viernes, 11 de enero de 2013
Tolkien y Martin. Una reflexión provisional
Etiquetas:
Canción de Hielo y Fuego,
comparación,
diferencias,
el señor de los anillos,
George R. Martin,
literatura,
literatura fantástica,
sagas,
similitudes,
Tolkien
miércoles, 9 de enero de 2013
De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (3)
Por Javier Guzmán
El relato policial en general se refiere a un asesinato, y por tanto carece de elementos promocionales. El asesinato, que es una frustración del individuo, y por consiguiente una frustración de la humanidad, puede poseer y de hecho posee, una buena proporción de inferencias sociológicas.
Etiquetas:
análisis,
Chandler,
genero policiaco,
Henning Mankell,
Javier Guzmán,
Kurt Wallander,
literatura,
Millenium,
negra,
novela,
Philip Marlowe,
Vargas Llosa
domingo, 6 de enero de 2013
Resultados del año
El día de hoy hace justo un año se publicaba aquí nuestra primera entrada y como si de una gran empresa se tratara, aunque nada más alejado de la realidad, presentamos los resultados de el primer año de Náufragos en tiempos ágrafos. Un primer año lleno de ilusión y esfuerzo que se ve recompensado con vuestras visitas diarias y, sobre todo, con vuestros comentarios.
Sin más dilación, aquí os presentamos dos listas con las entradas más importantes de este año. La primera lista presenta las entradas que más visitas han tenido y la segunda lista las que más comentarios han suscitado. Echadles un vistazo y contadnos qué os parecen.
Top 5 Visitas
Muerte de Moebius (2)
Eduardo Galeano el fútbol a sol y sombra
Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury
Otros lenguajes
Música culta y música popular: Recreaciones de ida y vuelta
Top 5 Comentarios
Eduardo Galeano el fútbol a sol y sombra
Homeopatía cultural
Charles Portis Valor de ley
Literatura de/para mujeres
Literatura adolescente y rito iniciático
miércoles, 2 de enero de 2013
El jardín de los senderos que se bifurcan, ¿literatura o ciencia?
En un artículo de una página de física que trata de cómo las
teorías científicas influyen en la literatura, leo que en el relato El jardín de los senderos que se bifurcan,
de Jorge Luis Borges, hay una clara
influencia de la teoría de la relatividad de Einstein y de la teoría de los
Muchos Mundos de Hugh Everett.
Los lectores de Borges recordarán ese estupendo relato.
Durante la primera guerra mundial, Yu Tsun, espía chino al servicio de los
alemanes, es descubierto por el capitán inglés Richard Madden. La detención y muerte
del espía parecen inminentes. Pero antes, Yu Tsun desea llevar a cabo una
última misión y transmitir a sus jefes
en Berlín el emplazamiento del centro artillero de los británicos. Para ello
viaja hasta Ashgrove, en donde reside el doctor Stephen Albert, sinólogo y
estudioso de una misteriosa y extraña novela que se llama El jardín de los senderos que se bifurcan y cuyo autor es Tsui
Pen, antepasado del espía chino. Y allí, después de que Albert le revele que en
realidad la obra de su antepasado es un tratado metafísico, Yu Tsun lo mata.
Con la noticia de este asesinato, que sin duda saldrá en los periódicos, Yu Tsun
está revelando a sus jefes en Berlín que el nombre del lugar del arsenal británico
y objetivo del bombardeo tiene el nombre del asesinado: Albert.
Y en efecto, hay dos momentos en la conversación de Stephen
Albert con Yu Tsun en los que se ponen de manifiesto su relación con las
teorías físicas antes mencionadas. Por ejemplo, cuando Albert le dice:
A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto.
Es uno de los postulados de relatividad de Einstein: el
transcurso del tiempo no es un absoluto, sino que depende de la velocidad del
observador y del campo gravitatorio en el que está inmerso.
Y con respecto a la teoría de los Muchos Mundos de Everett,
conviene decir que deriva de la incertidumbre que es parte esencial de la
mecánica cuántica. La posición de cualquier partícula de la que estamos hechos
(por ejemplo, el electrón) está perfectamente definida por la llamada ecuación
de onda de Schrödinger, que viene a decir que esa posición en un determinado
momento no es única, sino la superposición de varias al mismo tiempo (digamos
tres, A, B y C), cada una con un determinado valor de probabilidad (supongamos que
un 50% para la posición A, 40% para la posición B y 10% para la posición C). Y
que solo cuando queremos cerciorarnos de dónde está realmente el electrón y
utilizamos un aparato que lo detecte, entonces las tres posibles posiciones se
convierten en una sola y el aparato de medida nos dice que el electrón por
ejemplo está en la posición B. Las posiciones A y C, en las que también había
posibilidad de encontrar al electrón, desaparecen milagrosamente. Esta
arbitrariedad, que contradice a las matemáticas (la función de onda sigue
diciendo que hay tres posiciones posibles), la solucionaba Everett postulando
algo revolucionario: las otras dos posibilidades no desaparecen. Lo que ocurre
es que habrá un mundo en el que el observador (usted, yo) verá que el electrón
está en B, otro mundo exactamente igual pero en el que el observador verá el
electrón en la posición A, y otro mundo idéntico pero en el que el mismo
observador comprobará la posición del electrón en C. Así cada proceso cuántico
da lugar a un mundo macroscópico distinto e independiente, del que el
observador sólo es consciente imaginándolo el único. Pero como las múltiples
ramas de un árbol, la realidad es una multiplicidad de universos en constante
ramificación y que pueden albergar al mismo observador en distintas
circunstancias.
Hasta aquí la teoría de los muchos mundos de Everett.
Volviendo al relato de Borges, cuando el doctor Stephen
Albert le explica el significado de lo que su antepasado, Tsui Pen, había
escrito en el libro El jardín de los
senderos que se bifurcan, dice:
Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan(…)En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo.
