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martes, 12 de julio de 2016

Sobre "Impresiones de paso"

                                    
Por Guillem Vallejo
La fotografía corresponde a la presentación del libro en Barcelona. Además de por Guillem Vallejo, el autor estuvo acompañado por los también poetas José Luis García Herrera y Miquel Lluís Muntané.
Un poeta siempre es un “paseante” porque entiende que vivir es atesorar experiencias  y porque, como en Machado, su camino se escribe con pies y ojos, es decir, con su andar poético. El poemario  Impresiones de paso  de Santiago A. López Navia es una buena prueba de ello. Se inicia con el apartado Orillas  y la primera mirada se deposita intencionadamente en un colectivo al que no suelen dedicarle ni portadas en los periódicos ni palabras en los libros. Son los niños que habitan las favelas; allí las colinas son míseras, las aguas estancadas, y los niños muestran la otra cara del paisaje. Las palabras de presentación de Mac Davis que abren este primer recorrido poético ya anuncian el tono de denuncia de quien es apuntador además de viajero. El baile de un niño se convierte en metáfora de la propia poesía que se detiene un instante ante el lector sin poder saber qué quedará de esa mirada: “Igual que un arlequín, igual que un pájaro,/un niño derramado en su pirueta/se ha puesto frente al coche, en el semáforo,/vendiéndoles su danza a los que pasan”. Pasará el coche de largo y, mientras, como sucede con los niños de Brasil, de Siria y de tantos lugares, estos seres anónimos se quedarán con su  efímero arte reclamando una mano, esa  que cierra la ventanilla del coche para que nada perturbe la ruta de los del otro lado, los que pueden vivir sin mancillarse. En la última sección de este poemario, la de los haikus, el yo lírico lo dirá de forma también concisa y contundente: “Bajo los puentes / la miseria se encarna/ entre cartones". Las circunstancias que acompañanan al viajero desembocan en sacudidas, en forma de corolario cerrando un poema (“Ya sabe el viajero: las respuestas/no importan si no importan las preguntas”), u otras veces las vemos atravesando como un nervio todo el poema para que en el diálogo con el libro nosotros, los lectores, relampagueemos, poema a poema, paso a paso.

En la persona del poeta hay muchas miradas, las del tránsito y las de lo transitado, tantas como recuerdos o paisajes. Mar y poesía tienen mucho en común y,  tras la andadura del viaje, contemplar el “infinito Atlántico” es inevitablemente recrear: “Aquí está el mar entonces. Lo veis desde mí mismo,/y me lo dais,/para que ponga el sello de su molde en un poema”. Ese largo sello hecho de versos muestra la tensión entre dos fuerzas, la civitas deum frente a la civitas dei, la dura realidad del mundo y el deseo de lo elevado, con metáforas brillantes para aludir al mar como  “ciudad de sal”. Un fructífero diálogo el que establece Santiago López  Navia con la poesía del 27, en especial con el Salinas de El contemplado,  en el que la poesía se hace eco de ese precioso ensamblaje entre tradición e innovación: "En mi garganta amante brota dulce el nombre que te invento". Se advierte claramente cómo vida y creación son el haz y el envés de una misma moneda y  el paisaje el hábito que viste el poeta viajero. Otras veces, como ocurre en la siguiente sección, el tren, que también cantara Machado, permite  al observador evocar sensaciones distintas y distantes en el tiempo  reviviéndolas al recordarlas. Son eso, "pinceladas" , impresiones  que  calan en el alma del lector, que le llevan a la experiencia del niño que oye a su padre y en él adivina la verdad inalterable, la fuerza de la protección, simbolizada en la misma tierra.  El tiempo ahora, el de la infancia, adquiere forma plástica: “el tiempo estaba por abrirse". La capacidad inventiva del padre al imaginarse historias de los viajeros, de sus destinos, al llevarle a la estación a ver pasar los trenes, volverá en el hijo, recreador del pasado, y en lugar de la “canción del pirata” de Espronceda, tendremos al niño imaginándose “capitán” de una gran locomotora, exaltando con ella el paraíso perdido de la infancia.  En la sección de "Los trenes" insistirá el poeta en la idea que ya había expresado Pessoa en el Libro del desasosiego : “los viajes son los viajeros, que lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos”. El yo lírico, y esta es otra de las virtudes de este poemario, no se queda en la mera abstracción sino que es hijo de su espacio (Madrid) y de su tiempo, y fiel a ambos los vuelve emotivamente próximos: "Los sábados Atocha se llenaba / de voces infantiles y mochilas". En el ansia del niño por ser protagonista de sus aventuras, hay poemas en los que el motivo del viaje nos llevará de nuevo al mismo acto del escritor, quedando explícitamente definido el gusto por el medio y no el fin:  "porque en mi hoja de ruta lo importante era el viaje mismo y no el destino".

