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lunes, 17 de noviembre de 2014

Jiro Taniguchi, Sky Hawk

Algunos de los cómics (o novelas gráficas, no entiendo de eso) de Taniguchi, como El olmo del Cáucaso, o El caminante, contienen historias contemporáneas leves, sutiles, delicadas, como haikus, o como películas de Ozu. Otros, además de eso, tienen la complejidad de una novela (como La época de Botchan, 7 volúmenes, o El almanaque de mi padre, o mi favorito, el maravilloso Barrio lejano). Otros son incursiones en distintos géneros: la novela de aventuras (El viajero de la tundra, inspirado en las historias del Gran Norte de Jack London), la novela negra (El rastreador), la literatura de montaña (La cumbre de los dioses, en 5 volúmenes espléndidos, un recorrido completo por el mundo del alpinismo), los libros de animales (Seton, 3 volúmenes, uno de ellos, especialmente bueno, dedicado a un lobo). 

            Sky Hawk es un western. Un  western que cuenta con el aval de Moebius que en un breve prólogo dice que cuando el western dejó de hacerse en Hollywood se refugió en los cómics europeos y que Taniguchi es el único autor de manga (mangakas se les llama) capaz de entrar en este género.

El planteamiento de Sky Hawk es muy original. Dos samuráis que han perdido todas las guerras en las que han participado, exiliados a los Estados Unidos durante la Restauración Meiji (1868), acaban yendo a parar a los territorios de caza de los indios crow. Allí entran en contacto con la tribu siux de Caballo Loco y comienzan a vivir con ellos. Enseñan jiu-jitsu a los indios y son testigos de todas las injusticias y atropellos que con ellos cometen los blancos, incumpliendo sistemáticamente todos los tratados que firman. Poco a poco comprueban que sus valores y los de los indios no son muy diferentes y acaban apoyándoles en sus enfrentamientos con el hombre blanco. Unos enfrentamientos que, para no contar más, culminan en la apoteosis de la batalla de Little Big Horn (para contarla Taniguchi asegura haberse documentado mucho, además de haber tomado nota de películas como Pequeño gran hombre, Las aventuras de Jeremías Johnson, Un hombre llamado caballo, Bailando con lobos o El último mohicano, que no son malas referencias).


Por lo que llevo dicho, podría parecer que se trata de un cómic parecido a los del Teniente Blueberry. Y no. Para empezar, son 287 páginas (de tamaño novela, eso sí) que además hay que leer, como todos los cómics de Taniguchi traducidos en España, a la japonesa, es decir, empezando por la que para nosotros es la última página y siguiendo siempre un orden de derecha a izquierda. Pero, sobre todo, es muy japonés, “muy manga”. ¿Qué quiero decir? No sé. Que es muy japonés. Quien haya leído otros cómics de Taniguchi quizá lo entienda. Doscientas ochenta y siete páginas llenas de aventuras y peripecias (en las que aparecen “viejos conocidos” nuestros, como Toro Sentado o el general –realmente teniente coronel– Custer), con las que tal vez disfruten no solo los amantes del western.

Jiro Taniguchi Sky Hawk (Ponent Mon, 2010)

viernes, 7 de septiembre de 2012

El trampero. (Mountain Man) Vardis Fisher. Valdemar.

 He gozado de muchas conversaciones que revoloteaban por una película inolvidable: Las aventuras de Jeremías Johnson, de Sydney Pollack (1972). Es una de las pocas que me han procurado la sensación de deslizarme por el tiempo que se narra, los años que Jeremías Johnson pasa en las Montañas Rocosas aprendiendo a sobrevivir, a amar, a odiar y a perdonar. Con mi amigo Juan Luis Cobo, múltiples frases de la película se han conformado en contraseñas secretas, en citas sorpresa cuyo reconocimiento tácito es tan inmediato como gratificante. Siempre polivalentes, como versículos de un evangelio salvaje.

Pues bien, cuando me enteré de que se había publicado por fin en España la novela que dio origen a la película, me faltó tiempo para conseguirla y zampármela a lo largo de tres noches escogidas. La sorpresa no fue pequeña. Poco o casi nada de la novela se puede reconocer en esa película que me sé casi de memoria. Apenas un puñado de frases, y no de las más memorables, el apunte de algún personaje, o la inspiración de escasos momentos de la trama. Ni siquiera su protagonista es nuestro Jeremías, sino Sam Minard, un trampero —o Mountain Man— que sólo tangencialmente coincide con el mejor personaje que jamás interpretara Robert Redford. Ambos personajes, Minard y Johnson, toman como referencia la vida de otro singular aventurero, John Comehígados Johnson, que, según la leyenda, mató a los indios Crow que asesinaron a su mujer e hijo, y devoró sus hígados para enfatizar su fiera venganza. También el libro de Raymond W. Thorp y Robert Bunker, Crow killer, es una fuente del guión; pero no conozco la obra.


