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sábado, 15 de agosto de 2015

Necroilógicas - Rafael Chirbes

Ha muerto Rafael Chirbes, con apenas 66 años, un escritor reconocido por novelas como Los viejos amigos (2003),  Crematorio, que le valió el premio de la Crítica de 2007, o En la orilla, por la que ganó el Premio Nacional de Narrativa de 2014.

Además de por estas novelas, queremos hoy recordarle y homenajearle en esta "Necroilógica" con otro libro tal vez menos conocido, pero, a nuestro entender, esencial memoria para las generaciones de nuestro país después de la guerra civil. Nos referimos a La buena letra, publicada en 1992, y en la que una madre cuenta a su hijo las miserias de aquellos días oscuros y terribles pero también tintados con el aura de la siempre balsámica juventud.

Se cuenta desde las edad de las sombras, en un relato cargado de emoción, sinceridad, lleno de nostalgia y dolor, y sobre todo hay en la narración un aire de recuerdo, de memoria necesaria, memoria común que es indispensable recuperar y no olvidar jamás, para valorar lo que somos, lo que tenemos. Una memoria que se afianza en nuestro interior gracias a las pequeñas cosas que nos acompañan, las que seguramente más sentimos y a las que nos aferramos cuando todo decae y muere a nuestro alrededor:

Lo recuerdo como si lo estuviese volviendo a ver en estos momentos. Una se olvida, y cada vez con más frecuencia, de lo que hizo ayer, o de las cosas que han ocurrido esta misma mañana y, sin embargo, los recuerdos más antiguos tienen otra fuerza. No los piensas: los ves, los escuchas. De aquel día recuerdo el cielo por encima de la escollera, pero también las caras y las voces de cuantos nos sentamos en la mesa, bajo la higuera. Recuerdo cómo iba vestido cada cual, y el olor áspero de las hojas de la higuera y el de las plantas de tomate, cuando fuimos tu tía Pepita y yo a recoger algunos para la ensalada, y recuerdo el olor de la ropa; fíjate que mientras hablo puedo recordar el olor de la ropa de tu tía Pepita y el de la abuela María, que olía nada más que a agua y jabón...

Nos seguiremos aferrando a lecturas como ésta, cimentando así nuestra memoria, en la que siempre tendrá cabida un escritor como Rafael Chirbes.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Necroilógicas - Javier Guzmán

Sí, esta madrugada murió Javier Guzmán, novelista que el año 2000 había ganado el Premio Torrente Ballester con Brigada Lincoln y que no conocimos personalmente hasta que hace un par de años la “causalidad” de la vida le llevó a proponernos la publicación de la continuación de aquella primera novela. La publicamos en el 2012, con el título El cocinero del Papa, y desde entonces Javier entró para quedarse en nuestras vidas con su vitalidad y su personalidad arrolladora. Como escritor, colaboró con nosotros en este mismo blog, charlas, reuniones tempestuosas para hablar de literatura, presentaciones de libros. Pero sobre todo se convirtió en un amigo. Él sabía valorar la amistad con la cita adecuada:

Gracias por vuestra amistad, amigos. Como decía León Felipe, no basta con arar los campos, hay que cultivar las espigas con amor y con gracia.

En el mes de marzo, al tiempo que nos alegraba con el envío de la última entrega de la trilogía de Almedina, Javier nos hacía torcer el gesto con el anuncio de que le habían detectado un cáncer de páncreas. No se andaba con chiquitas o medias tintas; desde el principio enfrentó la enfermedad a cara descubierta:

Toda mi vida he sido analítico, responsable y capaz de asumir cualquier problema que se me presente. Posiblemente este es el más peliagudo de todos. Pero lo asumo, lo entiendo y lo acepto.