Hay versos que tienen dos lecturas: una la sentencia, la afirmación reflexiva que nos lleva casi al aforismo; otra la lectura circunstancial del poema, unidas ambas en ocasiones a través del buen hacer del escritor  en encabalgamientos cargados de sentido: "La noche y el regreso van unidos / a los largos veranos de mi infancia". Decía Cernuda que "Todo es triste al volver", y en López Navia la nostalgia es un puerto y un puente siempre de ida y  vuelta. Un puente estremecido, titubeante, que nos invita, como el hogar o la amistad, a volver una vez más para descubrir el aroma que persiste en lo que se hizo con tiempo, lo que creció con la levadura de la mirada atenta, para dejar en nuestra lectura un resquicio de belleza que persiste, unas imperecederas “impresiones de paso”.

Guillem Vallejo Forés

18 de marzo de 2016

lunes, 4 de abril de 2016

Impresiones de paso o miradas desde el tren de la vida

(El pasado 18 de marzo, en la librería "La impossible" de Barcelona, se presentó "Impresiones de paso", el último poemario de Santiago López Navia, editado por La Discreta. En el acto, además del autor, participaron José Luis García Herrera, Miquel Lluís Muntané y Guillem Vallejo. Transcribimos a continuación lo que en ese acto dijo el poeta José Luis García Herrera.)




"En la ventana todo palpitaba
como fundido en mí. Yo aún no sabía
que nunca fue tan rápido mi paso
y nunca fue tan mío aquel paisaje."

Este breve poema, el número quince, del apartado "Las vías y las horas" que encabeza el primer capítulo de la segunda parte del libro, titulada "Trenes", reúne y resume, creo, en estos cuatro versos, la gran parte, en mi modesta opinión, de la esencia de Impresiones de paso.

Santiago López Navia, quienes le conocemos, quienes hemos tenido la fortuna de leerle con anterioridad, sabemos que es un gran observador. Un observador perspicaz. Y los que leáis este libro podréis traslucir esta particularidad en la práctica totalidad de los poemas.

Y un gran observador está siempre detrás de una ventana (ya sea física o figurada) contemplando la vida y, en especial, trascendiendo más allá de lo aparente, más allá de lo que vemos, o creemos ver, a simple vista. La realidad (o lo que pensamos que es la realidad) es una, pero compuesta de pequeños fragmentos que, a veces, para una gran mayoría, son prácticamente imperceptibles. Pero, para aquellos que no somos capaces de distinguir esas pequeñas muestras de realidad, contamos, afortunadamente, con la poesía de Santiago para verlas, reunirlas y para disfrutarlas.

El final del segundo verso y el tercero nos dan idea clara de la fugacidad de la vida, de ese trayecto en el que estamos embarcados y nos depara infinidad de emociones –agradables o dolientes– de situaciones –agradables o agobiantes–, en ese viaje que realizamos en un tren que no hace paradas y al que todos subimos y bajamos, aunque no nos lo parezca, tan solo una vez. Esa es la tragedia del viajero, de todo viaje: que el tiempo pasa veloz mientras nos detenemos a contemplar todo lo que vemos y, al instante, pasa a ser pasto del tiempo, del pasado, de la nada... Por eso el artista (ya sea poeta, pintor, escultor, etc.) intenta con su obra dejar atrapado ese espacio de tiempo vivido.

