jueves, 14 de febrero de 2013

Dos formas de narrar. ¿Cuál prefieres?


Luchar contra la pila de libros por leer es un empeño tan inútil como podar un seto de hiedra: año a año ambas cosas te van ganando terreno.

En mi último arrebato coincidieron dos autores españoles y sus dos últimas novelas: Javier Marías con “Los enamoramientos” y Andrés Trapiello con “Ayer no más”.

No pienso hacer una crítica de dos obras tan conocidas y menos en esta bitácora habitualmente consagrada a liberar valiosos pecios literarios, siquiera temporalmente, del limo que los mantiene atrapados en el olvido. Simplemente quiero haceros partícipes de una reflexión que me surgió tras leer ambas obras, tan distintas en todo. Y es que lo son en tal manera que me han hecho pensar en dos tipos de autores, o al menos de narrativa: aquella que proporciona al lector una profusa descripción de los sentimientos de sus protagonistas, que se correspondería con “Los enamoramientos” y aquella que prefiere provocárselos por la vía de los hechos que acontecen, sin dar más pistas introspectivas, caso de “Ayer no más”.

Pensando en ello me he dado cuenta de que he preferido siempre la segunda, aunque conozco personas, grandes lectoras, que son claramente partidarias de la primera. Así que quizás también existan dos tipos de lectores atendiendo a estas dos formas.

El caso de “Los enamoramientos” está en el límite de lo que tolero. La prolijidad con que se detiene en la explicación no sólo de los sentimientos, sino de los más nimios y a veces repetidos pensamientos de la narradora pusieron a prueba mi paciencia. Y me hizo pensar por comparación en “Epitafio”, de Paloma González Rubio (editada por LaDiscreta), que despliega con mesura esta forma de narrar en ciento y pocas páginas, las mismas que debería haber tenido la obra del académico. La anécdota de la que parte González Rubio es más original aunque menos intrigante que la de Marías pero el disfrute que me produjo conocer la evolución de los sentimientos de su protagonista fue mucho mayor que en “Los enamoramientos”, simplemente por estar en la justa medida.

Por el contrario, en la novela de Trapiello, narrada en una falsa tercera persona (se descubre al final), los sentimientos del protagonista están apenas esbozados. Conocemos bien su personalidad, su trayectoria, pero lo que siente tenemos que proyectarlo sobre él como lectores.

Siempre he preferido esta segunda forma de narrativa que deja más espacio al lector para que respire. De una cierta forma es más arriesgada porque no tienes constancia de si lo que estás proponiendo por la vía del tablero de juego que has ido disponiendo en la trama va a ser interpretado como tú quieres por el lector. Compensas el miedo incluyendo algunas frases, algunas metáforas, una referencia musical o meteorológica, pero dejas que el lector, imbuido en la piel de tu personaje, proyecte en sí mismo sus sentimientos en un esfuerzo empático. Pienso que, como todo lo que requiere más esfuerzo, produce mayor compensación.

Y ya que he hablado de música, forzando un poco la comparación, lo reconozco, pondríamos en un lado una ópera de Verdi, donde los sentimientos de los protagonistas se explican a cada paso y, en el otro, una pieza de jazz, en la que no tenemos más pistas que unas notas, a veces dislocadas, para subirnos al carro de los sentimientos que están queriendo transmitirnos los intérpretes.

Seguramente no todo es blanco o negro. Blanco (o rojo)  sería Stendhal, negro sería Chandler (no te pierdas por nada las entradas de Javier Guzmán sobre la serie negra original y la nórdica en este blog) y entre uno y otro tenemos todo tipo de graduaciones. ¿Algún ejemplo más?


martes, 12 de febrero de 2013

A Salinger también lo leen pendejos, de María Paz Ruiz Gil



Comenzamos aquí esta nueva sección de Relatos, en la que iremos publicando pequeños textos que nos parezcan interesantes. Así que ya sabéis, si tenéis por ahí algún relato guardado en un cajón, u os apetece escribir algo, mandádnoslo y, si lo consideramos oportuno, lo publicaremos, junto con una pequeña biografía del autor.

