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jueves, 14 de febrero de 2013

Dos formas de narrar. ¿Cuál prefieres?


Luchar contra la pila de libros por leer es un empeño tan inútil como podar un seto de hiedra: año a año ambas cosas te van ganando terreno.

En mi último arrebato coincidieron dos autores españoles y sus dos últimas novelas: Javier Marías con “Los enamoramientos” y Andrés Trapiello con “Ayer no más”.

No pienso hacer una crítica de dos obras tan conocidas y menos en esta bitácora habitualmente consagrada a liberar valiosos pecios literarios, siquiera temporalmente, del limo que los mantiene atrapados en el olvido. Simplemente quiero haceros partícipes de una reflexión que me surgió tras leer ambas obras, tan distintas en todo. Y es que lo son en tal manera que me han hecho pensar en dos tipos de autores, o al menos de narrativa: aquella que proporciona al lector una profusa descripción de los sentimientos de sus protagonistas, que se correspondería con “Los enamoramientos” y aquella que prefiere provocárselos por la vía de los hechos que acontecen, sin dar más pistas introspectivas, caso de “Ayer no más”.

Pensando en ello me he dado cuenta de que he preferido siempre la segunda, aunque conozco personas, grandes lectoras, que son claramente partidarias de la primera. Así que quizás también existan dos tipos de lectores atendiendo a estas dos formas.

El caso de “Los enamoramientos” está en el límite de lo que tolero. La prolijidad con que se detiene en la explicación no sólo de los sentimientos, sino de los más nimios y a veces repetidos pensamientos de la narradora pusieron a prueba mi paciencia. Y me hizo pensar por comparación en “Epitafio”, de Paloma González Rubio (editada por LaDiscreta), que despliega con mesura esta forma de narrar en ciento y pocas páginas, las mismas que debería haber tenido la obra del académico. La anécdota de la que parte González Rubio es más original aunque menos intrigante que la de Marías pero el disfrute que me produjo conocer la evolución de los sentimientos de su protagonista fue mucho mayor que en “Los enamoramientos”, simplemente por estar en la justa medida.

Por el contrario, en la novela de Trapiello, narrada en una falsa tercera persona (se descubre al final), los sentimientos del protagonista están apenas esbozados. Conocemos bien su personalidad, su trayectoria, pero lo que siente tenemos que proyectarlo sobre él como lectores.

Siempre he preferido esta segunda forma de narrativa que deja más espacio al lector para que respire. De una cierta forma es más arriesgada porque no tienes constancia de si lo que estás proponiendo por la vía del tablero de juego que has ido disponiendo en la trama va a ser interpretado como tú quieres por el lector. Compensas el miedo incluyendo algunas frases, algunas metáforas, una referencia musical o meteorológica, pero dejas que el lector, imbuido en la piel de tu personaje, proyecte en sí mismo sus sentimientos en un esfuerzo empático. Pienso que, como todo lo que requiere más esfuerzo, produce mayor compensación.

Y ya que he hablado de música, forzando un poco la comparación, lo reconozco, pondríamos en un lado una ópera de Verdi, donde los sentimientos de los protagonistas se explican a cada paso y, en el otro, una pieza de jazz, en la que no tenemos más pistas que unas notas, a veces dislocadas, para subirnos al carro de los sentimientos que están queriendo transmitirnos los intérpretes.

Seguramente no todo es blanco o negro. Blanco (o rojo)  sería Stendhal, negro sería Chandler (no te pierdas por nada las entradas de Javier Guzmán sobre la serie negra original y la nórdica en este blog) y entre uno y otro tenemos todo tipo de graduaciones. ¿Algún ejemplo más?


martes, 30 de octubre de 2012

A vueltas con la carrera literaria


En algunas ocasiones, entre las páginas del suplemento Babelia se encuentran algunas cosas interesantes. Una de ellas la hallamos en un número del pasado mes de septiembre, la firma el escritor argentino Patrico Pron y lleva por título Carrera literaria.

