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lunes, 2 de mayo de 2016

Almedina, último libro de Javier Guzmán

Almedina es el último libro que, junto a Brigada Lincoln (X Premio Gonzalo Torrente Ballester) y El cocinero del Papa (Ediciones de La Discreta, 2012), completa la conocida como Trilogía de Almedina, territorio mítico inventado por Javier Guzmán. También fue el último libro de Javier, que falleció en septiembre del 2014, en Madrid.

De origen gallego, Javier residió en Venezuela durante 15 años, y se casó con Alicia, una aragonesa. No solo se enamoró de ella, sino de la tierra de la que procedía, Aragón. Elementos todos que fueron decisivos en su escritura. Como él mismo señalaba:

Así que estos territorios discordantes (Galicia, el norte de Castilla, Aragón y la bella Caracas) impregnaron mi geografía emocional, mis lenguajes, mis acentos, mis concreciones, pocas, y mis extrapolaciones, excesivas (...) Con mi primera novela, Brigada Lincoln (1998), creé mi particular mundo de Almedina, Teruel, cronotopo en donde también se desarrolla El cocinero del Papa (Ediciones de La Discreta, 2012).

Sí, tuvimos la suerte de conocer a Javier Guzmán en el año 2011 y publicamos El cocinero del Papa. Y como ocurre con la mayoría de los escritores que publican con nosotros, el vínculo trascendió la habitual relación editor-autor para convertirse en amistad y el desinteresado apoyo de Javier al proyecto discreto: participó en nuestros actos culturales, reuniones, colaboró en nuestro blog literario Náufragos en tiempos ágrafos.

En ese tiempo siguió dando forma a unos "Relatos Complementarios" que se derivaban de Brigada Lincoln y de los que que también se desprendió El cocinero del Papa. Javier lo explicaba de esta manera:

Finalizada la redacción definitiva de Brigada Lincoln sentí que ciertos personajes me gritaban, ¿y qué hay de lo mío? Entendí sus razones, al fin y al cabo era la gente más íntima de todas las personas reales o imaginarias que haya conocido en mi vida. Volví a leerlos, es decir, volví a intimar cara a cara a calzón quitado y sí, quedaban desdibujados cuando en mi opinión, y en la suya, merecían un tratamiento más extenso. Esto supondría alargar en exceso BL con situaciones que lastrarían la historia. Por eso decidí escribir una serie de “Relatos Complementarios” agrupados bajo el nombre genérico de Almedina. Una cosa lleva a la otra. En alguno de esos relatos nacieron personajes que luego se incorporaron a El cocinero del Papa, novela situada también en territorio Almedina (Tiburcio Paricio tal vez sea el más representativo). Terminada ésta me vi en la necesidad de abundar en otros. Total, zagal, para acabar de una vez, casi sin darme cuenta había escrito once relatos, algunos bastante extensos. Aquí están.

Y el resultado es Almedina, con el que se cierra la Trilogía.

Como decíamos al principio, Javier falleció hace poco más de un año, cuando corregía las pruebas de este libro.

(Almedina será presentado en Madrid el próximo día 8 de mayo, a las 12 horas, en la Biblioteca Eugenio Trías del Retiro, un acto que queremos que no solo sea la presentación de un libro, sino nuestro discreto homenaje a Javier Guzmán. Además del crítico literario y escritor José A. Ponte Far, en el acto participarán los escritores David Torrejón, Emilio Gavilanes y Luis Junco.)


martes, 5 de enero de 2016

De la profesionalidad de la crítica y el ninguneo literario. (¿Qué más se puede hacer?)

Por David Torrejón

Si sumo distintas etapas y editoriales, he trabajado en total veinte años en la prensa técnica dedicada a la publicidad y el marketing. Es un sector al que solamente uno supera por su adicción a los premios: el de la edición de libros. En publicidad los hay internacionales, nacionales, autonómicos, provinciales, latinos, de campañas dirigidas a niños, al turismo, a los seguros, humorísticas, etc.

