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lunes, 29 de diciembre de 2014

Finalistas del concurso "Escríbeme una foto" (y 4)

(Con este último relato de Adrián Clemente, finalista del concurso literario convocado a raíz de la novela Escríbeme una foto (Ediciones de La Discreta, 2014), de David Torrejón, anunciado en la página web: www.escribemeunafoto.com, cerramos esta sección.)











DEPENDENCIAS
Por Adrián Clemente

Volví a contemplar la foto que durante tantos años había estado perdida, donde mis dos hermanos y yo habíamos sido plasmados en miniatura. Yo mantenía una ridícula pose, alzando mis dedos índice y corazón en señal de victoria. Mi hermano mediano, Ray, tenía la mueca estúpida en su rostro que yo siempre había odiado y que él usaba como protesta ante mi comportamiento, mi actitud o mis salidas del tiesto. Mi hermano mayor, Tim, sonreía mientras mimaba a nuestro querido perro. La fotografía apenas tenía los bordes quemados, pero no conseguía quitarle la pátina de ceniza y todo: la foto, encontrarla entre los escombros, el paisaje que ya no reconocía como de mi infancia me hizo echar la mirada atrás, hacer retrospectiva de nuestra vida cuando éramos niños. Recordaba especialmente las tardes de tormenta: los relámpagos caían y Tim me tranquilizaba, convenciéndome de que los truenos que rodaban por la ladera, atronadores, no suponían ninguna amenaza. El siempre había sido muy cercano para mí, al contrario que Ray, quien fue adalid de su causa. Defendía que yo tenía que aprender a cuidarme por mí misma. Se desentendía de mí. Él fue el primero en salir, sin mirar atrás. Tim regresó tras sacarme a mí a por el perro.
Los vimos danzar como antorchas en la noche. Ray me sujetaba el hombro. Los dos permanecimos inmóviles.
El fuego había alcanzado ya el cabo de la vela, estaba a punto de extinguirse, así que guardé la foto en mi bolsillo y abandoné la ruinosa construcción. Me volví para contemplar una vez el esqueleto de nuestra vieja casa de verano. Ray, al volante, no se volvió a mirar atrás cuando le dije que ya podíamos continuar nuestro viaje.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Finalistas del concurso "Escríbeme una foto" (3)

Publicamos la tercera entrega de los finalistas del concurso literario convocado a raíz de la novela Escríbeme una foto (Ediciones de La Discreta, 2014), de David Torrejón, anunciado en la página web de la novela:
www.escribemeunafoto.com.
En este caso, el relato "Tres", de Miguel Hernández del Valle.









TRES
Miguel Hernández del Valle

Encontré esta foto hace ya algunos años. Estaba investigando la desaparición de tres niños, y las pistas me llevaron hasta una pareja de unos cincuenta años. Las cámaras de un centro comercial captaron a una mujer mayor hablando con la niña desaparecida la tarde que sus padres la vieron por última vez. Me mandaron a hablar con ella, y me dirigí a su casa, que estaba  en un barrio residencial. Sarah y Edward Abbott (así se llamaban), no eran en realidad un matrimonio. Eran hermanos, y tenían otro hermano un poco mayor llamado Jonathan que vivía en otra ciudad. No eran sospechosos serios, sólo queríamos preguntarles si habían visto algo extraño aquella tarde.

Me quedé descolocado cuando la mujer abrió la puerta. Según nuestros archivos, debía tener  cincuenta y cinco años, pero parecía estar a punto de cumplir los setenta. No era una de esas personas a las que su aspecto descuidado hace parecer viejas, simplemente es como si el tiempo pesase más sobre sus hombros que sobre los de los demás. Me invitó a entrar con tono amable y algo sorprendido. La típica reacción de alguien que no sabe lo que está pasando. Me ofreció un té con galletas, como cualquier viejecita común. Me hizo esperar en el salón mientras ella subía a avisar a su hermano. En ese tiempo, inspeccioné la estancia. La decoración era bastante antigua, como pasada de moda. Tenían todo lleno de adornos, como si fueran coleccionistas de pequeñas antigüedades o algo así. En la repisa de la vieja chimenea tenían tres marcos, con fotos antiguas. Pero hubo uno que me llamó especialmente la atención, uno con un marco muy sencillo, que se encontraba al lado de una vela negra. A simple vista no tenía nada especial: una foto antigua en la que aparecían los tres hermanos de pequeños. Sarah  tendría unos nueve años, Edward once o así, y Jonathan trece más o menos. Estaban en el campo, seguramente de picnic o de excursión. Los tres iban bien vestidos, con polos los pequeños, y camisa el mayor. La niña estaba agachada, abrazando a un perrito. Sonreía, al igual que su hermano mediano. Sin embargo,  Jonathan parecía muy serio, casi enfadado. Sospeché que estaría enfurruñado por tener que cuidar de sus hermanos. Esos roces son muy normales a esas edades. La escena parecía tremendamente cotidiana. Pero había algo que me extrañaba terriblemente, una corazonada inexplicable. Algo dentro de mí me decía que en esa foto había algo importante, algo que yo no lograba ver.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Finalistas del concurso "Escríbeme una foto" (2)

