martes, 9 de diciembre de 2014

Acuarelas de Comas Quesada - Vendedores y la vieja pescadería

Por José García Caneiro

 El trueno de las voces pregoneras
rebota en los cristales
como una sinrazón en el vacío;
cherne, viejas, bogas y jureles
que trastocan en gema rutilante
 el brillo sin fulgor de las escamas.
Muestrario hecho de gritos
que escapan del recinto
y, reptando por las losas,
se incrustan, con su aroma, en verdes frutos,
venidos de surcos no labrados
a cobrar su entidad entre los hombres.
Tan sólo tiene esencia
aquello que se ve y que se ofrece,
aquello que se palpa y que revienta
su agridulce sabor en las pupilas.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Finalistas del concurso "Escríbeme una foto" (1)

Con este relato de José Luis Labad, comenzamos a publicar en esta sección los finalistas del concurso literario convocado a raíz de la publicación de la novela Escríbeme una foto (Ediciones de La Discreta, 2014), de David Torrejón, anunciado en la página web de la novela: www.escribemeunafoto.com










DELITO DE AMOR ENTRE LA LLUVIA
de José Luis Labad Martínez


Soy un pésimo escritor, o eso me han hecho creer mis amigos que entienden de estos menesteres mucho más que yo, pero mi cabezonería y empeño, me hicieron adentrarme en una historia que difícilmente olvidaría para el resto de mi vida.

Hacía escasos momentos que había terminado de leer Escríbeme una foto, de un escritor desconocido, de esos, que, como el protagonista de la novela y yo mismo, no pasarían a la historia por sus obras, por buenas que fueran, como era el caso. La historia me cautivó y rápidamente la devoré como hacía tiempo que no lo hacía con otra novela, pero me quedaban algunas cosas que no comprendía y sentía curiosidad por averiguar; incógnitas, que Luis Almansa, el protagonista, había callado por algún motivo desconocido o por puro desconocimiento y que me hicieron ejercer de investigador sin saber de ello ni lo más mínimo.

Miré la foto de la portada una vez más y aunque no era muy buena, pude fijarme en Andrés, el chico del fondo, siempre en segundo plano como en la historia. Su pose, encogida, esquiva y dejando el protagonismo a los hermanos, que en primera fila vestían ropas distintas y de un nivel social más alto, me indicó que siempre estaría en ese lugar, en la sombra y que los habitantes de la Casa de la Vega nunca le habrían dejado pertenecer a ella y, menos aún, después del grave suceso acaecido hacía años con la muerte de Ángel, su mejor amigo y hermano de Carmen.

Así empecé este corto relato, que, sin antes leer la novela, no podría entenderse, por lo que recomiendo al lector que pare este relato y la lea sin dilación si no lo ha hecho todavía.

Conseguí la dirección de Carmen por mediación de un amigo de Hacienda. Ahora entiendo lo que siempre decía mi padre, que hay que tener amigos hasta en el infierno. Estuve muchos días apostado ante su puerta, esperando el momento adecuado para abordarla. Tomaba notas y me imaginaba a esa madura pero hermosa mujer en su casa, sola, sin amigos, sin vida social, con una luz tenue envolviendo su melancolía entre las paredes color salmón, de aquel triste salón, mientras en el viejo tocadiscos sonaba una lenta balada de Serrat que hablaba de un poema de amor. Me entristecía y a la vez me acrecentaba el morbo por averiguar más datos sobre ella. Salía cada mañana, la seguía hasta la oficina, volvía de trabajar y hasta la mañana siguiente no regresaba a la misma rutina. Los fines de semana no salía, solamente entraba una chica con compra y me imagino que a limpiar la gran casa. Pero una noche de lluvia torrencial, después de que la muchacha de servicio saliera, observé como un hombre de mediana edad llamaba al portero automático del lujoso chalet. El portón de entrada empezó a moverse lateralmente y entró rápidamente. Me apresuré a bajar presto del coche, y sin pensarlos dos veces, me colé en la propiedad, a la vez que la puerta se cerraba tras de mí. Pensé que estaba loco por hacer lo que estaba haciendo. Como un vil ratero, reptando y en silencio, me fui escondiendo entre las sombras del seto hasta llegar a un gran ventanal, donde pude ver dos figuras abrazadas. La lluvia en aquellos momentos arreciaba con fuerza. Por suerte para mí, comprobé que el ventanal estaba un poco entornado y si me acercaba lo suficiente, podría escuchar la conversación con claridad, y así lo hice. Estaba a escasos metros de la pareja, oía como le llamaba Andrés y como sus manos recorrían el cuerpo con lujuria y avidez. La escena llegó a excitarme en demasía y no pude contener la erección que sufría debajo del pantalón. Les vi desaparecer entre besos apasionados y caricias sin mesura, y aunque estuve buscando otra ventana para seguir observándoles, no encontré ninguna desde donde pudiera seguir ese preludio amoroso, que tanto me excitaba y que podía acercarme mucho más a esta historia inacabada.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Adiós, hasta mañana, de William Maxwell