Y estos últimos meses han sido de gran intensidad para todos nosotros, pues al tiempo que avanzábamos en la corrección de la novela, con los habituales comentarios de Javier, llenos de humor y sabiduría

(Como ejemplo intercalamos aquí éste, uno entre otros muchos:
Me gustaría agregar algunos cambios. Por ejemplo, el hermano de mi mujer que está aquí porque, dadas las circunstancia, necesitamos la presencia de un hombre en casa, me dice que el los años 50 hablar de limpiar algo a "manguerazos", la tartana de "La simple verdad", es una desatino, entonces las mangueras solo aparecían en las películas americanas. Las cosas se lavaban a pozaladas.
-¿Pozaladas?
-Sí. Lo que los castellanos llamáis cubo, nosotros le decimos pozal. El suelo, una superficie grande y esas cosas se lavaban tirando pozales de agua.
-¡Ayvá, dios!
-¡Venga!
Otra. "Cap a..." es una catalanada cuyo significado es "en dirección a..." (cabeza a)
Ejemplo grasiento.
-¿Onde vais?
- Cap a Zárágózá!
Nunca lo olvides: el habla maña es de imperativo esdrújulo. La excepción es Zaragoza, palabra donde se acentúan todas las sílabas.)

         al tiempo de esto, digo, veíamos el imparable avance de la enfermedad y nos maravillábamos de la conciencia y entereza con las que Javier la afrontaba:

El otro día, más bien noche, estaba en bata cuando me levanté y vi una imagen ligeramente humana reflejado en el cristal negro por el contraespejo de la noche. Y allí estaba Nosferatu, versión clásica, Murnau 1922. Avanzamos, me dije, hacia la inmortalidad por extraños vericuetos.


Hace unos días, fuimos a visitarle a su casa en Madrid. Estaban su esposa, Alicia, y su hija, Tamara. Nos tomamos unas cervezas, charlamos, nos reímos, Javier nos leyó cosas que había escrito. Y nos despedimos, serenamente. Él nos contagió su entereza y nos enseñó algo que solo puede aprenderse de esta manera.

viernes, 18 de abril de 2014

Necroilógicas - Gabriel García Márquez

Ni un día llevas muerto, y ya cien años
de soledad parecen en Macondo.
En los tiempos del cólera, ¡qué hondo
el laberinto urdido en tus engaños!

Ya tus demonios sin amor, huraños,
cual náufrago te arrastran hasta el fondo,
y en mala hora brota el fango hediondo
en la hojarasca de los desengaños.

Tus putas tristes narran hoy la crónica
de tu muerte anunciada, tan agónica
como ese otoño que el patriarca esquiva…;

y ya sin perro azul que se desmande,
no irá a tu funeral la Mamá Grande
y el coronel no tiene quien le escriba

lunes, 10 de marzo de 2014

Necroilógicas - Leopoldo María Panero

Seguramente ya conocéis la noticia. Lo que no sé si sabéis es que ya llevaba muchos años viviendo aquí, en el Psiquiátrico que está en Santa Brígida, conocido como La Quinta de Reposo. Es un lugar paradisíaco, rodeado de palmeras y con vistas al macizo montañoso de la isla. Muchas veces –las tardes libres que le dejaban en La Quinta– le veíamos en la calle Triana, solo y fumando sin parar. Hace unos meses, le invité a tomar un café en la cafetería que está al lado del estanco que tienen mis hermanos en esa calle y quise ver la posibilidad de que publicara en La Discreta. Me salió por los cerros de Úbeda y no insistí. Este año no le veíamos por allí, lo que era muy raro, pues sentarse en los bancos de Triana a fumar era para él un rito. En fin, los que conocéis su poesía ya sabéis que era provocador y duro. Pero muy buen poeta, en mi opinión.

lunes, 10 de febrero de 2014

Necroilógicas - ¿Cómo que ha muerto Félix Grande?

Por Félix Dativo Donate

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Me entero por el Conde de Abascal, que me hace avisar mediante billete con lacre negro y un criado de luto. Yo no veo la tele, ya apenas escucho la radio, desconecté mi ordenador de internet y apenas si atisbo lo que pasa por la mirilla angosta del móvil. Vivo como un eremita o como un bárbaro, más bien como Tarzán con su agreste familia en la jungla manchega. Decidí enterarme solo de lo que me interesase, y a este paso pronto no me interesará ninguna cosa.

