formando un bosque con feas hojas carnosas y tallos como los dedos de los cadáveres recién lavados. Su perfume era tan irresistible como el alcohol hirviente debajo de una manta.
   Y al hombre que tenía esos cuatro millones de dólares:
            Sobre un espacio de baldosas hexagonales se había extendido un tapiz turco y sobre el tapiz una silla de ruedas y sobre la silla un anciano, visiblemente moribundo, nos miraba con ojos negros en los que el fuego había muerto hace mucho tiempo, aunque conservaban algo de los ojos del retrato que se hallaba colgado encima de la chimenea del recibidor. El resto de su rostro era una máscara de cuero, labios sin sangre, nariz puntiaguda, sienes hundidas y los lóbulos de las orejas curvados hacia fuera anunciando su próximo fin. El cuerpo, largo y estrecho, estaba envuelto, a pesar de aquel calor de sofoco, en una manta de viajes y un albornoz rojo descolorido. Las delgadas manos, semejantes a garras, descansaban mansamente en la manta de lunares rojos. Algunos mechones de cabello blanco pajizo le colgaban del cuello cabelludo como flores silvestres luchando por la vida sobre la roca pelada.
   O su cínica visión del progreso humano:
            ¡Quédate quieto o te vuelvo a dar! No te muevas y contén la respiración hasta que no puedas más. Entonces te dices a ti mismo que tienes que respirar, que tienes la cara negra, que los ojos se te salen de las órbitas y que vas a respirar enseguida, pero que estás amarrado a la silla en esta linda y limpia cámara de gas de San Quintín y que cuando tomes esa bocanada de aire que has luchado con todas tus fuerzas por no tomar, no será aire lo que aspires sino vapores de cianuro. Eso es lo que ahora llaman ejecución humanitaria en este estado.
   El éxito de la novela fue inmediato. Howard Hawks la llevó al cine, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y el amor surgió con tal virulencia que su pasión se desparrama por la pantalla. La película es un clásico… pese a haber traicionado la novela, ejemplo impagable de cómo un arte, el cine, se nutre de la literatura para, a veces, transformarla en otro lenguaje sobre sus ruinas. Chandler no participó en el guión, no se sabe si enfurruñado por lo que se estaba haciendo o por encontrarse borracho como una cuba antes durante y después del rodaje. Ya es hora de decirlo, Raymond Chandler es otro de esos escritores que se bebían hasta el rocío de las rosas de Escocia. (Y eso sí es, a todas luces, una destilada influencia Allanpoética.) En su ausencia, colaboró en el guión William Faulkner, otro santo bebedor de fondo.
   Doce años después, Philip Marlowe se desvanece con apenas cuarenta y cinco años, no sin antes haber creado un arquetipo a través de siete novelas ejemplares y una absoluta obra maestra, El largo adiós.
   Le cedo la palabra a Carlos Fuentes que en esto de los escribidores algo sabe. Lo publicó en El País, y cito de memoria. Viene a lamentarse de la injusticia histórica consistente en considerar a Chandler un extraordinario autor de novelas policíacas… y nada más. Para Fuentes, Chandler es un egregio exponente de la Generación Perdida, The Lost Generation, junto a Dos Passos, Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemmingway o John Steinbeck. Apunta que su literatura es un fresco abierto de la sociedad y el tiempo que le ha tocado vivir, menos presuntuosa y de lectura más amena, novelas ya sin inocencia, sin ilusiones respecto a la sociedad norteamericana. Y sitúa El largo adiós a la altura de Manhattan Transfer, El Gran Gatsby o Al este del Edén. Por supuesto, superior a cualquier novela de Hemmingway, aunque equiparable a los mejores de sus extraordinarios relatos cortos.
   Su narrativa marca un antes y un después en el género y su influencia es visible en toda la novela negra posterior hasta nuestros días.
   Hasta ahí Carlos Fuentes.