Sí, el paralelismo con la teoría de Everett es casi textual.
Solo hay una dificultad en el comentario del artículo. Everett desarrolló su
teoría en 1956, y Borges escribió su cuento en 1941, quince años antes.
¿Otra travesura borgiana?
¿Uno de esos múltiples universos en el que en realidad el
autor de la novela del relato de Borges no resulta ser Tsui Pen sino Hugh
Everett?
¿O una nueva constatación de que en muchas ocasiones la
intuición literaria precede a la lógica de las ciencias y las matemáticas?
Etiquetas:
Borges,
Einstein,
El jardín de los senderos que se bifurcan,
Hugh Everett,
mecánica cuántica,
novela,
relatividad,
teoría de los muchos mundos,
tiempo absoluto,
Yu Tsun
jueves, 20 de diciembre de 2012
De cómo el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos (2)
Por Javier Guzmán
Chandler, y su por tantos motivos compadre
Dashiell Hamett, parten de cero. Ellos serán los responsables de fijar los
cánones clásicos de la novela negra. Su primera obra, El sueño eterno, publicada a los 51 años, sigue siendo un
referente. En ella nace su personaje clave, Philip
Marlow, en todos los sentidos el hombre que nunca pudo ser su autor. (En
realidad, había brujuleado por algunos relatos cortos, pero el parto con sangre
fue ahí.) En él se refleja hasta fundir las dos personalidades, autor y
personaje, en una sola. Marlowe nace a los 33 años, la edad de Cristo, con este
impagable inicio de novela:
Eran cerca de las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba un aspecto lluvioso. Vestí mi traje azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color adornados con ribetes azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser. Iba a visitar cuatro millones de dólares.
Todas las características de la novela negra posterior ya están en ésta.
Apenas unos párrafos después, el jovial detective retrata el lugar donde se
deshilachan los cuatro millones de dólares:
Aquí realmente hacía calor. El aire era espeso, húmedo, cargado de vapor e impregnado del perfume empalagoso de las orquídeas tropicales. Las paredes de vidrio y el techo estaban saturados de vapor y grandes gotas de agua salpicaban las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal como la filtrada a través de las paredes de un acuario. Las plantas llenaban el lugar formando un bosque con feas hojas carnosas y tallos como los dedos de los cadáveres recién lavados. Su perfume era tan irresistible como el alcohol hirviente debajo de una manta.
Y al hombre que tenía esos cuatro millones de dólares:
Sobre un espacio de baldosas hexagonales se había extendido un tapiz turco y sobre el tapiz una silla de ruedas y sobre la silla un anciano, visiblemente moribundo, nos miraba con ojos negros en los que el fuego había muerto hace mucho tiempo, aunque conservaban algo de los ojos del retrato que se hallaba colgado encima de la chimenea del recibidor. El resto de su rostro era una máscara de cuero, labios sin sangre, nariz puntiaguda, sienes hundidas y los lóbulos de las orejas curvados hacia fuera anunciando su próximo fin. El cuerpo, largo y estrecho, estaba envuelto, a pesar de aquel calor de sofoco, en una manta de viajes y un albornoz rojo descolorido. Las delgadas manos, semejantes a garras, descansaban mansamente en la manta de lunares rojos. Algunos mechones de cabello blanco pajizo le colgaban del cuello cabelludo como flores silvestres luchando por la vida sobre la roca pelada.
O su cínica visión del progreso humano:
¡Quédate quieto o te vuelvo a dar! No te muevas y contén la respiración hasta que no puedas más. Entonces te dices a ti mismo que tienes que respirar, que tienes la cara negra, que los ojos se te salen de las órbitas y que vas a respirar enseguida, pero que estás amarrado a la silla en esta linda y limpia cámara de gas de San Quintín y que cuando tomes esa bocanada de aire que has luchado con todas tus fuerzas por no tomar, no será aire lo que aspires sino vapores de cianuro. Eso es lo que ahora llaman ejecución humanitaria en este estado.
El éxito de la novela fue inmediato. Howard Hawks la llevó al cine, con
Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y el amor surgió con tal virulencia que su
pasión se desparrama por la pantalla. La película es un clásico… pese a haber
traicionado la novela, ejemplo impagable de cómo un arte, el cine, se nutre de
la literatura para, a veces, transformarla en otro lenguaje sobre sus ruinas.
Chandler no participó en el guión, no se sabe si enfurruñado por lo que se
estaba haciendo o por encontrarse borracho como una cuba antes durante y después
del rodaje. Ya es hora de decirlo, Raymond Chandler es otro de esos escritores
que se bebían hasta el rocío de las rosas de Escocia. (Y eso sí es, a todas luces,
una destilada influencia Allanpoética.) En su ausencia, colaboró en el guión
William Faulkner, otro santo bebedor de fondo.
Doce años después, Philip Marlowe se desvanece con apenas cuarenta y cinco
años, no sin antes haber creado un arquetipo a través de siete novelas
ejemplares y una absoluta obra maestra, El
largo adiós.
Le cedo la palabra a Carlos Fuentes que en esto de los escribidores algo
sabe. Lo publicó en El País, y cito de memoria. Viene a lamentarse de la
injusticia histórica consistente en considerar a Chandler un extraordinario
autor de novelas policíacas… y nada más. Para Fuentes, Chandler es un egregio
exponente de la Generación Perdida ,
The Lost Generation, junto a Dos Passos, Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemmingway
o John Steinbeck. Apunta que su literatura es un fresco abierto de la sociedad
y el tiempo que le ha tocado vivir, menos presuntuosa y de lectura más amena, novelas ya sin inocencia, sin ilusiones
respecto a la sociedad norteamericana. Y sitúa El largo adiós a la altura de Manhattan
Transfer, El Gran Gatsby o Al este del Edén. Por supuesto, superior a cualquier
novela de Hemmingway, aunque equiparable a los mejores de sus extraordinarios
relatos cortos.