En el artículo, Patricio Pron salía al paso de un comentario de una reconocida escritora española al referirse a la necesidad de avanzar en su carrera literaria. Para Patricio Pron, esta afirmación ponía de manifiesto, de una parte, una manera de entender la actividad literaria como algo reglado, con unas pautas determinadas y unas metas precisas; lo que, en su opinión, es algo erróneo. Para él, el ejercicio literario depende mucho de unas circunstancias personales imposibles de resumir en unas reglas a imitar, y si hay algo que no tiene, es una meta determinada, porque en su desarrollo se producen tanto los avances como las vueltas atrás. Y por otra parte, añadía Patricio Pron, una concepción de la producción literaria como una carrera esconde una “visión mercantilista de la literatura”, que lleva aparejado –complemento yo– ese prestigio basado en número de ejemplares vendidos, campañas mediáticas (incluidos suplementos literarios) interesadas y no pocos premios literarios de renombre amañados.

Al tiempo que comparto las ideas esenciales del autor del artículo, no puedo anatematizar los intentos de muchos escritores por “hacer una carrera literaria” y hasta tratar de vivir del esfuerzo que el ejercicio literario disciplinado y constante comporta. Lo que sí me parece censurable es cerrar los ojos al mundo en el que, con toda su buena fe, se meten; al contexto socioeconómico que lo gobierna y en el que también está inmerso eso que llamamos cultura: un lugar en donde la calidad y la cantidad no tienen por qué ser incompatibles, pero en donde manda la rentabilidad; un lugar en donde entretenimiento y reflexión pueden armonizar, pero en donde las más de las veces se premia lo políticamente correcto, se trata de silenciar lo crítico y sofocar las rebeliones contra modos y modas en los que ciertos establishments consolidan su permanencia.

No debe ser fácil realizar esa singladura por aguas tan turbulentas y salir indemne.

La pregunta sería –y podría ser comparable a la que actualmente nos hacemos sobre la crisis económica que padecemos–: ¿es que no hay otra alternativa?

viernes, 19 de octubre de 2012

Salón de belleza, de Mario Bellatin


Mario Bellatin es un escritor mejicano nacido en los años 60, que dirige la Escuela Dinámica de Escritores de Méjico como una asociación civil sin ánimo de lucro y busca nuevas formas de aprender y practicar la literatura. Su novela Salón de belleza es uno de esos libros cuya lectura deja en el ánimo una profunda huella.

Se trata en realidad de una novela corta, apenas 34 páginas, pero de una enorme intensidad.

En un barrio marginal de una gran ciudad, tres homosexuales abren un salón de belleza. El narrador es uno de ellos, y nos cuenta la evolución de ese salón de belleza, desde ser un lugar al que acudían las mujeres a embellecerse, hasta el Moridero en que el protagonista decidió convertirlo: un sitio a donde hombres (solo se admite a los hombres) afectados por la epidemia de “la enfermedad” y en estado terminal van a morir. En el cuidado diario de esos huéspedes, en el objetivo de convencerles de lo irrevocable de su destino y llevarlos a un letargo en compañía en el que se ahogan todas las angustias mientras se espera la muerte, el narrador halla la calma que su vida anterior, disipada y caótica, no le había permitido.

Pero al tiempo que nos relata su peripecia, también nos da cuenta de su afición por los acuarios, entre cuyas paredes de cristal cría y cuida distintos tipos peces, que se convierten en testigos mudos de lo que ocurre en el salón de belleza. En apariencia separando dos universos separados e independientes, sin embargo las paredes de cristal de los acuarios se muestren permeables, y a ambos lados, como en un juego de espejos, se producen situaciones similares. Así, la muerte de un huésped parece tener su reflejo dentro del acuario:
Curiosamente, con el muchacho perecieron tres peces al mismo tiempo… Después de su muerte, con los peces ya lejos de su lado, encontré tres Monjitas rígidas en el fondo.