   Su influencia, abundo yo, es rastreable hasta ahora mismo. Philip Kerr, el de La trilogía de Berlín, o Dennis Lehane, el de Mystic River o Shutter Island (su primera obra, Un trago antes de la guerra, es un homenaje tan transparente que parece plagio), son dos luminosos ejemplos de obra sólida y actual. O, por movernos en un universo más cercano, la última novela de José María Guelbenzú, premio Torrente Ballester 2010, se llama El hermano pequeño, título muy aproximado a La hermana pequeña, The Little Sister, 1949, quinta novela de la saga Chandler/Marlowe. Guelbenzu ha creado una serie de novelas “criminológicas” protagonizadas por Mariana de Marco, que no es detective sino juez, interesante variante. Un escritor de la talla de Guelbenzu no puede haber elegido ese nombre por azar. Es, desde el título, un claro reconocimiento al maestro. No sigo por no apabullar.
   Ante estas realidades tan poco cuestionables (y no por eso, afortunadamente, a veces cuestionadas), me pregunto yo por qué (¿por qué, por qué, por qué?) una muy reciente, e interesante, variación sobre el mismo tema (hablo de los negros rubios de los septentriones escandinavos) borra todo lo anterior y amenaza con crear una adicción excluyente a una escuela que se fagocita a sí misma, y se nutre, y se digiere, y se fotocopia en cada viejo libro nuevo o secuela, cuela.
   ¿Por qué los nuevos lectores consideran una moda una culminación? Por no haber leído los clásicos del género, así de sencillo. Su lectura es vacuna. Su desconocimiento deja sin defensas al lector desprevenido y le hace confundir lo bueno con lo mejor. En un asesinato no es lo mismo un disparo a quemarropa (Smith & Wesson del 38, cañón recortado), que una virulenta neumonía provocada por las gélidas corrientes de los vientos boreales. 
   Escribe Chandler en su, este también, imprescindible ensayo sobre “la novela de detectives”, El simple arte de matar, (en ingles The Simple Art of Murder, el simple arte de “asesinar”), “la literatura de ficción, en todas sus formas, siempre intentó ser realista”.
   Tal vez en esa verdad radique el hecho diferencial. Los países con problemas reales tienden a exponer la realidad de sus problemas a través de la literatura. Los países que carecen de ese tipo de problemas, hartos de casas de muñecas, se suben al carro de la novela negra inventando su propias realidades para escribir ficción con apariencia de realismo social. Los escritores de las sociedades más libres, justas, igualitarias y civilizadas desde que el ser humano pasta sobre la tierra, se empecinan en agigantar sus problemas, desorbitan la realidad, para entregarnos una literatura de tundra, de tristeza, de agonía.
   Cualquiera que haya visitado los países escandinavos (o visto en televisión españoles aclimatados por esos mundos) reconocerá que es un precioso planeta aburrido, no perfecto, por supuesto (eso es imposible), pero donde existe una vocación decidida por alcanzar la perfección, algo tan utópico como pretender orinar en el horizonte. Solo la constitución americana, redactada por admirables lunáticos utópicos, consagra el derecho de todos los hombres a ser felices. Nuestros nórdicos, más pragmáticos, no se atreven a tanto, pero se empeñan, a veces se despeñan, en alcanzar la mejor de las vidas posibles para todos. Que no es poco. De esta pálida imitación del paraíso surgen como una ventisca los negreros conquistadores vikingos.
   Como acotación personal creo importante reseñar que el boom de la novela policial en los países escandinavos floreció, ¿coincidencia?, con el asesinato de Olof Palme cuando era primer ministro sueco. Ese crimen jamás se resolvió, más bien se enmascaró. (Ver “Asesinato de Olof Palme” en Wikipedia, no hace falta más.)   
 Parece ser que con la connivencia de las instituciones suecas, que ignoraron pruebas de evidencias rescatadas por la investigación periodística.     
            Detrás estaba la extrema derecha que recorre todo el sistema sanguíneo del poder oculto en Europa.
   Lo anterior lo dijo Henning Mankell, el hombre en que empieza todo.
   De acuerdo que, siguiendo de nuevo a Borges en su magistral ensayo sobre Kafka, todo autor de éxito inventa sus precursores, y en ese sentido han aparecido predecesores de Mankell… que no hubieran sido traducidos si Mankell, primero, y la niña que tiraba cerillas a los hombres que odiaban a las mujeres en los palacios de las neumonías, después, no hubieran tenido el éxito arrollador que han tenido. Con toda justicia, en mi opinión.

