lunes, 1 de febrero de 2016

Más allá de fronteras con Vladimir Ashkenazy


Por Luis Junco

Hace unos meses, en el Auditorio Nacional, tuvimos la suerte de asistir a un concierto memorable. No solo porque el programa era muy atractivo –la obertura Romeo y Julieta de Tchaikovsky, el Concierto para violonchelo en do mayor de Haydn, y La Sinfonía número 8 de Dvorak–, sino porque la dirección de la Orquesta Nacional estuvo a cargo de Vladimir Ashkenazy, un hombre de 78 años pero de una jovialidad y luminosidad excepcionales. Estábamos habituados a escuchar sus grabaciones e interpretaciones de piano, pero nada como director de orquesta y nunca le habíamos visto en persona.

Me sorprendió su aspecto, de cuerpo pequeño y compacto, y en contraste, unas manos grandes y robustas. Más que un afamado pianista me pareció un campesino vestido de domingo. Una impresión que se reforzó con su dirección de la obertura de Tchaikovsky: frente a los músicos de la orquesta, aquel hombre actuaba como el empecinado agricultor que escarbaba en una tierra invisible para nosotros y acababa sacando de ella unos frutos sorprendentes: notas, acordes, una música llena de tonalidades y emociones insospechadas. Con la sinfonía de Dvorak se transformó de nuevo, y esta vez fue un boxeador del peso pluma que se fajaba con un resistente y sabio adversario que sabía esquivar sus golpes y preservar celosamente lo que guardaba en su interior. Hasta que el entusiasmo y virtuosismo conseguían abrir brecha en la cerrada defensa y cada certero golpe se convertía en una variación de aquella conocida sinfonía que a mí me pareció nueva. Estas dos imágenes de Ashkenazy –agricultor y boxeador– se me han quedado de su actuación magnífica, junto con las constantes señales de ánimo y complicidad a unos músicos que seguramente fueron conscientes de superar en su interpretación aquello de lo que se sentían capaces.

Después de aquel concierto volví a escuchar nuevas grabaciones de Ashkenazy y a indagar en su vida, y descubrí que en 1983 había escrito, junto con Jasper Parrott, su mentor y mánager durante mucho tiempo, un libro biográfico que se titulaba Beyond Frontiers. Conseguí un ejemplar retirado de una biblioteca del condado de Essex, y este es mi brevísimo (y muy incompleto) resumen de la lectura.

Lo que resulta interesante del libro no es solo el compendio de los principales hitos biográficos de los primeros 46 años de la vida de Ashkenazy, sino las reflexiones, opiniones y datos que se van desgranando al hilo de la narración de cada uno de ellos y que acaban por conformar un rico mosaico en el que la música es el principal tejido. Así, por ejemplo, después de saber que su padre, David Ashkenazy, aprendió piano de manera autodidacta y se convirtió en un destacado improvisador del instrumento en gira por toda Rusia, y que su abuelo materno fue reconocido violinista, resulta inevitable cuestionarse qué de la vocación del joven Ashkenazy procede del entorno cultural y qué proviene de una estructura cerebral determinada. Y más al leer la siguiente reflexión del propio músico:

 Me hice muy rápidamente y naturalmente al piano y a la música; una vez mi primer profesor me explicó cómo leer música, cómo funcionaba eso de los puntos y las líneas, y empecé a leer muy rápidamente, con una facilidad inusual. En ese momento tenía seis años. Aprendí tan rápido, que una vez que había empezado era como si algo que ya llevaba dentro funcionara sin necesidad de aprenderlo. Esto también con la parte teórica de la música, incluyendo la armonía, solfeo, etc. Solo necesitaba que las primeras pistas me pusieran en el camino correcto, lo siguiente parecía cosa de una segunda naturaleza.

Y teniendo en cuenta de que más de la mitad de esos años de la biografía se desarrollan en una Unión Soviética gobernada primero bajo el férreo puño de Stalin y luego por Kruschev en plena guerra fría, en el relato de esa parte de la vida de Ashkenazy la música y la política aparecen inextricablemente unidas. De su cuidada y completa formación en el Conservatorio de Moscú y primeros éxitos como pianista, elijo esta opinión:

