lunes, 4 de abril de 2016

Impresiones de paso o miradas desde el tren de la vida

(El pasado 18 de marzo, en la librería "La impossible" de Barcelona, se presentó "Impresiones de paso", el último poemario de Santiago López Navia, editado por La Discreta. En el acto, además del autor, participaron José Luis García Herrera, Miquel Lluís Muntané y Guillem Vallejo. Transcribimos a continuación lo que en ese acto dijo el poeta José Luis García Herrera.)




"En la ventana todo palpitaba
como fundido en mí. Yo aún no sabía
que nunca fue tan rápido mi paso
y nunca fue tan mío aquel paisaje."

Este breve poema, el número quince, del apartado "Las vías y las horas" que encabeza el primer capítulo de la segunda parte del libro, titulada "Trenes", reúne y resume, creo, en estos cuatro versos, la gran parte, en mi modesta opinión, de la esencia de Impresiones de paso.

Santiago López Navia, quienes le conocemos, quienes hemos tenido la fortuna de leerle con anterioridad, sabemos que es un gran observador. Un observador perspicaz. Y los que leáis este libro podréis traslucir esta particularidad en la práctica totalidad de los poemas.

Y un gran observador está siempre detrás de una ventana (ya sea física o figurada) contemplando la vida y, en especial, trascendiendo más allá de lo aparente, más allá de lo que vemos, o creemos ver, a simple vista. La realidad (o lo que pensamos que es la realidad) es una, pero compuesta de pequeños fragmentos que, a veces, para una gran mayoría, son prácticamente imperceptibles. Pero, para aquellos que no somos capaces de distinguir esas pequeñas muestras de realidad, contamos, afortunadamente, con la poesía de Santiago para verlas, reunirlas y para disfrutarlas.

El final del segundo verso y el tercero nos dan idea clara de la fugacidad de la vida, de ese trayecto en el que estamos embarcados y nos depara infinidad de emociones –agradables o dolientes– de situaciones –agradables o agobiantes–, en ese viaje que realizamos en un tren que no hace paradas y al que todos subimos y bajamos, aunque no nos lo parezca, tan solo una vez. Esa es la tragedia del viajero, de todo viaje: que el tiempo pasa veloz mientras nos detenemos a contemplar todo lo que vemos y, al instante, pasa a ser pasto del tiempo, del pasado, de la nada... Por eso el artista (ya sea poeta, pintor, escultor, etc.) intenta con su obra dejar atrapado ese espacio de tiempo vivido.

El verso que dice, más o menos, "Nunca fue tan mío aquel paisaje" me sugiere, nos sugiere, la idea de que jamás somos del todo conscientes de que todo lo que vivimos en el presente será nuestro legado cuando miremos hacia atrás. Y, más concretamente, cuando miremos hacia la etapa de la infancia en la que, por supuesto, jamás llegamos a imaginar que, desde la edad madura, nos miraríamos con los ojos vidriados de la emoción. Y sí, aquel paisaje fue nuestro, aquel paisaje que iba quedando atrás, a medida que el tren seguía, infatigable, firme, persistente, su rumbo.

Para mí, este libro, Impresiones de paso, incide sobre estos aspectos desde la visión de un poeta que, como ya he dicho, desea ver más allá de lo puramente aparente.

Debo reconocer, y reconozco abiertamente, que poseo una afinidad, en términos poéticos (y creo que en otros) con Santiago López Navia. Desde la lectura del primer verso de este libro sentí que había una conexión entre su manera de ver y de escribir y entre mi manera de leer y de percibir. Me seduce, y creo que a muchos de los que lean este libro les pasará de un mismo modo, la manera en la que Santiago afronta el poema y cómo va desgranando, verso a verso, su mundo y sus ideas. Una manera de escribir que, de manera directa, sin ambages, establece una relación muy particular con el lector, una complicidad que se genera desde el primer poema, desde el primer verso, porque la poesía de López Navia busca, como decía Aleixandre, "la comunicación", compartir, mostrar esas vivencias de una manera diáfana, clara, y revestida, únicamente, o especialmente, de esa emoción que nace de la mirada que trasciende, que ahonda en el interior, de aquello que no se ve pero, no por ello, deja de estar presente en todos nosotros.

