martes, 17 de marzo de 2015

De Dionisio a Domingo


El autor y Domingo pasean por la orilla del Río de la Plata a la altura de Pinamar (Uruguay)

Hoy, 16 de marzo, ha muerto mi tío Domingo. Tenía casi 91 años. Traigo a este espacio literario su recuerdo porque Domingo es, hasta un punto, el Dionisio de mi Tango para un copiloto herido (Ediciones de La Discreta, 2010) y casi podría decir que fue su coautor.


En efecto, como reconozco en la dedicatoria, la historia que escribió Domingo sobre los avatares de mi familia materna (Andanzas), me sirvió de base para construirle un pasado a mi Dionisio. Incluso le robé este nombre porque en sus páginas autobiográficas prefirió esconderse bajo el del dios griego, tan alejado en realidad de su forma de ser.


Así que las historias de Domingo y mi Dionisio son la misma hasta que en la novela entra en juego mi imaginación. Esto ocurre cuando mi personaje es captado desde la recién nacida Nato para un servicio secreto occidental. Hasta ese punto todo es cierto, incluido el episodio del ministro embajador de Uruguay detenido por contrabando de diamantes, o la participación de Dionisio en las primeras emisiones experimentales de televisión en Bélgica. Las noticias sacadas de los diarios de la época solo tienen los nombres alterados. También es verídica punto por punto su peligrosa huida desde España hasta Francia cruzando a nado el Bidasoa.


Pero a lo que no hizo honor mi novela fue a su condición de ser humano completo y complejo. Me quedé con su pasado y no le puse mucho adentro porque en la trama tenía que ser un personaje misterioso y mi tío no lo era. Era simplemente un ser humano extraordinario, una de las personas más íntegras que he conocido. La guerra y la posguerra, con todo lo que supusieron de miseria y envilecimiento, no pudieron con su fortaleza ética. Hoy, cuando descubrimos lo fácil que resulta corromper a individuos que llevan una vida más que digna, imaginar que un joven de menos de veinte años se entregase en plena posguerra a sacar adelante con su trabajo a una familia del bando de los “perdedores”, compuesta por una viuda y seis hermanos, y no solo eso, sino que fuera capaz de transmitirles los más altos principios cívicos y éticos, nos traslada la auténtica condición del héroe. Seguro que no fue el único, pero es el que yo he conocido más de cerca.


Educado en un seminario hasta el comienzo de la contienda civil española, el comportamiento de la Iglesia lo apartó de la fe, por lo que su integridad no surge de esquemas judeocristianos de pecado y castigo. No obstante, su búsqueda de referentes filosóficos y éticos nunca cejó. Ya en Uruguay, se interesó por la logosofía, una escuela ético filosófica nacida en Argentina y que podríamos definir como la cara opuesta de una secta: con una mezcla de interesantes intuiciones, luego confirmadas por la neurociencia, y de algunas ideas un tanto ingenuas, su objetivo es formar seres humanos conscientes y reflexivos, alejados de las creencias irracionales. La propia logosofía debe ser sometida a crítica por el alumno. Domingo llegó a dirigir una escuela logosófica en Montevideo durante muchos años.


Una faceta suya que sí tiene correspondencia en mi Dionisio fue su capacidad de aprendizaje y superación. Con el bachillerato apenas empezado tuvo que abandonar los estudios por la guerra. Fue un autodidacta toda su vida. Aprendió los oficios de fresador, tornero, electricista, soldador… Escribía a la perfección en su estilo un tanto alambicado, como si se hubiese formado en un liceo francés. Y es que su madrina de acogida en Bruselas tuvo que enseñarle mucho en poco tiempo y él lo aprovechó al máximo. Cuando vino a España por última vez, con 75 años, hace de esto quince, se llevó de mi casa su primer ordenador. A las pocas semanas estaba ya enviándonos mensajes, enlaces y fotos a toda la familia. 


Nunca quieto, nunca estancado. Enviaba cartas a los diarios que muchas veces se publicaban, y fueron varios los presidentes que contestaron personalmente a sus misivas. Mi tío no encontró en Uruguay la famosa Suiza de América, ya no era tal, sino algo más importante: una joven república de unos pocos millones de habitantes donde la política resultaba mucho más cercana y participativa. Pero tuvo que soportar, como todos los uruguayos, la terrible dictadura militar (paralela a la argentina y más represora en proporción a la población) y, entre otras humillaciones, que los milicos entraran por dos veces en su casa en busca de material subversivo. Afortunadamente, en sus últimos años vivió y disfrutó del triunfo repetido de su partido, el Frente Amplio. Estoy seguro de que Mugica y él se habrían entendido a la perfección.


