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martes, 29 de octubre de 2013

El tiempo en la ficción

En otro lugar ya dije que una contradicción a que me llevó la publicación de una novela fue debida al amable comentario de un lector: “Me gustó mucho tu novela. Me la leí de seguido, en un par de días”.  Lo que me trajo a la memoria otros comentarios que tienen como común denominador el tiempo en la ficción: “Leyendo, se me pasó el tiempo volando”; “Uno de esos libros que uno siente que se acaben”; “Se me agotó la paciencia esperando que ocurriera algo interesante”, etc.

En el caso de aquel comentario sobre mi novela que el lector leyó en dos días, pensé que había algo que no cuadraba: ¡a mí me había llevado cinco años en escribirla! ¿A qué se debe ese desequilibrio entre los tiempos del escritor y del lector que, desde luego, no se limita a mi novela, sino, me atrevería decir, a cualquier literatura?

Un día que leía los avances en la realidad virtual (gracias al tremendo e imparable desarrollo de la velocidad de procesamiento de los ordenadores) se me ocurrió una idea que aclaraba la contradicción y “solucionaba” ese desequilibrio entre el creador y el lector. Para entenderla hay que tener en cuenta que la duración subjetiva de una experiencia en realidad virtual no está determinada por el tiempo real transcurrido, sino por la cantidad de procesos (cálculos) realizados en ese tiempo. 

Nuestra mente es en realidad un ordenador cuya velocidad de procesamiento (número de cálculos por unidad de tiempo) es enorme –aún, tengo entendido, superior a la de cualquier ordenador actual– y por tanto generadora de realidad virtual. En realidad, eso es lo que hacemos cuando leemos: reproducir en nuestra mente una realidad sugerida por el libro. Y el creador, cuando escribe, lo que hace es generar un especial programa para el ordenador de nuestra mente, en un especial código. (Otros códigos son la pintura, la música, las ecuaciones matemáticas...) Si el programa es bueno, la cantidad de procesos (sentimientos, pensamientos, reconstrucciones de la realidad, abstracciones) que puede inducir en la mente lectora es proporcionalmente enorme. 

Por eso, aunque la lectura de una novela lleve dos días –o un poema tan solo unos minutos– de tiempo real, el tiempo virtual recreado (vivido, experimentado por el lector) lo puede superar incomparablemente.

martes, 18 de junio de 2013

Ficción y realidad con Alice Munro




En el inicio de una novela, como Advertencia, puede leerse lo siguiente:

A la hora de escribir no puedo sustraerme al recuerdo de lo que he pensado, a lo que he escuchado, a lo que he vivido. Con la memoria, la imaginación crea imágenes y cuadros que quedarían destruidos si se decide enfrentarlos a la realidad.
Estimado lector: esto es una novela, una obra de mi imaginación. Cualquier intento de equiparar ficción y realidad supondría aniquilar ambas cosas.

Yo creo esto firmemente.

No hace mucho leí uno de los últimos libros de Alice Munro que aún tenía pendiente, Demasiada felicidad (Ed. Lumen, 2010), y en uno de los relatos que lo componen, Ficción, puedo sacar, con meridiana claridad, esta misma conclusión.

Pido disculpas si desentraño demasiado la trama. No me gusta hacerlo. Pero, en este caso y para explicar esta interpretación, es necesario. (En todo caso, si alguien desea leer primero el relato y/o no seguir con la lectura, aquí puede hacerlo.)

martes, 14 de mayo de 2013

La ciencia, fuente de inspiración de la ficción (los viajes en el tiempo)


Desde que existe, la ciencia ha sido fuente de inspiración de la ficción. Una de las formas ha sido la llamada ciencia ficción, que ha dado lugar a una buena cantidad de estupendas narraciones. Sin embargo, en mi opinión, si ponemos como condición de una buena historia de estas características el ser consistente con la ciencia sobre la que narra, no son muchas las obras que pasan con éxito el paso de los años. Sencillamente porque las teorías científicas quedan superadas por otras.