El verso que dice, más o menos, "Nunca fue tan mío aquel paisaje" me sugiere, nos sugiere, la idea de que jamás somos del todo conscientes de que todo lo que vivimos en el presente será nuestro legado cuando miremos hacia atrás. Y, más concretamente, cuando miremos hacia la etapa de la infancia en la que, por supuesto, jamás llegamos a imaginar que, desde la edad madura, nos miraríamos con los ojos vidriados de la emoción. Y sí, aquel paisaje fue nuestro, aquel paisaje que iba quedando atrás, a medida que el tren seguía, infatigable, firme, persistente, su rumbo.

Para mí, este libro, Impresiones de paso, incide sobre estos aspectos desde la visión de un poeta que, como ya he dicho, desea ver más allá de lo puramente aparente.

Debo reconocer, y reconozco abiertamente, que poseo una afinidad, en términos poéticos (y creo que en otros) con Santiago López Navia. Desde la lectura del primer verso de este libro sentí que había una conexión entre su manera de ver y de escribir y entre mi manera de leer y de percibir. Me seduce, y creo que a muchos de los que lean este libro les pasará de un mismo modo, la manera en la que Santiago afronta el poema y cómo va desgranando, verso a verso, su mundo y sus ideas. Una manera de escribir que, de manera directa, sin ambages, establece una relación muy particular con el lector, una complicidad que se genera desde el primer poema, desde el primer verso, porque la poesía de López Navia busca, como decía Aleixandre, "la comunicación", compartir, mostrar esas vivencias de una manera diáfana, clara, y revestida, únicamente, o especialmente, de esa emoción que nace de la mirada que trasciende, que ahonda en el interior, de aquello que no se ve pero, no por ello, deja de estar presente en todos nosotros.

El título del libro es franco y transparente, Impresiones de paso. Al leerlo tenemos una certeza, más o menos relativa, de lo que nos vamos a encontrar. Y esa misma transparencia, esa misma certeza, esa, podríamos decir, "mano tendida", es la que nos lleva a tomar el libro y ver cuáles son esas impresiones y qué lugares son los que ha transitado el poeta. Abrimos el libro, ya sea al azar o buscando el prólogo, y nos encontramos que está dividido en tres partes. No sé si el hecho de que sean tres partes es un tema casual. Yo creo que no. Creo que son tres los aspectos de su paso por la vida, de su caminar por el mundo, los que Santiago nos ofrece. La mirada, "la impresión" del viajero, del viajero que huye de las postales turísticas para adentrarse en la realidad de la vida cotidiana. La mirada del hombre que atraviesa la vida en el tren del tiempo y contempla, con los ojos de hoy y de ayer, su paso por la vida, el equipaje de la memoria; y la mirada del hombre que vive en una gran ciudad donde la prisa es la que marca el ritmo de los días y donde nadie, o casi nadie, tiene el momento necesario para detenerse y ver esas pequeñas cosas, esas pequeñas paradojas que suceden a nuestro alrededor.  El poeta ve y, sobre todo, lo que desea es "dar a ver", quiere que, a través de sus poemas, veamos la vida, la suya y la nuestra, a través de sus ojos, de sus versos.

Como ya he dicho, el libro está dividido en tres partes, "Orillas", "Trenes" y "Asfalto". Así se titulan. Sobre el carácter de cada una, y sobre lo que ya he comentado, será fácil discernir el eje central de cada una de las partes. Profundizaré un poco más en cada una, pero sólo un poco, pues no os voy a dar todo el trabajo hecho. Algo (o mucho) debe quedar cuando hagáis vuestra propia lectura y lleguéis a vuestras propias conclusiones.


"Orillas" se corresponde en parte con un viaje a Brasil donde el alma del poeta queda atrapada por la cruda realidad de las favelas:

"Allí bulle la vida a trompicones
como en una infinita madriguera
y puede adivinarse entre lo oscuro
la voz de un mismo hombre en su destierro."

de los niños que se ganan la vida en la calle:

"Igual que un arlequín, igual que un pájaro,
un niño derramado en su pirueta,
se ha puesto frente al coche, en el semáforo..."

para terminar con uno de los versos más preclaros del libro:

"Ya sabe el viajero: las respuestas
no importan si no importan las preguntas."

o la realidad de un país donde un simple apagón cancela el ritmo cotidiano de la vida.

