jueves, 26 de junio de 2014

Escríbeme una foto y El delito de la lluvia, dos novelas

(Texto de la escritora Carmen Jimeno, en la presentación de las dos novelas en Málaga.)


Buenas tardes. Nos reunimos esta tarde para desafiar a los dioses ignorando la llamada del fútbol y presentar no una sino dos novelas, dos. Sí, claro, somos conscientes de que en esta que Mario Vargas Llosa llama “civilización del espectáculo”, esto es una chulería total, pero es que en este caso vamos sobrados.

 David Torrejón y Paloma González Rubio. Dos novelistas, una sola editorial, Ediciones de La Discreta, que en esta ocasión no ha querido hacer honor a su nombre y ha preferido llamar la atención de los lectores con el lanzamiento no simultáneo pero sí muy cercano en el tiempo (un mes de diferencia entre una y otra) de dos obras muy distintas pero con ciertas coincidencias. Ambas coinciden en género, novela; ambas otorgan una atención especial a la forma, lo cual se agradece mucho, y ambas hacen referencia a otras obras literarias hasta el punto de que una de ellas, El delito de la lluvia, aparece en la otra, Escríbeme una foto, en una suerte de homenaje cariñoso de David a su compañera de ruta literaria. Ambas están, además, protagonizadas por hombres que no saben vivir si no es a través de la ficción, pero sobre eso hablaremos después.
Aunque compartan editorial y coincidan en muchas cosas son dos autores claramente diferenciados así que iremos uno por uno. Voy a dejar de lado esa norma social de que “las mujeres primero” y voy a comenzar por David Torrejón acogiéndome a un criterio cronológico de quién publicó antes, y en este caso David se adelantó un mes a Paloma, de modo que comenzamos con Escríbeme una foto, de David Torrejón.

David Torrejón es periodista. También es madrileño, alto altísimo, jugador de baloncesto en sus ratos libres y aficionado a los coches; de hecho los coches le gustan tanto que su anterior novela, Tango para un copiloto herido, giraba en buena parte alrededor de una carrera, la Panamericana. Por cierto, esta novela la presentó en este mismo lugar, la librería Luces, de Málaga, hace unos cuatro años.

Para los que no le conozcan, hay que comenzar diciendo que David es un autor imprevisible. Los que le conocen ya saben que cada una de sus novelas es totalmente diferente a la anterior, tanto en su temática como en estilo, planteamiento... sí tienen siempre en común algunas cosas, por ejemplo Más lo siento yo como Mi querida Don Juan, o Tango para un copiloto herido despiden aroma a intriga y literatura. Y es que esto de la intriga le ha gustado siempre, desde sus primeros jugueteos literarios contando las andanzas del detective Artero.

 No voy a destripar el argumento, tranquilos que no habrá spoilers, pero sí voy a hacer un brevísimo resumen necesario para comentar los hallazgos y aciertos de esta novela. En Escríbeme una foto David cuenta el reto que el profesor de un taller literario lanza a sus alumnos: escribir un relato tomando como punto de partida una vieja fotografía. Sobre la capacidad del arte para estimular y motivar David Foster Wallace dijo que el desafío del escritor es enseñarle al lector que él (el lector) es más inteligente de lo que pensaba. Y esto David lo hace muy bien. Porque aparentemente se trata de un argumento sencillo, poco complicado, que como mucho puede ser un divertimento para que el autor haga un ejercicio de estilo, pero desde el principio el lector es consciente de que no va a ser así, de que las cosas no van a ser tan fáciles. Y efectivamente, David describe una foto que intriga al profesor (y al lector) hasta el punto de investigar sobre ella, seguir la pista de las personas que retrata, y meterse en sus vidas entrelazándolas con las fabulaciones que hacen sus alumnos y él mismo. La novela se convierte así en un juego de cajas chinas en las que cada relato contiene nuevas historias y ofrece claves para comprender tanto a los personajes como a las nuevas historias que se plantean. Es metaliteratura. Me gustaría retomar la idea inicial sobre la imprevisibilidad en la obra de David e incidir en ella, porque si cada novela de David es distinta a las demás, en ésta consigue que cada relato sea diferente a los demás, tanto en fondo como en forma. Y esto no es nada fácil. Estamos hartos de escuchar, y de comprobar, que cada escritor escribe siempre la misma novela. En el caso de David no ocurre esto. David escribe en cada ocasión una novela diferente, aunque como he dicho antes todas comparten algunas características que no sé muy bien si es que se le escapan o las va dejando como miguitas de pan para que nos lleven hasta él. Literatura. En las obras de David la literatura siempre está presente: otras obras, otros autores... En una ocasión a John Irving le preguntaron por qué en sus novelas la literatura aparecía de forma recurrente y él respondió que no entendía cómo no iba a estarlo si era algo que le rodeaba constantemente. En las obras de David la literatura se cuela también en todas sus formas, pero en esta última no sólo se cuela sino que se hace dueña de la situación, es la columna vertebral de la historia, la que dota de entidad a los personajes, sobre todo al personaje protagonista: un perdedor (otra característica en las novelas de David) que no sabe manejar su vida real y prefiere reescribirla, inventarla, modificarla.

