Curioseando en una librería de ocasión, leí “Teresa Goitia” en el lomo de un libro. Pensé: “Así se llamaba la madre de Benet”. Me puse a hojearlo y descubrí que efectivamente estaba escrito por la madre de Benet. Me pareció un libro rarísimo, del que nunca había oído hablar. Ya en casa, me puse a buscar en Google y no encontré ningún ejemplar ni en las bibliotecas municipales de Madrid, ni en la Nacional.
No soy ningún experto en Benet, pero alguna cosa he leído sobre él y nunca he visto citado este libro, en el que salen abundantes datos biográficos del escritor. (Carmen Martín Gaite hizo en su día una reseña –luego recogida en Tirando del hilo- en la que no resalta que sea un libro interesante para los benetianos; se limita a ensalzar el carácter de la autora.)
El libro salió sin el formato de las otras colecciones de La Gaya Ciencia, que, si no me equivoco, en 1979 estaba dirigida por Rosa Regás, amante por entonces de Benet. En esta editorial salieron Una meditación, Del pozo y del Numa, El ángel del Señor abandona a Tobías, Sub rosa y Saúl ante Samuel. Es decir, es posible que en última instancia este libro lo editara Benet.
Está como dictado, con recursos y descuidos del lenguaje hablado. Podríamos decir que está mal escrito, a veces con frases rarísimas e inelegantes repeticiones de palabras. Pero contiene multitud de datos sobre nuestro admirado Juan Benet y su familia. Vamos a repasar unos cuantos.
Ella, la madre, que debió de ser, para decirlo con una fórmula de la lengua, de armas tomar, era de familia vasca muy rica. Cuenta que tuvo muchos pretendientes y que llevaba una vida muy divertida. Presume mucho de su inteligencia, de los pretendientes que tuvo (de uno dice: “Habríamos sido muy felices”, lo que da a entender que no lo fue con su marido). Da la sensación de que se acabó casando (esto es casi una ley general) con el que llegó cuando le tocaba casarse, no con el que más le gustaba, o el que más la quiso.
Vivió un tiempo en Barcelona con su madre. En Madrid conoció a Tomás Benet, que era catalán. Se casaron y tuvieron tres hijos (Marisol, Paco y Juan). El marido era muy celoso. No la dejaba bailar con otros en las fiestas. Recuerda haber bailado mucho en casa con él, ellos solos.
Le ganaba al ajedrez. Y aprendió inglés con más facilidad que él (a él le daba clases una profesora en casa, por la mañana, mientras se preparaba para salir, y ella solo estaba presente).
Cuenta que Primo de Rivera metió a Tomás Benet en la cárcel (por liberal, se supone, aunque no lo dice) y que fue ella quien lo sacó. Parece que ella no se llevaba bien con él. Dice que Juan una vez, con 4 años, la defendió de él.
Un día decidió irse de casa, con los hijos. “Si yo hubiese tenido dinero, no me habría separado”, dice. A partir de entonces no vuelve a nombrar al marido. No dice, por ejemplo, que lo mataron unos anarquistas a poco de empezar la guerra, como sabemos.
Habla mucho de Juan. Dice que siempre les estaba haciendo reír, a ella y a sus hermanos.
Era, como hemos dicho, una mujer de carácter, valiente, y eso le hacía ganar simpatías hasta de sus enemigos. Una vez se enfrentó a unos milicianos y a estos les hizo mucha gracia.
Por este libro nos enteramos de que pocos escritores han tenido una Guerra Civil tan ajetreada como Benet, a pesar de su corta edad. Veamos. Como la perseguían, la madre se refugia, con sus hijos, en la embajada de Finlandia, de la que acaban saliendo porque no había comida. Marcha a Valencia y allí embarca en el vapor turco Karadenis. Pasan tanta hambre que roban comida de la cocina, con ayuda de una amiga. No les dejan desembarcar en algunos puertos. Por fin desembarcan en Siracusa, donde les llevan a un convento. Allí toman un barco italiano hacia Sevilla. Y de Sevilla, con dinero prestado por unos familiares, viaja a San Sebastián. Se va a Burgos, a Salamanca, otra vez a San Sebastián…
Acaba la Guerra y cuenta que Paco era muy brillante, pero que en el colegio del Pilar solo le ponían notables. Y que cuando hizo la reválida, fuera de Madrid, le pusieron Matrícula. De Juan, el director del Pilar decía que era el alumno más brillante en matemáticas que habían tenido nunca. A Paco le suspendieron en el examen de dibujo para entrar en Arquitectura. Entonces se fue a estudiar Filosofía en la Sorbona. De allí le echaron por desplegar una bandera republicana. Se fue a Yale.
