En un número del
año 50, dedicado a Guy de Maupessant e ilustrado por Manolo Millares, hay una narración de Federico García Lorca que me parece memorable. Queda aquí
transcrita.
Amantes asesinados por una perdiz
Los dos lo han querido –me dijo su madre.
Los dos. No es posible, señora –le dije yo–. Usted
tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres
del rocío.
Calle usted, Luciano, calle usted. No, no, Luciano, no.
Para resistir este nombre necesito contener el dolor
de mis recuerdos ¿y usted cree que aquella pequeña dentadura y esa mano de niño
que se han dejado olvidada dentro de la ola me pueden consolar de esta
tristeza? Los dos lo han querido, me dijo su prima. Los dos. Me puse a mirar el
mar y lo comprendí todo.
¿Será posible que del pico de esa paloma cruelísima
que tiene corazón de elefante salga la palidez lunar de aquel trasatlántico que
se aleja?
Lo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara
para defenderme de los lobos. Yo no tengo culpa ninguna. Usted lo sabe. ¡Dios
mío! Estoy llorando.
Los dos lo han querido. Se amaban por encima de todos
los museos. Mano derecha con mano izquierda. Mano izquierda con mano derecha.
Pie derecho con pie derecho. Pie izquierdo con nube. Cabello con planta de pie.
Planta de pie con mejilla izquierda. ¡Oh mejilla izquierda! ¡Oh noroeste de
barquitos y hormigas de mercurio! Dame el pañuelo, Genoveba, voy a llorar. Voy
a llorar hasta que [de] mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas. Se
acostaban. No había otro espectáculo más tierno. ¿Me ha oído usted? Se
acostaban. Muslo izquierdo con antebrazo izquierdo. Ojos cerrados, con uñas
abiertas. Cintura con nuca y playa. Y las cuatro orejitas eran cuatro ángeles
en la choza de la nieve. Se querían. Se amaban. A pesar de la ley de la
gravedad. La diferencia que existe entre una espina de rosa y una Star es
sencillísima. Cuando descubrieron esto, se fueron al campo. Se amaban. ¡Dios
mío! Se amaban ante los ojos de tos químicos. Espalda con tierra, tierra con
anís. Luna con hombro dormido y las cinturas se entrecruzaban una y otra con un
rumor de vidrios. Yo vi temblar sus mejillas cuando los profesores de la
Universidad le traían miel y vinagre en una esponja diminuta. Muchas veces
tenían que apartar a los perros que gemían por las yedras blanquísimas del
lecho. Pero ellos se amaban.
Eran un hombre y una mujer, o sea un hombre y un
pedacito de tierra, un elefante y un niño, un niño y un junco. Eran dos
mancebos desmayados y una pierna de níquel. ¡Eran los barqueros! Sí. Eran los
barqueros del Guadiana que cercaban con sus remos todas las rosas del mundo.
El viejo marino escupió el tabaco de su boca y dio
grandes voces para espantar a la gaviotas. Pero era demasiado tarde.
Ocurrió. Tenía que ocurrir. Cuando las mujeres
enlutadas llegaron a casa del gobernador, éste comía tranquilamente almendras
verdes y pescados frescos con exquisito plato de oro. Era preferible no haber
hablado con él.
En las islas Azores. Casi no puedo llorar. Yo puse dos
telegramas, pero desgraciadamente ya era tarde.
Tarde. Muy tarde. Sólo sé deciros que dos niños que
pasaban por la orilla del bosque vieron una perdiz que echaba un hilito de
sangre por el pico.
Esta es la causa, querido capitán, de mi extraña
melancolía.
(Homenaje
a Guy de Maupessant, de Federico García Lorca.)