En boca de un personaje del chileno Eduardo Barrios se dice: “Las artes nacen de una suerte de infancia perenne que algunas almas logran mantener en sí.”

Una de esas almas es, sin duda, la del propio Eduardo Barrios. Y a mi juicio, otra, gemela en esa capacidad, es la del norteamericano William Maxwell (Lincoln, 1908 – Nueva York, 2000), en cuya obra narraciones, ensayos, memorias es recurrente el tema de su propia infancia. Con esta novela, Adiós, hasta mañana, publicada en 1980, ganó el American Book Award.

En primera persona se narra la infancia de un niño en un pequeño pueblo de Illinois, periodo que está marcado por la muerte de la madre del protagonista, su nueva vida y la efímera amistad con otro niño de la vecindad, Cletus, hasta que se interpone un asesinato. La tragedia afecta directamente a las  familias de los dos amigos y les lleva a separarse.

Cuando, después de unos años, el protagonista va al instituto y tropieza inesperadamente con Cletus, no sabe qué decir. En lugar de enfrentarlo, decide hacerse el despistado. Pero sabe que también su antiguo amigo lo ha visto a él e igualmente ha preferido no saludarlo. Esto marca su vida y es, en realidad, lo que, con el tiempo, ha llevado al narrador a escribir este libro.

En la narración se recrea entonces la relación entre las dos familias amigas que acaba en el crimen y un suicidio posterior. Y sobre esa recreación –y la ficción del escritor sobre hechos del pasado– hay una constante e interesante reflexión:

Lo que todos nosotros (o lo que al menos yo) atribuimos confiadamente a la memoria –entendiendo por ello una escena, un hecho tratado con fijador y por tanto rescatado del olvido-, es en realidad una forma de narración que se desarrolla sin cesar en la mente y que a menudo se transforma al ser contada. Son demasiados los intereses emocionales que entran en conflicto para que la vida llegue a ser nunca plenamente aceptable, y tal vez sea labor del narrador elaborar las cosas de tal modo que se ajusten a este fin. En todo caso, cuando hablamos del pasado mentimos cada vez que respiramos.

Una novela escrita con sinceridad y necesidad, y sencillez. En ella, lo que creo marca la diferencia es esa autenticidad que hace que una novela diga mucho más de lo que aparenta su simple trama.


(Adiós, hasta mañana, de William Maxwell. Libros del Asteroide, 1998.)

lunes, 24 de noviembre de 2014

Entrevista de Ana Gavilanes a José María Merino


(En el último número de La Indiscreta hay una estupenda entrevista hecha por Ana Gavilanes a José María Merino. Aquí la reproducimos, así como un enlace para que podáis acceder a la revista.)