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Pero si estuvimos con él, hace nada, no hará ni catorce años, nada, reinventando el botellón nocturno por las calles de Priego. Litros de cerveza pillados a deshora en yo no sé qué garito, acaso una discoteca, y el maestro Grande arrancándose por bulerías junto al portal de una tienda, a las tantas de la mañana. Venga bulerías y soleares, ayes y quejíos, y venga cerveza por aquí y por allá. Habíamos ido al curso de poesía que montaba siempre Diego Jesús Jiménez, otro grande de España que se murió también hace unos años, los que llevamos sin pensar ya en ir a Priego y que Martín Muelas me perdone. Fue el año en que conocimos a Manolo Vázquez Montalbán y a Pepe Hierro —allí eran Manolo y Pepe—, otros dos muertos ilustres, aquello era un Walking Dead poético, cuando Pepe Hierro casi se me queda en los brazos. Iba yo detrás de todo el grupo a la salida de no sé dónde, que me había retrasado como suelo hacer; y al maestro Hierro, que ya estaba muy tocado y se bebía la ginebra camuflada en una botella de agua mineral, le viene un ahogo y se va al suelo. Acudo, lo socorro, lo vemos mal. Rápido a buscar un coche, y doy con Carlos Sahagún, a quien me habían presentado la misma mañana. Ojo, qué pléyade en el mismo párrafo. Me dijo luego el Conde de Abascal que había perdido mi ocasión de entrar en la historia de la Literatura, pues Pepe Hierro no murió ese día en mis brazos: se sobrevivió unos meses más. Por fortuna no murió nadie entonces, pero luego han ido cayendo como moscas. Carlos Sahagún, no. A lo mejor se acuerda.

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Coincidíamos en algunas cosas. Los dos éramos manchegos de corazón, que no de nacimiento; los dos habíamos ganado el premio Felipe Trigo, de Villanueva de la Serena; y los dos nos llamábamos Félix. Bromeamos con eso. Grande solo había uno, desde luego. En su edad respetable, se mostraba gamberro y jovial como un jovenzuelo. Tenía una sonrisa perenne y una broma preparándose tras ella, a punto de escaparse. ¿Cómo que se ha muerto Félix Grande?

Recitó entonces haikus y soleás. Para él la poesía era una, y ya. Poesía popular, poesía culta, poesía extranjera, poesía española: poesía. Decían que era flamencólogo —lo mismo se inventó él esa palabra— y recuerdo que nos habló de palos y soleás . Se vino a la conferencia del curso de Priego con guitarrista y todo, y después de cenar, montó él mismo el botellón. Félix Grande en directo, la guitarra siguiéndole, los discípulos detrás, media Discreta, y venga litros de cerveza hasta que cerraron la discoteca que nos la suministraba, y nosotros cerramos Priego. Fernando Fajardo estaba en su salsa: flamencófilo siempre, legado exultante de La Discreta ante el emperador de Tomelloso. 

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Era un chaval alto y desgarbado, la espesa cabellera rizada y blanca de estatua romana, o de bluesman. No parecía ni español. Más bien tenía semblante y figura de hispanista extranjero, de guiri recién licenciado y en plena búsqueda etnográfica de raíces españolas. Con esa misma elegancia despistada. Llevaba un foulard al cuello que ya no se llevaba. Un rasgo de indumentaria rebelde —todavía— en sus años de provecta juventud.

¿Cómo que se ha muerto? ¿Cómo que Félix Grande? ¿Se muere y ya está? ¿Así se muere un poeta? ¿Como Manuel del Río, natural, como dijo Hierro? ¿Cuando muere un poeta se mutila el universo? Tomelloso se ha estremecido; pero los ignorantes ni nos enteramos.  Todo se va y todo transcurre, y este mar de viñedos eternos solo atiende a la cíclica bondad de las lluvias, y ni se inmuta siquiera con estos fríos y con estos hielos.

lunes, 3 de febrero de 2014

Necroilógicas - Tres grandes poetas

Por José Ramón Fernández de Cano

Últimamente, parece como que se ha puesto de moda morirse, o algo así. O tal vez es que vamos ya para una edad en la que nuestra rutina, como nos avisó Quevedo, consistirá en sentarnos a contemplar "presentes sucesiones de difuntos". Bueno, da igual; el caso es que, como se me dan bien las necrológicas, he decidido mandaros todas las semanas, a guisa de luctuosa recapitulación, algunas de las atingentes a las pérdidas por mí más sentidas.