lunes, 23 de junio de 2014

Lecturas y lectores

Por mi experiencia lectora, he podido comprobar que cuando uno lee un buen libro varias veces a lo largo del tiempo, la “historia” que nos cuenta ese libro cambia. Y si ese periodo es de años, el cambio puede ser muy notorio.

Al reflexionar sobre ello, llego a algunas conclusiones:

(a) Esa “historia” que nos cuenta el libro cambia porque nosotros hemos cambiado. Nuestros ideas, pensamientos, concepción de la vida se han modificado con el tiempo y vemos las mismas cosas de manera diferente.

(b) También me he dado cuenta de que la “historia” se modifica con el conocimiento de la vida del autor y las circunstancias relacionadas con la escritura del libro. No quiero decir, desde luego, que al conocer esas circunstancias o desvelar las virtudes hasta entonces desconocidas del autor una mala novela se convierta en una novela buena. Sino que, siendo un buen libro, esos nuevos conocimientos sobre la obra y el autor suelen enriquecer la lectura.

© En ese cambio influye de manera importante nuestra formación lectora.

Sabiendo que esto de la “formación lectora” es un tema de debate, me limitaré a señalar que me refiero al número de “lecturas significativas” que hayamos acumulado en ese tiempo.
Y para explicar lo que entiendo por “lecturas significativas” me apoyaré en otro libro –artículo, en realidad, pues como tal fue publicado en la revista North America Review en 1903–, El vicio de la lectura, de Edith Wharton.

Entre otras cosas interesantes, en ese libro se viene a decir que hay dos tipos de lectores: el lector mecánico, que tiene hacia la lectura una actitud casi compulsiva, leyendo “todo lo que pilla”, tratando de estar al día en cualquier novedad literaria que como tal se publicita; y el lector vocacional, aquel que lee seguramente mucho menos y para quien la lectura es algo tan natural y necesario como el respirar.

Y nos dice Wharton que si para el lector mecánico las lecturas son como fósiles que cuidadosamente coloca y organiza en anaqueles y mira de vez en cuando y presume de la cantidad que tiene de ellos; las lecturas para un lector vocacional son como árboles cuyas ramas y raíces acaban uniéndose a las de otros árboles y componiendo un bosque rico de nutrientes y entrelazamientos.


Creo que es la mejor imagen para explicar lo que entiendo por “lecturas significativas”.

martes, 10 de junio de 2014

El abrigo de Proust, Lorenza Foschini

Por Paloma González Rubio



Esta es la historia de un «bibliófilo fascinante», como lo define en una nota el compositor Erik Satie, en 1923. El bibliófilo es Jacques Guérin, heredero de la Compagnie Française des Parfums d´Orsay, fundada por su no menos fascinante madre, Jeanne-Louise Guérin, musa y mecenas a su vez de compositores y artistas.

Jacques adquiere su primera pieza de colección a la edad de dieciocho años. Se trata de una edición original de L´hérésiarque, de G. Apollinaire., a la que no mucho después se añade retrato que Picasso había hecho del escritor en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial. Se trata de un regalo que el pintor malagueño hace a Guérin, posiblemente porque la madre de esta posee una importante colección de sus cuadros, que exhibe en su casa junto a varios lienzos de Modigliani.