Que en los más importantes de esos festivales gane una pequeña agencia, una agencia de provincias o una agencia desconocida, siempre ha sido y es noticia para esos títulos. Más noticia que si ganase una agencia de las habituales. Y nadie se extraña de eso. Y ninguna gran agencia llama a las redacciones de estos medios exigiendo que se hable de sus premios y no de los de la pequeña e inesperada agencia, aunque se anuncien en ellos. La publicidad es un mundo donde el talento es imprescindible y su búsqueda incesante. Como es lógico, los medios especializados colaboran en ella.

Sin embargo, parece ser que esto en el mundo de los libros no es así. Yo me pregunto qué tiene que ocurrir para que uno de esos grandes suplementos y programas de radio que aún tienen, parece ser, influencia, hablen de alguien inesperado que gana premios prestigiosos. Este sordo cabreo me viene por el caso Emilio Gavilanes, aunque seguramente haya otros parecidos. Y pienso en él no por haber publicado en La Discreta (también lo ha hecho en Seix Barral, en Menoscuarto, Edhasa/Castalia y Punto de Vista), sino por tener una trayectoria larga, admirable e intachable, haberse mantenido fiel a su idea de la literatura más allá de modas y mercaderías y por haber ganado consecutivamente dos de los premios grandes e independientes que se dan en España, como son el Tiflos de novela (por Breve enciclopedia de la infancia, Edhasa/Castalia, en 2014) y el Setenil al mejor libro publicado de relatos (por Historia secreta del mundo, La Discreta, en 2015). ¿Qué más puede hacer un autor para que uno de esos medios se digne a reseñar su obra, aunque sea para criticarla duramente? ¿Recibir las alabanzas desinteresadas y públicas de autores tan importantes como José María Merino o Luis Alberto de Cuenca? También las ha recibido.

La respuesta es que valdría más no haber logrado nada de eso y simplemente formar parte de alguna camarilla literaria, publicar en alguna editorial adscrita a grupo de comunicación o haber ganado uno de esos premios populares, aunque esto último resulte muy improbable si no se da alguna de las condiciones anteriores.

Me dicen cuando me quejo que quienes manejan estos medios son muy profesionales, pero que están sometidos a muchas presiones. Y yo me río (por no decir otra cosa) de sus presiones. A diferencia de cuando una agencia de publicidad recibe un premio, un libro puede reseñarse, uno, dos, cuatro meses después de haberlo ganado. Así que las presiones deben ser de tipo excluyente: no hables nunca más que de lo mío. Y si alguien se somete a ese tipo de presiones prefiero no calificarlo de muy profesional. Su deber es informar a sus lectores de esas obras premiadas y tener la profesionalidad suficiente para atar cabos y pensar que cuando alguien firma dos de ellas, puede ser que un autor importante se le esté escapando. Vanas expectativas.



Hace años que no leo suplementos literarios a los que antes era adicto. Me hicieron comprar demasiada basura. Pero el remate llegó cuando escuché a uno de sus jefes reconocer en público que prácticamente solo podían hablar de los libros editados por su conglomerado mediático. Todo lo que estaba fuera era por tanto ninguneado, no existía. Me reafirmo cada día más en mi decisión.

lunes, 31 de agosto de 2015

Somos memoria

Por David Torrejón

Algunos mitos sobre el cerebro van cayendo gracias a la ciencia, incluido ese tan extendido de que solo utilizamos una pequeña parte de él. Es una creencia que debe consolar mucha  gente y por eso no quiere desprenderse de ella aunque la ciencia la haya desmontado hace tiempo. A estas personas les gusta pensar, supongo, que en cualquier clase o libro de autoayuda van a encontrar el clic para convertirse en genios en un par de horas. Por eso a los que venden cursos y libros de autoayuda les interesa mucho que se mantenga vivo el error.

La realidad es solo ligeramente parecida: el cerebro es un órgano plástico que interactúa constantemente con el entorno y de esa relación consigue conocimientos y experiencias que, fijados en la memoria, suponen sin duda un mayor rendimiento o inteligencia, si queremos llamarlo así. Dicho de otro modo: lo único que nos puede hacer más inteligentes es la educación en sentido amplio. Una educación que desgraciadamente depende no solo de factores individuales, como nuestro deseo o necesidad de aprender (no sabemos aún dónde reside la voluntad en el cerebro), sino de otros ajenos como la sociedad y el ambiente que nos rodea.
Es una conclusión que se conoce desde hace tiempo, pero que no termina de ser asumida por los gobiernos e incluso la propia sociedad, por lo que no actúan en consecuencia.

