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lunes, 30 de marzo de 2015

Cruce de caminos



Una entrada en este blog de nuestro amigo y poeta Santiago López Navia y un más reciente comentario del también amigo y discreto Emilio Gavilanes me han dado pie a escribir este breve comentario que tiene que ver con los “caminos”.

En ese artículo de hace unos meses, Santiago se refería a la palabra “caminería”, acuñada por el recientemente fallecido filólogo Manuel Criado de Val para designar la disciplina que estudia la aportación de los caminos desde el punto técnico, económico y artístico. Algo indefinido me dejó en la cabeza la lectura de aquella estupenda reseña que solo un reciente comentario de Emilio sobre Álvaro Cunqueiro –“de las experiencias más altas que puede haber en literatura”, y que yo comparto plenamente– me ha ayudado a recuperar.

Lo que se me había quedado en suspenso entonces era una aportación de la literatura de Cunqueiro a la palabra “camino”, que me ha costado encontrar pero al fin hallé. Está al principio de un capítulo de Merlín y familia -uno de mis libros favoritos de Cunqueiro, junto con Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas y Tertulia de boticas prodigiosas-, y dice así:

Los caminos son semejantes a surcos, y así como las eras dan el pan, los caminos dan las gentes, las posadas, las lenguas y los países. Se sienta uno a cosechar a orillas del camino, o viaja por él. Este camino del que hoy cuento se me aparece como un viejo mendigo, aunque cada pasajero que lo pise lo renueva, y suscite en la rota y polvorienta vía la mocedad primera.


En la vida, los cruces de caminos siempre son misteriosos. En uno de ellos he tenido la suerte de tropezarme con Santiago, Emilio, el profesor Manuel Criado de Val, Álvaro Cunqueiro, Merlín y familia…

jueves, 28 de febrero de 2013

Instante y Dos puntos, Wislawa Szymborska


La poeta se imagina que su madre conoce de joven a otro hombre. Podría haber tenido una hija muy distinta a ella, o algo distinta (o sea, muy distinta). Y lo mismo le podría haber pasado a su padre. Esas dos niñas que no son ella habrían ido al mismo colegio, pero apenas se habrían tratado. En la foto de final de curso habrían salido separadas. “¿Estáis todas?”, pregunta el maestro, antes de hacer la foto. “Sí, estamos todos.” (No lo dice, pero falta la poeta. Nunca estamos todos.)

Dicen que Darwin para descansar leía novelas. Pero solo novelas con final feliz. Para descansar de los muchos ejemplos que encontraba en que el triunfo del más fuerte, del más apto, era inútil, leía historias en las que los intrigantes eran enviados al otro lado del mundo, las solteronas se casaban con reverendos pastores, la codicia era ridiculizada, las fortunas recuperadas…

Tú eres un laberinto y la puerta te busca.

En una terraza en la que hablan tres amigas, mujeres mayores, entra una joven bellísima. Una de las mujeres mira a su marido y pone su mano sobre la de él, otra llama al suyo por teléfono, “no vengas ahora, creo que va a llover”, solo la tercera, viuda, saluda sonriendo a la muchacha.

“Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.”
… pueden transcurrir años sin ella…
… no nos asiste cuando hay que cargar maletas…
… también nosotros le servimos de algo…

Me encanta esta mujer.



Wislawa Szymborska Instante y Dos puntos (Tarragona: Igitur, 2011)

martes, 16 de octubre de 2012

El futuro de las librerías


Ayer asistí a la inauguración de librería café, o mejor café librería, El Dinosaurio, que ha abierto en Lavapiés 8 una vieja amiga. Su formato me da una buena excusa para reflexionar un poco acerca de la figura del librero y su transformación.