Fue más o menos por la época de su primera compra, cuando Jacques Guérin es diagnosticado de una apendicitis de la que le opera Robert Proust, hermano del ya fallecido Marcel. Cuando Guérin acude a su casa para satisfacer sus honorarios, Robert le muestra los cuadernos manuscritos de En busca del tiempo perdido, cuya edición aún no había finalizado, y que el propio Robert Proust entorpecerá con su injerencia. Desde ese momento, se instala en Guérin la obsesión del devoto. Su círculo artístico de relaciones (Guérin trabará amistad a lo largo de su vida con Jean Genet, con Cocteau, Violette Leduc le amará apasionadamente con un amor que nunca será correspondido, es a ella a quien debemos la fascinante descripción del sofisticado coleccionista) propicia sus pesquisas, pero el azar será determinante para que se embarque en la reunión de los objetos dispersos de Marcel Proust tras la muerte de su hermano y trate de recomponer el espacio en el que se fraguó la redacción de su magna obra. Solo un objeto parece estar fuera de su alcance: el abrigo forrado con piel de nutria que Proust extendía sobre las mantas, en su cama, para aliviar un frío que parecía no abandonarle nunca.

La búsqueda y el hallazgo de este abrigo, las vicisitudes de la recuperación de los objetos, la obsesión del fetichista y sus hallazgos, no solo materiales, sino biográficos, son recompuestos por Lorenza Foschini en un relato tan elegante, como absorbente.


El abrigo de Proust, Lorenza Foschini. Trad. Hugo Beccacece. Madrid, Ed. Impedimenta, 2013

Chil Rajchman, Treblinka



La anterior edición en español se titulaba El último judío, y un poco así debió de sentirse el autor, pues fue uno de los 57 únicos supervivientes del campo de exterminio de Treblinka.

El libro tiene dos partes. En la primera  Rajchman cuenta su experiencia en Treblinka desde el mismo día en que llega. Por su relato conocemos el funcionamiento del campo (un campo exclusivamente de exterminio, no lo olvidemos). Cuando llega un tren, se hacen dos grupos con los pasajeros: hombres por un lado, mujeres por otro. A todos se les pide que se desnuden y que pongan su  ropa en un montón (a las mujeres, además, se les corta el pelo). Los van metiendo por grupos en cámaras de gas, después de hacerles creer que son duchas. Una vez muertos, otros prisioneros los sacan, les arrancan los dientes de oro y los llevan a enterrar a una fosa gigantesca. Todo a gran velocidad. Al que se para lo golpean con furia. Algunos hombres entre los recién llegados, los más jóvenes y sanos, son apartados para sustituir en diferentes tareas a otros que llevan más tiempo y de los que hay que prescindir. La ropa se clasifica (Rajchman se topará con el vestido de su hermana) para enviarla a Alemania, donde la venderán (las mejores prendas se apartan para los guardianes). El pelo de las mujeres también se manda. No se sabe exactamente qué hacen con él; en todo caso, negocio, pues los nazis sacan beneficio de todo. De pronto un día  esta “rutina” se ve alterada. Hay que desenterrar todos los cadáveres y quemarlos. Además hay que tamizar la ceniza para apartar los trozos más gruesos, machacarlos y pulverizarlos. No debe quedar el más mínimo resto. Rajchman ignora que los alemanes han perdido en Stalingrado y que están retrocediendo. Temen que queden restos de lo que están haciendo. Hay que borrar todas las pruebas. Algunos de los judíos que participan en esta tarea se arriesgan a sabotearla y dejan enterrados miembros descompuestos, grandes huesos, para que algún día alguien los encuentre y llegue a averiguar lo que ocurrió.

Es muy posible que si no hubiese habido una sublevación en el campo de Treblinka, Rajchman no hubiese sobrevivido. Una de las pocas sublevaciones que hubo en los campos nazis, a la que Rajchman sobrevivió gracias a la ayuda de los pocos campesinos polacos que no recurrieron a la delación por odio o por una recompensa.