El Sam Minard de la novela no tiene nada que ver con los Johnson. De hecho, es un voraz y elaborado gastrónomo cuyas apetencias culinarias se decantan por la carne del bisonte o del uapití, el enorme ciervo americano, además de las numerosas especies animales y vegetales de los linderos de Yellowstone. Nada de hígados crow. Del libro bien se podría extraer un apetitoso número de recetas, tan remotas como sugerentes, acerca de las maneras más sensatas de asar la carne o preparar salchichas o panecillos. Explora incansablemente el mundo de los sentidos. Adquieren especial consistencia y protagonismo los sabores, los olores, los sonidos, las sensaciones físicas que se traducen en emociones del hombre sensitivo y sensible. Sam conjuga su oído y olfato para afrontar las penalidades de la supervivencia, para procurarse caza, o evitar que lo cacen a él. Sabrá, por ejemplo, ocultar su presencia en territorio hostil revolcándose en salvia o en humo de hierbas aromáticas. Y la historia de amor entre Sam Minard y Lotus, su joven squaw comprada a los flatheads, compone otro repertorio de goces físicos entreverados de placeres espirituales. Sam quiere compartir con su mujer no sólo su lecho, sino sus percepciones y su filosofía.

Además, el buen Sam Minard es un melómano inusitado, capaz de enhebrar con su armónica a Beethoven con Corelli, por poner un ejemplo, y celebrar de manera casi pitagórica o frayluisiana la oculta música de la naturaleza, el canto delicado del sinsonte o el desatado estruendo de la tormenta. Sam Minard es, además de un hombre de aventura, un bon vivant de la vida agreste, un filósofo vital de lo efímero, alguien que hace del Carpe diem un catecismo riguroso y una continua celebración de la vida.


Al mismo tiempo, el sorprendente Minard combina y contrasta su alegría de vivir con cierto fatalismo darwinista. Todas las criaturas vivas son depredadoras o víctimas, y ello no excluye a los hombres y sus miserias. Su libertad irrenunciable y su paladeo vital pueden verse truncados el mejor día por una flecha o unas fiebres, y en cualquier caso el horizonte de la existencia no es eterno. Admira la lucha por la vida, tanto en las bestias como en los hombres, y es capaz de conmoverse tanto por dos ciervos luchadores trabados por las cornamentas y cercados de lobos, como por el valor de un joven crow decidido a matarlo a él mismo, armado únicamente con su cuchillo y su ansia juvenil de gloria. La venganza, tema central de las tres historias (la fílmica, la novelística y la legendaria), ocupa buena parte del libro, así como los conflictos internos del hombre bueno de la montaña, el buen salvaje ilustrado y melómano, abocado al deber sagrado de cobrar con sangre la sangre de los seres queridos injustamente vertida.

También sorprenderá al lector la inmensa importancia de otro personaje que en la película aparece más relegado: Kate Bowden, la “mujer loca”, que pierde a su familia a manos de los indios pies negros, y que consagra su existencia a la delirante comunión diaria con sus difuntos. Este personaje adquiere una importancia fundamental, al configurar para Sam Minard —y para el lector— un poderoso y sufriente contraste, y encarnar la idea de la familia perdida, el dolor inmenso de la mutilación afectiva.

He de decir que leyendo el libro he admirado aún más la sabiduría de los guionistas de Jeremías Johnson, John Milius y Edward Anhalt. Supieron construir una narración autónoma e independiente, con diálogos breves y exactos, combinando hechos históricos y legendarios con ocasionales hallazgos de la novela de Vardis Fisher. Esa película definitiva, en la que el tiempo fluye como el personaje de una subtrama, debe mucho más a la novela por las impresiones que deja que por sus concreciones narrativas. Cómo apetece volver a verla y comprobar que las buenas narraciones no envejecen, sino que se agrandan.


En suma, recomiendo el libro a quienes han disfrutado de la inmejorable película de Pollack, precisamente por lo poquísimo que se parecen —y creo no haber destripado ningún dato relevante—, y porque, de alguna manera, les espera otro festín de sabor similar aunque aderezado con distintos ingredientes. Al término de su lectura, la vida se abrirá de nuevo con una sinfonía de propuestas infinitas.  

lunes, 5 de marzo de 2012

El revólver de Buffalo Bill


Me gustan las novelas escritas con entusiasmo por lo que cuentan, y ésta lo derrocha en cada página. Puede parecer caprichoso, forzado o estrafalario que se narre una aventura de Buffalo Bill en la Barcelona de 1889, y sin embargo existe la circunstancia histórica que lo permite. En efecto, Buffalo Bill visitó Barcelona en diciembre de 1889, junto con la troupe de su Buffalo Bill’s Wild West. Annie Oakley o los sioux que combatieron a Custer estuvieron allí mismo (a estas alturas, me resisto a poner siux, como manda la Academia).