Su narrativa marca un antes y un después en el género y su influencia es
visible en toda la novela negra posterior hasta nuestros días.
Hasta ahí Carlos Fuentes.
Su influencia, abundo yo, es rastreable hasta ahora mismo. Philip Kerr,
el de La trilogía de Berlín, o Dennis
Lehane, el de Mystic River o Shutter Island (su primera obra, Un trago antes de la guerra, es un
homenaje tan transparente que parece plagio), son dos luminosos ejemplos de
obra sólida y actual. O, por movernos en un universo más cercano, la última
novela de José María Guelbenzú, premio Torrente Ballester 2010, se llama El hermano pequeño, título muy aproximado
a La hermana pequeña, The Little Sister,
1949, quinta novela de la saga Chandler/Marlowe. Guelbenzu ha creado una
serie de novelas “criminológicas” protagonizadas por Mariana de Marco, que no
es detective sino juez, interesante variante. Un escritor de la talla de
Guelbenzu no puede haber elegido ese nombre por azar. Es, desde el título, un
claro reconocimiento al maestro. No sigo por no apabullar.
Ante estas realidades tan poco cuestionables (y no por eso, afortunadamente,
a veces cuestionadas), me pregunto yo por qué (¿por qué, por qué, por qué?) una
muy reciente, e interesante, variación sobre el mismo tema (hablo de los negros
rubios de los septentriones escandinavos) borra todo lo anterior y amenaza con
crear una adicción excluyente a una escuela que se fagocita a sí misma, y se
nutre, y se digiere, y se fotocopia en cada viejo libro nuevo o secuela, cuela.
¿Por qué los nuevos lectores consideran una moda una culminación? Por no
haber leído los clásicos del género, así de sencillo. Su lectura es vacuna. Su
desconocimiento deja sin defensas al lector desprevenido y le hace confundir lo
bueno con lo mejor. En un asesinato no es lo mismo un disparo a quemarropa
(Smith & Wesson del 38, cañón recortado), que una virulenta neumonía provocada
por las gélidas corrientes de los vientos boreales.
Escribe Chandler en su, este también, imprescindible ensayo sobre “la
novela de detectives”, El simple arte de
matar, (en ingles The Simple Art of
Murder, el simple arte de “asesinar”), “la
literatura de ficción, en todas sus formas, siempre intentó ser realista”.
Tal vez en esa verdad radique el hecho diferencial. Los países con problemas reales tienden a exponer la realidad de
sus problemas a través de la literatura. Los países que carecen de ese tipo de
problemas, hartos de casas de muñecas, se suben al carro de la novela negra
inventando su propias realidades para escribir ficción con apariencia de
realismo social. Los escritores de las sociedades más libres, justas,
igualitarias y civilizadas desde que el ser humano pasta sobre la tierra, se
empecinan en agigantar sus problemas, desorbitan la realidad, para entregarnos
una literatura de tundra, de tristeza, de agonía.
Cualquiera que haya visitado los países escandinavos (o visto en
televisión españoles aclimatados por esos
mundos) reconocerá que es un precioso planeta aburrido, no perfecto, por
supuesto (eso es imposible), pero donde existe una vocación decidida por
alcanzar la perfección, algo tan utópico como pretender orinar en el horizonte.
Solo la constitución americana, redactada por admirables lunáticos utópicos,
consagra el derecho de todos los hombres a ser felices. Nuestros nórdicos, más
pragmáticos, no se atreven a tanto, pero se empeñan, a veces se despeñan, en
alcanzar la mejor de las vidas posibles para todos. Que no es poco. De esta
pálida imitación del paraíso surgen como una ventisca los negreros
conquistadores vikingos.
Como acotación personal creo importante reseñar que el boom de la novela
policial en los países escandinavos floreció, ¿coincidencia?, con el asesinato
de Olof Palme cuando era primer ministro sueco. Ese crimen jamás se resolvió,
más bien se enmascaró. (Ver “Asesinato de Olof Palme” en Wikipedia, no hace
falta más.)
Parece ser que con la connivencia de las
instituciones suecas, que ignoraron pruebas de evidencias rescatadas por la
investigación periodística.
Detrás estaba la extrema derecha que recorre todo el sistema sanguíneo del poder oculto en Europa.
Lo anterior lo dijo Henning Mankell, el hombre en que empieza todo.
De acuerdo que, siguiendo de nuevo a Borges en su magistral ensayo sobre
Kafka, todo autor de éxito inventa sus precursores,
y en ese sentido han aparecido predecesores de Mankell… que no hubieran sido
traducidos si Mankell, primero, y la niña que tiraba cerillas a los hombres que
odiaban a las mujeres en los palacios de las neumonías, después, no hubieran
tenido el éxito arrollador que han tenido. Con toda justicia, en mi opinión.
Etiquetas:
Chandler,
Dashiell Hammett,
el largo adiós,
El sueño eterno,
Henning Mankell,
Humphrey Bogart,
Lauren Bacall,
negra,
novela,
Philip Marlowe,
policiaco,
Raymond
martes, 18 de diciembre de 2012
Sobre la guerra termonuclear
A mitad de los años cincuenta, durante el
periodo de la guerra fría, y a causa de que los sistemas de radar no detectaban
la presencia de aviones por debajo de los
En ese clima de
tensión prebélica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética , en el
Pentágono se reclutó un importante equipo de matemáticos y científicos cuya
principal misión era la aplicación de la teoría de los juegos a la estrategia
militar y en el que destacó Herman Kahn. (En su equipo se evaluaban decisiones
del tipo: ¿Qué hacer si hay dos países, A y B, enfrentados y con armas nucleares?