Es usted autor de poesía, de literatura infantil y juvenil, de narrativa, de ensayo… En alguna ocasión ha declarado que le gusta estar constantemente escribiendo, pero ¿tiene algún género por el que sienta debilidad?
La verdad es que no tengo un género preferido. A veces, cuando estoy escribiendo cuentos, pues hay un cuento que me gusta más encontrármelo que otros, ¿no? Cuando acabo un libro de cuentos me meto con una novela. En este momento estoy con una novela, y la verdad es que estoy tan metido en la novela que no puedo pensar casi en otra cosa. El ensayo es diferente porque no es un trabajo que requiera, cómo diría yo, explorar la imaginación tanto como la narrativa o como la poesía en su tiempo. Pero yo no tengo un género preferido. Es decir, lo que sí me gusta es escribir. Escribir es una manera de descifrar el mundo y de descifrarme un poco a mí mismo y, bueno, yo diría que es para mí una gran terapia, aparte de todo.

Parece que en muchas ocasiones toma un paisaje para desarrollar sus obras. Incluso tiene un ciclo titulado “Los espacios naturales”. Pero ¿cómo es ese momento en el que usted toma un paisaje y decide que ese lugar es donde se va a desarrollar nuevos personajes, nuevas historias…?
Yo en eso me siento heredero de los románticos, aunque a estas alturas parezca una barbaridad decirlo, ¿no? Creo que el paisaje, el escenario, es un personaje. Y aunque no lo consideremos demasiado, porque en la obra correspondiente tal vez no tenga mucha importancia, tenemos que ser tan conscientes del escenario como del tiempo. Y a mí el escenario me interesa. Incluso hay libros míos que transcurren, uno, todo él en una supuesta provincia de León (Cuentos del reino secreto), otro en un supuesto barrio de Madrid (Cuentos del barrio del refugio)... Es decir, que el escenario ha cumplido un papel dramático central. Y en un momento determinado pensé que no estaría mal que alguno de los escenarios que a mí me han gustado mucho en la vida, por ejemplo, una isla, como la isla de Cabrera, o una montaña, como la montaña de León, o un río, como el río Tajo cuando nace…, fuesen, digamos, el lugar, el ámbito físico, donde transcurre el drama. Y, por eso, a esos libros los titulé “Los espacios naturales”, porque me proponía que tanto la isla, como la montaña, como el río, tuviesen una importancia dramática en el asunto, que fuesen una especie de personaje. Sin embargo, el escenario, repito, a mí me interesa muchísimo, tanto casi como los comportamientos.

¿Siempre busca el lugar y luego surge la historia, o sucede al contrario?
Depende del género. Por ejemplo, yo siempre digo que el cuento lo tienes que ver desde el primer momento. Tiene que ser una iluminación. A lo mejor, efectivamente, estoy en un lugar y tengo la iluminación. No sé, veo subir una ardilla por un árbol y se me ocurre un cuento que a lo mejor no tiene que ver con la ardilla, ni con el árbol. En la novela es distinto. La novela es un viaje de exploración, ¿no? Y en ese sentido, a veces, efectivamente, un lugar me sugiere, qué sé yo... La sima, que trata de las guerras civiles españolas, surgió cuando empezaron a recuperar gente fusilada, o sea, cuerpos de gente fusilada en la Guerra Civil. Vi una sima donde me dijeron que habían arrojado no sé cuántos cadáveres, y esa sima me dio, fue el embrión de una idea. O sea, que depende. No hay una ley exacta por la cual un lugar determine una historia, sino que a veces la determina y a veces la encuentras en un lugar mientras estás escribiendo la historia.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Jiro Taniguchi, Sky Hawk

Algunos de los cómics (o novelas gráficas, no entiendo de eso) de Taniguchi, como El olmo del Cáucaso, o El caminante, contienen historias contemporáneas leves, sutiles, delicadas, como haikus, o como películas de Ozu. Otros, además de eso, tienen la complejidad de una novela (como La época de Botchan, 7 volúmenes, o El almanaque de mi padre, o mi favorito, el maravilloso Barrio lejano). Otros son incursiones en distintos géneros: la novela de aventuras (El viajero de la tundra, inspirado en las historias del Gran Norte de Jack London), la novela negra (El rastreador), la literatura de montaña (La cumbre de los dioses, en 5 volúmenes espléndidos, un recorrido completo por el mundo del alpinismo), los libros de animales (Seton, 3 volúmenes, uno de ellos, especialmente bueno, dedicado a un lobo). 