lunes, 2 de julio de 2012

Literatura y cine: Wallander, de Henning Mankell

Es posible que a estas alturas se haya desinflado un poco la moda de los nuevos autores suecos de novela negra, pero hace unos pocos años era sin duda la novedad dentro de el mercado generalista. Un movimiento liderado por Stieg Larssenn y su triología Millenium, pero más allá de estos Best-sellers hay una profunda corriente de autores suecos que escriben una literatura negra excelente, entre los que destaca, para mi gusto, Henning Mankell.

Henning Mankell comenzó su andadura en la literatura creando a su personaje más famoso, Kurt Wallander, un inspector de policía de la pequeña ciudad de Ystad, situada cerca de Malmo, que es testigo de cómo cambia la sociedad sueca en los últimos años. De hecho, su primer libro, Asesinos sin rostro, da mucha más importancia al tratamiento que se hace de la inmigración en Suecia que al propio caso, que sería en lo que se centraría un libro con pretensión de Best Seller, sin embargo Mankell es capaz de alejarse en cierta forma de las clásicas reglas de la literatura negra, consiguiendo aún así mantener el interés del lector sobre el caso, pero añadiendo todo un análisis de la sociedad y sus cambios a través de los ojos de Kurt Wallander.

En mi opinión, lo que diferencia a Mankell de otros autores (suecos o no) de literatura negra es la gran profundidad que consigue en sus personajes, permitiendo que el lector se identifique con ellos y nos obligue de esa forma a querer siempre conocer más de sus relaciones, sus vivencias y el desarrollo de sus vidas. Esta fórmula no le ha ido nada mal a Mankell que ya lleva 11 novelas con Wallander de protagonista o hilo de conexión y que, pese a haber puesto un punto y final a la historia del personaje en el último libro de la serie, El hombre inquieto, es posible que sigamos en ese universo propio con su hija, Linda Wallander, de protagonista.

El personaje de Kurt Wallander ha sido llevado al cine y la televisión principalmente en Suecia, donde se han producido 3 películas interpretadas por Rolf Lassgard, actor al que Henning Mankell ha agradecido en más de una ocasión su interpretación de Wallander, y una serie de televisión de 13 capítulos, pero no es de estas adaptaciones de las que voy a hablar, (principalmente porque no he tenido ocasión de verlas), sino de la fabulosa serie que ha producido la BBC en la que Kenneth Branagh interpreta a Kurt Wallander de forma magistral. Desde 2009 se han estrenado dos temporadas de esta miniserie compuestas cada una por 3 capítulos de 1 hora y media de duración. En cada capítulo se recoge la trama policial de una de las novelas, mientras que los aspectos personales de los personajes, (para mi, casi lo más interesante) están diseminados a lo largo de toda la serie, consiguiendo de esta forma plasmar esa profundidad de la que hablaba antes. Las interpretaciones de cada uno de los personajes es prodigiosa, destacando la de el propio Branagh, que consigue transmitir el carácter de este personaje gruñón, perfeccionista y atormentado, y la de David Warner que interpreta a su padre. La producción de la serie es sencillamente increíble, consiguiendo trasladar el escenario de la ciudad de Ystad a los paisajes de Irlanda, donde está rodada, y con un trabajo de adaptación visual que te hace pensar en todo momento que estás en esa pequeña ciudad sueca.

A alguien que no conozca la obra de Mankell y el personaje de Kurt Wallander, sin duda le recomendaría que primero se sumergiera en las novelas, pero pese a que no soy amigo de las adaptaciones, ya que normalmente no suelen plasmar de una forma convincente lo que puedes encontrar en un libro, también recomendaría esta serie ya que me parece una adaptación casi perfecta.

Por cierto, para aquellos que estéis siguiendo la serie, os recuerdo que la tercera temporada se estrena el próximo día 8 de julio en el Reino Unido. Como siempre, os recomiendo verla en versión original para apreciar en todo su esplendor el trabajo de todos sus actores.