La segunda parte es un reportaje de Vasili Grossman (el autor de Vida y destino, una de las grandes novelas del siglo XX y de algunos de los mejores reportajes periodísticos sobre la II Guerra Mundial), que iba con el ejército ruso que entró en Treblinka. Grossman hace un reportaje impecable, del que solo sobran, para mi gusto, las repetidas alusiones al glorioso Ejército Rojo. Habla con supervivientes, con campesinos de los alrededores, con prisioneros nazis… Todos los testimonios confirman punto por punto lo que dice Rajchamn. Grossman completa y amplía el relato de Rajchman y ofrece nuevos detalles sobre el funcionamiento del campo (y que prefiero omitir aquí; es mejor  leerlos directamente). Treblinka era un horno y una fosa, un agujero negro, en el que desaparecieron miles y miles de vidas. Hace dos cálculos: el número de personas que pudieron llegar en los trenes durante el tiempo que estuvo activo y el número de personas que pasaban diariamente por las cámaras de gas. Los dos cálculos dan la misma cifra: tres millones de personas (las investigaciones posteriores han rebajado esa cifra, pero la cantidad es lo de menos). Grossman muestra escenas, algunas con niños o con mujeres, inhumanas, bestiales, dolorosas incluso de contar. “Dante en su infierno no presenció semejante cuadro” dice.  Y añade una reflexión que justifica esta nota: “La mera lectura de estas cosas es terriblemente dura. Pero que el lector me crea: no es menos duro escribirlas. Es posible que alguien pregunte: ¿Para qué escribir, para qué recordar todo esto? El deber del escritor es el de contar la espantosa verdad, y el deber ciudadano del lector es conocerla. Todo aquel que vuelve la cabeza, que cierra los ojos y pasa de largo ofende la memoria de los caídos.”

Chil Rajchman Treblinka (Barcelona: Seix Barral, 2014)

martes, 3 de junio de 2014

Acuarelas de Comas Quesada - Calle de San Marcos

Por José García Caneiro





Rompiendo la lisura de la calle,
se han quedado plantados
los balcones,

renuentes al paso de los tiempos,
heroicos e insumisos,
buscando en los espacios
ya perdidos
un vestigio de historia
a que aferrarse.
O, tal vez,
soberbios y arrogantes,
esperando, de la luz
color de agua,
el anuncio de un profético linaje
o un nuevo viento,
amable y silencioso,
que los proyecte
a un infinito trascendente.

jueves, 29 de mayo de 2014

A propósito de Galdós

Por Luis Junco


Hace unos días, en un club de lectura, hablamos de Misericordia, una de las novelas más conmovedoras de Benito Pérez Galdós. Guiados por el ciego Almudena y de la mano de Benina, acompañamos a Galdós en su viaje a los infiernos de la sociedad madrileña de la época, y allí nos sentimos contemporáneos con los más desfavorecidos. Pues a través de sus historias y personajes, Galdós sigue siendo pura actualidad.

Pero sobre todo nos fijamos en esa virtud del escritor canario, extensiva a toda su obra –novelas, teatro, Episodios–: la capacidad de conmover.

De las acepciones del diccionario de la Real Academia para “conmover”, yo me quedo con: “Perturbar, inquietar, alterar, mover fuertemente o con eficacia”, porque me parece muy adecuada a lo que ocurre con la lectura de una obra de Galdós.

Las convicciones humanas son difíciles de modificar. Y cuando cambian, pueden hacerlo de dos maneras: (a) De una forma lenta y paulatina; por pequeñas acumulaciones de nuevos conocimientos, reflexiones, etc., que nos llevan con el tiempo a sustituir una convicción por otra diferente. Es la más habitual. (b) De una manera súbita, a causa de una conmoción.


Ésa, entiendo yo, es la gran diferencia entre leer sobre nuestro devenir histórico en un libro de historia o en un Episodio de don Benito. La primera lectura puede hacer mella en alguna de nuestras convicciones sobre el acontecimiento en cuestión. En ese sentido, podríamos decir que es “reformista”. La lectura de Galdós casi siempre provoca en nosotros una revolución.  

