martes, 29 de enero de 2013

Amantes asesinados por una perdiz, de Federico García Lorca



Planas de poesía fue una colección de cuadernillos de tendencia poética que un grupo de poetas, intelectuales y pintores puso en marcha a finales de los años cuarenta, desde Las Palmas de Gran Canaria. Limitando las páginas a treinta y cinco intentaban eludir la férrea censura franquista de la época, lo que consiguieron al menos durante dos años, al cabo de los cuales, una brigada encabezada por el tristemente célebre comisario Conesa viajó hasta las islas, cerró la publicación y encarceló a los principales planistas.

En un número del año 50, dedicado a Guy de Maupessant e ilustrado por Manolo Millares, hay una narración de Federico García Lorca que me parece memorable. Queda aquí transcrita.

Amantes asesinados por una perdiz

Los dos lo han querido –me dijo su madre.

Los dos. No es posible, señora –le dije yo–. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío.

Calle usted, Luciano, calle usted. No, no, Luciano, no.

Para resistir este nombre necesito contener el dolor de mis recuerdos ¿y usted cree que aquella pequeña dentadura y esa mano de niño que se han dejado olvidada dentro de la ola me pueden consolar de esta tristeza? Los dos lo han querido, me dijo su prima. Los dos. Me puse a mirar el mar y lo comprendí todo.

¿Será posible que del pico de esa paloma cruelísima que tiene corazón de elefante salga la palidez lunar de aquel trasatlántico que se aleja?

Lo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tengo culpa ninguna. Usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.

Los dos lo han querido. Se amaban por encima de todos los museos. Mano derecha con mano izquierda. Mano izquierda con mano derecha. Pie derecho con pie derecho. Pie izquierdo con nube. Cabello con planta de pie. Planta de pie con mejilla izquierda. ¡Oh mejilla izquierda! ¡Oh noroeste de barquitos y hormigas de mercurio! Dame el pañuelo, Genoveba, voy a llorar. Voy a llorar hasta que [de] mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas. Se acostaban. No había otro espectáculo más tierno. ¿Me ha oído usted? Se acostaban. Muslo izquierdo con antebrazo izquierdo. Ojos cerrados, con uñas abiertas. Cintura con nuca y playa. Y las cuatro orejitas eran cuatro ángeles en la choza de la nieve. Se querían. Se amaban. A pesar de la ley de la gravedad. La diferencia que existe entre una espina de rosa y una Star es sencillísima. Cuando descubrieron esto, se fueron al campo. Se amaban. ¡Dios mío! Se amaban ante los ojos de tos químicos. Espalda con tierra, tierra con anís. Luna con hombro dormido y las cinturas se entrecruzaban una y otra con un rumor de vidrios. Yo vi temblar sus mejillas cuando los profesores de la Universidad le traían miel y vinagre en una esponja diminuta. Muchas veces tenían que apartar a los perros que gemían por las yedras blanquísimas del lecho. Pero ellos se amaban.

Eran un hombre y una mujer, o sea un hombre y un pedacito de tierra, un elefante y un niño, un niño y un junco. Eran dos mancebos desmayados y una pierna de níquel. ¡Eran los barqueros! Sí. Eran los barqueros del Guadiana que cercaban con sus remos todas las rosas del mundo.

El viejo marino escupió el tabaco de su boca y dio grandes voces para espantar a la gaviotas. Pero era demasiado tarde.

Ocurrió. Tenía que ocurrir. Cuando las mujeres enlutadas llegaron a casa del gobernador, éste comía tranquilamente almendras verdes y pescados frescos con exquisito plato de oro. Era preferible no haber hablado con él.

En las islas Azores. Casi no puedo llorar. Yo puse dos telegramas, pero desgraciadamente ya era tarde.

Tarde. Muy tarde. Sólo sé deciros que dos niños que pasaban por la orilla del bosque vieron una perdiz que echaba un hilito de sangre por el pico.

Esta es la causa, querido capitán, de mi extraña melancolía.

(Homenaje a Guy de Maupessant, de Federico García Lorca.)

7 comentarios:

  1. Preciosa narración, Luis. Muchas gracias. Emilio

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  2. Gran poema en prosa este de Lorca. Gracias por traerlo, Luis. Lo resumo con este texto: "Se amaban. A pesar de la ley de la gravedad." Creo que aquí hay mucha miga. Un saludo.

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    1. Sí, a mí este texto de Lorca me emocionó cuando lo conocí. Por dos razones. Primero, por la carga poética de esa prosa. Y segundo por haberse publicado en Las Planas de Poesía. El último número de Las Planas, "Alba en el surco", fue el de mi padre, José Luis Junco, ilustrado por otra Millares, Jane Millares. Después se desataron las cajas de los truenos.

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    2. Sí, y un niño iba a ver por un ventanuco con barrotes a su padre encarcelado y cuando preguntaba por qué estaba ahí le respondía: "por escribir poesía". ¿Verdad, Luis?

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    3. Sí, Juan se refiere a una anécdota que he contado de cuando, siendo aún muy niño, en compañía de mi madre visitaba a mi padre en la cárcel y a mis preguntas me decía que la razón de que su encarcelamiento era "escribir poesía". De esa época me quedó la impresión de que escribir poesía comportaba un compromiso y el riesgo de ser castigado. Pero, como todo lo prohibido, era igualmente atrayente.

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  3. Luis, mil gracias por este regalo impagable. Es un texto de una belleza turbadora, casi emborracha su lectura. ¿Podrías decirnos de qué fecha es ese número 50 de Planas? Las concomitancias entre algunos pasajes de Lorca ("Se amaban por encima de todos los museos"; "Se querían. Se amaban. A pesar de la ley de la gravedad"; "Se amaban ante los ojos de los químicos. Espalda con tierra, tierra con anís"; etc.) y otros de Aleixandre ("Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz"; "Se querían de amor entre la madrugada"; "Se querían como la luna lúcida, / como ese mar redondo que se aplica a ese rostro") son más que evidentes: creo que hay una clara influencia de uno en otro. El poema "Se querían", de Aleixandre, pertenece a "La destrucción o el amor" (1935), por lo que debió de ser escrito entre 1932 y 1933, cuando se redactaron todas las composiciones de este poemario. Saludos, José Ramón.

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    1. ¡Qué interesante, José Ramón! Seguramente tienes razón. Este número de Las Planas fue publicado en el año 1950. Pero sobre cuándo escribió Lorca ese texto y cómo llegó a Las Planas no te la puedo decir ahora porque no tengo el número conmigo. Estoy en Tenerife. Cuando vuelva a Las Palmas lo miro y te contestaré con exactitud.

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