He de decir primero que yo no he tenido nunca un librero de cabecera y, sin embargo, creo que me he defendido bastante bien con la calidad de lo que he leído gracias, sobre todo, a las recomendaciones de mis amigos. Claro que quizás ellos sí han tenido ese librero.  Entiendo no obstante que ante la avalancha de novedades que llegan a las librerías, cargadas todas con epítetos superlativos en las solapillas, muchos lectores quieran escuchar los consejos de su librero de siempre, si es que la especie aún existe.

Supongo que sí, que existe, especialmente en ciudades medianas, no como Madrid, donde la gente cambia de barrio y en la que a nadie se le pasa por la cabeza atravesar la ciudad para acudir una vez al mes a su librería de siempre, ¿o sí?.

El asunto es que, como todos sabemos, el librero es el eslabón más afectado por la nueva realidad del ¿mercado? del libro. Uso las interrogaciones porque para que haya mercado debe haber un intercambio económico, cosa que últimamente está en duda. Y como pasa en general con este asunto, al final se le pide que “cambie su modelo de negocio”, pero al pobre librero no se le dan pistas de cómo se hace eso. Y así hemos llegado a este momento en el que por las leyes de la evolución están surgiendo esos “modelos”. Yo creo que no hay ya librería nueva que no abra con una cafetería en una esquina o con una especialización muy determinada. En el caso de mi amiga Marisol es su dedicación a las editoriales pequeñas y prestigiosas. Es decir, inteligentemente ofrece esos libros que normalmente hay que encargar y que, por supuesto, no se pueden descargar porque nadie se ha ocupado de ser generoso con esa obra ajena. Por supuesto que mi amiga intenta que la parroquia también tenga mucho que ver con el mundo literario. ¿Triunfará? ¿Qué modelo de librería pervivirá en cinco años? Veremos lo que el darwinismo nos depara. Mientras, si quieres, dime qué piensas de las librerías y su futuro.

martes, 7 de agosto de 2012

ADN


Con qué desparpajo, con qué sentido del humor habla Watson del ambiente universitario inglés de mediados del siglo XX, de los investigadores que estaban en la vanguardia de la ciencia, de ese mundo que a los profanos nos parece tan serio, tan respetable. Qué libro tan divertido, tan irrespetuoso. Qué gracioso es todo lo que cuenta a propósito del descubrimiento de la estructura del ADN. Carreras por publicar antes, espionaje a los colegas, gente envidiosa, trepas, miserables, chistes, intuiciones, errores... Todo eso, aderezado con un estilo desenfadado, forma un cóctel en muchos momentos hilarante.

Pero cuando te enteras de que los datos fundamentales de la investigación, las fotografías con rayos X en las que prácticamente “se veía” la estructura doble-helicoidal del ADN, las que permitieron a Watson y Crick concebir su teoría, por la que recibieron el Nobel, junto a Maurice Wilkins, cuando te enteras de que esas fotos se las robó Wilkins a su compañera de laboratorio Rosalind Franklin para pasárselas a la competencia (Watson y Crick), y que Rosalind Franklin murió de cáncer (posiblemente por la sobreexposición a los rayos X a que la obligaban sus investigaciones) antes de que los Nobel premiaran las investigaciones sobre el ADN, y que por tanto ella se quedó sin reconocimiento oficial, cuando te enteras de todos eso –digo-, se te quitan las ganas de reír.


James Watson La doble hélice (Madrid: Alianza, 2011; la edición original es de 1968)
Anne Sayre Rosalind Franklin y el ADN  (Madrid: Editorial Horas, 1997)

lunes, 21 de mayo de 2012

¿Nos cansamos de las novelas, o de las malas novelas?


Si tienes dieciocho, veinte, incluso treinta y cinco años, es posible que esta entrada te resulte ajena, aunque parta de la base de que, si estás aquí, es que eres amante de la literatura. Lo digo porque nace de una observación ligada a la edad: con el tiempo somos muchos los que habiendo sido consumidores compulsivos de narrativa durante nuestra adolescencia y juventud, al llegar la madurez nos confesamos cada vez menos lectores de novelas y cuentos, y más de historia, filosofía, ensayo, aficiones...y algunos (mi caso) hasta poesía

Ese es el hecho. Ahora habría que interpretarlo.