A Salinger también lo leen pendejos

Se citaron en un café sin tiempo ni memoria. Él no llevó el libro de Salinger bajo el brazo, ella se vistió con la falda veneciana que la hacía parecer recatada. A ella le maravilló su voz de declamador de bautizos, él quedó asombrado con el tamaño de sus tetas. No tomaron café ni té; pidieron whisky para que todo lo que iba a ocurrir, pasara más deprisa. Él reía exhalando un tufo de seductor, ella fumaba para atontar sus nervios, y tiraba de la manga de su chaqueta con una frecuencia incómoda. Él pidió la cuenta y pensó que llegarían antes en taxi; pero al darse cuenta de su mano ortopédica cayó sentado en la mesa. Horrorizada por el efecto de su prótesis, ella se la arrancó y le mostró un muñón asimétrico remendado por una cegueante cicatriz. Él corrió a la barra a pagar. Ella estalló de rabia. Y como el hombre estaba escapando por la puerta, lanzó su mano con toda la fuerza de su brazo plenipotenciario para abofetearlo.

María Paz Ruiz Gil
Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y desde entonces se dedica a la literatura y al radio arte.
Sus microrrelatos aparecen publicados en diferentes revistas, antologías y periódicos de España, Colombia, Estados Unidos y México y Alemania. Desde el año 2009 escribe un blog dedicado a la ficción  llamado “Diario de una cronopia”, que hoy es una bitácora de referencia en el género hiper breve. Su primer libro publicado fue “Micronopia”, edición cartonera que se agotó en España y que se publicará en México y Chile.
En 2011 resultó ganadora del X Premio Internacional de Relato Corto Encarna León, uno de los más prestigiosos en lengua castellana.
Su novela “Soledad, una colombiana en Madrid”, ha sido publicada por Ediciones B en Colombia y presentada en la FILBO de 2012.
Su relato “Los amantes de la vagina magistral”, se publica en España noviembre de 2012.
Pop Porn”, su libro de relatos eróticos se publica en diciembre de 2012 en Bogotá, gracias al Museo de Arte Erótico de América (MaReA), y en 2013 en México con Ediciones del lirio y Editorial Cariátide.


jueves, 7 de febrero de 2013

ASIA, de Itzíar López Guil



No es nada extraño que la hija de un dantista se ponga a explorar, una vez pasada la frontera de los 40 años, cómo se fija el libro de la memoria, cómo se pasa de la visio sentientis a la visio cogitantis, qué sucede cuando se pone nombre a las cosas vividas. Sólo que la hija del dantista es tanto hija del siglo XXI como del XX y cree que o bien la memoria se escapa entre los dedos, o bien solo se puede fijar de manera arterioesclerótica. Y al final cede a los tiempos que corren y confía, como solución al desaliento y el desarraigo (estos aún sí resabio del siglo pasado), en la exaltación del instante y del verbo interiores (“Asia”), en una solución que ha decepcionado un poco a este humilde lector. Y sin embargo, a pesar de este final que la crisis-estafa ha dejado un tanto obsoleto (como a tantas otras cosas que hace unos años -unos meses- parecían indiscutibles), el recorrido reflexivo para llegar a él (“Olas”) muestra hasta qué grado reflexionar en poesía alcanza honduras y sugestiones que, por su concentración, se vuelven materiales.

La cita que inicia el libro no es un mero ornato sino toda una declaración de intenciones sobre la imaginería y la estructura del libro. Se trata de unos versos de Raymond Carver: “Waves breaking against the ship. / Against the beach. / And in the mind / of the horses, where / it is always Asia.” Por un lado los oleajes, con su estrecha relación con el tiempo, los ciclos, pero además la erosión, el desgaste, en los barcos y en las playas, pero también en la mente; por otro, un mundo lejano y mítico que anida en el interior. Y, como decimos, nos ha interesado más la exploración de los oleajes que el refugio final vitalista en el instante de plenitud, en la “estancia luminosa / palabra que palpita como fuego / palabra en mi interior dentro de ti” (p. 45).