Literatura: aprender en cabeza ajena

Desde el punto de vista del consumidor de historias, la memoria también funciona de la misma forma: aprende de la experiencia. Es un comentario habitual al llegar a cierta edad el de “cada vez leo menos novela y más ensayo o Historia”. Con el cine el fenómeno es parecido. Conforme nos hacemos mayores nos interesan menos las películas de aventuras o fantasía. El por qué esto es así también puede tener que ver, creo yo, con la memoria. A través de los libros y el cine las neuronas espejo nos permiten adquirir experiencias de forma vicaria, experiencias que nos ayudan no solo a entender el mundo sino a enfrentarnos a él. “Aprender en cabeza ajena”, lo llama la sabiduría popular. Parece lógico que, conforme adquirimos más experiencias propias y ajenas el incremento de novedades que nos aportan estas obras tienda a ser menor. Y en cualquier caso es un conocimiento repetitivo. Por el contrario, el ensayo o la Historia nos aportan, como se dice ahora, más valor, más conocimiento o experiencia y de un tipo más sofisticado. Por eso, uno de los elogios que más he apreciado en mi vida como escritor fue el de un amigo profesor que me confesó que, gracias a una de mis obras, había vuelto a leer ficción después de años de pensar que ya no le aportaba nada. No sé si le habrá durado el nuevo impulso, le preguntaré.

Porque no solo aprendemos y memorizamos sin querer las experiencias sino la estructura y las claves de las narraciones. Si hemos visto suficientes series policiacas podemos saber con una certeza bastante alta cómo terminará el episodio e incluso quién es el culpable. Quizás por eso están teniendo éxito las series que rompen con las fórmulas sabidas, aunque desgraciadamente no soy quien para decirlo porque no consigo engancharme a ninguna por falta de tiempo y continuidad. La última que pude seguir fue la magnífica Cámera café, con eso digo todo.

Los engaños de la memoria

La memoria nos hace marisabidillos y a veces nos puede jugar malas pasadas. Una bastante curiosa tiene que ver con la forma en que memorizamos caras o tipologías asociándolas a la personalidad del personaje. Si tuvimos un amigo en la universidad que era simpático, alegre y con un sentido del humor similar al nuestro y era ancho, moreno con la cabeza cuadrada y un hermoso bigote, un día podemos encontrarnos en una reunión con un alguien parecido a él físicamente y, seguramente sin ser conscientes de ello, empezaremos a tratarlo con demasiada confianza, sin que el pobre entienda por qué, hasta que empiece a mirarnos de forma rara.

Pero también puede ocurrir que el tipo en cuestión capte el tono en el que nos estamos dirigiendo a él e intuya la respuesta que esperamos y así, podríamos acabar teniendo una conversación parecida a la que habríamos tenido con nuestro amigo. En el fondo, todos somos un poco Zelig, aunque algunos más que otros.

Pero también podemos ponernos en el lado negativo y asociar un tipo de rostro o físico con una mala experiencia experimentada en el pasado. En ese caso, injustificadamente, tendríamos una aproximación poco adecuada a alguien con rasgos similares y como suele decirse, empezar con mal pie.

Duplicados de memoria

Y una última reflexión sobre la memoria. En la medida en que somos memoria, no somos replicables. Un duplicado genético nuestro podría ser alguien en muchos aspectos completamente distinto a nosotros a pesar de ser idéntico. Para duplicarnos tendríamos que duplicar nuestra experiencia y eso parece imposible. ¿Imposible? Si tuviésemos una capacidad ilimitada de almacenamiento y naciésemos con un dispositivo que grabase todo lo que ocurre en nuestro cerebro podríamos especular con que, si fuésemos capaces de trasladar esa grabación a un cuerpo idéntico, estaríamos consiguiendo un duplicado perfecto. Aun así, no seríamos la misma persona, obviamente, pero para los demás seguramente sí. Si un presidente de los EEUU, por ejemplo, fuera asesinado en atentado, podría ser clonado y reconstruido su cerebreo por completo hasta el día del atentado. Pero para eso habría que esperar a que el clon cumpliese la misma edad, lo que resulta bastante molesto para un sistema democrático, por lo que este servicio de clonación necesitaría, además, de copias del presidente en blanco almacenadas en algún sitio y dispuestas a recibir su memoria si fuera necesario.