El título del libro es franco y transparente, Impresiones de paso. Al leerlo tenemos una certeza, más o menos relativa, de lo que nos vamos a encontrar. Y esa misma transparencia, esa misma certeza, esa, podríamos decir, "mano tendida", es la que nos lleva a tomar el libro y ver cuáles son esas impresiones y qué lugares son los que ha transitado el poeta. Abrimos el libro, ya sea al azar o buscando el prólogo, y nos encontramos que está dividido en tres partes. No sé si el hecho de que sean tres partes es un tema casual. Yo creo que no. Creo que son tres los aspectos de su paso por la vida, de su caminar por el mundo, los que Santiago nos ofrece. La mirada, "la impresión" del viajero, del viajero que huye de las postales turísticas para adentrarse en la realidad de la vida cotidiana. La mirada del hombre que atraviesa la vida en el tren del tiempo y contempla, con los ojos de hoy y de ayer, su paso por la vida, el equipaje de la memoria; y la mirada del hombre que vive en una gran ciudad donde la prisa es la que marca el ritmo de los días y donde nadie, o casi nadie, tiene el momento necesario para detenerse y ver esas pequeñas cosas, esas pequeñas paradojas que suceden a nuestro alrededor.  El poeta ve y, sobre todo, lo que desea es "dar a ver", quiere que, a través de sus poemas, veamos la vida, la suya y la nuestra, a través de sus ojos, de sus versos.

Como ya he dicho, el libro está dividido en tres partes, "Orillas", "Trenes" y "Asfalto". Así se titulan. Sobre el carácter de cada una, y sobre lo que ya he comentado, será fácil discernir el eje central de cada una de las partes. Profundizaré un poco más en cada una, pero sólo un poco, pues no os voy a dar todo el trabajo hecho. Algo (o mucho) debe quedar cuando hagáis vuestra propia lectura y lleguéis a vuestras propias conclusiones.


"Orillas" se corresponde en parte con un viaje a Brasil donde el alma del poeta queda atrapada por la cruda realidad de las favelas:

"Allí bulle la vida a trompicones
como en una infinita madriguera
y puede adivinarse entre lo oscuro
la voz de un mismo hombre en su destierro."

de los niños que se ganan la vida en la calle:

"Igual que un arlequín, igual que un pájaro,
un niño derramado en su pirueta,
se ha puesto frente al coche, en el semáforo..."

para terminar con uno de los versos más preclaros del libro:

"Ya sabe el viajero: las respuestas
no importan si no importan las preguntas."

o la realidad de un país donde un simple apagón cancela el ritmo cotidiano de la vida.

Me gustaría centrar mi presentación en la segunda parte, en "Trenes". Para mí, que el viaje es un motivo, una fuente de inspiración de muchos de mis libros, esta parte posee un apego especial. Y, sin duda, es donde más punto de contacto, de conexión, tengo con la poesía de Santiago. El tren parte de la estación de la infancia, de esa época de la imaginación y de la inocencia, de los mitos, de la vida vista como una aventura sin límite, sin fecha de caducidad. Si es cierto que la imagen del tren como metáfora ya ha sido utilizada con anterioridad, con Santiago López Navia adquiere nuevos matices y perspectivas. Porque en este poemario el tren, los trenes, no son tan solo parte de la metáfora, son parte de un hecho real, parte de un doble viaje. El poeta nos habla de aquellos trenes que, en su infancia, tomaba para desplazarse en aquellos fines de semana donde Atocha, la estación, se llenaba de "voces infantiles y mochilas cargadas de mañana."