La resistencia de algunos huéspedes a la muerte se traduce en una renuencia similar en el interior del acuario:
Me sorprende lo fiel que se ha mostrado esta última carnada de peces. Pese al poco tiempo dedicado a su crianza se aferran de una manera extraña a la vida.

Y el violento y cruel levantamiento del vecindario contra lo que se ha convertido el salón de belleza, tiene su contrapartida en la depredación una especie de peces por otra.

Cuando la enfermedad afecta también al protagonista, éste tiene que afrontar el futuro del salón de belleza.

En resumen, un libro conmovedor pero que cierra cualquier resquicio al sentimentalismo; de un lenguaje desnudo de todo artificio, igual de descarnado que el huésped que se acerca al Moridero.

martes, 16 de octubre de 2012

El futuro de las librerías


Ayer asistí a la inauguración de librería café, o mejor café librería, El Dinosaurio, que ha abierto en Lavapiés 8 una vieja amiga. Su formato me da una buena excusa para reflexionar un poco acerca de la figura del librero y su transformación.

He de decir primero que yo no he tenido nunca un librero de cabecera y, sin embargo, creo que me he defendido bastante bien con la calidad de lo que he leído gracias, sobre todo, a las recomendaciones de mis amigos. Claro que quizás ellos sí han tenido ese librero.  Entiendo no obstante que ante la avalancha de novedades que llegan a las librerías, cargadas todas con epítetos superlativos en las solapillas, muchos lectores quieran escuchar los consejos de su librero de siempre, si es que la especie aún existe.

Supongo que sí, que existe, especialmente en ciudades medianas, no como Madrid, donde la gente cambia de barrio y en la que a nadie se le pasa por la cabeza atravesar la ciudad para acudir una vez al mes a su librería de siempre, ¿o sí?.

El asunto es que, como todos sabemos, el librero es el eslabón más afectado por la nueva realidad del ¿mercado? del libro. Uso las interrogaciones porque para que haya mercado debe haber un intercambio económico, cosa que últimamente está en duda. Y como pasa en general con este asunto, al final se le pide que “cambie su modelo de negocio”, pero al pobre librero no se le dan pistas de cómo se hace eso. Y así hemos llegado a este momento en el que por las leyes de la evolución están surgiendo esos “modelos”. Yo creo que no hay ya librería nueva que no abra con una cafetería en una esquina o con una especialización muy determinada. En el caso de mi amiga Marisol es su dedicación a las editoriales pequeñas y prestigiosas. Es decir, inteligentemente ofrece esos libros que normalmente hay que encargar y que, por supuesto, no se pueden descargar porque nadie se ha ocupado de ser generoso con esa obra ajena. Por supuesto que mi amiga intenta que la parroquia también tenga mucho que ver con el mundo literario. ¿Triunfará? ¿Qué modelo de librería pervivirá en cinco años? Veremos lo que el darwinismo nos depara. Mientras, si quieres, dime qué piensas de las librerías y su futuro.

martes, 2 de octubre de 2012

Dos comentarios tras ver la primera temporada de Juego de Tronos


Vaya por delante que soy un auténtico ignorante en series televisivas y novelísticas. Tras más de veinte años de vivir sin televisión, habré visto completas no más de dos temporadas de series diversas, y capítulos sueltos de alguna que otra. Tampoco he tenido paciencia para enchufarme a sagas novelísticas de varios volúmenes voluminosos, con alguna excepción. Así que lo que voy a decir debe ser puesto en la más aislada cuarentena.