Pero, por otro lado ¿y si pusiésemos nuestra experiencia y memoria de 60 años en nuestro mismo cuerpo a los 18? ¿Y en un cuerpo distinto? ¿Del sexo contrario? Surgen muchas posibilidades que harían las delicias del mismísimo Stanislav Lem.

lunes, 1 de junio de 2015

Sobre "Historia secreta del mundo"

(El pasado día 26 de mayo, en la Función Lenguaje, de Madrid, se presentó Historia secreta del mundo, con la participación del académico y escritor José María Merino, del también escritor David Torrejón y del autor, Emilio Gavilanes. Este último dijo algunas palabras a propósito de su obra, que, por su interés, reproducimos aquí íntegramente.)

Lo primero que tuve de este libro fue el título. El título casi me dio todo el libro, un libro en el que poder meter el mundo entero. ¿Y a qué alude el título? ¿En qué sentido el libro es una historia secreta del mundo? No, desde luego, en un sentido esotérico. No hay órdenes secretas, no hay templarios, no hay sociedades que se transmiten conocimientos que no deben darse a conocer a los profanos. Es una historia secreta porque muchos episodios son desconocidos, momentos no estelares de la humanidad (para decirlo a la manera de Stefan Zweig), y los que se refieren a episodios o personajes conocidos, están presentados con la vista fuera de la escena principal. Mirando no al centro, sino a los alrededores, a los aledaños de la Historia, en busca de episodios y detalles laterales, secundarios, marginales, pero que quizá sean tan significativos como los más estelares. También hay personajes humildes y anónimos, y personajes históricos conocidos, a los que vemos en momentos que no son los culminantes de sus vidas, o los más conocidos, pero que quizá arrojan tanta luz sobre ellos como los más conocidos.

Además de la unidad que da la sucesión cronológica, quizá haya algo más que unifica todas estas historias. Creo que tienen una atmósfera común y además la voz que cuenta las historias tiene siempre un tono muy parecido. Todos están dichos en voz baja. En un tono menor. No hay declamacion. Incluso los referidos a grandes figuras históricas. En ese sentido están cerca del haiku, que es uno de mis temas favoritos.

¿Este libro tiene antecedentes? ¿Con qué otros libros está emperentado? Podría reclamar para él unos antepasados nobles, valores indiscutibles de la mejor literatura. Podría decir que este libro desciende de las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, de la Historia universal de la infamia, de Borges, de algunas de las Historias de almanaque, de Bertolt Brecht, de La sinagoga de los iconoclastas, de Juan Rodolfo Wilcock, incluso de las Falsificaciones, de Marco Denevi, libros que admiro y con los que me he divertido mucho. Y no es que reniegue de ellos. Es que me parece muy pretencioso adjudicarme tan ilustres antepasados. Además es que mis textos están emparentados con una literatura más modesta, me parece a mí. Muchos son fragmentos de novelas de aventuras, de novelas de intriga, de novelas de ciencia ficción, hasta de tebeos… De géneros menores que están un poco al margen de la gran literatura. Los textos de esta Historia secreta creo que son familia de la narrativa popular, de esa literatura en la que las imágenes, los episodios, nos impresionan, o nos afectan, de una manera distinta, quizá más elemental, más primitiva, que como impresiona la gran literatura. Y sobre todo este libro está emparentado, es descendiente directo, de El río, el primer libro que me publicó La Discreta. Los dos son recorridos por la historia en busca de episodios desconocidos o de aspectos desconocidos de episodios conocidos en los que se concentre una época y nos conmuevan o nos lleven a reflexión. ¿Qué diferencias hay entre ellos? Quizá El río seas más narrativo, contenga más episodios narrativos, y esta Historia secreta sea más de atmósfera. Tal vez. No estoy seguro.