Este apartado del libro parte con dos citas, una de William B. Yeats y otra de Pedro Salinas, tan presente a lo largo de este libro: "El ansia de la ruta viajera". El poeta viaja desde niño, y en esos viajes se va forjando esa ansia viajera, esa necesidad de viajar y descubrir nuevos lugares, nuevas gentes y, también, nuevas estaciones y nuevos trenes. Viajes que reportan recuerdos de mañanas, de tardes y de noches en esos trenes que van y que regresan. Mañanas, tardes y noches con las que podría trazarse un paralelismo con infancia, juventud y madurez, estados que se alinean con cada etapa del día o, también, con el viaje de la vida: origen, recorrido y estación final.

La primera estrofa del primer poema, esos versos de las mañanas, ya nos emplazan con la infancia:

"Era en aquel momento de mi vida
cuando los días eran siempre largos
y todo el tiempo estaba por abrirse."

¡Cuánta verdad! ¡Cuán acertados estos versos! “...y todo el tiempo estaba por abrirse”.

Esos viajes en compañía del padre que siempre se inventaba alguna historia sobre los viajeros y que, muy seguramente, influyó en el hijo a la hora de fabular historias, sobre otros viajeros y, porque no, sobre sí mismo. Viajes a los que el poeta regresa con la experiencia de que los trenes, cada vez más, realizan menos paradas y con la certeza de que ese tren (físico o virtual) "ya no volverá a parar en sus andenes."

Y evoca aquellos sueños de infancia, aquellos viajes soñados, donde él era el conductor del tren y donde en su hoja de ruta "lo importante era el viaje mismo y no el destino." Sabias palabras, esplendorosos versos. Lo importante, realmente, es el viaje. Siempre.

La segunda parte de "Trenes", "Seis cuadros de mujer sobre raíles (escritos en metros clásicos)" es parte de ese juego de observador constante, una propuesta donde Santiago nos ofrece una muestra de su versatilidad y de su dominio de la composición métrica. Un juego que juega (valga la redundancia) su papel en el libro. Yo, personalmente, considero que después de toda la intensidad, de toda la carga emocional de los poemas anteriores, de toda la exigencia requerida al lector para seguir el trayecto del discurso, estos seis poemas aparecen como un soplo de aire fresco, como un respiro para, por un lado, arrancarnos una sonrisa y, por el otro, para retratar esas mujeres que, por diversos motivos, han sido observadas con detenimiento, con empatía, con curiosidad, por el poeta. Y todo ello, como ya he mencionado, dejando muestras palpables de su maestría a la hora de ceñirse a la rigidez de movimientos que exige la métrica.

Y llegamos a la tercera parte del libro, "Asfalto", donde Santiago vuelve a sorprendernos doblemente. En primer lugar, por plasmarnos detalles, situaciones, que suelen suceder, o que acontecen, en las grandes ciudades (paisajes de asfalto); detalles, hechos, de los cuales, en muchas ocasiones sólo somos conscientes cuando alguien nos los muestra y los vemos, entonces; y en segundo lugar, porque los poemas que configuran esta parte son haikus, y Santiago nos vuelve a deleitar con el dominio con el que maneja esta métrica, aparentemente sencilla piensan algunos (cinco, siete, cinco y plis plas); y tan compleja de realizar con acierto, preservando el espíritu original del haiku. Mencionaré sólo un par de ejemplos de los haikus de esta parte; los demás ya los iréis descubriendo cuando leáis este libro con la calma y el reposo que merece:

"Los pasos rápidos
se cruzan sin que nadie
cruce los ojos."

"Duerme en los bancos
la memoria olvidada
de los periódicos."

Y así podríamos seguir con el buen número de espléndios haikus publicados en este hermosos libro.

Me acerco al final. Este ha sido mi humilde recorrido por las Impresiones de paso de Santiago López Navia. Un libro que se lee con facilidad, con fluidez, donde un poema lleva al otro casi de manera instantánea, impulsiva. Un viaje en el que, desde el primer momento, Santiago nos ofrece esa mano abierta para hacer el viaje acompañados, para reflexionar sobre la vida desde diferentes ángulos, desde diferentes ventanillas del vagón, pero en el mismo tren, en el tren de la vida. Ese al que, aunque no lo parezca, nos subimos tan sólo una vez y todas las estaciones son diferentes y son la misma.