He visto en internet que se compara la serie novelística de Juego de tronos con El señor de los anillos, lo cual me parece un error, dado que una y otra responden a dos modos de narrar bien diversos. El señor de los anillos es una narración teleológica, que desde el principio se encamina a un final, sigue una línea que, por sinuosa que sea, conduce la narración a una conclusión que da sentido a todo el conjunto. Juego de tronos, como todas las narraciones seriales, se dedica a dar vueltas en torno a un motivo, en este caso las luchas por el poder al trono de los Siete Reinos, y va rellenando la narración con variaciones sobre el mismo asunto, complicándolo todo cada vez más, incorporando nuevos personajes, líneas narrativas, efectos de argumento, diálogos ocurrentes, etc., de modo que el final –que no conclusión– de la narración se producirá cuando el autor se canse de vender o los índices de audiencia comiencen a descender, y no será más que un broche con más o menos adornos y brillantez. Yo, la verdad, soy muy clásico para esto: toda narración que no culmine en una buena conclusión me desilusiona. Me resulta, y perdóneseme el símil taurino, como el torero que hace una faena llena de floripondios, volatines y muletazos espectaculares, pero falla en el momento de matar. Es más, en el caso de las series, en realidad ni intenta matar. Siento esto (y sé que a los espectadores de series mi apreciación les parecerá absurda) como una deslealtad por parte del narrador o guionista, como es desleal la droga que da placer momentáneo pero no sacia sino que solo busca crear ansiedad (de hecho, uno se “engancha” a una serie como a una droga u otro mal vicio). Pero lo más interesante es que, si las series–novelísticas o televisivas– tienen ahora tanto éxito es en ante todo porque el capitalismo financiero está cambiando la noción lineal y teleológica del tiempo –unida primero a la producción manufacturera, como demuestra la aparición de relojes en las ciudades florentinas de finales del s.XIII, y después a la producción industrial, que crea la idea de progreso–, haciéndonos regresar a una concepción circular, aunque tal vez sea mejor denominarla rizomática, dado que las vueltas alrededor del centro –el trono– son siempre distintas e irregulares. Parece, pues, que volvemos a una narratividad precapitalista, similar a las de los libros de caballería y las novelas sentimentales, que también eran seriales, pero en realidad es algo diferente, pues la única sacralidad que sostiene estas narraciones de hoy es la sacralidad del dinero. (Habría que rastrear, de todos modos, la pervivencia de los modelos narrativos seriales medievales en la literatura popular. Pienso sobre todo en la literatura de folletín del XIX aunque la poca que conozco no es exactamente serial, pues siempre hay un misterio que al final se resuelve, una anagnórisis que lo aclara todo, o algo similar–, que pasa en el XX a la radio y de ahí a la televisión.)

Por otro lado, Juego de tronos abunda en otro aspecto temático también de apariencia precapitalista: la desustancialización del nivel político. Juego de tronos es una serie política, pero en ella la política se concibe como una lucha por el poder en la que las fuerzas dominantes son psicológicas o morales, algo que en sus mejores momentos da a la serie una para mí evidente reminiscencia shakespeareana, trufada, claro está, con algunos toquecillos foucaultianos que ponen al día el aparente feudalismo mercantil de fondo. El poder es, pues, una ficción en la que los problemas psicológicos de los participantes en él, sus principios morales (o sus valores, si se quiere), su astucia o inteligencia, etc., son los elementos determinantes. El poder es, en efecto, un juego, como indica el título, y en él apenas hay un atisbo de la existencia de clases sociales, o al menos de grupos de interés o lobbies. Es, en este aspecto, radicalmente premaquiaveliano, como en cierta manera lo es Shakespeare (solo que a Shakespeare lo que le interesaba, creo, es justamente el funcionamiento de la psique, del “alma” humana, más que la naturaleza del poder). ¿Qué “nos hace”, entonces, Juego de tronos? Que sintamos como natural la concepción de la política como un juego despiadado al que solo pueden jugar poderosos contendientes, un juego cruel y peligroso del que mejor alejarse y contemplarlo, despreciándolo, como un espectáculo, y no algo en lo que las personas de a pie podamos (debamos) intervenir algo más que votando dócilmente cada cuatro años.