Si el país A decide atacar primero y el B no lo hace, entonces A prevalece y B
es destruido; si ambos atacan a la vez, y teniendo en cuenta el poder de las
armas en juego, los dos serían destruidos; si ninguno ataca, permanece en el
empate, nadie prevalece y la ventaja es que ninguno es destruido.) Poco después
del bombardeo sobre Hiroshima, se crea la RAND (research and development) Corporation y se
nombra para dirigirla a Herman Kahn. Según él mismo dice, su papel es evaluar,
analizar y prepararse para una guerra nuclear. En 1959 publica un libro estremecedor,
Sobre la guerra termonuclear.
Con enorme
frialdad y una lógica aguzada y aplastante, el autor va analizando las
estrategias posibles, desde las más “suaves” a las más “duras” –Policía internacional,
crecientes medidas disuasorias, Primer y efectivo ataque con ilimitado poder de
destrucción. Y después de, en ese mismo orden, ir descalificándolas una a una
por ingenuas e ineficaces, llega a una conclusión: La guerra no es tan
terrible. En el escenario resultante “Los supervivientes no envidiarían a los muertos”. A pesar de la
muerte de millones de seres humanos, muchos de ellos ciudadanos americanos, a
pesar del daño a la industria y a la infraestructura agraria que llevaría a la
sociedad capitalista miles de años atrás, a pesar de las mutaciones genéticas
que los devastadores efectos de las armas nucleares producirían en los humanos,
merecería la pena. El premio sería un nuevo mundo sin comunismo y ¡un paraíso
consumista!
Herman Kahn era
altamente considerado por las instancias políticas y militares de su país. “Se
admiraban su sangre fría y su aproximación coste-beneficio al pensar lo
inimaginable.”
Un libro cuya
lectura no solo sobrecoge por hacernos ver lo próximos al abismo que estuvimos
en el reciente pasado, sino por adelantar una visión de futuro en el que, tal
vez cambiados los principales actores, el escenario se nos antoja terriblemente
parecido.
Etiquetas:
años cincuenta,
Estados Unidos,
estrategia militar,
guerra fria,
guerra nuclear,
herman kahn,
libro,
literatura,
RAND; Pentágono,
recomendación,
reseña,
tensión,
Unión Soviética
viernes, 14 de diciembre de 2012
Off the road, entrevista a Carolyn Cassady
“Off de Road”
por
Matias Crowder
“Tengo telephobia,
y no me gustan las llamadas telefónicas. Estos correos electrónicos son un
registro permanente. Me olvido de lo que he dicho por teléfono, así que por
favor acepte este método de comunicación y prescinda de ellos” así comenzaba
una entrevista con la viuda de Neal Cassady, el mítico epicentro de la
generación Beat, el “Dean Moriarty” compañero de ruta de Jack Kerouac en “On
the Road”. Había conseguido el contacto luego de decenas de llamadas
telefónicas a sus editores y amigos.
Neal Cassady y Jack Kerouac habían sido mis héroes de la
adolescencia, cunado había leído
más de diez veces “On the Road” y me había lanzado a la ruta, la que unía
Argentina, Brasil y Venazuela, en busca de vivir las mismas aventuras.
La entrevista, en
inglés, fue más que breve. Se trataba de una anciana de más de ochenta años que
vivía en un perdido pueblo de Gran Bretaña, sin teléfono, conectada 24 horas a
internet. Me dijo que todo lo que podía decir de Neal Cassady, Jakc Kerouac y
los demás escritores de la generación Beat lo había dicho en su libro, “Off de
Road”, (Editorial Primavera Negra, 1990). Quería más. Sentía que, de alguna
manera, como muchos lectores deben sentir de los escritores de sus libros
favoritos, me lo debía. Ella, Carolyn Cassady, había estado presente en la
construcción de aquellos mismos y míticos libros, había sido uno de sus
personajes. Y ahora yo, treinta años después de leer “On the Road” por primera
vez, podía hablar con ella.
Usted ha
vivido desde su interior la vida de toda una generación de escritores. ¿Toda la
historia que se cuenta, le parece tan distorsionada? ¿Escribe “Off de Road” por
ello?
Nunca fui
consciente de que era una "generación". Yo sólo conocía bien tres de
los protagonistas. Kerouac, Ginsberg y Cassady. El resto no eran más que amigos
o conocidos que más tarde publicaron libros. La "generación Beat" fue
un disparate fue inventado por los medios de comunicación y alentada por Ginsberg.
¿Qué escritor
ha acertado más sobre la verdadera identidad de Neal Cassady?
Yo prefiero mi versión de Neal. Lo
escribí para tratar de establecer su historial directamente. Jack y los demás
sólo escribieron algunos aspectos o rasgos. El mío es un retrato mucho más
completo y bien redondeado.
¿Como
definiría usted a Allen Ginsberg?
Allen era un judío
típico: por muy generoso y amable que fue, su ego se convirtió en algo exagerado y se sobrepuso a estas
características de una manera negativa.
¿No cree que es
contradictorio que aquella “celebración de la vida” de la que hablan los libros
de esa época, sus efectos sobre sus autores y personajes, llevan de alguna
manera a Jack Kerouac y a Neal Cassady a una muerte prematura?
A ambos hombres
le había lavado el cerebro el catolicismo desde la infancia, por lo que nunca
ambos se recuperaron de sus sentimientos de culpa e inutilidad. Kerouac era tan
sensible y paranoico, que fue devastado por como lo entendieron muchos jóvenes
de aquel tiempo cuando él estaba tan mal. Él nunca abogó por el egoísmo que
hizo que muchos hijos dejarann el hogar y la escuela, pensando que Jack les
hacía "libres". Jack no tenía responsabilidades, por lo que era libre
de seguir sus deseos. Nunca abandonado a su madre completamente ni su hermana
ni a las mujeres que amaba.