Los que me habéis leído sabéis que en mis obras siempre o casi siempre hay un diálogo entre realidad y ficción. En el caso de Tango ese contraste se extiende a uno de sus protagonistas. La distancia de mi Dionisio a mi tío Domingo marca la diferencia entre un personaje ficticio y su referente real, indudablemente más interesante y completo. Solamente quería dejar constancia de ello en estas líneas dedicadas a su memoria.







lunes, 16 de marzo de 2015

La gente de la ciénaga, de P. V. Glob

Este es un libro apasionante. Habla de los muchos cadáveres (casi doscientos) que han venido apareciendo desde hace siglos en las turberas de Dinamarca. La mayoría son cuerpos que datan de la Edad de Hierro, pero también los hay que proceden de la Edad Media e incluso de épocas más recientes, víctimas de crímenes de las que sus asesinos se deshicieron arrojándolas al pantano.

¿Cómo aparecen estos cuerpos? Los campesinos llevan acudiendo a las turberas desde hace siglos para extraer turba, que es el combustible que tienen más a mano para emplear en sus hogares. Extraen la turba cortándola con palas y los cuerpos aparecen durante la operación a diferentes profundidades.

Los cadáveres –casi todos de gente que murió de forma violenta- aparecen desnudos y suelen estar muy bien conservados, hasta el punto de que algunos, que llevaban muertos miles de años, parecían tan recientes que cuando los descubrieron se dio aviso a la policía. Al hombre de Grauballe, por ejemplo, se le pudieron tomar las huellas dactilares. Este y el de Tollund son los más famosos, por lo bien conservados que aparecieron (es recomendable ver alguna foto en internet). El hombre de Tollund murió ahorcado, y el de Grauballe, degollado. A los dos se les pudo examinar el contenido del estómago y se pudo saber en qué consistió su última comida. En ambos casos fue una papilla compuesta de plantas y trozos de frutas y semillas, de hasta cerca de 70 especies.

¿Por qué se mataba a esta gente y se la arrojaba al pantano? Hay básicamente dos explicaciones. Unos estudiosos sostienen, apoyados en pasajes de la Germania de Tácito, que son ejecuciones de delincuentes, de traidores, de cobardes, de individuos con comportamiento antisocial. La otra explicación es asombrosa y es la que sostiene el autor del libro. Para él son sacrificios rituales, ofrendas propiciatorias. Ofrendas de gente incluso de cierta relevancia social (el hombre de Grauballe tenía unas manos tan cuidadas que era evidente que nunca había trabajado con ellas).

¿Y qué se pretendía con estos ritos? El autor dice que las especies que comieron en sus últimos banquetes tanto el hombre de Tollund como el de Grauballe son todas de invierno o de primavera. Y eso le lleva a sostener que se les sacrificaba en ritos de ayuda al crecimiento de la vegetación. Luego volveremos sobre esto.

En las turberas se producen fenómenos de conservación tan paradójicos y sorprendentes como estos: se conserva la piel de un cuerpo y todo el interior –incluidos los huesos- se deshace y desaparece. O se conservan los mangos de madera de algunas herramientas de metal y el metal se disuelve en la ciénaga. O se descompone un cráneo y queda intacto el cerebro que contiene, por estar saturado de colesterol, que es insoluble en soluciones acuosas…


Hablábamos antes de ahorcamientos rituales. Hay otros pueblos de la antigüedad que practicaban estos ahorcamientos en honor de una diosa de la fertilidad. Ahora bien, ¿qué relación hay entre un ahorcamiento y el crecimiento de los cereales, por ejemplo? ¿Qué simbolismo esconden estos ritos? Se me ocurre una explicación. Se trata de ayudas simbólicas. Sabemos de ritos agrarios que consisten en danzas compuestas de grandes saltos verticales. Son una forma de empujar mágicamente a la planta en su crecimiento. El ahorcamiento es la misma ayuda, la misma idea. En vez de saltar, el cuerpo se mantiene en el aire, suspendido, para ayudar a crecer a la planta. Simbólicamente, un ahorcamiento es el límite al que tiende un salto que se repite. Es un salto mantenido.