Entre los temas que la ciencia ficción ha tratado durante parte del pasado siglo y lo que llevamos de este, destacan los viajes en el tiempo. Y no solamente la literatura, sino especialmente para el cine se han imaginado historias que tienen como protagonista el viaje en el tiempo, tanto al futuro como al pasado. Y siendo consistente el fundamento teórico en el que se apoyan, desde que Einstein dio a conocer las ecuaciones de la relatividad general –en determinadas condiciones, las soluciones de estas ecuaciones permiten los viajes en el tiempo–, la mayor parte de las historias de ficción están cuajadas de paradojas irresolubles. Me refiero a las conocidas sobre el libre albedrío o el que viaja al pasado y mata a su abuelo, etc. Todas estas historias se vienen abajo por esas cosas que resultan absurdas. En realidad, lo que falla es la concepción clásica del tiempo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Basado en hechos reales


En muchas ocasiones hemos escuchado y leído el comentario: Basado en hechos reales. Como si eso diera mayor valor a lo escrito; como si una trama basada exclusivamente en la imaginación del autor devaluara la trama. Como si la mayor o menor autenticidad (verosimilitud, importancia) de lo narrado dependiera, de forma primordial, del grado en que hubiera ocurrido en la “vida real”.

Yo mismo, con motivo de alguna de mis novelas, he sido preguntado por la autenticidad o realidad de los hechos allí narrados. Y si se me ha ocurrido decir que en su mayor parte son cosas de mi imaginación, he notado de inmediato un gesto de desilusión en mi interlocutor; y casi casi como si se me estuviera acusando de haber cometido un fraude.

De nada vale argumentar que eso no es lo importante de una novela, que esta debe considerarse un universo independiente, que lo significativo es su capacidad de revelarnos aspectos escondidos de nuestra naturaleza y del mundo, etc. Sí, vale –se nos contesta–, pero a mí lo que me interesa saber es si eso que cuentas en tu novela ocurrió realmente.

Me parece que seguirá siendo un debate incesante, que presenta muchas aristas y preguntas tan interesantes como lo que sea la realidad y si esta puede transmitirse a través de la escritura.

A tal respecto, dos reflexiones.
La primera tiene que ver con el hecho de que muchas veces la buena literatura describe la realidad de una manera absurda, fuera de lo que llamamos el sentido común, y sin embargo sentimos y tenemos la impresión de que nos está revelando aspectos escondidos pero esenciales de nosotros y nuestro mundo. ¿Tendrá eso que ver con que, más allá de la máscara del sentido común, la realidad es en verdad absurda y, a su modo, la literatura lo pone de manifiesto?

Como apoyo a esto me refiero a esa concepción (revolución) de la realidad física que se fundamenta en la mecánica cuántica, concretamente en una teoría de Richard Feynman y que hoy en día se aplica y se comprueba experimentalmente. Viene a decir que si para ir de A a B hay muchas alternativas (historias, cada una con una probabilidad determinada), entonces el resultado es la suma de cada una de ellas: todas las historias se producen simultáneamente y colaboran al resultado final. El mismo Feynman decía: 
"La mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo desde el punto de vista del sentido común. Sin embargo, los experimentos lo certifican. Espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal como es: absurda".

La segunda tiene que ver con lo que Thomas Bernhard afirma sobre el intento de transmitir “la verdad de los hechos” a través de la escritura. En El sótano, el segundo libro de su monumental autobiografía, dice:
Describiremos una cosa y creemos haberla descrito de conformidad con la verdad y con la fidelidad a la verdad, y tenemos que comprobar que no es la verdad… Describimos algo verídicamente, pero lo descrito es algo distinto de la verdad… Durante toda mi vida he querido siempre decir la verdad, aunque ahora sé que estaba mintiendo. En fin de cuentas, lo que importa es sólo el contenido de verdad de la mentira. La sensatez me ha prohibido ya hace tiempo decir y escribir la verdad, porque con ello, sin embargo, sólo se dice y se escribe una mentira, pero escribir es para mí una necesidad vital, y por eso, por esa razón escribo, aunque todo lo que escribo no sea sin embargo más que una mentira que se transporta a través de mí como verdad. Sin duda podemos exigir la verdad, pero la sinceridad nos prueba que la verdad no existe. Lo que aquí se describe no es verdad; y no lo es por la sencilla razón de que la verdad sólo es, para nosotros, un deseo piadoso.
A la luz de estas dos reflexiones, cabría preguntarse si no es precisamente esa literatura que se proclama “Basada en hechos reales” la menos fiable.