            Sky Hawk es un western. Un  western que cuenta con el aval de Moebius que en un breve prólogo dice que cuando el western dejó de hacerse en Hollywood se refugió en los cómics europeos y que Taniguchi es el único autor de manga (mangakas se les llama) capaz de entrar en este género.

El planteamiento de Sky Hawk es muy original. Dos samuráis que han perdido todas las guerras en las que han participado, exiliados a los Estados Unidos durante la Restauración Meiji (1868), acaban yendo a parar a los territorios de caza de los indios crow. Allí entran en contacto con la tribu siux de Caballo Loco y comienzan a vivir con ellos. Enseñan jiu-jitsu a los indios y son testigos de todas las injusticias y atropellos que con ellos cometen los blancos, incumpliendo sistemáticamente todos los tratados que firman. Poco a poco comprueban que sus valores y los de los indios no son muy diferentes y acaban apoyándoles en sus enfrentamientos con el hombre blanco. Unos enfrentamientos que, para no contar más, culminan en la apoteosis de la batalla de Little Big Horn (para contarla Taniguchi asegura haberse documentado mucho, además de haber tomado nota de películas como Pequeño gran hombre, Las aventuras de Jeremías Johnson, Un hombre llamado caballo, Bailando con lobos o El último mohicano, que no son malas referencias).


Por lo que llevo dicho, podría parecer que se trata de un cómic parecido a los del Teniente Blueberry. Y no. Para empezar, son 287 páginas (de tamaño novela, eso sí) que además hay que leer, como todos los cómics de Taniguchi traducidos en España, a la japonesa, es decir, empezando por la que para nosotros es la última página y siguiendo siempre un orden de derecha a izquierda. Pero, sobre todo, es muy japonés, “muy manga”. ¿Qué quiero decir? No sé. Que es muy japonés. Quien haya leído otros cómics de Taniguchi quizá lo entienda. Doscientas ochenta y siete páginas llenas de aventuras y peripecias (en las que aparecen “viejos conocidos” nuestros, como Toro Sentado o el general –realmente teniente coronel– Custer), con las que tal vez disfruten no solo los amantes del western.

Jiro Taniguchi Sky Hawk (Ponent Mon, 2010)

martes, 11 de noviembre de 2014

Los otros clásicos XXX- Alonso Pérez


Nadie se acuerda ya del brillante escritor Alonso Pérez, natural de Don Benito (Badajoz), estudiante en Sigüenza y catedrático en el Colegio del Arzobispo de la Universidad de Salamanca. Amigo íntimo de Jorge de Montemayor, a la muerte de ése se consideró la persona más adecuada para continuar su famosa novela pastoril Los siete libros de Diana (1559), y dio a la imprenta La Segunda Diana (1563), obra con la que se anticipó en un año a la también celebérrima Diana enamorada, del valenciano Gaspar Gil Polo (1564). La obra de Alonso Pérez se leyó tanto o más que la de Gil Polo (de hecho, a lo largo del siglo XVI fue mucho más reeditada); sin embargo, en aulas y manuales de nuestro tiempo se repite sin cesar que la Diana enamorada es la primera continuación de la entrega pastoril de Montemayor, dando al olvido La Segunda Diana de Alonso Pérez, sin que a mi juicio haya razón alguna para hacerlo, pues se trata de una pieza de tanta calidad como la de Gil Polo (y superior, incluso, a otras continuaciones posteriores). Su prosa raya a gran altura y sus versos –abundantísimos, como exige el género– son tan bellos como los de este soneto, donde la intencionada pobreza de las rimas se ve sobradamente compensada por el magistral empleo del paralelismo.

XXX.- Alonso Pérez (¿? – 1596)

Si lágrimas amando derramamos, 
si fatigas amando padecemos, 
regalos son de amor que no entendemos, 
regalos son de amor que no alcanzamos.