La hipótesis que pueden proponerse son muchas. Las que a mí se me ocurren son éstas:

.- Como nos pasa con el cine, las series de televisión o los anuncios, al pasar los años vamos interiorizando sus códigos internos, por lo que terminan siendo previsibles para nosotros. Quizá sea eso, me digo yo mismo, pero las nuevas series televisivas han roto con lo anterior y han traído una nueva narrativa visual.

.- Con los años y la experiencia, perdemos la capacidad de sorpresa. Podría ser, pero la semana pasada asistí a una representación teatral de “El maestro y Margarita”, de Bulgakov (por la compañía Complicité y adaptación de Simon McBurney), que me dejó noqueado. Aún me puedo conmover ante una forma tan elaborada de belleza.

.- La novela, la narrativa, es una forma de ampliar nuestra experiencia de vivir vidas, épocas, geografías que no son las nuestras. De alguna forma esa función es menos importante cuando ya has acumulado suficientes experiencias propias. También podría ser, pero la ficción fantástica no tiene límites y la novela nos permite conocer a los personajes de una forma tan íntima como nunca llegaremos a conocer a las personas, con la excepción de unas pocas muy cercanas.

.- La novela, o mejor dicho, sus autores, han perdido la capacidad de explicarnos la realidad desde otro ángulo. Esto vale, pero sólo para un tipo de novela.

.- Hay demasiadas novelas malas o, al menos, mediocres. Eso ha hecho que con el tiempo hayamos perdido el criterio y ya no recordamos la sensación de una gran obra. Para solucionar ese problema, basta suscribirse a este blog y seguir las recomendaciones de mis muy leídos colegas discretos.

.- Como con los amigos, nos cuesta hacernos con autores nuevos conforme nos hacemos mayores. Los novísimos llegan con sus propias claves generacionales que ya no nos tocan tan directamente, mientras aquellos con los que crecimos en su mayoría ya no están entre nosotros. Pero podemos argumentar en contra que seguramente nos queden cientos de obras por leer de esos autores que nos marcaron.

Puedes formular otras hipótesis o puedes negar la mayor, si quieres. Yo me reservo para el debate las que considero que explican mejor el fenómeno.

viernes, 13 de abril de 2012

Los libros voladores de Mr. Morris Lessmore

Aquí os dejamos, para que lo degustéis el fin de semana, este magnífico cortometraje ganador del Oscar 2012 titulado The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore.

El cortometraje, dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg, destila un profundo amor por los libros  y nos recuerda lo importante que es la literatura para todo el mundo.



Muchas gracias a Hernán Rossi por la recomendación.