Me gustaría centrar mi presentación en la segunda parte, en "Trenes". Para mí, que el viaje es un motivo, una fuente de inspiración de muchos de mis libros, esta parte posee un apego especial. Y, sin duda, es donde más punto de contacto, de conexión, tengo con la poesía de Santiago. El tren parte de la estación de la infancia, de esa época de la imaginación y de la inocencia, de los mitos, de la vida vista como una aventura sin límite, sin fecha de caducidad. Si es cierto que la imagen del tren como metáfora ya ha sido utilizada con anterioridad, con Santiago López Navia adquiere nuevos matices y perspectivas. Porque en este poemario el tren, los trenes, no son tan solo parte de la metáfora, son parte de un hecho real, parte de un doble viaje. El poeta nos habla de aquellos trenes que, en su infancia, tomaba para desplazarse en aquellos fines de semana donde Atocha, la estación, se llenaba de "voces infantiles y mochilas cargadas de mañana."

Este apartado del libro parte con dos citas, una de William B. Yeats y otra de Pedro Salinas, tan presente a lo largo de este libro: "El ansia de la ruta viajera". El poeta viaja desde niño, y en esos viajes se va forjando esa ansia viajera, esa necesidad de viajar y descubrir nuevos lugares, nuevas gentes y, también, nuevas estaciones y nuevos trenes. Viajes que reportan recuerdos de mañanas, de tardes y de noches en esos trenes que van y que regresan. Mañanas, tardes y noches con las que podría trazarse un paralelismo con infancia, juventud y madurez, estados que se alinean con cada etapa del día o, también, con el viaje de la vida: origen, recorrido y estación final.

La primera estrofa del primer poema, esos versos de las mañanas, ya nos emplazan con la infancia:

"Era en aquel momento de mi vida
cuando los días eran siempre largos
y todo el tiempo estaba por abrirse."

¡Cuánta verdad! ¡Cuán acertados estos versos! “...y todo el tiempo estaba por abrirse”.

Esos viajes en compañía del padre que siempre se inventaba alguna historia sobre los viajeros y que, muy seguramente, influyó en el hijo a la hora de fabular historias, sobre otros viajeros y, porque no, sobre sí mismo. Viajes a los que el poeta regresa con la experiencia de que los trenes, cada vez más, realizan menos paradas y con la certeza de que ese tren (físico o virtual) "ya no volverá a parar en sus andenes."

Y evoca aquellos sueños de infancia, aquellos viajes soñados, donde él era el conductor del tren y donde en su hoja de ruta "lo importante era el viaje mismo y no el destino." Sabias palabras, esplendorosos versos. Lo importante, realmente, es el viaje. Siempre.

La segunda parte de "Trenes", "Seis cuadros de mujer sobre raíles (escritos en metros clásicos)" es parte de ese juego de observador constante, una propuesta donde Santiago nos ofrece una muestra de su versatilidad y de su dominio de la composición métrica. Un juego que juega (valga la redundancia) su papel en el libro. Yo, personalmente, considero que después de toda la intensidad, de toda la carga emocional de los poemas anteriores, de toda la exigencia requerida al lector para seguir el trayecto del discurso, estos seis poemas aparecen como un soplo de aire fresco, como un respiro para, por un lado, arrancarnos una sonrisa y, por el otro, para retratar esas mujeres que, por diversos motivos, han sido observadas con detenimiento, con empatía, con curiosidad, por el poeta. Y todo ello, como ya he mencionado, dejando muestras palpables de su maestría a la hora de ceñirse a la rigidez de movimientos que exige la métrica.

Y llegamos a la tercera parte del libro, "Asfalto", donde Santiago vuelve a sorprendernos doblemente. En primer lugar, por plasmarnos detalles, situaciones, que suelen suceder, o que acontecen, en las grandes ciudades (paisajes de asfalto); detalles, hechos, de los cuales, en muchas ocasiones sólo somos conscientes cuando alguien nos los muestra y los vemos, entonces; y en segundo lugar, porque los poemas que configuran esta parte son haikus, y Santiago nos vuelve a deleitar con el dominio con el que maneja esta métrica, aparentemente sencilla piensan algunos (cinco, siete, cinco y plis plas); y tan compleja de realizar con acierto, preservando el espíritu original del haiku. Mencionaré sólo un par de ejemplos de los haikus de esta parte; los demás ya los iréis descubriendo cuando leáis este libro con la calma y el reposo que merece:

"Los pasos rápidos
se cruzan sin que nadie
cruce los ojos."