A veces me han preguntado por algunas características de este libro. Por ejemplo, ¿por qué tengo tanta tendencia a la brevedad? Naturalmente, hay algo de temperamento. Tengo una tendencia natural a la brevedad. Ya en el colegio hacía redacciones breves. Pero creo que no es solo eso. Chejov dice en una de sus últimas cartas: “Nada de lo que escribo últimamente me parece suficientemente breve”. Algo así siento yo. Esa tendencia mía creo que está en relación con la búsqueda de la unidad mínima narrativa. La búsqueda de la narración más breve que siga siendo narración y que contenga elementos significativos. Trato de conseguir los mayores efectos con las menores causas, con el menor número de palabras. El escritor de textos breves trabaja como el físico nuclear, que trata de transformar la materia en energía, una cosa en otra diferente. El escritor intenta que unas pocas palabras (no olvidemos lo que decía Stevenson: un personaje literario solo es una secuencia de palabras), el escritor intenta, repito, que unas pocas palabras se transformen en emociones humanas.

Otra pregunta: ¿Por qué escribo historias tan atroces? Pues no lo sé. Quizá como exorcismo, para que no me alcancen. Aunque quizá sea otra la razón. Chesterton dijo una vez: “Sigo prefiriendo las novelas en las que una persona mata a otra. La muerte es uno de los lazos espirituales más fuertes de la Humanidad. (…) Un relato en el que no ocurre alguna muerte es un relato sin vida.” Ahora bien, he podido observar que, aunque algunas de mis historias a menudo son duras, hasta brutales, creo que siempre hay un fondo de compasión, de piedad, en lo que se nos cuentan, o en la forma en que se nos cuenta. A lo largo de toda la variedad de argumentos, todos los relatos comparten –creo- una visión compadecida, o conmovida, del mundo.

Otra cosa, esta me la he preguntado yo a menudo: En muchas de estas historias se habla de que tal personaje ignora tal cosa. “Fulano no sabe que...” “Zutano ignora que...”, se lee con frecuencia. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué. Por qué se dice que los personajes ignoran algo. Creo que hay dos razones: una, porque para ser plenamente, uno tiene que ignorarse a sí mismo –algo así dice García Calvo-. Y la otra es que es posible que con ese procedimiento trato de conseguir un efecto dramático mediante un mecanismo muy parecido al del suspense, que nos muestra, por ejemplo, cómo alguien coloca una bomba debajo de una mesa sin que se enteren los que están sentados a ella. Es decir, el lector o el espectador sabe cosas que el personaje ignora. Eso crea una tensión que hace que el lector o el espectador no pierda interés. Supongo que eso en mis cuentos crea ese pequeño efecto dramático que digo, aunque no sea muy visible.

Más preguntas. Hasta qué punto hace falta conocer bien a todos los personajes del libro para entender los episodios. ¿Hay que tener muchos conocimientos de historia? Yo creo que no. He intentado que sean textos autosuficientes. Me parece que la cultura o la información que hay que tener para entender plenamente estos textos no debe ser muy grande. Si no sabes que Darwin es el autor de la teoría de la evolución, puede que no entiendas el relato de la nieta de Darwin (aunque creo que aun en ese caso, no importa no saber quién fue Darwin). Hay un texto, por ejemplo, en el que aparece Ignacio de Loyola, que aún es un mero soldado. Yo no sé casi nada de Ignacio de Loyola. Me basta con saber que después fue un santo para entender lo que se quiere expresar ahí. En algunos casos, lo que hay que saber sobre el personaje se dice brevemente en el texto. Por ejemplo, no hace falta saber hasta qué punto lord Byron fue una figura conocida e influyente en toda Europa, porque se dice en el propio texto. Repito que no hace falta una gran cultura para entender estos textos. Muchas veces he dudado decidiendo dónde ambientar un episodio, en qué momento. Por ejemplo, en qué guerra. Y siempre he escogido la solución menos rebuscada.

Por qué se mezclan elementos realistas y fantásticos. Me parece que el universo es tan complejo que cuando se intenta dar cuenta de él mediante procedimientos realistas lo que se obtiene es una simplificación. El realismo está tan alejado de la realidad que se puede considerar una forma de literatura fantástica. A pesar de su apariencia (pues son bastante figurativos, por decirlo en términos pictóricos), estos textos no son realistas. Reflejan más un paisaje mental que un paisaje natural. Están más cerca del expresionismo, o del simbolismo, que del realismo.