Luis Aragonés


Tenía esa chulería castiza y genuina de los madrileños de barrio, la majeza auténtica que con resignación cansina sobrellevamos los que hemos nacido en las barriadas, tan alejada de esa chulería graciosilla, cateta e impostada de los arquetipos de Arniches (que, al fin y al cabo, no era sino un cateto levantino en la Corte de todas las Españas). Una tarde de fútbol dominguero, en su última temporada de míster rojiblanco, tuvo que sufrir varias veces la impertinencia de un cuarto árbitro que le instaba con vehemencia (¡a él, en el Manzanares de su mocedad, plenitud y decadencia!) a quedarse recluido en la angosta área destinada a los nerviosos vaivenes del entrenador. Cuando se le inflaron las pelotas, se fue hacia el mediocre trencilla, le miró a los ojos con esa cólera encendida con que exigía que le mirasen a él sus pupilos cuando les estaba cantado las cuarenta, y le espetó con una voz rotunda que se escuchó sin dificultad en buena parte de la grada: “Tú lo que tienes que hacer es quedarte sentadito de una puta vez, que te van a dar de hostias porque estás pisando el glorioso escudo del Atleti”.


José Emilio Pacheco


Lo conocí, hace ya un cuarto de siglo, en los Cursos de Verano de El Escorial, cuando en España apenas se le había leído (yo, al menos, lo ignoraba todo acerca de sus depurados versos y sus lúcidas prosas). Tuve la suerte de charlar durante un largo rato con él, y recuerdo que me dejó tan suspenso y deslumbrado que me fui diciendo para mí, a guisa de espontáneo elogio: “De todos los mejicanos que he conocido, es el que menos se parece a Cantinflas. Ni en el acento, oyes”.


Félix Grande


¡Ya sólo nos queda un Félix Grande (por cierto que también manchego)!

jueves, 26 de septiembre de 2013

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis

Esta idea de que llevamos nuestra propia muerte y de que debemos cultivarla y diseñarla para que esté en armonía con ciertas convicciones que tenemos, me parece muy bella. 

Esto decía Álvaro Mutis, una idea que había cogido de Rilke y a la que, seguro, siguió fiel hasta el final. 

Además de su poesía y prosa siempre admiré de él su actitud ante la escritura. Nunca le gustó que le llamaran “escritor”, “maestro” y, mucho menos, “intelectual”. Respetaba mucho lo que él consideraba la esencia de estas palabras para aplicárselas. Qué lección de humildad. Sobre todo cuando ves con cuánta prodigalidad y facilidad hay tantos que adoptan unos hábitos, se visten una indumentaria y sin pensárselo dos veces se proclaman “escritores”.  

viernes, 19 de octubre de 2012

Salón de belleza, de Mario Bellatin


Mario Bellatin es un escritor mejicano nacido en los años 60, que dirige la Escuela Dinámica de Escritores de Méjico como una asociación civil sin ánimo de lucro y busca nuevas formas de aprender y practicar la literatura. Su novela Salón de belleza es uno de esos libros cuya lectura deja en el ánimo una profunda huella.

Se trata en realidad de una novela corta, apenas 34 páginas, pero de una enorme intensidad.

En un barrio marginal de una gran ciudad, tres homosexuales abren un salón de belleza. El narrador es uno de ellos, y nos cuenta la evolución de ese salón de belleza, desde ser un lugar al que acudían las mujeres a embellecerse, hasta el Moridero en que el protagonista decidió convertirlo: un sitio a donde hombres (solo se admite a los hombres) afectados por la epidemia de “la enfermedad” y en estado terminal van a morir. En el cuidado diario de esos huéspedes, en el objetivo de convencerles de lo irrevocable de su destino y llevarlos a un letargo en compañía en el que se ahogan todas las angustias mientras se espera la muerte, el narrador halla la calma que su vida anterior, disipada y caótica, no le había permitido.