Os invito a que hagáis ese viaje con este libro. Santiago tiene muchas cosas que explicar y su historia, en cierto modo, también es la nuestra.


José Luis García Herrera

Marzo 2016

lunes, 28 de marzo de 2016

Los otros clásicos XLIII - Joseph Pérez de Montoro

Por José Ramón Fernández de Cano

“A UN GALÁN QUE ESTANDO UNA noche con una Dama, pidió un orinal por la mañana, y ella le dio un dedal”. Así de jocoso y esclarecedor es el título de este soneto del valenciano José Pérez de Montoro, oriundo de Játiva y residente, durante la mayor parte de su vida, en Andalucía Occidental, entre Sevilla y Cádiz. Pasó también largas temporadas en la Villa y Corte, donde, amén de quedar tuerto, ganó predicamento de poeta y dramaturgo inspirado, y alcanzó el honroso título de Secretario del Rey (que exhibió siempre como el mayor de sus logros, habida cuenta de que su formación académica no pasó de unos rudimentarios estudios musicales). Su poesía seria gustó mucho a sus coetáneos: Sor Juana Inés respondió, en verso, a su famoso romance “Amor sin celos”, y fue muy celebrada su paráfrasis de Góngora en el soneto “¡Tierra no más el cielo de Medina!”. En las burlas supo ser tan ingenioso como mordaz y –costumbres de la época– cruel: la dama de este soneto, para vengarse del galán que no ha podido satisfacerla, ridiculiza el tamaño de su miembro fláccido y le humilla por su incapacidad para alcanzar la erección (“encarrujarse: retorcerse, ensortijarse, plegarse con arrugas menudas”).

XLIII.- Joseph Pérez de Montoro (1627-1694)

Después que con su dama, y a pie quedo,
pasó toda la noche un cortesano,
viendo que el orinal no estaba a mano,
pidióle, y conoció que estaba a dedo:

¡Trajéronle un dedal, gentil enredo!
Vasija de estangurria donde es llano
que le ha de hacer a todo fiel cristiano
el miedo de mear, mear de miedo.

Porque el misterio está en que la niña
quedó, de mal contenta, bien quejosa;
y, viendo que la hebra se encarruja,

“mal sastre”, le llamó, de su basquiña,
que a quien le dan dedal, cosa o no cosa,
sin duda que no puede entrar la aguja.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Sukkwan Island, de David Vann

Por Emilio Gavilanes


Cuando tenía 13 años, a David Vann (el autor de la novela) su padre le pidió que le acompañara a pasar con él un año en una isla perdida de Alaska. El niño no quiso acompañarle y unos meses después su padre se suicidó. El padre era un hombre depresivo y con problemas varios, pero Vann se ha preguntado toda la vida qué habría pasado si le hubiera acompañado.

            La mayor parte de la novela transcurre en una isla de Alaska, despoblada, a la que un padre y su hijo de trece años llegan en un hidroavión, que les deja y se vuelve a ir, con la intención de pasar un año en una cabaña alejada de la civilización (solo pueden mantener contacto exterior a través de una radio). El lugar es idílico: rodeado de bosques y montañas, junto a una bahía. El lugar perfecto para llevar una vida auténtica. El planteamiento es un poco el de Thoreau en su cabaña junto al lago Walden (más radical, pues la cabaña de Thoreau estaba a solo dos kilómetros del pueblo más cercano). Pero a Thoreau lo perdemos pronto de vista.

         Enseguida sabemos que el niño no quería hacer ese viaje y que ni él conoce mucho a su padre ni su padre le conoce mucho a él. Son padre e hijo, pero en lo más hondo son dos desconocidos. Más adelante comprenderemos que esta relación concreta es una metáfora de cualquier relación.