viernes, 20 de julio de 2012

Historias del Calcio de Enric González


Ya lo conocíamos por las divertidas y a la vez interesantes Historias de Nueva York e Historias de Londres, (creo que también tiene unas Historias de Roma). Todos estos libros son recopilaciones de crónicas publicadas antes en El País (para mi gusto, estas y los artículos de Jacinto Antón son lo mejor del periódico). Las crónicas de Enric González comparten dos cosas: un leve tono humorístico (sin perder de vista que de lo que trata es de informar) y que están muy bien escritas. En este libro en concreto demuestra que (a pesar de los diarios deportivos y de la mayoría de los redactores de deportes de los diarios generales) se puede escribir sobre fútbol con inteligencia, y con gusto, y con elegancia, sin recurrir al lenguaje estereotipado propio de los periódicos deportivos. En cuanto al contenido, lo que reflejan estas crónicas es que en el fútbol italiano hay mucha corrupción (directivos implicados en el apaño de partidos, por los que sus clubes sufren sanciones muy severas, como perder la categoría o privárseles de títulos...), que hay hinchadas muy violentas (la de la Lazio es filofascista, sin complejos; tienen incluso –dice Enric- un monumento a Mussolini dentro del estadio) que provocan disturbios con mucha frecuencia, y que bastantes equipos van unidos a una línea ideológica: Lazio es fascista, el Livorno es comunista. En bloque. Y así muchos equipos. Habla de fútbol relacionándolo con la sociedad y con el carácter italiano. Por ejemplo, nos cuenta que gracias a un nieto futbolista la policía pudo atrapar a un mafioso muy buscado, pues el abuelo no se podía resistir a la tentación de ir a ver jugar a su nieto. O que hay quien dice que el catenaccio es consecuencia de la historia italiana, que ha sufrido invasiones de todo tipo de pueblos y siempre se ha visto obligado a estar a la defensiva. Todas las crónicas son, como mínimo, siempre entretenidas.

            (Recoge un chiste que cuentan los aficionados del Milán: Gatusso (del Milán) se apuesta con sus compañeros a que él solo gana al Inter. Sus compañeros aprovechan el descanso y se van el fin de semana, por lo que no pueden ver el partido. Llaman a Gatusso por la noche. “¿Qué tal te fue?” “Empaté a uno”, dice cabreado. “Pero, hombre, es grandioso empatar a uno contra once.” “No, si lo que me molesta es que me expulsaron en la primera parte por protestar, y fue injusto.”)


Enric González Historias del Calcio (Barcelona: RBA, 3ª ed., 2010)

viernes, 22 de junio de 2012

Reseñas del lector: Lawerence Durrell


Este año es el centenario del nacimiento de Lawrence Durrell, novelista, ensayista, y poeta; autor de “El Cuarteto de Alejandría” y muchos otros títulos, que no parece necesario relacionar tratándose de autor tan conocido.

En recuerdo de Durrell, cito aquí dos obras suyas, que me gustan especialmente: “Una sonrisa en el ojo de la mente” y “Las Islas Griegas”.

La primera, “Una sonrisa en el ojo de la mente”, es un pequeño relato autobiográfico, que gira en torno al taoismo, disciplina o filosofía con la que Durrell simpatizaba. En este libro narra Durrell tres episodios de su vida, siempre presente en ellos sus reflexiones o disquisiciones sobre el Tao. Así, nos relata en primer lugar,  la acogida en su casa, en La Provenza, durante un fin de semana, de un geróntologo y taoista chino, al que no conoce de nada, y que le quiere consultar al respecto de un libro que ha escrito sobre  taoismo. En ese fin de semana, ambos hombres, con muy buen humor, entablan largas conversaciones sobre el Tao, pasean, compran verduras en el mercado y cocinan al modo chino. En el segundo de los relatos de este libro, cuenta su estancia- aunque Durrell pernocta en su propio coche- en un monasterio tibetano, situado en un castillo en Francia, a donde es invitado por la comunidad que lo habita, para la celebración de su Año Nuevo. Las vicisitudes que ha de soportar, por una avería de su coche, y el mal tiempo, a su vuelta del monasterio, llevan a Durrell  a recordar otro pasaje de su vida, que sería el tercer episodio, referido a una mujer a la que llama Vega, entre otros nombres, con la que mantiene una relación de amistad/amor, que comienza al confluir en interés comùn, el de ella en Nietzsche y el de él, en Lou Andreas Salomé.