Porque la parte exploratoria del libro oscila constantemente entre posibilidades encontradas que dan pie a elementos ambivalentes: la luz puede ser una “luz sin rumbo / azote de tu piel, / que pierde la memoria de su paso / al replicarse con la materia devastada, / en el nadie absoluto que pregunta / sin pausa, como ebrio, / en qué consiste, de verdad, el tiempo.” (p. 22), o también “un instante de luz / que pronto será / nada” (p. 31), pero también nombra y fija: “Fuera, tras los cristales, el sol dice / con fuego el horizonte, nombra suave / los árboles, las casas, las personas.” (p. 27), aunque en otros momentos no se sepa lo que dice: “No sé qué dice el sol / cuando amanece sin mí, / qué parte exacta de su luz / toca tu piel tan dentro.” (p. 34). El oleaje, a pesar de su constancia repetitiva, es en otras ocasiones ceniza y humo: “Es ceniza este bronco oleaje / que muerde un instante tierra adentro / y regresa después a sus espumas, / a su gloria tan breve y luminosa, tenaz como una escarpia, / cual si en su arder os fuese / mucho más que la vida” (p. 23). Los espacios físicos que se recuerdan (la leñera, el cuarto de mis padres, el altillo, Roma a los trece años...), pierden por un lado su consistencia, moviéndose entre la confusión (la leñera) o el misterio (el altillo) y el contraste abrupto con la realidad (Roma, en una inteligente variación del poema de Quevedo), pero al mismo tiempo adquieren una dolorosa intensidad emocional, como les sucede, a pesar de sus “mentiras” idealizadoras (o tal vez por ello), a las canciones que nos transportan al pasado: “Hay canciones que avanzan sigilosas / y estallan por sorpresa en estribillos / que te abisman de pronto / en un vago verano adolescente, / cuando esas cuatro notas te seguían / como si fueran tierra en las sandalias. // Y hoy te ven llorar sobre aquel tiempo, / que no fue más feliz, ni aun más puro: / sus repentinos fuegos de artificio / copian la densidad / del recuerdo al volver. // Por eso duelen siempre. / Como la memoria.” (p. 25). Efectivamente, la memoria nombra, como en el primer poema del libro, y  simultáneamente, al hacerlo, mata, como en el segundo poema; al mismo tiempo da y roba. Es un problema, como no podía ser de otra manera para una hija del estructuralismo y el postestructuralismo, básicamente lingüístico (y en esto la hija del dantista es poco dantesca porque no distingue dos momentos separados, el de la fijación de la imagen interior y el de la conversión en palabra, sino que el verbo interior es directamente lingüístico), pues la dualidad proviene fundamentalmente de la ambivalencia del lenguaje (con la que brega a brazo partido el lenguaje poético), en el que las palabras son “blandas siluetas / que nos ponen en los labios al nacer, / sin peso ni materia verdadera, rastro insondable / de otras existencias que nombraron / para sí / los límites del mundo / del que sólo quedan ecos.” (p. 26) (lo cual además viene agravado porque, para la poeta, “El mundo en que nací estaba viejo”, p. 19), que, sin embargo, recogen o se ven modificadas por la experiencia emocional: “Sin sospechar siquiera que ese roce [una caricia] / está limando las entrañas / de mi vocabulario.” (p. 26). Puede haber, pues, una palabra “sólida” y “ajena / al tiempo y a la muerte, alta sílaba / que inscribe en la ceniza tu existencia” (p. 27) y “palabras muertas / donde la savia de ayer gritaba vida.” (p. 16).

En fin, y por no ser prolijos, lo que le pasa a Itzíar López Guil es que tiene problemas para concebir que fijar algo no significa necesariamente matarlo, o, en otras palabras, que, hija también del capitalismo financiero, no puede evitar pensar, o sentir, que lo que no fluye no vive, aunque, al mismo tiempo hija de la Modernidad socialdemócrata, aspira a la estabilidad. A caballo entre un inconsciente que encuentra en la norma, en el Contrato, en la responsabilidad, el ser de las cosas, y otro que solo lo encuentra en la fluencia (en el flujo, financiero ante todo), el hibridismo, las fronteras y todos los demás motivos postmodernos (que, insistimos, no son sino tematizaciones del Consenso de Washington, el acuerdo derridiano por excelencia), Itziar López Guil explora las contradicciones de ambas aspiraciones (el problema, por supuesto, del significado y la identidad, parece que el único posible en nuestra poesía), y al final, como apuntábamos, no consigue salir del laberinto y todo lo fía o bien a un instante pletórico de intensidad vital, como el estornino del poema 10, en su Asia particular, cediendo así (y sublimándolo) al eterno presente, a la muerte de la historia, que se nos impone para que consumamos compulsivamente, o bien a la afirmación, bellísima (los mejores momentos del poemario), de un desarraigo sereno y  “postmaldito” (“Volver es caminar sin luz a casa”), como en este magnífico poema dedicado a Ana Merino: “Siempre supe muy dentro que crecer / era dejar atrás los altos álamos, / el viento protector de su ramaje, / para tirar del yugo en tierra abierta, / siguiendo hacia la nada sin raíces, / diluyendo mi ser en el espacio. // No hay demonio ni dios con quien pactar. / Sólo millas que hacer a la intemperie, / recordando el sabor de lo profundo / y a veces disfrutando de lo extenso mientras dure, / feliz en la fortuna / de no saber del todo qué es la vida.” (p. 29). Itziar López Guil no es, obviamente, una de esas jovenzuelas postmodernas, atadas a sus maquinitas infernales, que no pueden concebir el desarraigo (financiero) porque es el aire que respiran y ni siquiera lo ven: es una nieta del 68 que no puede no pensar en términos de “liberación” pero que percibe que esa liberación nos ha llevado a derrotas cuyas consecuencias estamos padeciendo.