            Es otoño y empiezan a llegar los primeros fríos. Durante los primeros días nos recuerdan a Robinson Crusoe: cortan leña, cazan, pescan y ahúman carne, tratan de aprovisionarse de todo lo necesario para sobrevivir al largo invierno. Algunas tardes exploran los alrededores y se internan en una naturaleza salvaje que es uno de los grandes protagonistas de la novela. En nada se emplean tantas palabras en esta novela como en la expresión de esa abrumadora presencia material tan concreta. No falta el encuentro con la incontrolable fuerza animal, ejemplificada en un gigantesco oso pardo. Pero no es en el exterior donde está el peligro.

            Como cualquier construcción verbal, la lectura de esta novela no se resentiría si aquí se contasen los puntos clave del argumento (una buena novela es más una secuencia de palabras que un conjunto de ideas), pero es mejor que cada uno llegue a ellos por su cuenta.

            Esta es una soberbia novela de aventuras, a la vez exteriores e interiores, que tiene un poco de algunos de los escritores norteamericanos que a uno más le gustan: el nombrado Thoreau, el Jack London del Gran Norte, el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre, incluso la vida al aire libre de Huck Finn (solo ese aspecto; no hay nada del buen humor de Mark Twain)... escritores que ahondan en la oscuridad más grande del corazón humano y lo hacen con palabras claras.

            Después de leerla, uno le ha dado muchas vueltas a esta historia. Uno sospecha que este Vann ha debido de pensar mucho en lo que podría haber ocurrido si hubiese ido con su padre. Y en lo que debía haber ocurrido. La literatura explica lo que tenía que haber ocurrido, la vida siempre se equivoca. Quizá ha llegado a la terrible conclusión de que lo que ha escrito es lo que realmente ocurrió.

lunes, 7 de marzo de 2016

El acechante Gavilanes

Por Dativo Donate

A veces no nos resistimos a tomar algo que nos gusta mucho, aunque sepamos que nos sentará mal. A mí me pasa con el pisto y con Kafka. Disfruto con su aparente sencillez, y luego la tortuosa digestión me da la noche.

Sin embargo no hablaré de Kafka ni del pisto. Sólo son ejemplo para que me comprendan. Hay para mí una tercera fuente de placeres y pesadumbres que se llama Emilio Gavilanes. Me da reparo escribir esto, porque conozco a Emilio. Por ello me angustia confesar que no lo soporto. No quiero decir con ello que sea mala persona, mal escritor, ni que su estilo me disguste. Muy al contrario, Emilio Gavilanes es uno de los escritores y narradores más inmensos que he conocido, sea personalmente o a través de su obra. Me ocurre que cuando devoro un plato, digo un libro, de Emilio Gavilanes, la lenta digestión de lo leído se me prolonga durante días, de modo que la primera lectura de una obra suya se me convierte en una tarea tan apetitosa como temible.

Conseguí hace poco Breve enciclopedia de la infancia. Tenía que conseguirla como fuese y le pedí a Juan, de Estudio en Escarlata, que la encargase. No va en la línea de su librería, dedicada a la novela policiaca, de terror y de otros géneros; pero me hizo el favor. O la faena.

Emilio Gavilanes es una gran persona. Nada tiene que ver con el escritor Emilio Gavilanes, que es un malvado. Este escribe con maligna precisión, destilando en su prosa maldad, verdad y memoria. Lo hace con tanta fuerza que, incluso cuando lo relees para aprender, se te olvida que lo estás releyendo, para engolfarte de nuevo en lo que cuenta y caer en la trampa. Eso me pasa con pocos escritores. Con Kafka, desde luego. Sin embargo, poco tiene que ver Kafka con Gavilanes. El abrupto apellido de Kafka presagia su temblorosa paranoia; en cambio la suave fluidez de el de Gavilanes camufla el vuelo tranquilo del depredador.