P. V. Glob La gente de la ciénaga (Marbot Ediciones, 2012)

lunes, 9 de marzo de 2015

Traducción y creación: Obra ajena, de José María Micó

Juan Varela-Portas de Orduña

José María Micó trae hasta nuestros tiempos el ideal de intelectual renacentista que tanto ha estudiado. Excelente poeta, ha ganado reputados premios como el Hiperión (La espera, Hiperión, 1992) o, recientemente, el Premio Generación del 27 (Caleidoscopio, Madrid, Visor, 2013), además de contar en su haber libros de extraordinaria factura como Camino de ronda (Barcelona, Tusquets, 1998), Verdades y milongas (Barcelona, DVD, 2002) o La sangre de los fósiles (Barcelona, Tusquets, 2005). Como profesor universitario (de la Universitat Pompeu Fabra) y estudioso de la literatura, es un consumado especialista en la poesía de Góngora, y se ha ocupado también de poesía hispanoamericana, y literaturas clásicas española e italiana. Es además músico, y con la cantante Marta Casas compone el dúo Marta y Micó, para el que toca la guitarra y compone, dúo especializado en poesía y música. Su último espectáculo, Caleidoscopio, en el que él recita alguno de sus textos y ella canta poemas escritos y musicados por el propio Micó, además de incluir en el repertorio algunos tangos clásicos que ofrecen la mejor poesía del género, ha sido presentado en diversos locales de Barcelona, La Guardia, Girona, Ronda, y de Italia, especialmente el Festival Europa in versi de Como. Una de sus costumbres, que a mí me encanta (y que comparte con otro gran poeta y traductor, Luis Martínez de Merlo, aunque creo que no se conocen), es la de regalar a sus amigos exquisitos trípticos y cartulinas ilustrados con dibujos, reproducciones de cuadros, manuscritos, etc., con ejemplos puntuales de su propia obra (un poema, un pasaje traducido…): posee un catálogo con cientos de estas pequeñas ediciones de autor, normalmente de pocos ejemplares, muy preciados, aunque alguna de ellas ha llegado hasta las doscientas copias. De todo ello, el curioso lector puede hallar cumplida información en su web www.jmmj.eu.

Pero lo que nos mueve a traer hoy aquí noticia de él es su impresionante labor como traductor de poesía, especialmente de poesía clásica. Micó es conocido como el traductor del Orlando furioso, tarea ciclópea que lo llevó a ganar el Premio nacional de traducción en el 2006 y el Premio nazionale per la traduzione italiano en 2007 por su edición de 2005 (Ludovico Ariosto, Orlando furioso, traducción, introducción, edición y notas de José María Micó, Madrid, Espasa-Biblioteca de Literatura Universal, 2005, nueva edición de 2010). Pero también ha traducido las Sátiras de Ariosto, la poesía de Jordi de Sant Jordi, de Ausiàs March, así como obra en prosa de Petrarca y una novela del catalán Josep Piera. Se ocupa ahora nada más y nada menos que de traducir la Divina Comedia.

Una muestra de esta labor se puede encontrar ahora en un libro que surge de una idea original, la de recopilar algunos ejemplos de sus traducciones y presentarlos al lector como un libro de poesía a sé stante: Obra ajena (Madrid, Devenir, 2014). En él encontramos traducciones de Dante, de Jordi de Sant Jordi, de Ausiàs March, del Orlando y las Sátiras de Ariosto, de Torquato Tasso, Shakespeare, Housman, Auden, Montale y un apéndice final con “poemas sicalípticos de diversos autores” que harán las delicias de la Casa de Abascal y sus discretos siervos. Pero lo interesante de la publicación es que, como decíamos, funciona como un libro de poesía tal cual: la selección ha sido hecha con tal gusto que el libro se lee de arriba a abajo de manera fluida y casi como si los poemas se asociaran entre sí.

En esta breve nota quería simplemente señalar cómo José María Micó consigue en sus traducciones mantener el delicado equilibrio entre la traducción literal, filológicamente rigurosa, y la creación literaria que su condición de poeta le permite. Las traducciones no son traducciones de autor, traducciones literarias o recreaciones, y sin embargo tienen un vuelo creativo que permite, sin perder fidelidad al texto original, que los textos se sostengan a sí mismos en la lengua de llegada de manera autónoma, como poemas recién creados. Como explica en el escueto prólogo del libro, Micó es consciente de que “toda traducción poética comparte el designio más noble de la filología, que es el de entender y dar a entender los textos, y la ambición más alta de la creación, con la peculiaridad o la ventaja de ser una ambición secreta y servil, consagrada a la reconstrucción” (p. 6). Da la sensación de que, traduciendo, Micó se siente menos responsabilizado, en cierta manera más libre y a gusto, que en el trabajo estrictamente filológico pero también que en su obra creativa, en el sentido de que, como se trata de poner la voz a otros, uno tiene menos posibilidades de perder el propio camino.