Se demuestra así, una vez más, que de las derrotas ideológicas nacen excelentes libros de poesía.


Itzíar López Guil, Asia, Madrid, Biblioteca nueva, 2011, 46 páginas.

martes, 5 de febrero de 2013

De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (4)


  Por Javier Guzmán

 Millenium, tochazo de más de dos mil páginas, editado en tres volúmenes, que fueron apareciendo justo a tiempo para poder leer el siguiente inmediatamente después de haber terminado el anterior.

   El primero se llamaba Los hombres que no amaban a las mujeres.

   En esta primera entrega el autor presenta a los personajes y utiliza una acción colateral para consolidar su estructura. Sus dos protagonistas son un hombre y una mujer (faltaría más, eso funciona desde Adán y Eva), la Salander y el Mikell de los cojones, preciosa descripción la trascripción del traductor, ambos luchadores contra un sistema que les atropella sin pudor y con ensañamiento. Ella es una muchachita frágil, canija punk (según el autor, físicamente no vale un pedo), perseguida por psiquiatras (la consideran débil mental), policías (es una peligrosa delincuente) y abogados (mejor no hablar), aunque a la hora de la verdad de fragilidad nada, ella es de hierro y no de manteca, es la gata ¡karateca! Y en cuento a mente de demente ¡niente!, es una Einstein de la informática con un cerebro que se mueve con la velocidad y precisión de un misil de ojiva nuclear sobre el objetivo fijado. Ella tiene dos protectores, su primer controlador social al que le da un ictus (pobre niña, lo poco que el sistema le presta la naturaleza se lo manga), y un empresario propietario de una red privada de seguridad (suelen ser los paradigmas de la honradez y los negocios limpios). Por el medio vejaciones, violaciones, extrañas relaciones, cámaras ocultas y demás recursos cinematográficos porque la novela, concebida como un todo, repito, iba a ser llevada al cine desde antes de empezar a imprimirse. Él es un hombre triunfador, un periodista independiente, íntegro, comprometido, consecuente, serio y divertido (¡jolín!, la de cosas guapas que tienen los suecos), dirige una revista especializada en sonrojar al sistema y tiene un ligue, Erika, con la que mantiene la relación de erotismo ficción más descabellada de la literatura universal (bueno, tal vez eso sea mucho presumir, pero no deja de ser curioso que en las dos versiones de cine, la sueca y la americana, esa relación baje de intensidad y que el personaje del feliz amigo marido cornudo consentidor, se minimice). Pese a tantos valores, ¿o precisamente por tenerlos?, Mikell ha fracasado en su intento por desenmascarar a los poderosos de la banca/industria y ha terminado en la cárcel de papel.