Gavilanes observa desde la altura de su sensibilidad y enseguida se lanza a cazar. O más bien parece un francotirador. Se fija en cosas que pasan inadvertidas y te las comunica con amabilidad, explicando al fin con contundencia aterradora los enigmas de la vida, la muerte y el tiempo. Hay dos imágenes suyas muy similares que me perturban. Un charco en la hondonada de un solar deja ver al secarse lo que descansaba en su fondo: pedazos de basura, escombros, plásticos, trapos, jirones de vidas y lo que una vez fueron deseos. En la terraza abandonada de un bar, ya indiscernible, aflora en el barro de las primeras lluvias un tesoro de chapas, residuo de bebidas compartidas y de también conversaciones, de amores, de encuentros ya engullidos por el tiempo.

A Gavilanes hay que leerlo despacio y atento, como internándose por territorio enemigo. Parece que no pasa nada, que es una mañana radiante y tranquila. Compartes la quietud de la naturaleza; y, cuando quieres darte cuenta, algo duro y agudo acaba de atravesarte el corazón.

La prosa narrativa de Gavilanes, y también sus haikus, contienen una combinación perversa de concisión, ingenuidad, lirismo y crueldad extrema. Los pájaros, que son leit motiv en su narrativa, aparecen por ejemplo revoloteando con toda su fragilidad justo antes de sufrir algún destino espantoso. Como los niños de arrabal. A veces me imagino lo que cuenta con dibujos de Carlos Giménez, el autor de Paracuellos o Barrio, que van en la línea. La infancia es un territorio mágico acotado entre la inocencia y la brutalidad. Rezuma una crueldad natural, sin malicia, o con una malicia tan ingenua que te provoca ternura mientras te devasta por dentro. La evocación de la infancia desde la edad adulta, si se hace con sinceridad, desentierra muchos crímenes.

Un niño, por ejemplo, imagina que va con sus amigos a ver a otro niño enfermo. Planean que el enfermito se escape de su casa para vivir una aventura nocturna y van al cementerio. Allí se encuentran con la tumba reciente de otro amiguito. "¿De qué se ha muerto?", pregunta el enfermo. "De lo mismo que tienes tú" le responden, con sinceridad ingenua y atroz.

Juan Escarlata se equivoca al no tener en sus anaqueles más siniestros a Emilio Gavilanes, solo por el hecho de que no sea un autor "de género". Yo abro siempre sus libros con una mezcla de avidez y de ansiedad. No imagino cómo me va a destrozar otro episodio admirable.

Tampoco es que me seduzca el sufrimiento gratuito. Lo que pasa es que Emilio Gavilanes es además uno de los raros humoristas que merecen llamarse como tales. El humor de Emilio empapa toda su prosa y compensa sus lanzadas tremendistas. Se aleja del tremendismo desagradable de Cela, que siempre se ríe de algo o de alguien. Emilio no se ríe de nada. Hace que te rías tú por él, que te sonrías o que se abra la carcajada ante lo que sus personajes ven, o hacen, o piensan. Los niños urden explicaciones disparatadas ante lo desconocido, o exprimen la felicidad infinita de un instante de fútbol, o imaginan todo tipo de aventuras con un cartón. Viven la ficción con la certeza intensa de la verdad, son eternos hasta que los llaman para cenar. Emilio lo cuenta con la misma naturalidad con la que sus personajes infantiles encaran la muerte. La vida infantil está jalonada de poesía y de atrocidades. Cuando muere el padre o la madre de un compañero no lamentan del todo la pérdida, sino que experimentan e incluso envidian "el prestigio de la muerte", el halo de protagonismo que acompaña a sus huérfanos durante algún tiempo.

La magia del humor de Gavilanes se encuentra, a mi parecer, en la ausencia de ridiculización o de censura. Sus personajes nos resultan humanos y comprensibles, incluso los más grotescos, incluso los más depravadamente descritos por la voz narradora que no proviene del autor, sino de un personaje tras el que se oculta. Esa mamá que se acerca por detrás a su hijo, el Gordo, que hace aspavientos y cucamonas ante sus amigos para hacerles reír, y descubre la pobre que la está imitando.