Este  libro termina con un artículo sobre el Tao, escrito por Durrell en su juventud.

El personaje del gerontólogo y sus hábitos; lo que se divierten esos dos hombres ese fin de semana, no obstante no conocerse previamente; y, las descripciones de los paisajes y lugares donde transcurren estos tres episodios, Tao aparte, bien valen la pena de la lectura de este libro.

En su otra obra, “Las Islas Griegas”, se mezclan recuerdos personales del autor y la historia de las islas por las que nos va guiando. Intenta, nos dice en el Prefacio de su libro, contestar a dos preguntas:”¿qué le hubiera gustado saber cuando se encontraba allí? y ¿qué lamentaría haberse perdido?” Maravilloso libro y maravillosa literatura, también.

Autor: Ampa Casañas

lunes, 18 de junio de 2012

Aullido de Allen Ginsberg



“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura...”. Así comienza el poema más famoso de la generación beat. Yo me temo que esto sea lo único que voy a acabar recordando de él.

Quizá la traducción sea floja y tanto la música del verso como el contenido, lo que dice, hayan pasado muy deteriorados. Pero lo dudo. En cualquier traducción de un libro bueno siempre acaba sobreviviendo algo bueno del original. Yo en este libro no he encontrado nada de valor, ni en la forma, ni en el fondo. Repito que quizá en inglés sea otra cosa y tenga algún mérito. Pero en español a mí me parece pura charlatanería. Palabras, palabras, palabras, detrás de las que hay aire. Ningún poema me dice nada (sí, que Neal Cassady se follaba a todas las tías que se cruzaban en su camino y alguna cosa de interés semejante). No veo poesía por ninguna parte. Ni prosa (a la que creo que aspira). Tal vez en su época supuso una conmoción, un escándalo para la sociedad. Hoy solo podría escandalizar a un lector muy ñoño. A mí me parece un libro profundamente descerebrado, y me enfada que en un poema el autor nombre a Whitman, como si así quedase hermanado con él.

            La mejor poesía de la generación beat, para mi gusto (un gusto caprichoso que aborrece también a Ferlinghetti y a Corso), son los haikus de Kerouac. En algunos de ellos se da una fusión perfecta entre el delicado espíritu tradicional del haiku japonés y la pragmática vida moderna americana, lo que les da un aire muy original.

Allen Ginsberg Aullido (Barcelona: Anagrama, 2006)

miércoles, 30 de mayo de 2012

Basado en hechos reales


En muchas ocasiones hemos escuchado y leído el comentario: Basado en hechos reales. Como si eso diera mayor valor a lo escrito; como si una trama basada exclusivamente en la imaginación del autor devaluara la trama. Como si la mayor o menor autenticidad (verosimilitud, importancia) de lo narrado dependiera, de forma primordial, del grado en que hubiera ocurrido en la “vida real”.

Yo mismo, con motivo de alguna de mis novelas, he sido preguntado por la autenticidad o realidad de los hechos allí narrados. Y si se me ha ocurrido decir que en su mayor parte son cosas de mi imaginación, he notado de inmediato un gesto de desilusión en mi interlocutor; y casi casi como si se me estuviera acusando de haber cometido un fraude.

De nada vale argumentar que eso no es lo importante de una novela, que esta debe considerarse un universo independiente, que lo significativo es su capacidad de revelarnos aspectos escondidos de nuestra naturaleza y del mundo, etc. Sí, vale –se nos contesta–, pero a mí lo que me interesa saber es si eso que cuentas en tu novela ocurrió realmente.

Me parece que seguirá siendo un debate incesante, que presenta muchas aristas y preguntas tan interesantes como lo que sea la realidad y si esta puede transmitirse a través de la escritura.

A tal respecto, dos reflexiones.
La primera tiene que ver con el hecho de que muchas veces la buena literatura describe la realidad de una manera absurda, fuera de lo que llamamos el sentido común, y sin embargo sentimos y tenemos la impresión de que nos está revelando aspectos escondidos pero esenciales de nosotros y nuestro mundo. ¿Tendrá eso que ver con que, más allá de la máscara del sentido común, la realidad es en verdad absurda y, a su modo, la literatura lo pone de manifiesto?