    Los dos, el Mikell y la Salander, se cruzan por imperativo del guión y se van a un islote témpano, aún más al norte, para desentrañar un extraño caso de desaparición. Es la única parte de la trilogía que presenta un problema policial clásico. Por supuesto, los malos son nostálgicos del nazismo (con lo que curamos en salud a la democracia sueca), y demonizamos el mal en el horror de la extrema derecha europea. Nadie se siente identificado con esos perversos racistas (y si se identifican se lo callan y luego asesinan al primer ministro o a sesenta adolescentes de la juventudes socialistas en un apacible islote noruego). La desaparecida aparece en Australia de granjera ovejera, ¡toma ya!, el chico bueno (periodista) es rehabilitado y la chica frágil con su ordenador biónico le afana a uno de los malos ¡tres mil millones de euros!, y las traspasa de sus cuentas a las suyas situadas en lejanos paraísos fiscales. Nadie es capaz de rastrear la pista del dinero. Dentro de las incongruencias de la novela, esta es de las más sangrantes. Vamos, es como si al pirata Morgan le quitan su botín, le dejan en pelota de la noche a la mañana y el pobrecito, y sus dos mil asesores, no se entera por donde sopla el viento. Y los lectores encantados: la chica buena le saca la pasta gansa a los malos. Eso es lo que en Milenium se plantea como justicia social. ¿A que es muy potito? 

  La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina es la segunda entrega de la saga Millenium. Si en la primera los malos son los nazis, en esta son los restos del naufragio comunista soviético. ¿No querías caldo? ¡Pues toma dos tazas! Los dos totalitarismos del siglo XX se aparejan en bellaquería y así la democracia representativa europea se queda de rositas. La niña Salander es hija de una madre buena (algo que se intuye porque ese personaje pasa de puntillas por el libro), y padre que más que malo es la aislación química del mal. Un ruso de mierda que se cambia a tiempo de bando cuando su sistema se desbanda. El estalinista tiene otro hijo, un gigante albino insensible al dolor, como los leprosos, y obediente a las órdenes de papi sin la mínima protesta. Después de Adán y Eva, Caín y Abel. (El que dos hijos del mismo padre tengan una estructura física tan antagónica carece de importancia). La nena quiere vengar a su mamá, maneja motos mejor que Valentino Rossi y termina en una granja difusa casi muerta, con la cabeza destrozada y enterrada. Pero, para complementar la incoherencia del personaje, ejerce de zombi (muerta viviente), se desentierra, mata al padre, descacharra al hermanastro mayor y se venga, porque la venganza es el hilo conductor de la historia como en El Conde de Montecristo, cuyo hálito traspasa toda la trilogía.

   Este final tan incongruente como imposible atenaza al lector/espectador y le deja babeante para la próxima entrega.

   A la tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire, va la vencida.  Ahora los pocos malos (nostálgicos nazis con ayuda de excrementos soviéticos), amparados por un fallo del sistema intentarán acabar con la volátil protagonista. Y entonces, ¡tachán, tachán!, aparecen los buenos (policías, políticos, jueces e, ¡increíble!, hasta abogados honestos), que impedirán la injusticia y convertirán la maldad en anécdota canalla de unos pocos. Eso sí, los malos son de lo peor (el psiquiatra no solo obedece órdenes de un difuminado y no legal departamento de recontraespionaje, también es un pederasta que limpia, fija y da esplendor a la asquerosa pornografía infantil). Al final todo se resuelve (el famoso Happy End), la justicia triunfa, el sistema se depura a si mismo de pequeños fallos, y la nenita ya puede disfrutar de los millones robados como le salga del forro.
   Se pregunta Vargas Llosa:
            Si uno toma distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente, se pregunta:¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas tan improbables?
   Pues lo mismo digo, don Mario.

   Y me pregunto yo: ¿cómo este éxito editorial, en particular, y el lago helado de la negra literatura nórdica, en general, puede relegar al olvido a los maestros y a las obras maestras del género?

jueves, 31 de enero de 2013

Los otros clásicos I- Juan de Arguijo



Movido e inspirado por el fecundo magisterio de nuestro “padre y maestro mágico, liróforo marino” Pepe Junco, inicio con este espléndido soneto del sevillano Juan de Arguijo una recopilación de poemas que, bajo el título de “Los otros clásicos”, sólo pretende recuperar y traeros de nuevo al magín, oh dilectos cofrades, algunas de las piezas maestras de los mal llamados “poetas menores” del Siglo de Oro. Mi aportación, pues, será mucho más limitada –como cabría esperar– que la enciclopédica labor de divulgación que ha emprendido Pepe en este laberinto cibernético, abriendo una amena e inesperada vía pedagógica, despojada de plúmbeas imposiciones académicas, en el confuso babel de Facebook. Yo  –más vago, menos sistemático y, desde luego, mucho menos docto que Pepe–, me contentaré con rescatar del olvido algunas piezas sublimes de aquellos autores que han pasado a los manuales de literatura (si es que han llegado a verse impresos en ellos) bajo el marbete de “poetas menores”, solo por la fatalidad de haber sido coetáneos de algunos monstruos como Góngora, Lope, Quevedo o Calderón.



