viernes, 7 de septiembre de 2012

El trampero. (Mountain Man) Vardis Fisher. Valdemar.

 He gozado de muchas conversaciones que revoloteaban por una película inolvidable: Las aventuras de Jeremías Johnson, de Sydney Pollack (1972). Es una de las pocas que me han procurado la sensación de deslizarme por el tiempo que se narra, los años que Jeremías Johnson pasa en las Montañas Rocosas aprendiendo a sobrevivir, a amar, a odiar y a perdonar. Con mi amigo Juan Luis Cobo, múltiples frases de la película se han conformado en contraseñas secretas, en citas sorpresa cuyo reconocimiento tácito es tan inmediato como gratificante. Siempre polivalentes, como versículos de un evangelio salvaje.

Pues bien, cuando me enteré de que se había publicado por fin en España la novela que dio origen a la película, me faltó tiempo para conseguirla y zampármela a lo largo de tres noches escogidas. La sorpresa no fue pequeña. Poco o casi nada de la novela se puede reconocer en esa película que me sé casi de memoria. Apenas un puñado de frases, y no de las más memorables, el apunte de algún personaje, o la inspiración de escasos momentos de la trama. Ni siquiera su protagonista es nuestro Jeremías, sino Sam Minard, un trampero —o Mountain Man— que sólo tangencialmente coincide con el mejor personaje que jamás interpretara Robert Redford. Ambos personajes, Minard y Johnson, toman como referencia la vida de otro singular aventurero, John Comehígados Johnson, que, según la leyenda, mató a los indios Crow que asesinaron a su mujer e hijo, y devoró sus hígados para enfatizar su fiera venganza. También el libro de Raymond W. Thorp y Robert Bunker, Crow killer, es una fuente del guión; pero no conozco la obra.


El Sam Minard de la novela no tiene nada que ver con los Johnson. De hecho, es un voraz y elaborado gastrónomo cuyas apetencias culinarias se decantan por la carne del bisonte o del uapití, el enorme ciervo americano, además de las numerosas especies animales y vegetales de los linderos de Yellowstone. Nada de hígados crow. Del libro bien se podría extraer un apetitoso número de recetas, tan remotas como sugerentes, acerca de las maneras más sensatas de asar la carne o preparar salchichas o panecillos. Explora incansablemente el mundo de los sentidos. Adquieren especial consistencia y protagonismo los sabores, los olores, los sonidos, las sensaciones físicas que se traducen en emociones del hombre sensitivo y sensible. Sam conjuga su oído y olfato para afrontar las penalidades de la supervivencia, para procurarse caza, o evitar que lo cacen a él. Sabrá, por ejemplo, ocultar su presencia en territorio hostil revolcándose en salvia o en humo de hierbas aromáticas. Y la historia de amor entre Sam Minard y Lotus, su joven squaw comprada a los flatheads, compone otro repertorio de goces físicos entreverados de placeres espirituales. Sam quiere compartir con su mujer no sólo su lecho, sino sus percepciones y su filosofía.

Además, el buen Sam Minard es un melómano inusitado, capaz de enhebrar con su armónica a Beethoven con Corelli, por poner un ejemplo, y celebrar de manera casi pitagórica o frayluisiana la oculta música de la naturaleza, el canto delicado del sinsonte o el desatado estruendo de la tormenta. Sam Minard es, además de un hombre de aventura, un bon vivant de la vida agreste, un filósofo vital de lo efímero, alguien que hace del Carpe diem un catecismo riguroso y una continua celebración de la vida.


Al mismo tiempo, el sorprendente Minard combina y contrasta su alegría de vivir con cierto fatalismo darwinista. Todas las criaturas vivas son depredadoras o víctimas, y ello no excluye a los hombres y sus miserias. Su libertad irrenunciable y su paladeo vital pueden verse truncados el mejor día por una flecha o unas fiebres, y en cualquier caso el horizonte de la existencia no es eterno. Admira la lucha por la vida, tanto en las bestias como en los hombres, y es capaz de conmoverse tanto por dos ciervos luchadores trabados por las cornamentas y cercados de lobos, como por el valor de un joven crow decidido a matarlo a él mismo, armado únicamente con su cuchillo y su ansia juvenil de gloria. La venganza, tema central de las tres historias (la fílmica, la novelística y la legendaria), ocupa buena parte del libro, así como los conflictos internos del hombre bueno de la montaña, el buen salvaje ilustrado y melómano, abocado al deber sagrado de cobrar con sangre la sangre de los seres queridos injustamente vertida.

También sorprenderá al lector la inmensa importancia de otro personaje que en la película aparece más relegado: Kate Bowden, la “mujer loca”, que pierde a su familia a manos de los indios pies negros, y que consagra su existencia a la delirante comunión diaria con sus difuntos. Este personaje adquiere una importancia fundamental, al configurar para Sam Minard —y para el lector— un poderoso y sufriente contraste, y encarnar la idea de la familia perdida, el dolor inmenso de la mutilación afectiva.

He de decir que leyendo el libro he admirado aún más la sabiduría de los guionistas de Jeremías Johnson, John Milius y Edward Anhalt. Supieron construir una narración autónoma e independiente, con diálogos breves y exactos, combinando hechos históricos y legendarios con ocasionales hallazgos de la novela de Vardis Fisher. Esa película definitiva, en la que el tiempo fluye como el personaje de una subtrama, debe mucho más a la novela por las impresiones que deja que por sus concreciones narrativas. Cómo apetece volver a verla y comprobar que las buenas narraciones no envejecen, sino que se agrandan.


En suma, recomiendo el libro a quienes han disfrutado de la inmejorable película de Pollack, precisamente por lo poquísimo que se parecen —y creo no haber destripado ningún dato relevante—, y porque, de alguna manera, les espera otro festín de sabor similar aunque aderezado con distintos ingredientes. Al término de su lectura, la vida se abrirá de nuevo con una sinfonía de propuestas infinitas.  

2 comentarios:

  1. Muy de acuerdo con la exposición, me encanta la película la he visto infinidad de veces y el libro también me gustó, tengo que decir que como excepción en este caso me gusta más la película que el libro. Supongo que la union de estos monstruos Redford &Pollack tiene algo que ver...

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