Me parece que es importante señalar aquí que he observado que en muchos de estos cuentos, como en algunos de otros libros, se producen revelaciones. No hablo en un sentido religioso. No grandes revelaciones. Sino pequeñas, modestas revelaciones. Un personaje de pronto tiene la súbita conciencia de que la vida, el mundo, es otra cosa. La visión súbita de algo misterioso e inexplicable. Un momento en el que algo o alguien encuentra sentido. Revelaciones escondidas, un poco en la línea del propio libro, a la vista de casi nadie, que casi no lo parecen. Esas revelaciones están relacionadas con el objetivo de la literatura, que en parte es, en mi opinión, producir emociones, dramatismo, y en parte acercarse el hecho estético, aquello que Borges definía como la inminencia de una revelación que no llega a producirse (y a lo que nosotros añadiríamos: ni falta que hace, pues con eso es suficiente).

También me dicen que hay mucha reflexión en mis relatos. Aquí debo decir algo. La reflexión  por sí misma no me interesa. Soy muy poco filosófico. Intento que esa reflexion esté integrada en la narración, que no sea un pegote caido en un tejido ajeno. Es más: intento que la propia narración sea una reflexión. Muchas narraciones que conocemos son una reflexión. El patito feo, por ejemplo, es una reflexión.

No sé si todos, pero una gran mayoría de los textos están redactados en presente. También me han preguntado por esto. No responde a un plan general. Supongo que es la manera de hacer que la voz que cuenta sea contemporánea de lo que está contando. De hacer que el lector esté presente en las escenas, se sienta más cerca.

El libro al principio, o al final, cuando lo acabé, estaba más equilibrado, en el sentido de que cada época de la historia estaba representada por un número de páginas parecido. Pero cuando lo corregí en busca de la versión final, muchos textos se cayeron y dejaron un poco desequilibrado el libro. Tampoco me preocupó demasiado. Puede que hasta le favorezca. Por ejempo, hay bastantes hsitorias que se desarrollan en las guerras del siglo XX, son casi apartados autónomos. Tal vez eso se debe a que es la época que mejor conozco. Pero también puede ser porque es una época muy representativa de toda la historia humana.

¿Y por qué salen tantas guerras? La guerra, ya lo he dicho en otras ocasiones, proporciona al escritor el marco en el que ambientar historias que fuera de ella quizá no serían verosímiles ni tendrían sentido ni dramatismo. Las guerras son un territorio lejano, sin reglas, en el que hechos desmedidos pueden medir nuestras emociones. Un lugar en el que el bien y el mal extremos son posibles (desde el acto heroico al más miserable) y sobre todo literariamente verosímiles. Y en el que aún queda mucho margen para que personajes sencillos se muevan entre medias de esos dos polos. Para un escritor es, me parece a mí, el lugar ideal para desarrollar ciertos argumentos.

¿Por qué mezclo personajes reales con personajes ficticios? Creo que introduzco elementos reales para llevar a cabo mis falsificaciones con más naturalidad, para hacer más creíbles los elementos imaginarios. Pero sobre todo porque en el fondo todo lo que se cuenta en el libro es ficción. Mentira, en cierto modo. Y sin embargo, creo que está lleno de verdad. O de realidad. En literatura a la verdad se llega por la mentira. En el fondo escribir no es más que un juego, pero es un juego en el que se dicen cosas que nos importan mucho, un juego bastante serio. Escribir es una forma de reflexionar. Una de las más poderosas.

En cuanto al estilo, o mejor al lenguaje empleado, busco la naturalidad. Intento que todo parezca fácil. Aunque no lo parezca, escojo mucho las palabras. Siempre, se sepa o no lo que se va a decir, me parece a mí que se escribe a pesar de las palabras. Las palabras estorban. Aunque, paradójicamente, sea en ellas en las que descansa toda la fuerza de una historia. Quizá estorban durante el proceso. Y una vez concluido son ellas las que lo sostienen todo. Es muy misterioso.

Y me temo que ya no tengo más que explicar. No sé si la lectura del libro desmentirá todo lo que acabo de decir.