Como apoyo a esto me refiero a esa concepción (revolución) de la realidad física que se fundamenta en la mecánica cuántica, concretamente en una teoría de Richard Feynman y que hoy en día se aplica y se comprueba experimentalmente. Viene a decir que si para ir de A a B hay muchas alternativas (historias, cada una con una probabilidad determinada), entonces el resultado es la suma de cada una de ellas: todas las historias se producen simultáneamente y colaboran al resultado final. El mismo Feynman decía: 
"La mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo desde el punto de vista del sentido común. Sin embargo, los experimentos lo certifican. Espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal como es: absurda".

La segunda tiene que ver con lo que Thomas Bernhard afirma sobre el intento de transmitir “la verdad de los hechos” a través de la escritura. En El sótano, el segundo libro de su monumental autobiografía, dice:
Describiremos una cosa y creemos haberla descrito de conformidad con la verdad y con la fidelidad a la verdad, y tenemos que comprobar que no es la verdad… Describimos algo verídicamente, pero lo descrito es algo distinto de la verdad… Durante toda mi vida he querido siempre decir la verdad, aunque ahora sé que estaba mintiendo. En fin de cuentas, lo que importa es sólo el contenido de verdad de la mentira. La sensatez me ha prohibido ya hace tiempo decir y escribir la verdad, porque con ello, sin embargo, sólo se dice y se escribe una mentira, pero escribir es para mí una necesidad vital, y por eso, por esa razón escribo, aunque todo lo que escribo no sea sin embargo más que una mentira que se transporta a través de mí como verdad. Sin duda podemos exigir la verdad, pero la sinceridad nos prueba que la verdad no existe. Lo que aquí se describe no es verdad; y no lo es por la sencilla razón de que la verdad sólo es, para nosotros, un deseo piadoso.
A la luz de estas dos reflexiones, cabría preguntarse si no es precisamente esa literatura que se proclama “Basada en hechos reales” la menos fiable.

lunes, 28 de mayo de 2012

Debates con la poesía española


Se trata de un ensayo pensado y escrito desde la independencia, el rigor y la honestidad, sin rendir pleitesía y a la vez sin acritud ni resentimiento.

La tesis de Rodríguez Padrón es la de que en los últimos 35 años o más, salvo algunas contadas excepciones, nada rupturista y realmente novedoso se ha escrito en la poesía española. En el libro, se van analizando las diferentes publicaciones y antologías presentadas como cambio radical y desmontando, desde la lectura y crítica de los textos, esa pretendida ruptura.

La estructura del ensayo es amena, huyendo intencionadamente de tecnicismos o academismos que generalmente parecen más destinados a deslumbrar que a facilitar su recepción por parte de los posibles lectores.

Rodríguez Padrón, desde sus convicciones poéticas, sin ambages pero sin acritud, critica el adocenamiento de  muchos de los poetas actuales que se suman sin más consideraciones a las corrientes en boga, generalmente patrocinadas por intereses mediáticos, y pone en cuestión, asimismo, la falsa dicotomía entre cuento y canto, planteando que no es ahí donde se debe centrar el debate, sino en el léxico, el ritmo y la energía poética.

Desde su propia concepción de lo que debe ser la poesía, Rodríguez Padrón lanza el reto a procurar un amplio debate que, de producirse, podría resultar rico y esclarecedor en lo que se refiere a la esencia de la palabra poética y a la necesaria independencia del acto mismo de la creación.

Se podrá estar o no de acuerdo con algunas de sus tesis, pero desde nuestro punto de vista, constituye un ensayo lúcido, riguroso y alejado de la superficialidad o mal entendido amiguismo que caracteriza a muchas de las críticas que, por decirlo con las palabras de Rodríguez Padrón, se oyen decir
públicamente sobre la poesía española actual.