Como es un libro de recuerdos desordenados, cuenta que en una sesión espiritista un espíritu le contó a Teresa que un amigo de su hijo debía tener cuidado. Cuando se lo contó al hijo este se rio. Y al poco tiempo detuvieron al amigo. Idearon un plan para sacarlo de la cárcel, pero no lo pudieron llevar a cabo. Y lo sustituyen por lo que sería la fuga de Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana de Cuelgamuros (Manuel Lamana escribió una novela indeciblemente aburrida sobre el asunto; Barbara Probst Solomon lo contó en dos libros muy amenos; y Sánchez Albornoz también lo ha contado muy bien en un libro póstumo, relativamente reciente).
Fue ella –la madre- quien le dijo a Juan que estudiara ingeniería. Él no quería. Quería ser escritor. Pero ella le dijo que escribiera en ratos de ocio, como finalmente haría.
Una curiosidad: En un viaje que ella hace a Nueva York, Juan le encarga una regla de cálculo (los más jóvenes no sabrán que hasta no hace tantos años no había calculadoras, sino reglas de cálculo; seguro que Luis Junco las usó en su otra vida de ingeniero).
Teresa vivió bastante tiempo en Alberto Bosch, con su hijo Juan, ellos dos solos. Dice que se llevaban muy bien. Ella iba incluso a las cenas de Juan y sus amigos. Dice que Juan escribía todos los noviembres un Tenorio especial que representaban los amigos con una cena de gala.
En Espalter, junto a su casa, había un loco que aullaba y Juan le imitaba para hacer reír a todo el mundo. Parece que la novia de Juan (Nuria Jordana) era sobrina de la madre (o sea, prima de Juan). Y cuando Juan se casó con ella, Teresa se quedó sola.
Hay cosas en este libro que no se entienden (como si se hubiese perdido un fragmento, o como si se hubiese transcrito mal algo tomado de oído). Por ejemplo, Paco le escribe para decirle que se casa. Ella se pone furiosa y Juan la tranquiliza diciendo: “No te sulfures, es princesa, sí, pero al casarse los hijos los pierdes” (sic).
Cuenta que Paco hizo un estudio para enriquecer al Irán. Y que los iraníes lo contrataron. Pero al poco él murió en un accidente de coche en el desierto (el viaje a Irán a recoger el cadáver de su hermano, creo que lo ha contado Benet en algún sitio).
En un viaje Teresa conoce al “encantador Félix Ros” (“encantador”, uno de los falangistas que desvalijaron la casa de Juan Ramón Jiménez) y a otros jóvenes que admiran a su hijo Juan, entre ellos un Caroll (seguramente el José Carol, del que leí El Parador hace tiempo, sin gran entusiasmo). Ella no dice si ha leído los libros de su hijo, ni opina sobre ellos.
Una rareza, que encaja muy bien en esta mujer, empeñada todo el tiempo en demostrar su originalidad: dice que vio una vez caer un rayo junto a ella y que el rayo ascendía, salía de la tierra. Ella creía que bajaban.
Nos dice que ha conocido a mucha gente, ha visto y hecho muchas cosas, pero que no está contenta con su vida. ¿Si volvieras a vivir harías lo mismo?, se pregunta. Y se responde que no.
El final del libro es un poco triste, porque se han acabado los recuerdos y mira a su alrededor y lo que ve es una anciana solitaria. Aquella mujer tan vital, tan brillante, asegura que cuando muera la irán a recibir su hijo y su marido (al que no había vuelto a nombrar y del que no parecía querer volver a saber nada). Nos descubre que está en una residencia, y asegura que sus hijos la quieren mucho, pero solo nombra a Marisol.
Teresa Goitia Recordando mi vida (Barcelona: La Gaya Ciencia, 1979)