Usted dijo que
durante mucho tiempo no entendió lo que Neal Cassady estaba tratando de decir,
pero que al final lo entendió. Qué, según usted, estaba tratando de decir?
Neal Cassay trataba
de expresar el amor de la vida en todos sus aspectos.
¿Qué le ha
parecido que un libro tan emblemático como On the Road” se llevara al cine?
Hemos llegado a ser
buenos amigos con Walter Salles, el director de "On the road". Él me
visita cada vez que viene a su estudio de París. Él vino hace años para
consultar acerca de los actores, pero, por desgracia, no encontré a nadie que
se nos parecía, así que tuve que dejar a su elección. Yo estaba intrigada por
el resultado, pero, por la cantidad de investigación que tenían los actores y
el director, su compromiso, creí que nadie podría hacer un trabajo mejor que
ellos. No puedo ir (y no quiero) a salas de cine, pero Walter me ha traído la
película en un DVD y todas sus películas anteriores.
Agradecí el tiempo
de la señora Cassady y, traduciendo las preguntas al castellano en el
ordenador, me quedé pensando en los lazos que unen a los supervivientes con los
que ya se han ido.
Etiquetas:
Carolyn Cassady,
entrevista,
entrevistas,
escritor,
escritora,
generación Beat,
Jack Kerouac,
libro,
Neal Cassady,
Off the road
martes, 11 de diciembre de 2012
De como el rey Philip sobrevivió al ataque de los vikingos

Por Javier Guzmán.
A
los sesenta años de su largo adiós,
(más o menos), Philip Marlowe sigue siendo nuestro contemporáneo.
El aniversario, con todo lo diluyente, casposo, necrófilo, pavoroso
y hasta chismoso que puede ser un aniversario o fecha fija, necesita
un prólogo.
Por
eso he decidido empezar por un bestialismo extemporáneo y dejar los
fastos del aniversario para una segunda parte, (la parte contratante
de la segunda parte), si es que llega o, peor aún, si es que llega a
ser necesaria.
Los
feroces guerreros vikingos, (por algún lado hay que empezar a
desmontar los mitos), no usaban cascos de cuernos. Eran, eso es
innegable, unos extraordinarios marinos y unos guerreros brutales.
Descolgados desde los gélidos fiordos del norte, arrasaron toda la
costa de Europa occidental (incluida la Gran Bretaña por sus dos
amuras), se descolgaron Sena arriba, convirtieron París en un
fiestongo u ordalía y a la pregunta de, ¿nos quedamos o nos das
algo si nos vamos, Charlipetit?, el rey de Francia, Carlos III el
Simple, (motes haylos
bien coñeros), les regaló la actual Normandía, (nombre derivado de
su otro nombre ya latino, hombres del norte o normandos), desde donde
iniciaron, algo desbravados, justo es reconocerlo, la última
invasión triunfante de Inglaterra, (tierra que a estas alturas no
sabemos todavía si es Europa o excepción). Por llegar, llegaron
hasta fundar un reino en Sicilia y eso, amigos, queda en casadiós
contado en millas marinas desde Helsingor. Pero antes, y durante, su
caudillo Olaf arrasó dos veces mi ciudad, Santiago de Compostela,
asesinó a todos a todos los niños y ancianos, empezando por el
obispo Sisnando, a todos los hombres que sobrevivieron al ataque, y
violó con furia hiperbórea a todas las mujeres en edad adecuada,
(solo y en compañía de sus otros, de por ahí vienen los gallegos
rubios). Todo esto sin mencionar el saqueo de los tesoros de la
catedral prerománica y, ya que estamos, prenderle fuego a la ciudad
que hay mucha humedad en mi pueblo. Luego, (así es la historia, así
es la iglesia), se convirtió al cristianismo y los noruegos actuales
lo veneran como San Olaf. El rijoso catolicismo subyace en el tedioso
luteranismo. Además, reconocerán, no deja de tener su coña que
Olaf al revés se lea Falo.
Basta
de preludio, cebo o carnada.
Lo
importante era dejar constancia de que los vikingos cuando arrasan es
que arrasan de verdad.
Lugar:
una biblioteca pública.
Tiempo:
diríamos ayer.
Asunto:
tertulia literaria sobre novela negra.
Con
asombro, (mío), una mayoría significativa de mis compañeros afirmó
haberse iniciado en la novela negra con los escandinavos, más
concretamente con la trilogía Milenium, (las trinidades siempre han
sido muy propensas al misterio), y luego haber continuado por ahí
arriba y solo por esos nortes. Algunos hasta juran sin sonrojo no
haber leído nunca a Chandler ni a Hammett lo que, con perdón, es
como reconocer la iniciación a la ópera con El
fantasma de la ópera y no
haberse preocupado nunca por oír a Mozart, ¿così fan tutte?, ni a
Verdi, ah, la maledizione!
Y
más aún, en la primera página del primer documento entregado por
la monitora, (trabajo arduo, dicho sea con reconocimiento), bajo el
epígrafe “Los imprescindibles”, aparecían obras imprescindibles
del género, (pero ni eran todas las que estaban ni estaban todas las
que eran) y entre ellas, El
sueño eterno, de Raymond
Chandler y una colección de relatos previos a su obra maestra, El
largo adiós, que,
incomprensiblemente, ni aparecía ni se recomendaba. Salvando todas
las distancias que queramos correr, es como considerar
imprescindibles las novelas ejemplares de Cervantes, que lo son, y no
El Quijote que inventa el concepto de imprescindible.
Por
tanto, se me hizo imprescindible, un suponer, contar a todos los
hombres, mujeres y varones, (ver latín), por qué para mí Raymond
Chandler es
imprescindible y su personaje, Philip
Marlowe, el detective
canónico de la literatura sobre el tema.