I.- Juan de Arguijo (1564-1623)

En segura pobreza vive Eumelo
con dulce libertad y le mantienen
las simples aves que engañadas vienen
a los lazos y ligas sin recelo.

Por mejor suerte no importuna al Cielo
ni se muestra envidioso a la que tienen
los que con ansia de subir sostienen
en flacas alas el incierto vuelo.

Muerte tras luengos años no le espanta
ni la recibe con indigna queja,
mas con sosiego grato y faz amiga.

Al fin, muriendo con pobreza tanta,
ricos juzga a sus hijos pues les deja
la libertad, las aves y la liga.


martes, 29 de enero de 2013

Amantes asesinados por una perdiz, de Federico García Lorca



Planas de poesía fue una colección de cuadernillos de tendencia poética que un grupo de poetas, intelectuales y pintores puso en marcha a finales de los años cuarenta, desde Las Palmas de Gran Canaria. Limitando las páginas a treinta y cinco intentaban eludir la férrea censura franquista de la época, lo que consiguieron al menos durante dos años, al cabo de los cuales, una brigada encabezada por el tristemente célebre comisario Conesa viajó hasta las islas, cerró la publicación y encarceló a los principales planistas.

En un número del año 50, dedicado a Guy de Maupessant e ilustrado por Manolo Millares, hay una narración de Federico García Lorca que me parece memorable. Queda aquí transcrita.

Amantes asesinados por una perdiz

Los dos lo han querido –me dijo su madre.

Los dos. No es posible, señora –le dije yo–. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío.

Calle usted, Luciano, calle usted. No, no, Luciano, no.

Para resistir este nombre necesito contener el dolor de mis recuerdos ¿y usted cree que aquella pequeña dentadura y esa mano de niño que se han dejado olvidada dentro de la ola me pueden consolar de esta tristeza? Los dos lo han querido, me dijo su prima. Los dos. Me puse a mirar el mar y lo comprendí todo.

¿Será posible que del pico de esa paloma cruelísima que tiene corazón de elefante salga la palidez lunar de aquel trasatlántico que se aleja?

Lo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tengo culpa ninguna. Usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.

Los dos lo han querido. Se amaban por encima de todos los museos. Mano derecha con mano izquierda. Mano izquierda con mano derecha. Pie derecho con pie derecho. Pie izquierdo con nube. Cabello con planta de pie. Planta de pie con mejilla izquierda. ¡Oh mejilla izquierda! ¡Oh noroeste de barquitos y hormigas de mercurio! Dame el pañuelo, Genoveba, voy a llorar. Voy a llorar hasta que [de] mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas. Se acostaban. No había otro espectáculo más tierno. ¿Me ha oído usted? Se acostaban. Muslo izquierdo con antebrazo izquierdo. Ojos cerrados, con uñas abiertas. Cintura con nuca y playa. Y las cuatro orejitas eran cuatro ángeles en la choza de la nieve. Se querían. Se amaban. A pesar de la ley de la gravedad. La diferencia que existe entre una espina de rosa y una Star es sencillísima. Cuando descubrieron esto, se fueron al campo. Se amaban. ¡Dios mío! Se amaban ante los ojos de tos químicos. Espalda con tierra, tierra con anís. Luna con hombro dormido y las cinturas se entrecruzaban una y otra con un rumor de vidrios. Yo vi temblar sus mejillas cuando los profesores de la Universidad le traían miel y vinagre en una esponja diminuta. Muchas veces tenían que apartar a los perros que gemían por las yedras blanquísimas del lecho. Pero ellos se amaban.

Eran un hombre y una mujer, o sea un hombre y un pedacito de tierra, un elefante y un niño, un niño y un junco. Eran dos mancebos desmayados y una pierna de níquel. ¡Eran los barqueros! Sí. Eran los barqueros del Guadiana que cercaban con sus remos todas las rosas del mundo.

El viejo marino escupió el tabaco de su boca y dio grandes voces para espantar a la gaviotas. Pero era demasiado tarde.