miércoles, 11 de abril de 2012

Esos libros inconclusos

Igual que no hay dos escritores iguales, no hay dos lectores idénticos. Sin embargo, me parece que a estos últimos los podemos dividir en dos grandes grupos por una caracterísitica diferenciadora:  su compromiso para llegar al final de una obra.  De un lado están los que viven como una obligación alcanzar la última página de cada libro que empiezan, aunque desde la segunda  se hayan dado cuenta de que no era para ellos.  ¿Por qué lo hacen? ¿Quizás porque esperan que en algún momento la obra remonte y  les compense el martirio de tantas páginas de aburrimiento o desencuentro? ¿O quizás es simplemente una muestra de perfeccionismo extremo, un exceso de responsabilidad?
De otro lado están aquellos lectores que dan pocas oportunidades a un libro y, a la primera de cambio, lo devuelven a la estantería o piensan en alguien a quien le podría gustar para deshacerse de él. ¿Es un carpe diem que resuena en su cabeza? ¿Es gente con más libertad de criterio que los anteriores? ¿No temen perderse alguna perla escondida a la vuelta de la siguiente página?
Yo comprendo muy bien a esos dos tipos de lectores porque he formado parte de ellos en diferentes momentos de mi vida. Durante mi juventud dejar un libro sin terminar era para mí una suerte de fracaso personal. Tenía una cierta justificación: eran casi siempre obras mayores que me habían sido recomendadas encarecidamente, o que sabía veneradas por los buenos lectores. Pocos de entonces quedaron sin terminar. Alguno he citado en otra entrada, pero no quiero reverdecer heridas recientes.
Desde hace unos años, sin embargo, me he pasado al otro bando. Demasiados libros por leer y muy poco tiempo como para perderlo a disgusto. Esa es mi auténtica motivación. Pero he de confesar una cosa: nunca abandono antes de la página cincuenta. ¿Por qué? Procede de mi experiencia como lector. Cuando uno salta de un autor a otro necesita un tiempo de aclimatación. Si la prosa es muy diferente, puede uno estar desconcertado durante unas cuantas páginas hasta que le toma el pulso al narrador.  Esa es una razón. Otra, que hay autores que no quieren dar facilidades al lector, al menos de la manera en que hoy se hace y casi se exige. Aquello de: “Desde la primera página te agarra del cuello y no puedes parar hasta el final”. Es algo que yo intento practicar como escritor, pero que, creo, no debe llevarse al extremo.
En mi personal experiencia, el ejemplo más claro de esto que digo es Gonzalo Torrente Ballester. El sabio de El Ferrol no se casaba con el lector, el lector tenía que casarse con él. Esas cincuenta primeras páginas suyas son la pedida. Pero, ay amigo, el gozo que aguarda a quienes superan esa barrera compensa con creces el esfuerzo. Con pocos autores he sentido esa sensación de desespero cuando compruebas que de trescientas páginas solamente te quedan cincuenta o cien para terminar. Muchas veces, incluso, ralentizaba esa fase para seguir estirando el placer lo más posible. Una vez, en una entrevista, se lo comenté y seguro que no fui el primero porque, rápido, me contestó: “No sea tonto: la próxima vez empiece usted por la página cincuenta”.
Qué diferente experiencia la de esas otras novelas en las que el disfrute sólo está en función de la trama , del deseo de conocer si al final hay boda o quién es el asesino. Es verdad que te llevan a matacaballo agarrado de una página a otra pero, en muchas ocasiones, eres consciente de que debajo sólo hay trucos del oficio y de que eso que estás leyendo ni tiene calidad ni, a veces, coherencia.
Con Torrente, con Javier Marías, y con muchos autores discretos como E. Gavilanes, L. Junco, Caneiro, P. González Rubio o el nuevo descubrimiento, Francisco Rodríguez Criado (Mi querido Dostoievski) eso no me ocurre. No llego al final porque quiera saber nada. Simplemente porque estoy disfrutando de cada página que leo. Me encantaría saber hacerlo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Simon Leys "Los náufragos del Batavia" y "La felicidad de los pececillos"


Estos dos libritos son dos joyas. El primero cuenta, de manera concisa, una historia impactante: el naufragio del Batavia, un barco holandés del XVII, cerca de Australia. Una tragedia atroz, no tanto por los que murieron en el accidente como por los que murieron a manos del psicópata que se hizo con el poder entre los supervivientes. Parece ser que la, para mí sobrevalorada, novela El señor de las moscas, de William Golding, se inspiró en este episodio. Es una historia que, igual que otros episodios reales espeluznantes (como el de Lope de Aguirre), solo pide ser contado, no comentado.