sábado, 24 de mayo de 2014

Delitos de la lluvia y la final de la Champions

Por Paloma González 


No hace mucho que Ediciones de La Discreta ha publicado El delito de la lluvia. Citarse a uno mismo es feísimo, pero en este caso oportuno y no lo puedo evitar.
En un diálogo entre los dos personajes principales, el ex comisario de policía y personaje de una saga de novela policíaca, Fabio Fierro, dice:
Nuestros pequeños delitos de lluvia no pueden ser juzgados como delitos pero nos convierten en delincuentes virtuales.
Y la suma de esas pequeñas transgresiones es la génesis de la lluvia. Partículas finísimas, delgadas, que necesitan unirse a otras muchas para crear una sola gota de lluvia. Pero a la postre todos «llovemos». La suma de nuestros infinitesimales delitos forja al fin una o varias gotas de lluvia que dejamos caer sobre otros, a los que podemos o no ahogar, con una simple gota. (…) Todos somos delincuentes.
Y la lectora que le conduce a su conferencia replica: Estoy pensando… en quienes se mojan bajo la lluvia. Porque, ¿quién quiere ser víctima de la lluvia? (…) También se podría decir que hay delitos de lluvia que nos salvan, lo mismo que las mentiras piadosas, ¿o no?

Ayer se denunciaba el robo de una caja fuerte en una empresa madrileña. En
su interior estaba depositado un nada despreciable número de entradas para la final de la Champions. Cada comprador las había confiado a una ficticia seguridad blindada, porque  los compradores habían desconfiado de sí mismos, habían fabulado que un olvido les impidiera entrar al estadio, que el desorden doméstico las cambiara de sitio en el momento más inoportuno. Se había fletado un autobús. Aparentemente nada podía fallar si todas las entradas estaban juntas y todos emprendían juntos el viaje. Pero un golpe de mala suerte ha privado a todos a la vez de sus entradas.

Se cursa la denuncia, se hacen gestiones, se localiza la numeración de los asientos. No hay nada que hacer. La UEFA no emite duplicados de entradas. Probablemente los ladrones no sabían que llevaban dentro una fortuna y, cuando lo descubren, o bien se deshacen de ellas o, muy posiblemente, las ponen en manos de un revendedor.

A lo largo del día de hoy, en Lisboa, habrá hinchas que buscan a la desesperada una o dos entradas por las que pagarán una cantidad desorbitada. Pienso en padres con sus hijos, que se dejan abordar por revendedores y negocian con ellos ante la mirada esperanzada y expectante del niño, en que quieren dar la talla de un héroe, de un “superconseguidor”. Imagino que dos padres distintos compran a dos revendedores distintos. Uno de ellos tiene la mala suerte de comprar un par de entradas robadas, denunciadas y localizadas. Otro irá al otro extremo del estadio. El comprador de las entradas robadas, exultante y con los bolsillos saqueados, acudirá a su asiento emocionado.

Una partícula de lluvia infinitesimal… Solo dos entradas. Pero la reventa es un delito tanto para el que vende como para el que compra, y el que compró la entrada robada y denunciada se encontrará con un policía que no le permitirá ver el partido y lo trasladará a una comisaría para que preste declaración no solo porque ha adquirido su entrada y la de ese hipotético hijo de forma ilegal, sino porque es necesario desarticular la red, tirar del hilo del delito, buscar la cadena de culpables.

En el otro extremo del estadio, un padre y su hijo asistirán a una final que pasará a su inventario de momentos inolvidables.

 También se podría decir que hay delitos de lluvia que nos salvan, lo mismo que las mentiras piadosas, ¿o no?


martes, 20 de mayo de 2014

Los otros clásicos XXVI - Miguel Sánchez de Lima

Poca y mala fortuna ha tenido el preceptista de origen portugués Miguel Sánchez de Lima, autor muy respetado a finales del siglo XVI por su breve tratado El arte poética en romance castellano (Alcalá de Henares, 1580), donde aparece este interesante soneto. Tal vez no reuniera grandes méritos como poeta; pero, entre otros muchos aciertos, fue el primer erudito que registró y comentó la absorción, por parte de los vates españoles, de los moldes métricos italianos, y también sobresalió por su censura tajante de los ridículos excesos en que venían incurriendo los autores de los libros de caballerías. Su influencia en los escritores españoles de finales del siglo XVI –entre ellos, el mismísimo Miguel de Cervantes– fue notable, pero ninguno de ellos lo valoró por su producción lírica, desprecio que ha llegado hasta nuestros días. Y así, su último editor moderno, Alejando Martínez Berriochoa, afirma que “su propia práctica poética (debemos a su minerva la mitad de las más de dos docenas de composiciones incluidas en El arte poética) es endeble, métricamente perfectible y carente de inspiración”. Seguro que, al emitir este juicio, no ha tenido en cuenta este magnífico soneto amoroso, de perfecta elaboración, atinadísimo en los dos tercetos y conmovedor en su postrer endecasílabo.