"Duerme en los bancos
la memoria olvidada
de los periódicos."

Y así podríamos seguir con el buen número de espléndios haikus publicados en este hermosos libro.

Me acerco al final. Este ha sido mi humilde recorrido por las Impresiones de paso de Santiago López Navia. Un libro que se lee con facilidad, con fluidez, donde un poema lleva al otro casi de manera instantánea, impulsiva. Un viaje en el que, desde el primer momento, Santiago nos ofrece esa mano abierta para hacer el viaje acompañados, para reflexionar sobre la vida desde diferentes ángulos, desde diferentes ventanillas del vagón, pero en el mismo tren, en el tren de la vida. Ese al que, aunque no lo parezca, nos subimos tan sólo una vez y todas las estaciones son diferentes y son la misma.

Os invito a que hagáis ese viaje con este libro. Santiago tiene muchas cosas que explicar y su historia, en cierto modo, también es la nuestra.


José Luis García Herrera

Marzo 2016

jueves, 17 de diciembre de 2015

Haikus de Santiago López Navia

.(El pasado 9 de diciembre, en el Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid, el discreto Santiago López Navia presentó su nuevo libro de poemas Impresiones de paso, acto en el que, entre otros, también participó el escritor Emilio Gavilanes. Transcribimos aquí el comentario de este último a los 50 haikus que forman parte del libro.)

Por Emilio Gavilanes

Yo solo voy a llamar la atención sobre una parte de este precioso libro de poesía de Santiago López-Navia. Es la tercera, titulada “Asfalto”, que está compuesta por 50 haikus.
El haiku, como seguramente saben ustedes es una poema de origen japonés que métricamente se compone de tres versos que no riman, de 5, 7 y 5 sílabas, aunque los entendidos dicen que lo importante no es esa distribución 5-7-5, sino el total de sílabas, 17, que pueden distribuirse de modos diferentes. Pero más importante que el aspecto formal es el contenido del haiku. Los japoneses exigen que haya una palabra que indique la estación en la que nos encontramos y eso tiene como consecuencia que la atención esté dirigida hacia el mundo natural. Y sobre todo el poema tiene que expresar la emoción que produce la percepción de la naturaleza. El haiku es la exaltación, o la vindicación, por usar una palabra más modesta, de lo lateral, de lo marginal, de lo secundario. Es la celebración de la estética de lo pequeño, que lleva asociada una ética: la de que eso pequeño, secundario, puede ser tan significativo como lo protagonista.

El haiku, que parece un poema muy exótico y ajeno a la tradición poética en español, tiene sin embargo una presencia relativamente temprana en nuestra poesía. Quizá el haiku más famoso es uno de Matsuo Basho que dice, en una de las traducciones más neutras:

Un viejo estanque.
Salta una rana.
Ruido del agua.

Pues bien, este haiku ya lo tradujo Valle Inclán (es cierto que de una manera más aparatosa, al gusto modernista de su época) de este modo:

El espejo de la fontana
al zambullirse de la rana
¡hace chas!

Grandes poetas españoles de la época de Valle, como Juan Ramón, Unamuno, Machado, también escribieron haikus.

Bien, pues todas las características ortodoxas del haiku están en muchos de Santiago (aunque no todos sean ortodoxos, lo cual me parece una virtud, no un defecto). Por ejemplo, en estos se puede ver la estación en la que estamos:

Las amapolas
bendicen los solares.
Primicia roja.


Los bancos guardan
ausencias congeladas.
Nieve en el parque.

Y son muchos los haikus en los que se revela una emocionada percepción del mundo natural. Podría traer aquí bastantes, pero creo que bastará con este:

¡Qué sinfonía
de confusión el canto
de los gorriones!

Pero no hace falta que solo aparezcan bichos o plantas para entrar de lleno en el espíritu del haiku. La misma emoción la encontramos en las imágenes de gente modesta, anónima, en la observación de lo más humilde:

Bajo los puentes
la miseria se encarna
entre cartones.

