miércoles, 6 de julio de 2016

Sergéi Aksakov y la memoria

Por Luis Junco

Un comentario en la entrada Marcel Proust y la resurrección del recuerdo de este mismo blog me llevó a  hablar del ruso Sergéi Aksakov (1791-1859) y de su trilogía de memorias -Crónica familiar, Recuerdos de la vida de estudiante, y Años de infancia-, escritas en los últimos años de su vida y que me parece uno de los mejores ejemplos que conozco de la resurrección de los recuerdos en una persona. En ellas, Aksakov no solo hace un relato sorprendentemente vívido y fresco de su vida y de su familia, sino que en muchas ocasiones a lo largo de la narración reflexiona sobre el recuerdo. Al respecto de esto último, elijo unos fragmentos que en mi opinión ponen de relieve dos aspectos de la memoria.

El primero tiene que ver con una impresión casi gemela de la que nos habla Marcel Proust en su artículo de Le Figaro de 1904, y que más tarde se conoció como ejemplo de "memoria involuntaria". Aksakov lo escribió en 1856 y se refiere a un recuerdo de su época de estudiante en Kazan, cuando apenas tenía diez años.

Algunas veces llegaba a este estado de manera consciente y gradualmente, escarbando en el inextinguible tesoro de la memoria, pero en otras ocasiones me asaltaban al margen de mi voluntad. Cuando estaba pensando en algo completamente distinto, incluso cuando estaba estudiando mis lecciones, de repente el sonido de una voz, probablemente parecida a una voz que yo había escuchado antes, o un parche de luz en una pared o a través de una ventana, de la misma manera que había incidido de la misma manera sobre objetos queridos y familiares o el golpeteo de una mosca contra los cristales, como yo había visto y escuchado tantas veces cuando era más niño -tales vistas y sonidos, instantáneamente y por un momento, aunque la conciencia no pudiera determinar el proceso, me hacía recordar el pasado olvidado y producía un terremoto en mi sistema nervioso (...) En otra ocasión fui a tomar un vaso de agua o un refresco a la habitación que había para ello; y ahí de repente fui consciente del tablero de una mesa que seguramente había visto en otras ocasiones pero del nunca me había percatado. Pero ahora estaba recién barnizado y parecía muy limpio y blanco; instantáneamente se presentó ante mí otra mesa de madera que se parecía y era igualmente blanca y lisa. Había pertenecido a mi abuela y luego estuvo en la habitación de mi tía; y allí se guardaban varias cosas, tonterías quizás, pero preciosas para el niño que yo era entonces (...). Tan pronto como el parecido entre las dos mesas se me presentó, el pasado resucitó con todo detalle ante mí (...)

El otro aspecto de la memoria sobre el que reflexiona Aksakov se refiere al envejecimiento del recuerdo. Ese "objeto" que como decía Proust se había convertido en mágico receptáculo de nuestros días felices, con el paso del tiempo puede transformarse en depósito de tristezas y dolor. Esto le ocurrió a Sergéi Aksakov cuando al final de su vida regresaba a la que había sido su casa de la infancia.


A lo largo de mi vida, siempre al acercarme a Aksakovo, sentí los mismos sentimientos de gozo y éxtasis. Pero hace algunos años, cuando estaba a punto de llegar después de una ausencia de más de doce años, algo sucedió. De nuevo era la primera hora de la mañana; mi corazón palpitaba con violencia, y esperaba sentir la misma felicidad que entonces. Rememoré los queridos y viejos tiempos, y me rodeó un enjambre de recuerdos. Pero ¡ay! no trajeron felicidad a mi corazón, sino dolor y sufrimiento, y sentí una enorme tristeza, más allá de toda expresión imaginable. Como el mago que intenta conjurar los espíritus que ha llamado y no controla, yo no conseguí disipar los malos recuerdos y aquietar la tormenta que estalló en mi corazón. Y es que de la misma manera que las botellas viejas no pueden contener los vinos nuevos, los viejos corazones son incapaces de contener los dulces sentimientos de la juventud.

Además de ideas similares sobre la memoria, las vidas de Marcel Proust y de Sergéi Aksakov comparten otro elemento que a ambos les marcó profundamente: el amor y casi obsesión por la madre. Y cuando se habla de la figura materna en muchas secuencias de En busca del tiempo perdido o Años de la infancia o Recuerdos de la vida de estudiante podría uno casi olvidarse de si lo escribe Proust o Aksakov, pues es tal la semejanza de los sentimientos y hasta las expresiones de lo que se dice. Lo que me lleva a preguntarme si no fuera éste el ingrediente esencial que también los hermanara en su extraordinaria capacidad para resucitar el recuerdo.  

(Los libros de memorias de Sergéi Aksakov los leí en las versiones inglesas traducidas del ruso por el escocés James Duff en 1917, y, que yo sepa, la única traducción al español hasta el momento corresponde a uno de los libros, Recuerdos de la vida de estudiante, editado por Espasa-Calpe en la colección Austral.)

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