XXVI.- Miguel Sánchez de Lima (s. XVI)

Esta tan larga vida y enojosa,
que es para mí una carga tan pesada,
no puede durar mucho su jornada,
que al fin ha de parar do toda cosa.

Y aunque agora vos desto estéis gozosa,
por vuestra condición desamorada,
cuando veáis la hora ser llegada
espero daréis vuelta a ser piadosa.

Y esos escasos ojos en mirarme,
principio de mi mal y fin postrero,
se dolerán de ver el caso cierto;

y vos, probando en vano a remediarme,
me lloraréis por hombre verdadero,
aborrecido vivo, amigo muerto.

martes, 13 de mayo de 2014

Los Modlin, de Paco Gómez

Este libro pertenece a ese género que los anglosajones llaman quest, libros en los que se relatan dos historias: por una parte, la vida de un personaje real, y, por otra, la investigación que hace el autor en busca de datos y de testimonios que le permitan elaborar esa biografía. En español este género ha dado obras magníficas. Por ejemplo, El honor de las injurias, en la que no sabemos qué nos resulta más interesante, si la vida del anarquista Felipe Sandoval que Carlos García-Álix va reconstruyendo, o los pormenores de su investigación. O el emotivo Desenterrando el silencio, sobre el maestro Antoni Benaiges, asesinado al principio de la guerra civil en Briviesca (Burgos), cuando preparaba una excursión para llevar a sus alumnos a ver el mar. (El prólogo de Juan Manuel Bonet a las poesías de Rafael Lasso de la Vega tiene también mucho de quest. Hay más, y seguramente hablaremos de algunos en esta página.) Todos estos libros están emparentados con el de A. J. A. Symons En busca del barón Corvo, que si no es la primera sí es quizá la más famosa quest.

Esta de Los Modlin es una obra fascinante. Un día un cuñado del fotógrafo Paco Gómez le llama y le dice que en el número 2 de la calle del Pez alguien ha tirado a la basura fotos, papeles, ropa, muebles… el contenido de una casa. Le dice que si se da prisa quizá pueda encontrar algo. Cuando llega hay mucha gente rebuscando. Paco Gómez coge muchas fotos, sobre todo fotos. En ellas salen casi solo tres personas: una pareja (un hombre y una mujer) adulta y un joven (en algunas fotos es un niño). A veces el hombre y el niño están desnudos o semidesnudos y adoptan posturas forzadas y extrañas. También hay muchas fotos de cuadros. Pasa bastante tiempo hasta que Paco Gómez empieza a recoger noticias de esas personas, muchas veces por casualidad. Y es entonces cuando comienza su quest y busca y entrevista a vecinos, conocidos, amigos de esas tres personas y va reconstruyendo sus vidas.

La pareja son Elmer y Margaret Modlin, un matrimonio norteamericano que llega a Madrid en los años setenta con la esperanza de que aquí se valoren como se merecen los cuadros de Margaret. El joven es Nelson, el hijo de ambos. Las posturas extravagantes en las que aparecen Elmer y Nelson en las fotos son posados que Margaret utiliza para sus cuadros. Los cuadros de Margaret son vagamente surrealistas, de un surrealismo lleno de símbolos apocalípticos. Hay uno magnífico de Henry Miller, de quien eran amigos, con alas de ángel. Elmer había sido actor de reparto y había aparecido en multitud de películas (en La semilla del diablo, por ejemplo, y en muchas de serie B; también en numerosas películas españolas de la época). Fue el primer norteamericano en entrar en la Nagasaki destruida por la bomba atómica (experiencia que no olvidará nunca). La investigación es apasionante y va descubriendo poco a poco el carácter de cada uno de los miembros de la familia. Una mujer que vuelca toda su actividad, toda su vida, en su arte, por el que espera ser reconocida como uno de los grandes artistas de todos los tiempos. Un marido enamorado que la ayuda a ella a encontrar ese reconocimiento. Y un hijo que quiere mantenerse a distancia de sus padres. (Nelson fue modelo, actor, locutor; su voz, dice su segunda mujer, se oía en El Corte Inglés, en los aeropuertos, en muchos anuncios de televisión).