Ocurrió. Tenía que ocurrir. Cuando las mujeres enlutadas llegaron a casa del gobernador, éste comía tranquilamente almendras verdes y pescados frescos con exquisito plato de oro. Era preferible no haber hablado con él.

En las islas Azores. Casi no puedo llorar. Yo puse dos telegramas, pero desgraciadamente ya era tarde.

Tarde. Muy tarde. Sólo sé deciros que dos niños que pasaban por la orilla del bosque vieron una perdiz que echaba un hilito de sangre por el pico.

Esta es la causa, querido capitán, de mi extraña melancolía.

(Homenaje a Guy de Maupessant, de Federico García Lorca.)

jueves, 24 de enero de 2013

Los cuadernos de Adrián Dale, José Luis Cano

Añadir leyenda
Adrián Dale es un pseudónimo que utilizaba José Luis Cano en los años 40. Este libro alterna recuerdos de este Dale (sobre Emilio Prados, Salvador Rueda, Lorca –un Lorca encantador que lo invitó, junto a otros “poetillas”, a cenar una noche en el Palo-, a Dalí -recién casado, pasando la luna de miel en Torremolinos-), con meditaciones sobre lecturas y con reflexiones sobre la poesía, o sobre la neurastenia que padece...


Hace tiempo leí Los cuadernos de Velingtonia, recuerdos en torno a la figura de Vicente Aleixandre, que fue una lectura muy agradable (algún escritor del grupo de los asturianos, quizá García Martín, se reía de que cuando José Luis Cano hablaba de los amores de Aleixandre hablaba de novias. A mí me importaba un cuerno que sus enamorados fuesen hombres o mujeres. Todo el libro tenía un tono leve, delicado, nada egocéntrico, que pocas veces se encuentra en los libros de memorias). Tiene otro libro precioso, El escritor y su aventura, en el que habla de libros, españoles y extranjeros, y en el que no se cansa uno de oír esa voz que nos cuenta sus lecturas de Keats, de Shelley, de Joyce, de Azorín, de tantos otros. Un libro encantador.

En el libro que nos ocupa, precisamente los capítulos que dedica a las lecturas de Adrián Dale son una de las partes más interesantes: La montaña mágica, Retrato del artista adolescente, Los cantos de Maldoror, Kanguro (de D. H. Lawrence)... Con qué pasión, con qué intensidad habla de esos libros. Transmite el deseo de abrirlos y buscar tal pasaje.

Recuerda su infancia en Algeciras, su madre, el director de su colegio (fusilado al principio de la guerra, como todos los masones de Algeciras, muchos de ellos respetables burgueses), un amor juvenil en unas páginas preciosas que transcurren en una playa que olía “deliciosamente mal”, en un tiempo en que “no teníamos más que nuestros cuerpos”, su estancia en la cárcel durante la guerra (cuenta el caso de un joven que cuando lo llamaron para fusilarlo se cortó las venas del cuello, pero lo llevaron al hospital y al cabo de un mes estaba curado, y cuando se lo llevaban por segunda vez se tiró por una ventana y se rompió las dos piernas y estuvo otros dos meses en el hospital y cuando salió lo fusilaron; y el de un viejo médium que decía que hablaba con el espíritu de su hijo, un joven aficionado a la poesía que había muerto hacía tiempo, y que en el más allá seguía componiendo poesías que el padre se aprendía de memoria, y que, según José Luis Cano, eran buenas)...

Cuando describe su neurastenia dice que llega a dormir quince y dieciséis horas al día y que lo consigue arañando cada día unos minutos a la vigilia. (Es la técnica opuesta a la que describe Mircea Eliade en su diario de la India, cuando llega a dormir cinco horas, y menos, para dedicar más tiempo al estudio, y que tiene que suspender porque empieza a tener problemas de salud.)