El
atroz resultado es este texto empanada, primera parte no contratante.
A
partir del rey Philip, todos los investigadores de ficción se
aproximan o huyen de su negra sombra, (lo de huir me parece todavía
más homenaje). Y he dicho literatura sobre
el tema y no policial
porque sería limitar muy mucho el campo de batalla. La novela de
espías, (Graham Greene, John leCarré, por citar solo dos muy
grandes), entran en el sistema. Y los guiones de cine, (las películas
en principio y por principio son una escritura), también son de este
mundo y aportan nombres de balbuceo. Faulkner, Hemmingway o
Steinbeck, (por citar solo premios Nobel), entraron en el juego.
Raymond
Chandler nació en Chicago, (buen lugar para jugar a policías y
ladrones), se educó en Inglaterra, (lo que le permitió lucirse con
sinuosos juegos de palabras que sus traductores no siempre aprecian),
y murió en La Joya, California, muy cerca de la meca del cine negro
y en color. Aupado a un buen vivir, las circunstancias de la
depresión, y la realidad de la miseria inesperada, le arrastraron
por esos mundos sindiós, en una época en que, como todo buen
americano de libro, hizo de todo, (bracero en la cosecha de
melocotones, cordelero en una fábrica ensambladora de raquetas de
tenis). Fue un escritor tardío y de rebote, pues al no poder, ¿o no
saber?, hacer otra cosa se dedicó a escribir. A los 49 años no
había escrito nada, (o por mejor decir, no había publicado nada),
pero siempre había sido un audaz lector voraz. Pasaré
a la historia no tanto por lo que he escrito como por lo que he
leído, dijo Borges en una
de sus tantos ejercicios de falsa humildad. Chandler en el vértice
abismal de los cincuenta, devoraba Black Mask, revista, (cita de
Alberto Cousté)
que estaba
revolucionando por entonces el enfoque tradicional de la narrativa
policíaca, y en cuyas páginas colaboraba con asiduidad el ya famoso
Dashiell Hammett.
El
mismo Chandler, el otro padre de la criatura, lo cuenta a su manera:
Es posible que algún día un anticuario de un tipo más bien especial, considere que vale la pena revisar los archivos de las revistas de detectives que florecieron a finales de los años veinte para determinar cómo, cuándo y por qué medios el relato de misterio popular se despojó de sus refinados buenos modales y adquirió reciedumbre. Necesitará tener una mirada aguda y un espíritu abierto. El papel barato jamás soñó con la posteridad y en su mayor parte debe tener ahora un color pardo sucio.
Ese
papel barato para la impresión se denominaba en inglés Pulp Paper y
sirvió de base para que un tal Tarantino realizase una película ya
mítica, Pulp Fitcion,
cine grande, gansters de orilla e irreverente humor de sumidero.
El
buen Raymond, entre trago y trago, comienza a escribir relatos de
detectives porque considera que, entre
el humorismo monosilábico de la tira cómica y las sutilezas
anémicas de los literatos hay una amplia extensión de territorio en
la cual el relato de misterio puede ser, o no, un hito importante.
Mucho
más tarde, cuando ya sea un autor consagrado, se despachará a gusto
con sus antecesores, no debe
resultar muy difícil idear un misterio más plausible que El sabueso
de los Baskerville o La carta robada.
Esto es una declaración de guerra a degüello, dispara nada menos
que sobre Conan Doyle, ¡eres un elemental, Sherlock querido!, y
Edgar Allan Poe, ni más ni menos, una de las cumbres de la
literatura en lengua inglesa, francesa, (gracias a la traducción de
Baudelaire), y española, (gracias a la traducción de Julio
Cortázar), pero solo muy tangencialmente padre fundador de la novela
negra, (a lo sumo de la Poética Negra Oscura casi Gótica).
Al
leer esta cita para escribir esto lo que sea, releí a tropezones El
enigma de los cuatro,
arranque del exitoso Holmes. Tiene tanta consistencia como un colchón
de plumas en medio de una galerna del Cantábrico. (Por favor, el
crimen lo cometen unos mormones que viajan desde Utah a Inglaterra
para realizar una venganza ectoplásmica. Me pido el hueco más
caliente del infierno, si alguien es capaz de explicarme con cierta
lógica el mecanismo mental que lleva a unas deducciones tan
desvertebradas).
Pero
he interrumpido a Chandler, perdón, que prosigue imparable, no
hay clásicos del crimen y la investigación. Ni uno. Dentro de sus
marcos de referencia, que es la única forma en que se lo puede
juzgar, un clásico es una obra que agota las posibilidades de su
tratamiento y jamás puede ser superado. Ninguna narración o novela
de misterio ha logrado tal cosa hasta ahora y muy pocas se acercaron.
Y ese es uno de los principales motivos para que personas, en otros
sentidos razonables, sigan atacando la ciudadela.
De
su asalto a la ciudadela hablaremos en próximas escaramuzas.
Etiquetas:
60 años,
aniversario,
detective,
el largo adiós,
escritor,
homenaje,
novela,
Philip Marlowe,
Raymond Chandler,
sexagésimo
viernes, 7 de diciembre de 2012
En el ojo del huracán. Nueva antología de narradores puertorriqueños
La literatura puertorriqueña es injustamente desconocida en España. Baste recordar que su mayor clásica, la poeta Julia de Burgos, sólo ha sido reconocida en nuestro país como parte imprescindible de la literatura hispanoamericana tras la reciente publicación por parte de La Discreta de su Obra poética (2008 y 2009). De hecho, de los autores de esta antología, sólo dos, los curadores, han sido publicados en alguna editorial española de difusión internacional. Pero no por ello nos encontramos ante una literatura menor o marginal, sino ante una gran tradición literaria que, frente a la proeza cultural, social y política de su mantenimiento en español en condiciones aún fieramente coloniales, sólo ha cosechado un injusto silencio por parte de quienes deberíamos mostrarle admiración y el mayor apoyo. Por eso, tenemos la esperanza de que esta antología, que recoge relatos de escritores nacidos entre 1957 y 1982 (aunque la mayoría de ellos en los años 60 y primeros años 70), tenga la difusión que merece, tanto por la calidad de sus relatos, como por la visión de conjunto que nos permite obtener de la realidad cultural y social puertorriqueña ya bien entrado el siglo XXI.