El libro tiene varios momentos cumbre, como cuando el autor encuentra a amigos íntimos o a testigos muy cercanos de esta extraña familia, que le dan noticias de primera mano, y sentimos que esos borrosos personajes son personas a las que casi podemos ver y oír.

Por otro lado, es un libro bien triste, que muestra cómo ese matrimonio que nunca llega a hablar bien español, vive prácticamente encerrado en su piso, esperando un reconocimiento que nunca llega. Margaret alcanzará parte de la celebridad que buscaba solo después de muerta, y toda su obra irá a parar a unos almacenes, después de haber estado años en el piso vacío, medio en ruinas, no a una fundación, o a un museo, como quería. Todo acaba saliendo mal en esta familia atípica.


Paco Gómez convocó un crowdfunding para editar el libro y el dinero que pensaba recaudar en treinta días lo obtuvo en cuatro.

lunes, 5 de mayo de 2014

Mario Levrero

Según algunos, en la literatura de Mario Levrero (Montevideo, 1940 – 2004) es evidente la influencia de Kafka. Pero a mí sobre todo me recuerda a Felisberto Hernández, compatriota suyo, porque me parece que su escritura es un fiel reflejo de su existencia: es vida en estado puro. 

Yo comencé leyendo La ciudad, de la llamada Trilogía involuntaria, y con el tiempo he leído casi todo lo que escribió este hombre inclasificable –elaborador de crucigramas y juegos de ingenio, guionista de cómics, fotógrafo, librero–, incluyendo el que creo fue su último libro, La novela luminosa.  (Para escribirlo, el autor recibió una beca Guggenheim, y dedica las primeras cuatrocientas páginas, de las quinientas que tendrá la novela, para explicar al señor Guggenheim por qué no puede empezarlo.)

El misterio de la existencia, el sueño, la alegoría, los juegos de ingenio, la ruptura de las reglas y convenciones, todo esto aparece en sus obras. Y el humor: un humor que es a veces ácido, otras nostálgico y triste, y siempre inteligente.

Podría comentar alguna de sus obras, pero para animar a la lectura de Mario Levrero, tal vez lo mejor sea transcribir un pequeño capítulo de Caza de conejos.

Se dice, sobre los textos aquí presentados bajo el título de “Caza de conejos”, que se trata en realidad de una fina alegoría que describe paso a paso el penoso procedimiento para la obtención de la Piedra filosofal; que, ordenados de una manera diferente a la que aquí se expone, resultan una novela romántica, de argumento lineal y contenido intrascendente; que es un texto didáctico, sin otra finalidad que la de inculcar a los niños en forma subliminal el interés por los números romanos; que no es otra cosa que la recopilación desordenada de textos de diversos autores de todos los tiempos, acerca de los conejos; que es un trabajo político, de carácter subversivo, donde las instrucciones para los conspiradores son dadas veladamente, mediante una clave preestablecida; que el autor sólo busca autobiografiarse a través de los símbolos; que los nombres de los personajes son anagramas de los integrantes de una secta misteriosa; que ordenando convenientemente los fragmentos, con la primera sílaba de cada párrafo se forma una frase de dudoso gusto, dirigida contra el clero; que leído en voz alta y grabado en una cinta magnetofónica, al pasar esta cinta al revés se obtiene la versión original de la Biblia; que traducida al sánscrito, el sonido musical de esta obra coincide con un cuarteto de Vivaldi; que pasando sus hojas por una máquina de picar carne se obtiene un fino polvillo, como el de las alas de las mariposas; que son instrucciones secretas para hacer pajaritas de papel en forma de conejo; que toda la obra no es más que una gran trampa verbal para atrapar conejos; que toda la obra no es más que una gran trampa verbal de los conejos, para atrapar definitivamente a los hombres. Etcétera. 

(El retrato de Mario Levrero es de Guillermo Meza.)