Con qué desparpajo, con qué sentido del
humor habla Watson del ambiente universitario inglés de mediados del siglo XX,
de los investigadores que estaban en la vanguardia de la ciencia, de ese mundo
que a los profanos nos parece tan serio, tan respetable. Qué libro tan
divertido, tan irrespetuoso. Qué gracioso es todo lo que cuenta a propósito del
descubrimiento de la estructura del ADN. Carreras por publicar antes, espionaje
a los colegas, gente envidiosa, trepas, miserables, chistes, intuiciones,
errores... Todo eso, aderezado con un estilo desenfadado, forma un cóctel en
muchos momentos hilarante.
Pero cuando te enteras de que los datos
fundamentales de la investigación, las fotografías con rayos X en las que
prácticamente “se veía” la estructura doble-helicoidal del ADN, las que
permitieron a Watson y Crick concebir su teoría, por la que recibieron el
Nobel, junto a Maurice Wilkins, cuando te enteras de que esas fotos se las robó
Wilkins a su compañera de laboratorio Rosalind Franklin para pasárselas a la
competencia (Watson y Crick), y que Rosalind Franklin murió de cáncer
(posiblemente por la sobreexposición a los rayos X a que la obligaban sus
investigaciones) antes de que los Nobel premiaran las investigaciones sobre el
ADN, y que por tanto ella se quedó sin reconocimiento oficial, cuando te
enteras de todos eso –digo-, se te quitan las ganas de reír.
Anne Sayre Rosalind Franklin y el ADN
(Madrid: Editorial Horas, 1997)