La antología ofrece algunos planteamientos novedosos con respecto a otras muestras más tradicionales: no distingue entre puertorriqueños de la isla y de la diáspora (más aun, de los 24 relatos tres están escritos en inglés), y ofrece una serie de temas relacionados con las realidades urbanas y con preocupaciones que podríamos llamar postmodernas, así como una poética del fragmentarismo, la distorsión y la ambigüedad que tampoco puede ser relacionada con las narraciones tradicionales.
No existe atisbo en los relatos de uno de los temas fundamentales de la cultura puertorriqueña: la puertorriqueñidad, la identidad cultural de quienes viven en una de las últimas colonias del planeta sin poder alcanzar una ciudadanía plena. Y, sin embargo, el problema identitario sigue siendo el protagonista de estos relatos, solo que ahora los escritores no se preguntan qué es ser puertorriqueño sino más bien qué identidad proporcionan o no proporcionan las grandes urbes, las tecnologías, los medios informativos y publicitarios, el show business, etc. La inmensa mayoría de estos relatos narran un momento de crisis personal, un momento clave en el que el personaje se enfrenta a la sinrazón de su construcción individual, con dos características básicas: por un lado, hay una acusada conciencia de que la subjetividad individual es una construcción social, y, en este sentido, ninguno de los relatos es un relato social, pero, al mismo tiempo, todos lo son desde el momento en que las narraciones se preguntan qué hay, si algo hay bajo la construcción social de la individualidad que nos da el “ser” al tiempo que nos hace sufrir (todos somos ya no hombres frente al sistema, sino hombres-sistema); por otro lado, varios autores tratan de mostrar momentos en que la gran nada, el vacío no simbolizable que escapa a los social (residuo o exceso: excremento en todo caso), desborda las ataduras de la realidad y se muestra en todo su horror.
Así, me parece a mí que la puertorriqueñidad que, probablemente de manera inconsciente, trataron de expulsar por la puerta estos autores, se les ha colado por la ventana, pues solo quien ha sido construido por una cultura acosada, cercenada y ocultada, pero siempre pujante y orgullosa, pueden mostrar tan vivamente los conflictos que crea la ocultación, el acoso y el cercenamiento.
Y de aquí, tal vez, deriva la “universalidad” de este libro, porque ahora que el mundo entero se encuentra en un proceso global de colonización por parte de los poderes financieros –y empezando por la primera y más importante de ellas, la colonización de las conciencias–, ¿quiénes mejor que los que llevan siglos resistiendo –por medio de la oposición pero también de la asimilación– sucesivas oleadas colonizadoras para enseñarnos cómo hacer que la propia subjetividad, y, más aún, la propia dignidad, sobreviva a ella?
Autores y relatos:
Ángel Darío Carrero: “Tránsito de M.”; Moisés Agosto-Rosario: “Rompecabezas”; Yolanda Arroyo Pizarro: “Farenheit”; Mario Santana-Ortiz: “Los mausoleos”; José Liboy Erba: “El tocadiscos de aguja”; Pedro Cabiya: “El hábito hace al monje”; Mayra Santos-Febres: “Goodbye, Miss Mundo, Farewell”; Juan Carlos Quiñones: “La oreja de Van Gogh”; Rafael Franco Steeves: “El mundo está en llamas”; Janette Becerra: “Milagro en Guanabacoa”; Francisco Font Acevedo: “Guantes de látex”; Ana María Fúster Lavín: “Botellas azules”; Tere Dávila: “Melaza movediza”; Juan López Bauzá: “La sustituta”; Luis Negrón: “Mundo cruel”; Cezanne Cardona Morales: “El cuadrangular infame”; Ernesto Quiñónez: “The First Book of the Sinner”; Charlie Vázquez: “The Mystery in the Painting”; Damarys Reyes Vicente: “Ayín”; Vanessa Vilches Norat: “Fe de ratas”; Sofía Irene Cardona: “La amante de Borges”; Mara Negrón: “Carta al padre”; Edgardo Nieves-Mieles: “Y la rosa, girando aún sobre el engranaje sangriento de su espinoso talle”, Willie Perdomo: “Another Kind of Open”.
En el ojo del huracán. Nueva antología de narradores puertorriqueños, al cuidado de Mayra Santos-Febres y Ángel Darío Carrero, s/l, La otra orilla, 2011, 231 páginas, ISBN 978-1-935164-99-9.
martes, 4 de diciembre de 2012
Entrevista a Rosario Curiel, autora de "Memorias de la salamandra"
“Nos
estamos devorando a nosotros mismos”
entrevista a Rosario
Curiel
La escritora Rosario
Curiel habla para Náufragos de su último libro, “Memorias
de la Salamandra”, Ediciones La Discreta, una novela que
relata aquel mundo consumista de las sociedades modernas donde lo
importante son las apariencias y la nueva utopía el consumo
desenfrenado.
por
Matías Crowder
En
una zona de la ciudad de Lleida dedicada al ocio, conocida bajo el
nombre de “Utópolis”, en las instalaciones de un famoso y
sofisticado wellness,
junto
a restaurantes, bares, zonas de recreo para los niños y mayores, se
reúne un grupo de mujeres y hombres, adoradores de esa nueva
religión de las sociedades avanzadas que es el culto al cuerpo y al
consumo. Algunos de sus integrantes, tal vez, logren escapar de las
llamas de esa vida como la salamandra, de quien se dice que puede
cruzar el fuego sin quemarse, y comenzar una nueva vida. La escritora
Rosario Curiel construye, en este escenario de las vida moderna, con
relatos llenos de humor y tragedia, una crítica reflexión de la
existencia individual y del consumismo imperante.