Si pasiones amando desechamos, 
si sospiros amando aborrecemos, 
regalos son de amor que no queremos,
regalos son de amor que desdeñamos.

Las sospechas de ser aborrescidos, 
los celos de la dama demandados, 
regalos son de amor mal entendidos.

No fingir sin por qué no ser amados, 
no pensar sin razón no ser queridos, 
regalos son de amor menospreciados.

martes, 4 de noviembre de 2014

“Caminería”. Más que una nueva entrada en el Diccionario de la lengua española

Una de las nuevas palabras que incluye la 23ª edición del Diccionario de la lengua española impulsado por la Real Academia Española es “caminería”, en cuya primera acepción leemos “conjunto de caminos” y cuya segunda acepción reconoce el término como "estudio de las vías de comunicación en relación con su entorno geográfico y cultural".

Las palabras se imponen por la fuerza del uso de los hablantes o por la relevancia de lo que nombran. Este es, sin duda, el caso de “caminería”, voz que enuncia, sobre todo, una disciplina rigurosamente transversal que estudia con el mayor detalle la aportación de los caminos desde el punto de vista de la ingeniería, la arquitectura, la geografía, la economía, la historia, el arte, la lengua y la literatura.
Y vayamos cuanto antes al artífice de la disciplina, y por lo tanto también al padre intelectual de la idea y de la palabra que la nombra. No habría caminería sin su principal impulsor, el eminente filólogo Manuel Criado de Val, que a sus noventa y siete años, aun privado de la vista, sigue brindando una monumental lección de lucidez y trabajo que corona ejemplarmente su trayectoria magistral como docente y como investigador.

Don Manuel, presidente de la Asociación Internacional de Caminería Hispánica, ha promovido desde 1992 hasta este mismo año doce congresos internacionales que han reunido año tras año a todos aquellos investigadores que han sabido plantearse el valor de los caminos a la luz de las más variadas aproximaciones científicas, convirtiendo la investigación interdisciplinar en una realidad fecunda alumbrada por la experiencia, el diálogo y la diversidad metodológica. Me basta recordar las valiosísimas intervenciones, propuestas tanto por ingenieros como por humanistas, que animaron el coloquio correspondiente a la mesa redonda que en el último congreso, celebrado en Madrid en junio de 2014, dedicamos a las últimas investigaciones sobre el Quijote de Avellaneda: caminos literarios que abren y allanan otros caminos.

No es casual que la Universidad de San Nicolás de Hidalgo de Morelia (México) haya instituido la Cátedra de Caminería que lleva su nombre, ni es un logro menor que quien ha vivido para las Humanidades haya sido capaz de conseguir, con el esfuerzo de todos sus colaboradores, que la hermosa palabra que ha dado sentido a sus principales esfuerzos durante estos últimos veintidós años forme parte ya para siempre del tesoro léxico de los hispanohablantes.


Ojalá el profesor Criado de Val siga mucho tiempo alumbrando los caminos que desde hace tiempo, y gracias sobre todo a su impulso, tienen otro sentido y otro valor, y ojalá sigamos teniendo la dicha de seguir caminando a su lado para intentar conocerlos y entenderlos mejor.

lunes, 27 de octubre de 2014

Acuarelas de Comas Quesada - Artesanía en barro


Por José García Caneiro

ARTESANÍA EN BARRO

Panzudas criaturas,
perfil de barro
y alma obscura,
surgidas del limo y de las aguas,
forjadas por el fuego y unas manos

muertas de arrugas y esperanza.
Celebrarán, humildes y calladas,
el gran ceremonial del sol,
hundiendo en su sombrío corazón
reflejos de un espejo marginado.
Caderas de mujer,
nacidas en cálido solar;
cerámico e ignoto palpitar
de un vientre que, un día,
albergará
la inmensa claridad del agua clara.