Luego está la estructura. Una novela de Emilio Gavilanes no se parece a ninguna cosa conocida. Breve enciclopedia de la infancia parece en efecto una enciclopedia, con entradas desde las que se amplía una idea enunciada en una palabra. Sin embargo, desde ellas no se define, o si acaso se explica narrando. De hecho puede ser una novela o una concatenación de narraciones unidas por diferentes personajes y la voz del mismo narrador. Pero la estructura descoloca. Como en Una gota de ámbar, o en El río, la insólita conformación de la obra consigue que parezca que uno lee por primera vez. No hay dónde agarrarse, o advertir "hasta aquí el planteamiento, esto es una subtrama, aquello la conclusión". El relato tiene una forma muy elaborada aunque imprevisible, terra incognita, la aventura. Avanzas por un espacio desconocido y peligroso, lleno de belleza, de poesía y de horror. No sabes lo que va a pasar; y peor, no sabes lo que te va a pasar.

Un libro de Emilio Gavilanes no es verdaderamente un libro. Es un sendero incómodo hacia el alma de uno mismo. Algunos recomiendan sus libros favoritos. Yo, con los de Emilio, no me atrevo.

Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) ha publicado las novelas La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007) y Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio Tiflos de Novela, Edhasa/Castalia, 2014), los libros de relatos La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Ediciones de La Discreta, 2005), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011), Autorretrato (Punto de Vista Editores, 2015) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015), por el que recibió el XII Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España el 2015. También ha publicado las colecciones de haikus Salta del agua un pez (La Veleta, 2011) y El gran silencio (La Veleta, 2013).

lunes, 29 de febrero de 2016

Taller de escritura creativa del Conde de Abascal - Lección cuarta

Lectio Qvarta:

“A la gloria, en episodios”

1.- Teoría:

         Hoy la lección pide brevedad, tanto en el discurrir de la tesis como en la ejecución de la praxis; porque si Dios Nuestro Señor, siendo quien dicen que es, hubo de reponer fuerzas tras la sexta jornada… ¿será mucho que Nos, que aún no hemos alcanzado tan alta dignidad (aunque todo se andará), estemos ya harto molidos y no poco quebrantados a la tercera entrega?

         Y así, al hilo de ahorrar afanes, desengaños y pesadumbres, venimos hoy a amonestarle por haber aspirado alguna vez a conquistar, de una sola zancada, esa parcela que cree tener reservada en el Parnaso, cuando a la gloria literaria se llega también -y aún afirmaremos que mucho antes- con pasos recortados y menudos, en apariencia menguados y descaminados, pero a la postre tan firmes como bien dirigidos. Despídase, pues, noramala de ese pueril anhelo de idear y rematar, de una sentada, esa “novela magistral” que tiene en el magín desde hace lustros, y que habrá de depararle un lugar de honor entre la pléyade universal tan pronto como haya salido de los tórculos. Si ya no encuentra inspiración fuera de los chismes de alcoba del vecindario, la avilantez de los gobernantes, la carcundia de los tenderos o la hipocresía de los tonsurados, hurgue en la podredumbre de la Historia patria, siempre preñada de episodios tragicómicos amasados con sangre, bilis, mala baba y excrementos. Le saldrán infinitos textos como el de infra, que, repetidos uno detrás de otro, pueden darle hasta para cincuenta tomos de gloria… o casi.

2.- Práctica:

         -La Corte toda aseméjase a un enorme, monstruoso gallinero, de tan revuelta, confusa y enmerdada como la han dejado entre unos y otros. El rey, capón castrado, deambula alicaído y desplumado por palacio, como gallo en corral ajeno; la reina, aunque ya clueca, aún putea más que las todas las gallinas del corral; las infantas corretean como polluelas sin cabeza, picoteando el cebo de la soldadesca y brincando de palo en palo de cada alabardero; y el valido, luciendo cresta y espolón, cacarea a voz en grito entre toda esta inmundicia, pero no se digna hacer ni el huevo.
         -¡Ave María Purísima! ¿Y el Príncipe qué dice de todo esto?
         -¿El Príncipe? ¡Pío!