El segundo es una colección de artículos publicados originalmente en prensa, en los que el autor reflexiona sobre múltiples asuntos, sosteniendo siempre opiniones sensatas (a mi juicio), incluso sabias. Son ensayos un poco a lo Montaigne. El autor se declara en contra de la movilidad de los cuadros de los museos de pintura, por ejemplo, y en favor del talento, del tabaco, de la contemplación (del puro no hacer nada, ahora que se ha generalizado el elogio a la cultura del esfuerzo), de la creación como estado de inspiración, como gracia, no como trabajo, de pagar a algunos profesores universitarios para que no produzcan libros, como se hace con los campesinos cuando no se quiere que produzcan más mantequilla, etc. Su discurso, discreto, bienhumorado, sereno, se ilustra con multitud de anécdotas, unas curiosas, otras sorprendentes, otras humorísticas, siempre magníficas. Por ejemplo, cuenta que cuando Eichmann estaba en la cárcel se puso a leer Lolita, de Nabokov, y acabó arrojándolo lejos. “¡Es algo repugnante!”, dijo. Nos enteramos de que Patrick O’Brien no había navegado nunca, o que Conrad no sabía nadar y se mareó durante su viaje de novios (en barco). O de que Pancho Villa, cuando iba a ser fusilado, le dijo, angustiado, a un periodista: “Escriba usted que he dicho algo”. O de lo que le dijo cuando iba a morir aquel escritor irlandés del IRA a la monjita que lo cuidaba: “Gracias, hermana. Ojalá que sus hijos lleguen a obispos”. O de lo que decía Mark Twain de la música de Wagner: “Pierde mucho si se la escucha”. O de que al dictador portugués Salazar, cuando ya estaba enfermo, le ocultaron que él ya no gobernaba y siguieron representando para él consejos de ministros y reuniones de un gobierno que ya no existía (un poco la idea de Goodbye, Lenin). Pero no todas son divertidas. En las memorias de un escritor (no recuerdo si dice el nombre) lee que cuando era adolescente fue a ver un concierto de una pianista que hizo una interpretación sublime. Al acabar, ella le preguntó si le había gustado y él contestó: “Sí, señor”. Y durante mucho tiempo se sintió avergonzado por aquella equivocación. Un día, siendo ya mayor, encontró de nuevo a la pianista, y entonces ella le contó que hacía muchos años un chico tras un concierto, confundido por la emoción, la había llamado “señor”. Y para ella no había un testimonio mayor de admiración. También cuenta, otra vez a propósito de Conrad –que se declaraba escritor impresionista-, que nunca valoró los cuadros de pintores impresionistas (más tarde muy conocidos) que tenía el tío de una novia que tuvo de joven. Cuenta también que Claudel cuenta a su vez en su diario (lo nombra varias veces a lo largo del libro; habrá que leerlo) que un vecino suyo taló un árbol que a Claudel le daba sombra y le permitía escuchar al ruiseñor, con estos argumentos: quitaba la luz y estaba infestado de pájaros ruidosos. Una anécdota que encantará a los fumadores: durante un viaje en tren por Bélgica, iba en su mismo compartimento una pareja de jóvenes que se pusieron a besarse con tal pasión que acabaron echando un polvo a la vista de todos. Cuando acabaron, fueron a encender un cigarrillo y los que iban en el compartimento les dijeron que no se podía fumar. Pero mi anécdota favorita es una que revela la compleja manera en que funciona la mente humana. Cuenta que cuando él estuvo en el sur de África, había un comerciante griego que recorría la zona proyectando películas en los poblados. Películas de Hollywood, de gánsteres y mujeres fatales y ambientes lujosos. No eran mudas, pero como si lo fuesen, porque los indígenas solo hablaban su propia lengua. A partir de las imágenes que veían imaginaban historias fabulosas. En aquellas películas los papeles principales los tenían personajes blancos. Los pocos negros que salían tenían personajes marginales, insignificantes. Sin embargo, para los indígenas eran los protagonistas, los personajes realmente importantes. Cada vez que aparecían eran recibidos con ovaciones. Y el hecho de que aparecieran poco no hacía sino confirmar su importancia oculta, divina. Necesitaban aparecer poco para llevar a cabo los grandes actos que los indígenas imaginaban.

Los náufragos del Batavia (Barcelona: El Acantilado)
La felicidad de los pececillos (Barcelona: El Acantilado, 2011)