Jorge Rodríguez Padrón. 
Oyendo lo que algunos dicen públicamente.
Debates con la poesía española.
 
Calambur Ensayo, 5. 324 p.
ISBN: 978-84-8359-229-8.

viernes, 17 de febrero de 2012

Literatura de/para mujeres

Si mis anteriores entradas han sido polémicas, prefiero no imaginarme lo que va a pasar con ésta. Trata sobre uno de esos temas en los que uno no puede meterse sin salir trasquilado, diga lo que diga, pero me animo a hacerlo ea la vista de que en los anteriores temas las discusión se ha movido siempre por cauces más que civilizados.

Mi primera reflexión, o algo parecido, sobre este asunto se remonta a mi preadolescencia. Era entonces un lector entregado a Guillermo Brown. Devoraba sus enloquecidas aventuras a todas horas, muchas veces camuflado el cuerpo del delito bajo un libro de texto de Latín o Matemáticas y haciendo esfuerzos insufribles para aguantarme la risa. Nadie habría creído que me estaba riendo de un chiste de Cicerón o por el placer de haber resuelto una ecuación. De hecho, alguna vez me delaté yo mismo, incapaz de aguantar la risotada. Mi identificación con las aventuras de Los Proscritos era total. Además, mi mejor amigo era pelirrojo. Por eso cuando, por casualidad, me enteré que de que Richmal Crompton era una mujer, me costó creerlo y tuve que pedir confirmación en más altas instancias. Y, sí, lo era. El creador de esa magnifica pandilla de liantes, con el punto forzadamente misógino obligatorio de la edad (contrapunteado por la hiriente superioridad de Arabella Simpkin), ése que sabía meterse en la mentalidad de un chaval de once años aquejado de una imaginación desbordante y unas ganas de aventura sin freno, era, en realidad, creadora.
Desde entonces tengo claro que el escritor es alguien capaz de meterse en la piel de sus personajes, independientemente de su sexo. ¿Puede lograrlo con el sexo contrario? Yo defiendo que sí, porque, en el fondo, puede haber tantas diferencias entre dos mujeres o dos hombres, como entre un hombre y una mujer. Por otro lado, a poco que el escritor no sea autista o sexista, ha leído a damas de todo tipo, de las Bronte a Virginia Woolf pasando por Olivia Goldsmith (El club de las primeras esposas), Rosa Montero, Almudena Grandes,  Merçé Rodoreda o Montserrat Roig (cuánto lamenté su prematura muerte)  por no hablar de cine o series de televisión, últimamente, además, muy volcadas en el público femenino (Sexo en NY, Mujeres desesperadas, etc.). Y en el caso recíproco, ni hablemos, dado el predominio masculino en la historia de la literatura, afortunadamente nivelándose a toda máquina.
Es decir, el escritor de ficción debe tener esa plasticidad, esa empatía capaz de ponerle en la piel de alguien de otro sexo u orientación sexual. ¿Puede entonces un escritor llegar a entender a las mujeres? Al menos debe entender a sus personajes femeninos o su obra estará coja. ¿Lo haría mejor una mujer? Depende de sus respectivas habilidades. ¿Puede un escritor blanco criado en California entender a un esclavo negro nacido en África? ¿Puede una escritora australiana de hoy meterse en la piel de un párroco victoriano? ¿Hay más diferencia entre ellos que entre un hombre y una mujer de la misma generación, país y condición social? Yo creo humildemente que sí la hay.

Dicho esto, pregunto: ¿Hay un género de novela de y para mujeres, es decir, escrita y pensada para ser leída por mujeres? Obviamente para las editoriales sí lo hay. ¿Y otro de hombres para hombres? Pienso que si hay una literatura de mujeres, a mí me interesa mucho como hombre. Si hay una literatura para mujeres ¿por qué no podrían incluirse en ella obras de hombres? A mí lo que me preocupan son los efectos perversos de las etiquetas. Son empalizadas que nos conducen como reses donde quieren llevarnos.