José Luis Cano Los cuadernos de Adrián Dale (Madrid: Orígenes, 1991)

martes, 22 de enero de 2013

Memorias de la destrucción



En el libro Mito y realidad, Mircea Eliade alude a cómo las sociedades tradicionales acudían a la recreación y recitación de los mitos cosmogónicos y de origen como remedio de situaciones negativas o traumáticas, en las que se equiparaba una guerra desafortunada con una enfermedad o con la ausencia de inspiración de un poeta. Y en cierto sentido, creo yo, eso es lo que hacen los escritores de un país cuando recrean y escriben sobre acontecimientos que han supuesto un antes y un después en la historia de esa colectividad. 

jueves, 17 de enero de 2013

Mi madre, Margaret Ogilvy de James Matthew Barrie


Relato biográfico, detallada semblanza de la madre del autor, Margaret Ogilvy, en la que Barrie reconstruye su personalidad y la retrata minuciosamente, incluso desde un punto de vista físico. Monumento hecho con un material más duradero que el bronce o que cualquier otro metal: palabras, en las que uno tiene la impresión de que Margaret Ogilvy sigue viva.

Como no podía ser de otro modo, es también un retrato del propio Barrie.

Uno se pregunta si el talento literario no se heredará, igual que el color de los ojos. Leemos una carta del abuelo de Barrie en la que da cuenta de la muerte de una nieta, una hermanita de Barrie, y parece increíble que no esté escrita por un hombre de letras.

Como tampoco podía ser de otro modo en un autor como Barrie, la infancia tiene una enorme presencia en el libro. Vemos cómo pensaba mucho en su madre como niña, quizá porque ella le contó muchos recuerdos. Barrie recuerda la infancia de su madre como si fuese la suya propia.

Un capítulo fundamental del libro es aquel en el que se refleja la transformación de Margaret ante la muerte de su hijo predilecto, lo que la llevó a atravesar temporadas depresivas. Barrie muchas veces se hacía pasar por él para alegrar a su madre. Quizá estemos ante una de las claves del origen de Peter Pan: quizá Barrie no quería crecer para seguir siendo aquel niño al que su madre solo podía recordar como niño.

Margaret siguió muy de cerca la carrera literaria de su hijo. Guardaba y valoraba en alto grado sus artículos periodísticos, desde los primeros. Y comentaba con él mucho su obra. Por ejemplo, encontraba que todas las mujeres que creaba su hijo estaban inspiradas en ella. Y aunque él se resistía a aceptarlo y discutía mucho con ella, finalmente acabó aceptando que era así.

Muchos de los diálogos que reproduce con su madre nos recuerdan aquellos maravillosos diálogos entre Peter Pan y Wendy.

Hay un capítulo precioso, dedicado a Robert Louis Stevenson (ambos eran escoceses y estaban muy vinculados a Edimburgo), en el que Barrie se pregunta quién es mejor escritor y lo discute con su madre. Con qué sutileza, con qué humor y con qué naturalidad reconoce que Stevenson era mejor escritor.

La vida pasa muy deprisa para Margaret Ogilvy, tanto que cuando se despierta en medio de la noche solo recuerda que cuando se acostó –después de preparar la comida que al día siguiente había de llevar a su padre al trabajo- había una cómoda con espejo junto a la ventana. Al ir a saltar de la cama le sorprende cuánto le cuesta, como si se hubiese puesto enferma durante la noche. No reconoce los muebles. Se pregunta cómo ha llegado a esa habitación. Se ha saltado 60 años sin enterarse.

Cuando ya era una anciana esta mujer reconocía que todos sus sueños se habían cumplido y se preguntaba humildemente si Dios no la habría confundido con otra mujer.

El relato de su muerte (y el de la hija que vivía con ella, casi a la vez) es de los pasajes más conmovedores que he leído nunca.

 James Matthew Barrie Mi madre, Margaret Ogilvy (Barcelona: Erasmus Ediciones, 2012)


martes, 15 de enero de 2013

Y se llamaban Mahmud y Ayaz



Este es un libro de los que a mí me gustan, escrito con el cuchillo entre los dientes al tiempo que con “el íntimo cuchillo en la garganta” (Borges), un libro que dice cosas y no solo palabras.

El 19 de julio de 2005 fueron ahorcados en la ciudad iraní de Mashad los jóvenes, de 17 años, Mahmud Asgari y Ayaz Marhoni, probablemente por haber mantenido relaciones homosexuales, según consta en el informe de Amnistía Internacional de 27 de junio de 2007. A partir de este episodio, José Manuel Lucía Megías escribe un libro lleno de pasión e inteligencia que, por medio de seis voces diferentes, va reconstruyendo desde dentro el episodio, explorando sus consecuencias para quienes lo presenciaron y denunciando el silencio cómplice que hizo posible el crimen de Estado.