A menudo, se considera la labor de traducción, y especialmente la de traducción poética, como una fatiga de segunda fila, de orden menor, de importancia secundaria. Valga esta modesta nota informativa, y sobre todo valga la deliciosa recopilación hecha por Micó, para mostrar claramente que traducir no es algo menos noble, creativo y enriquecedor que la propia escritura poética. Micó lo sabe bien: “Si, como escribió Octavio Paz, “aprender a hablar es aprender a traducir”, los textos literarios sólo pueden cobrar su sentido pleno cuando son reiterada e incansablemente traducidos a través de las generaciones” (p. 6).


José María Micó, Obra ajena, Madrid, Devenir, 2014.

lunes, 2 de marzo de 2015

Conversaciones con Santiago Bernabéu, de Mariano Gómez Santos


Marino Gómez Santos publicó en los años 50 y 60 en el diario Pueblo largas conversaciones con distintas personalidades que tenían un formato semejante: charlaba con el personaje durante varias sesiones y las iba publicando en el diario en números sucesivos. Muchas de ellas las reunió después en libros. Son entrevistas espléndidas. Puedo recomendar algunas: la que le hizo a Edgar Neville es fabulosa, imprescindible en todos los estudios sobre Neville; todo lo que cuenta Neville de su época de Hollywood, las estrellas de las que se hizo amigo (Chaplin, por ejemplo, que muchos años después le seguía mandando recuerdos desde Suiza, a través de su hija Geraldine, cuando esta vivía en Madrid, casada con Carlos Saura), las mansiones, las posesiones y las fincas de William Randolph Hearst, algunas del tamaño de una provincia española…, todo resulta interesantísimo. También es especialmente recomendable la de Foxá, de quien tan pocos estudios biográficos hay. O la que le hizo a Dalí, extraordinaria, tronchante a veces, en la que Gómez Santos aguanta impertérrito las humillaciones a las que le somete el sádico Dalí. También tiene un libro maravilloso sobre Baroja: Baroja y su máscara, un libro que parece descabezado, desestructurado, caótico, pero en el que uno siente que realmente está junto a Baroja (Baroja está más vivo en ese libro que en algunos suyos). Este libro inventa el Nuevo Periodismo, del que tanto presumieron después los americanos. He leído una pequeña parte de los libros de Gómez Santos, pero apostaría algo a que todos son buenos.

Marino Gómez Santos, que de joven era tan guapo que le llamaban Marinín Monroe, fue colaborador muy cercano de González Ruano (escritor portentoso, que ahora que ha caído en desgracia hay que vindicar); incluso González Ruano dejó de ir al café Gijón y se hizo asiduo del Teide por defender un libro de Gómez Santos sobre el café Gijón que sentó mal entre los parroquianos.

Pero vayamos con el libro que nos ocupa. Estas conversaciones con Santiago Bernabéu  se publicaron en el diario Pueblo durante seis días en el año 1960. Que yo sepa, nunca se habían recogido en libro. Gómez Santos empieza preguntando a Bernabéu por sus orígenes, su familia y todo eso. O sea, empieza con mucho orden. Y Bernabéu cuenta que nació en Almansa, que se quedó huérfano muy pronto, que estudió con los agustinos en El Escorial, que hizo la carrera de Derecho, aunque nunca ejerció… y poco más de su biografía. Enseguida empieza a hablar y a hablar y a hablar, sobre las cosas más insospechadas, y Gómez Santos se limita a seguirle, a escucharle. No le interrumpe en ningún momento. Participa lo menos posible en la conversación. Incluso hay un momento en que Bernabéu le dice: “Pero pregúnteme usted, que estoy hablando yo solo”. Es un momento de debilidad. Pronto se ve que Bernabéu no necesita que le pregunten, si de lo que se trata es de hablar.