Continuamos, con este relato de Manuel López Franco, la publicación de los finalistas del concurso literario convocado a raíz de la novela Escríbeme una foto (Ediciones de La Discreta, 2014), de David Torrejón, anunciado en la página web de la novela: www.escribemeunafoto.com





ESTABA TAN CENTRADO EN ENCONTRAR LO QUE BUSCABA
de Manuel López Franco



Estaba tan centrado en encontrar lo que buscaba que no se me ocurrió levantar la persiana para que entrase un poco de luz, algo que chocó a mi mujer.
–¿Qué haces a oscuras?
–Busco una fotografía vieja.
–Pues no creo que vayas a encontrarla ahí –dijo con certeza mientras encendía la luz–, las fotos están en otro sitio.
–Esta no; estoy seguro que la dejé por aquí.
Mientras escarbaba en el cajón que hay en todas las casas para guardar las cosas que no se sabe dónde guardar, pensé en la frustración perenne de no encontrar algo que necesitas por más que lo busques, lo que hace que en ese momento adquiera una importancia que dejará de tener cuando aparezca; es decir: volverá a tener la escasa importancia que hizo que se despistase su ubicación.
–¿Y de qué era la foto? –preguntó mi mujer, posiblemente más por curiosidad que por ayudarme.
–Creo que de alguien con un perro… no sé, en el campo… la verdad es que no la recuerdo muy bien, pero seguro que la reconozco cuando la vea.
Mi mujer, con ese sentido práctico tan suyo, se dirigió directamente al cajón donde se guardaban las fotografías.
–¡Qué barbaridad! –dijo enseñando una foto mía de hacía más de veinte años –. Hay que ver lo que hace el tiempo… ¡mira, aquí hay una de cuando estuvimos en Moscú!
–La que buscamos es de color sepia, de alguien con un perro…
–Vale, vale… ¿y se puede saber qué interés tienes en esa foto?
–Es que quiero escribir un relato para un concurso y tiene que ser sobre la historia que yo crea que hay tras esa foto. Y claro, sin foto no es lo mismo.
–Pero si más o menos recuerdas cómo es, tendría que bastarte…
No sabía si me crispaba más la búsqueda infructuosa o el comentario baladí sobre el objetivo de la misma, de modo que respiré hondo y con disimulo antes de responder.
–Pero es que no quiero escribir basándome en un más o menos. ¿Y si olvido partes de la foto que son especialmente trascendentes? ¿Presentarías tú a un concurso sobre la historia que hay detrás de una foto una que no tenga nada que ver con ella? –esperé unos segundos una respuesta que no llegó–. Yo no.
–Pues qué quieres que te diga –respondió distraídamente–. No le veo ningún problema. Porque, vamos a ver –se volvió hacia mí sin sacar las manos del cajón–: Tú recuerdas que había alguien con un perro en el campo. Pues escribe la historia de alguien que va con un perro por el campo.
–Ya… pero por ejemplo no recuerdo si ese alguien era hombre o mujer, niño o niña, si era uno o eran varios, o si el campo era montañoso o no… ni siquiera si el perro era grande o pequeño, y con esos datos podría llegar a escribir una historia imposible y hacer el ridículo.
Cerró el cajón para dirigirse a una caja de cartón en la que guardaba los papeles de hacienda de un montón de años.
–Si está ahí ya me lo creo todo –dije socarrón.
–Lo que está claro es que no está en su sitio, y por lo tanto tendrá que estar en un sitio que no es el suyo.
–¿Tú crees que todo lo que no está en su sitio está necesariamente en un sitio que no es el suyo? –pregunté sin muchas ganas de polémica; más bien por no callar.
–Ya me dirás dónde si no –cortó tajante–. Creo que con lo que recuerdas y tu habilidad tienes más que suficiente para escribir esa historia. ¿Tiene que ser muy larga?
–Mil quinientas palabras.
–Pues entonces no hay problema. Al ser tan corto no tendrás mucha necesidad de definir lo que haya en la foto; con citarlo un poco de refilón tendría que valer.
–Pero si encuentro la foto no tendré que hacer eso. Lo normal es pensar que voy a encontrar la foto, no proponer una alternativa forzada mientas la buscamos. Vamos, digo yo.
–Lo único que intento es anticiparme a la posibilidad de que no aparezca. Además, si tuvieses una alternativa razonable no estarías tan acelerado y seguramente podrías encontrar la foto más fácilmente.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Finalistas del concurso "Escríbeme una foto" (1)