Vaya por delante que he disfrutado mucho con la novela. La Barcelona de 1889 se refleja de manera tan verosímil como el propio espectáculo cirquense de Buffalo Bill. Jordi Solé no escatima en detalles, que conoce profundamente para alborozo del aficionado al Far West. Las alusiones a la batalla de Little Big Horn, o al contraste entre las hazañas reales del explorador William Frederick Cody y las inventadas acerca de Buffalo Bill confieren a la novela una textura temporal más que convincente. La presencia de la epidemia de gripe, o las referencias a la Exposición Universal del año anterior ambientan la ciudad con pulso y progresión. Hay referencias a otros personajes históricos como Caballo Loco o Annie Oakley, lo mismo que a Gaudí, a Gayarre, a Santiago Rusiñol o a Isaac Peral. La poética del contraste funciona admirablemente como trasfondo de una trama más o menos convencional poblada por personajes también un tanto convencionales.


Y, curiosamente, ese convencionalismo no es un demérito de la novela, sino un acierto formal. Me explicaré. El narrador, un anciano centenario que recuerda una aventura de su juventud —imposible no evocar al Jack Crabb de Pequeño Gran Hombre—, cuenta a su nieta la aventura de su vida. Por qué el mismísimo Buffalo Bill le regaló un revólver. Todo comienza en 1889, cuando el joven Pol Vidal se abre camino como periodista en Barcelona, y, dado su conocimiento del inglés, intenta hacerse con una entrevista exclusiva del gran Buffalo Bill. A partir de aquí conocemos una serie de personajes que responden a conocidos arquetipos: el joven periodista con talento y sin dinero; la prostituta de la que se enamora, flor caída con buen corazón; un chulo siciliano que mezcla tópicamente el italiano con el castellano y se acompaña de un esbirro brutal; el jefe del muchacho, exigente pero bondadoso; una bellísima india sioux discreta, callada y valerosa; una madame de burdel descreída y sofisticada… Naturalmente los indios son nobles y altivos; los políticos, corruptos; los policías, duros y venales… Buffalo Bill es una estrella casi actual, que se dedica a beber, a ligarse famosas y a sacar adelante su espectáculo y su propia leyenda. Incluso las fugaces apariciones de los personajes históricos locales son de evidente oportunidad: Isaac Peral prueba su submarino en el puerto, y Antoni Gaudí se libra por los pelos de ser arrollado por un tranvía.


Y sin embargo, la novela funciona. O precisamente por eso. En ningún momento olvida Jordi Solé que la gracia del asunto está en componer un western tradicional. Unos personajes más elaborados o con más complejidades personales no casarían bien con el género. Basta con que sean convincentes, que la historia discurra sin tropiezos y que la novela alcance su objetivo. La mixtura entre novela policiaca a lo Caso Savolta (con entramado de prostitución e intereses políticos) y novela popular del oeste (con sus indios, y sus tiroteos) se arriesgaría en otras manos a caer en la parodia —o peor, en lo parodiable—, y Jordi Solé se toma muy en serio el asunto. Necesita que la trama no se empantane y fluya con rapidez, mientras el lector-espectador se fascina con el circo de Buffalo Bill y sus bambalinas, con los sioux de paseo por Barcelona, con los contratiempos del clima y la gripe, con las anécdotas y sucedidos que acontecen a esas míticas gentes de la frontera perdidas en una ciudad mediterránea. Ahondar en las psicologías podría producir una distracción innecesaria en este circo tan bien llevado.  Pero tampoco se quede el lector con la impresión de que los personajes quedan pobres o mal dibujados. Recurrir a los convencionalismos puede ser una muestra de madurez, de oficio de narrador, a condición de que se empleen para reforzar la maquinaria narrativa, como es el caso, y de que los personajes queden bien plasmados. Y por otra parte, algunos personajes como John Burke, el factótum de Buffalo Bill, o la artista de la puntería Annie Oakley, adquieren una consistencia más robusta y desarrollada que la de simples figurantes en la historia. 


Gracias a estos personajes sencillos utilizados como en el western clásico, o el teatro de Lope, si queremos ejemplos más conspicuos, la novela se permite ir en la dirección que nos interesa tanto al escritor como a los lectores. La “suspensión de la incredulidad” se consigue en la investigación sobre la joven india secuestrada, o en el clímax de la novela, que es como debe ser y no nos hubiéramos contentado con otro. No lo destriparé; pero, desde luego, hay tiros y de los buenos. Al fin y al cabo, esta novela es un western que transcurre en Barcelona.


Sólo me sobran, creo yo, algunos detalles del anticlímax. Pero me lo he pasado tan bien con esta novela, que me los callo porque me da la gana. La subjetividad es lo que tiene, y la novela y su autor lo merecen. Es estupenda para leerla de un tirón, en una tarde; o incluso para sacar de ella una película más que estimable. Y, desde luego, para evocar un episodio muy singular en la historia de la cosmopolita Barcelona. Y del Far West.

(El revólver de Buffalo Bill. Jordi Solé. Ed. Pàmies.)