 El Partido es una masa anónima de gente que no sabe casi nada sobre música -ellos exigen una victoria colectiva. Como consecuencia, los profesionales, al estar subordinados al Partido, desarrollan un particular actitud basada en logros y éxitos. En otras palabras, si eres un intérprete musical y ganas premios en competiciones, es la manera de mostrar al Partido que tienes éxito en la causa colectiva. Para ganar, tienes que ser extremadamente eficiente técnicamente y desarrollar de esta manera un brillante estilo de interpretación. El hecho de que haya tantos intérpretes de música soviéticos, se debe a esta particularidad del sistema soviético. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el deporte. El sistema alienta el hecho de que si en ti hay una particularidad extraordinaria de este tipo, se te permitirá desarrollarla para el bien del estado. Pero cuando sale a relucir algo trascendental en el plano más espiritual que material, entonces el estado no hace nada por ti -al contrario, intentará de eliminar cualquier pensamiento individualista. El sistema está equilibrado para producir formidables intérpretes, brillantemente entrenados y técnicamente formados, pero al mismo tiempo funciona contra todo aquello que suponga alimentar cualquier creatividad especial en esos mismos artistas.

Y cuando los éxitos en los concursos internacionales de piano le aúpan a un estado de privilegio, Ashkenazy se ve obligado a unas extrañas contrapartidas para mantenerlo: la indispensable compañía en los viajes al extranjero de un especie agente cultural que en realidad actuaba como controlador y chivato del Ministerio de Cultura, la imposición de un obligado repertorio en esas giras que siempre debía incluir compositores rusos, la censura a la interpretación y composición de música considerada degradante. (A este respecto se nos cuenta cómo Shostakóvich, cuestionado por el tipo de música que componía, no halla otra salida para desvanecer dudas y seguir con sus creaciones que afiliarse al Partido.) Y casi como una caricatura se lee el reclutamiento de Ashkenazy por la KGB a finales de los años 50 y alguna de las misiones que se le encomiendan. Por ejemplo, en plena campaña contra la homosexualidad, la pretensión de que Ashkenazy ejerciera de alcahuete entre un pianista francés homosexual que estudiaba en el conservatorio y otro pianista ruso para chantajear al primero y obtener información de la embajada francesa.


Entre los competidores del concurso Tchaikovsky del año 1958 había una joven y talentosa pianista islandesa, Thorunn Johannsdottir (Dody), cuya admiración por los virtuosos Sviatoslav Richter y Emile Guilels y en general por la enseñanza pianística en Rusia le llevan a estudiar en el Conservatorio de Moscú. Ashkenazy se convierte en su guía y amigo y en 1960 acaba casándose con ella. En el arrebato de enamoramiento tanto del pianista ruso como de la nación que entonces admiraba, Dody decide pedir la nacionalidad soviética (comprensible en ella, pero para nada en Ashkenazy, que ya tenía la suficiente experiencia de cómo se las gastaba el sistema soviético). Con el nacimiento del primer hijo del matrimonio y las trabas de las autoridades soviéticas para viajar a Londres, en donde vivían los padres de Dody, se produce la “caída del caballo” de Dody. Desde entonces sus desengaños vienen en paralelo con la desconfianza de los burócratas soviéticos y las dificultades crecientes para que acompañe a su marido en los compromisos internacionales de Ashkenazy. Hasta que en 1963, en un episodio que tiene todas las trazas de una huida de la Unión Soviética (aunque Kruschev lo presenta como un acuerdo con el pianista para que él y su familia puedan viajar libremente fuera de la Unión Soviética y volver a ella cuando quisiera), Askenazy y Dody con sus hijos vuelan a Londres y allí se establecen.

Particularmente me parecieron muy interesantes las reflexiones de Ashkenazy sobre esta nueva etapa en el supuesto “mundo libre”. Como él mismo dice, en el paso de un sistema burocrático, en el que en cierta manera él era un privilegiado, a otro en el que predominaban el interés personal, la competitividad y el consumo, la mezcla de astucia e ingenuidad del artista ruso para lidiar con el régimen soviético ya no valen. Es un nuevo mundo en el que “uno de los principales problemas es saber a quien creer”. Muchos de esos artistas emigrados rusos caen, cuando no en el engaño, en la codicia, en el consumo fácil y en la pérdida de la necesaria independencia y rigor indispensables en un artista.

Después de Londres, la familia Ashkenazy se marcha a vivir a Islandia, país de origen de Dody, y durante años se establecen en Reykiavik, en donde el pianista colabora con la Orquesta Sinfónica de Islandia y comienza su trabajo como director de orquesta. Pero los numerosos compromisos internacionales de Ashkenazy y la dificultad en las comunicaciones con Islandia les llevan a trasladarse a Lucerna (Suiza), en donde siguen residiendo.

Como resumen, decir que en mi opinión se trata de un estupendo libro en el que, además de lo poco reseñado, cualquier interesado en la música podrá hallar originales juicios sobre las principales composiciones que, con la pasión que tuve la suerte de presenciar en el Auditorio Nacional, sigue interpretando Vladimir Ashkenazy.


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