Con este relato de José Luis Labad, comenzamos a publicar en esta sección los finalistas del concurso literario convocado a raíz de la publicación de la novela Escríbeme una foto (Ediciones de La Discreta, 2014), de David Torrejón, anunciado en la página web de la novela: www.escribemeunafoto.com










DELITO DE AMOR ENTRE LA LLUVIA
de José Luis Labad Martínez


Soy un pésimo escritor, o eso me han hecho creer mis amigos que entienden de estos menesteres mucho más que yo, pero mi cabezonería y empeño, me hicieron adentrarme en una historia que difícilmente olvidaría para el resto de mi vida.

Hacía escasos momentos que había terminado de leer Escríbeme una foto, de un escritor desconocido, de esos, que, como el protagonista de la novela y yo mismo, no pasarían a la historia por sus obras, por buenas que fueran, como era el caso. La historia me cautivó y rápidamente la devoré como hacía tiempo que no lo hacía con otra novela, pero me quedaban algunas cosas que no comprendía y sentía curiosidad por averiguar; incógnitas, que Luis Almansa, el protagonista, había callado por algún motivo desconocido o por puro desconocimiento y que me hicieron ejercer de investigador sin saber de ello ni lo más mínimo.

Miré la foto de la portada una vez más y aunque no era muy buena, pude fijarme en Andrés, el chico del fondo, siempre en segundo plano como en la historia. Su pose, encogida, esquiva y dejando el protagonismo a los hermanos, que en primera fila vestían ropas distintas y de un nivel social más alto, me indicó que siempre estaría en ese lugar, en la sombra y que los habitantes de la Casa de la Vega nunca le habrían dejado pertenecer a ella y, menos aún, después del grave suceso acaecido hacía años con la muerte de Ángel, su mejor amigo y hermano de Carmen.

Así empecé este corto relato, que, sin antes leer la novela, no podría entenderse, por lo que recomiendo al lector que pare este relato y la lea sin dilación si no lo ha hecho todavía.

Conseguí la dirección de Carmen por mediación de un amigo de Hacienda. Ahora entiendo lo que siempre decía mi padre, que hay que tener amigos hasta en el infierno. Estuve muchos días apostado ante su puerta, esperando el momento adecuado para abordarla. Tomaba notas y me imaginaba a esa madura pero hermosa mujer en su casa, sola, sin amigos, sin vida social, con una luz tenue envolviendo su melancolía entre las paredes color salmón, de aquel triste salón, mientras en el viejo tocadiscos sonaba una lenta balada de Serrat que hablaba de un poema de amor. Me entristecía y a la vez me acrecentaba el morbo por averiguar más datos sobre ella. Salía cada mañana, la seguía hasta la oficina, volvía de trabajar y hasta la mañana siguiente no regresaba a la misma rutina. Los fines de semana no salía, solamente entraba una chica con compra y me imagino que a limpiar la gran casa. Pero una noche de lluvia torrencial, después de que la muchacha de servicio saliera, observé como un hombre de mediana edad llamaba al portero automático del lujoso chalet. El portón de entrada empezó a moverse lateralmente y entró rápidamente. Me apresuré a bajar presto del coche, y sin pensarlos dos veces, me colé en la propiedad, a la vez que la puerta se cerraba tras de mí. Pensé que estaba loco por hacer lo que estaba haciendo. Como un vil ratero, reptando y en silencio, me fui escondiendo entre las sombras del seto hasta llegar a un gran ventanal, donde pude ver dos figuras abrazadas. La lluvia en aquellos momentos arreciaba con fuerza. Por suerte para mí, comprobé que el ventanal estaba un poco entornado y si me acercaba lo suficiente, podría escuchar la conversación con claridad, y así lo hice. Estaba a escasos metros de la pareja, oía como le llamaba Andrés y como sus manos recorrían el cuerpo con lujuria y avidez. La escena llegó a excitarme en demasía y no pude contener la erección que sufría debajo del pantalón. Les vi desaparecer entre besos apasionados y caricias sin mesura, y aunque estuve buscando otra ventana para seguir observándoles, no encontré ninguna desde donde pudiera seguir ese preludio amoroso, que tanto me excitaba y que podía acercarme mucho más a esta historia inacabada.