¿Vivimos
en un mundo donde lo importante son las apariencias?
Radicalmente sí. Pero también, y precisamente por
ello, cada vez hay más mentes inquietas que empiezan a preguntarse
qué hay detrás de las apariencias.
¿El ocio
y el cuidado estético han reemplazado el antiguo papel de la
religión?
En parte. Son rituales que sustituyen elementos que
sirven para sentir una cierta seguridad que la misma vida nos niega.
Sin embargo, como su objeto final es un elemento no trascendente (el
cuerpo y la distracción del cuerpo y la mente), siguen brindando la
insatisfacción suficiente como para repetir y engancharse a una
espiral de más ocio y más cuidado. Hablo del ocio como simple
evasión, no de aquel ocio productivo que nos lleva a leer o al
teatro (al cine en según qué ocasiones) o a escuchar música con un
ánimo activo, con un espíritu disparado hacia sus regiones
superiores, más allá de la simple descarga de adrenalina.
¿Cuál
es la memoria de la salamandra?
La salamandra recuerda el camino de fuego que ha tenido
que atravesar para llegar a ser feliz, para llegar a ser ella misma.
Para llegar a ser la mejor de sus versiones posibles.
Es evidente que, por una parte, la literatura se está
volviendo cada vez más visual por el efecto de los nuevos soportes
digitales: en la era de la pantalla, el lector se mueve a golpe de
impulso visual hasta transformarse en lectoespectador, en palabras de
Vicente Luis Mora. Por otra parte, la presencia (impenitente e
impertinente) de tipos físicos exigentemente perfectos en todos los
medios condiciona la presencia de esa obsesión por la imagen, bien
para reproducirla o bien para criticarla. En el caso de mis textos,
me gusta conjugar la presencia de físicos aparentemente perfectos
(para destacar, a menudo, su falsedad de cuerpos fabricados) con la
presencia de tipos físicos comunes, con los que cualquier lector o
lectora puede identificarse y, también, con los tipos considerados
tradicionalmente imperfectos, o singulares: me parecen especialmente
interesantes desde el punto de vista narrativo.
¿Usted
es o ha sido una consumidora de este culto al cuerpo, solo se ha
visto tentada o jamás le ha llamado la atención?
Me
gusta hacer deporte de forma moderada. Para mí es una manera de
meditar. Bailar, correr o, simplemente, andar, me ayuda a encontrarme
conmigo misma dentro de mis vericuetos interiores. Me ayuda, además,
a contrarrestar la sobredosis de trabajo mental que normalmente marca
(y bien a gusto) mi vida. No me atrae el ejercicio como exceso y
tampoco su negación absoluta. Se trata de mantener la máquina (el
cuerpo) en el mejor estado posible para que siga funcionando en
condiciones. No olvidemos que somos una especie nacida para la caza y
la recolección, para el movimiento, y que nuestro modo de vida
acostumbra a ser sedentario. Una manera de no acumular estrés es
practicar ejercicio. Es algo obvio, claro, pero se trata de seguir el
lema clásico: mens
sana in corpore sano.
¿La
nueva Utopía es el consumo?
Sí. Y también la obligación de ser felices que lleva
implícita la utopía consumista. Esa imagen perfecta que se supone
debes ofrecer, tanto en lo material como en lo espiritual, nos está
matando. De hecho, nos devora. De ahí la persistente contrautopía
del género zombie, tan de moda: nos estamos devorando a nosotros
mismos.
Habla de
mujeres que les asusta mirar su reflejo. ¿Qué ve Rosario Curiel al
mirarse al espejo?
Una persona. Contenta de estar viva. Contenta de vivir
de manera más o menos consciente. Intento cuidarme y tener una
apariencia más o menos digna de la misma manera que procuro comer
sano porque me gusta y porque quiero cuidar mi salud, pero no me
preocupa en absoluto resultar especialmente atractiva a nadie. A
veces me levanto muy ojerosa porque no suelo tener mucho tiempo para
dormir (siempre ese exceso de trabajo), pero no corro a aplicarme
antiojeras, por poner un ejemplo. Me da una pereza terrible. Creo que
quien me mire debe ver a la persona, no el cuerpo. Sé que esta
actitud no es frecuente: es un verdadero descanso sentirse así, debo
decir.
Uno de
los personajes sufre de bulimia y anorexia. ¿Es la enfermedad de
nuestro tiempo?
Por desgracia, es una de las enfermedades de nuestro
tiempo. Una más de la larga lista de enfermedades que nacen de la
insatisfacción con lo que se vive y con lo que se es. Una más de la
larga lista de consecuencias indeseables que arrastra la búsqueda de
una perfección inalcanzable, que solo sirve para generar una
sensación de vacío que el ser humano procura llenar con el ocio y
el consumo y el culto obsesivo a un cuerpo que se rebela, al final,
contra todos estos excesos. Y es curioso que, aun en este nuestro
tiempo de crisis, nuestra sociedad siga siendo un lugar en el que hay
gente que pasa hambre y gente que vomita la comida o directamente se
niega a ingerirla. Y todo, por la imagen distorsionada que tenemos de
nosotros mismos, porque siempre andamos comparándonos con lo que
podríamos ser en lugar de amar lo que ya somos.
Etiquetas:
Apariencia,
autor,
autora,
Ediciones de la discreta,
entrevista,
libro,
literatura,
Matías Crowder,
memorias de la salamandra,
narrativa,
novela,
Rosario Curiel
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





.jpg)