En una esquina
busca el sol un anciano.
No tiene prisa. 
             
El haiku es en cierto sentido el poema menos poético que hay. Y no me refiero a que algunos lo llamen el soneto del vago. No. Es porque en el haiku el poeta ha desaparecido. Solo queda su mirada, su dedo, que señala algo que está fuera de él. El poeta no nos abre su interior, su subjetividad, que es lo habitual en la poesía occidental. El haiku nos muestra imágenes, escenas objetivas. Pero paradójicamente en esas imágenes objetivas parece que conocemos mejor la intimidad del poeta que en muchos poemas confesionales. Porque el haiku siempre nos habla de más cosas que de aquellas de las que nos habla. Habla de la paloma que camina pavoneándose con indiferencia, pero nos parece que nos está hablando de algunas personas, de ciertos conocidos. Y el modo escueto en que se nos dice que el mirlo canta desde su rama nos comunica una exaltación más allá del propio canto del mirlo. El haiku se desarrolla en varias direcciones, tiene distintas interpretaciones, y estos haikus de Santiago lo expresan de manera espléndida. Por ejemplo, en este en el que leemos:

¿A dónde lleva
la escalera mecánica
del otro lado?

Además de todo esto, Santiago añade una originalidad a sus haikus y es que estos forman una unidad narrativa, digamos. Es un procedimiento que solo hemos visto en algunos autores japoneses. En el primero se sugiere el amanecer:

Tras los cristales
las persianas invocan
a la luz nueva.

Asistimos al comienzo del día:

Brotan los ecos
que la ciudad le roba
a la mañana.

La ciudad entera se despierta y se pone en movimiento. La atmósfera es esta:

Aunque amanece
no se marcha la sombra
de la tristeza.

Más adelante una nueva pincelada insiste en la atmósfera que nos envuelve:

Las ocho. Lunes.
Circulan atestados
los autobuses.

Parece que aún seguimos dormidos:

Ojos y sueño
se funden con los libros
en los vagones.

Va avanzando la mañana:

El metro acuna
el alma aletargada
de los viajeros.

El mundo moderno, el grave, pesado mundo maquinal, está presente de una manera leve, ligera:

Cuántos secretos
los viajeros olvidan
en sus teléfonos.

Alguien comprueba
las traiciones exactas
de los relojes.
Los transeúntes
con sus auriculares
se desencuentran.

De pronto, parece que volvemos a la noche, como en un oscuro fogonazo:

Acecha el túnel
tras el espejo negro
de la ventana.

Y sigue transcurriendo el día. Y en ese día, que es más mental que real, el invierno y la primavera son casi simultáneos:

Glaciares breves
son los charcos helados
de las aceras.

Y a continuación:

Entre las grietas
de las aceras brotan
flores minúsculas.

Inmediatamente aparecen en el cielo las aves migratorias:

Coreografía
de pasos imposibles.
Las golondrinas.

Y entra el verano:

Duele la lluvia
en los primeros días
de un junio frío.

Y aprieta el calor:

Cuarenta grados.
Se derriten las almas
sobre el asfalto.

Vemos la sucesión de las horas. Comienza a llegar la tarde:

Rasga la tarde
la afilada sirena
de la ambulancia.
Y:
Un sol vencido
se bate en retirada.
Cede la tarde.

Y más:

En el ramaje
se refugian los pájaros.
El día muere.

Se acerca la noche:

Por las rendijas
se adivinan las luces
de las farolas.

Y enseguida:

Tras las puertas
las almas derrotadas
llaman al sueño.

Y no tarda en llegar la noche cerrada:

Desde los campos
nana en clave de morse.
Cantan los grillos.

Es extraordinario. Solo ha transcurrido un día, pero hemos asistido al paso de un año entero. Hemos comenzado en la ciudad (no olvidemos que toda la sección se titula “Asfalto”), y también hemos hecho alguna incursión en el campo:

Danza de verde.
Revuelo de vilanos.
Viento en la hierba.

Resulta que estos cincuenta modestos haikus de Santiago son muy ambiciosos, pues han concentrado en muy pocas palabras todo un año. Y en un año han representado toda una vida, es decir, todas las vidas. Este puñado de haikus aspiran a contener el mundo entero.