lunes, 20 de octubre de 2014

Martín López-Vega, La eterna cualquiercosa



Me gustan mucho los poetas asturianos. Es raro, porque son muchos buenos. Quizá se hayan contagiado unos a otros. Víctor Botas, García Martín, José Luis Piquero, Xuan Bello, Martín López-Vega, Javier Almuzara,  Silvia Ugidos, Pelayo Fueyo… Me gusta la idea de que sean (o hayan sido, no sé) amigos. Los solitarios echamos de menos haber pertenecido alguna vez a un gremio. En “Yendo a casa de Xuan Bello con unas semillas que le traigo de Portugal”, precioso poema de este libro, están aquellos días de hermandad. Hay muchos más poemas memorables (“Roscoe”, “Una manzana para Margarita”, “Junio, “El polvo de la manada”, “La eterna cualquiercosa”…). Más que hablar de ellos, me gustaría copiarlos aquí. La mejor literatura pide ser repetida, más que explicada.

 A Martín López-Vega lo sigo desde hace bastantes años (“muchos” sería excesivo para un autor joven). Creo que desde Travesías, que incluía aquel glorioso verso: “Qué feliz eres, cabrón”.  Y a propósito de este verso, tengo la impresión de que los poemas de plenitud han ido disminuyendo en sus libros desde entonces. Cada vez hay más meditación sobre el tiempo, bien bajo la forma de regreso a un pasado mítico, bien bajo la de impasible avance hacia la desaparición. En todo caso, en sus libros -en los de poesía, en los de viajes, en las traducciones-, en todos ellos siempre he encontrado páginas muy gratas.
Acabo con esta maravilla:

Recolocar una estrella caída.
Un gallo nuevo para San Pedro y pintarle la cresta.
Poner una piedra en la honda de David.
Dorar y poner plumas nuevas en el ala izquierda del Ángel de la Guarda.
Pendientes nuevos para la hija de Abraham.
Adornar el arca de Noé.
Corrección de los diez mandamientos.
Renovar el cielo y lavar la luna.
Retocar el purgatorio y añadirle almas nuevas.
Avivar las llamas del infierno y varios arreglos a los condenados.
Limar las uñas del diablo.
(“Relación de reparaciones efectuadas en la iglesia del Bom Jesús de Braga en 1853 según consta en la factura del Maestro De Obras”)

Martín López-Vega La eterna cualquiercosa (Valencia: Pre Textos, 2014)

lunes, 13 de octubre de 2014

Una prosa apátrida de Julio Ramón Ribeyro

Hace ya más de un siglo que esa idea de un espacio y un tiempo como escenarios inertes en el que desarrollamos nuestra vida fue derogada. Y hoy sabemos que también nosotros somos parte inextricable de ese tejido espacio-temporal. En la física actual se conjetura con que las partículas materiales no sean otra cosa que una especial conformación del espacio y el tiempo. Sin embargo, lo misterioso sigue siendo cómo nuestra inteligencia es capaz de utilizar ese mismo material para convertirlo en poesía.

Julio Ramón Ribeyro –del que ya se habló en otra entrada de este blog– parecía ser consciente de esto. Lo dice en una de sus “prosas apátridas”:

El hecho material de escribir, tomado en su forma más trivial si se quiere –una receta médica, un recado- es uno de los fenómenos más enigmáticos y preciosos que puedan concebirse. Es el punto de convergencia entre lo invisible y lo visible, entre el mundo de la temporalidad y el de la espacialidad. Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era solo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo. Pero tan prodigioso como escribir es leer, pues se trata de realizar la operación justamente contraria: temporalizar lo espacial, aspirar hacia el recinto inubicuo de la conciencia y de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión de grafismos convencionales, de trazos que para un analfabeto carecen de todo sentido, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y a reconvertir en su sustancia primera. Así, toda nuestra cultura está fundada en un ir y venir de conceptos y sus representaciones, en un permanente comercio entre mundos aparentemente incompatibles pero que alguien, en un momento dado, logró comunicar, al descubrir un pasaje secreto a través del cual podía pasarse de lo abstracto a lo concreto, gracias a una treintena de figuras que se fueron perfeccionando hasta constituir el alfabeto.