Pero al tiempo que nos relata su peripecia, también nos da cuenta de su afición por los acuarios, entre cuyas paredes de cristal cría y cuida distintos tipos peces, que se convierten en testigos mudos de lo que ocurre en el salón de belleza. En apariencia separando dos universos separados e independientes, sin embargo las paredes de cristal de los acuarios se muestren permeables, y a ambos lados, como en un juego de espejos, se producen situaciones similares. Así, la muerte de un huésped parece tener su reflejo dentro del acuario:
Curiosamente, con el muchacho perecieron tres peces al mismo tiempo… Después de su muerte, con los peces ya lejos de su lado, encontré tres Monjitas rígidas en el fondo.

La resistencia de algunos huéspedes a la muerte se traduce en una renuencia similar en el interior del acuario:
Me sorprende lo fiel que se ha mostrado esta última carnada de peces. Pese al poco tiempo dedicado a su crianza se aferran de una manera extraña a la vida.

Y el violento y cruel levantamiento del vecindario contra lo que se ha convertido el salón de belleza, tiene su contrapartida en la depredación una especie de peces por otra.

Cuando la enfermedad afecta también al protagonista, éste tiene que afrontar el futuro del salón de belleza.

En resumen, un libro conmovedor pero que cierra cualquier resquicio al sentimentalismo; de un lenguaje desnudo de todo artificio, igual de descarnado que el huésped que se acerca al Moridero.

lunes, 11 de junio de 2012

Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury


La semana pasada, en su casa de Los Ángeles y con 91 años de edad, murió Ray Bradbury, escritor de referencia para todos aquellos que nos gusta la literatura y en particular la ciencia ficción. Una buena parte de mi generación fue marcada por sus dos más importantes libros: Crónicas marcianas y Fahrenheit 451. Y sin embargo, antes de estas dos obras de referencia, yo le conocí a través de otro pequeño relato que aparecía en un número de una de esas revistas publicadas en los años sesenta y que mi padre coleccionaba. ¿Tal vez Selecciones Reader´s? No puedo asegurarlo, pero sí que aquel relato, que se titulaba Las manzanas doradas del sol, me impresionó. Como volvió a impresionarme cuando lo leí otra vez mucho más tarde, en una edición que recogía el conjunto de cuentos bajo ese mismo nombre y que publicaba la Editorial Minotauro.

El relato Las doradas manzanas del sol nos narra la expedición de un grupo de humanos que a bordo de la nave interplanetaria Prometeo tiene como objetivo arrancar del Sol un pequeño trozo de su superficie y traerlo a la Tierra. De la misma manera que hacía un millón de años –en palabras de la propia narración– un hombre desnudo en una senda norteña vio un rayo que hería un árbol y recogió una rama ardiente que dio a su gente el verano, ahora el grupo de expedicionarios siderales quería obtener aquel otro fuego que llevaba en su seno el secreto de su energía inacabable, los frutos dorados de aquel árbol en llamas.

En el momento más arriesgado de la misión, sobrecogía la descripción de cómo el capitán de la nave, con una leve torsión de su mano enfundada en un guante robot, movía allá una enorme mano con gigantescos dedos metálicos que arañaban la candente superficie y obtenía en su vasta copa de oro un trozo de la carne del Sol, la sangre del universo, la enceguecedora filosofía que había amamantado a una galaxia. Y cómo, con aquella prodigiosa carga, el pulso de la nave se aceleraba, el corazón batía con violencia, hasta que por fin se apaciguaba y los expedicionarios podían regresar.

Y de igual forma que al final de la narración la nave Ícaro (que así también se llamaba) se hundía rápidamente en la fría oscuridad alejándose de la luz, así Ray Bradbury ha emprendido su último viaje.
Además de su recuerdo, para calentarnos nos deja relatos tan emocionantes como estas doradas manzanas del sol.