A mí particularmente me habría gustado que hubiese contado qué hizo en la Guerra Civil, cómo llegó a la presidencia del Madrid, cuál era su versión del fichaje de Di Stefano, o el de Puskas, o de tantos otros cracks, que contase cómo ganaron las primeras cinco copas de Europa, que hablase de su rivalidad con el Atleti o con el Barça. Pero no hay una sola mención a nada de eso. A cambio, le oímos contar que empezó a jugar al fútbol para quitarse el frío de El Escorial, que era un jugador voluntarioso, no bueno -característica extensible, según él, a todo lo que hizo en la vida-, que prefería leer a jugar al fútbol, que nada le habría gustado más en el mundo que ser compositor de música, que con sesenta y cinco años estaba aprendiendo ruso, que leía El viejo y el mar en alemán (lengua que dice tener ya un poco oxidada), que para él a esa altura de su vida lo más importante era la agricultura y la filosofía… Y le oímos argumentar algunas de sus muchas e insólitas, o estrambóticas, teorías: que el hecho de que en una final mundial en la que tu equipo va ganando cuatro a cero se oigan silbidos de doscientos o dos mil espectadores, muestra que el cuerpo colectivo, la sociedad, no está bien, tiene un tumor y hay que estar preparados para cuando ese tumor crezca; que él no era buen empresario porque si lo hubiera sido se lo habrían rifado muchas empresas y sin embargo ninguna le propuso contratarle, y que solo se le quería como presidente del Madrid porque trabajaba gratis; que el fútbol es una obra de caridad que alivia la tragedia de la vida de la gente; por qué los silbidos siempre salen de tribuna y no de la grada general…

Cuando uno cierra el libro dice: vaya cantidad de paridas. Pero siente que quien las dice es un tipo entrañable al que ya conoce bien y del que ha acabado haciéndose amigo. Como decía Whitman de sus Hojas de hierba, quien toca este libro toca un hombre. Conseguir eso es endiabladamente difícil.


Marino Gómez Santos Conversaciones con Santiago Bernabéu (Sevilla: Renacimiento, 2014)

jueves, 26 de febrero de 2015

Taller de escritura creativa del Conde de Abascal - Lección Segunda

Lección Segunda:

“No tiene Vd. el Nobel porque Vd. no quiere”

1.- Teoría:

            Desaprobamos que le grey plumífera ande, inter se, a puñadas, mojicones y trompazos, despanzurrándose de mal grado por mercedes, prebendas y galardones de los que en su día pudieron blasonar autores tan precipuos (risum teneatis?) como José Echegaray, Gabriela Mistral o Winston Churchill. Mas, habiéndoNos impuesto el oneroso deber de dictar estas casi improvisadas lecciones, nos vemos en el brete de atender también la angustiosa demanda de quienes serán capaces de dejarse castrar (¡y aun capar!) a cambio de estrechar la mano del rey de Suecia. Y a fe que este viaje al frío septentrión está al alcance de cualquier afanoso juntaletras, siempre que vierta con escrúpulo y rigor, en todos sus escritos, los sencillos ingredientes que a renglón seguido enumeramos y glosamos. Combínelos en las dosis atinadas, y le saldrá, por fuerza, un texto como el que ilustra nuestra práctica.
            a) El mundo es feo de por sí: no es menester mucha inventiva para idear lo malo. Elija los aspectos más cutres, sórdidos y desgarradores del entorno que mejor conoce, y píntelos con brocha gorda, fuertes chafarrinones y colores aún más oscuros. Afee.
            b) Invente oficios raros que, de tan peregrinos y disparatados, lleguen incluso a casar mal con la propia cutrez de sus personajes. Desbarre.
            c) Bautice a sus estrambóticos personajes con nombres, apellidos, apodos y remoquetes estrafalarios, jugando, a ser posible, con las palindrómicas iniciales de su propia identidad. Moteje.
            d) Abuse hasta el hartazgo de modismos, refranes, muletillas y giros coloquiales, de tal modo que el lector no logre discernir si es usted un virtuoso conocedor de los más variados niveles y registros del idioma, o si en el fondo su competencia lingüística no rebasa en mucho la de sus embrutecidos personajes. Remede (y, a la par, simule).
            e) Ande -un sí es, no es- peleado con el uso de la coma, acaso por fingir una original maestría en la forja de la sintaxis, o acaso porque tampoco tiene demasiado claras, desde la “aborrecida escuela”, las normas que regulan su adecuado empleo. Prevarique.
            f) Tremendee.
            g) Hiperbolice.
            h) Trucule.


2.- Práctica:

            A Cástula Jacinta Carpetana le descerrajaron dos tiros en el papo (con perdón) y otros dos en las tetas (dicho sea aún con más perdón y sin ánimo de señalar, que a día de hoy los testigos del caso no se ponen de acuerdo sobre si fueron los dos en el mismo pezón, o uno en cada areola). Cástula Jacinta Carpetana no murió en el acto, como viene siendo costumbre entre las gentes decentes en tales casos, se arrastró por la orilla del arroyo como una culebra apaleada, taponándose con las manos la mezcla de sangre y flujos que manaba de sus llagas, y al alcanzar la tapia del cementerio se dio de bruces con su antiguo novio Cristobalón Jeremías Cereijido, que se la estaba meneando a escondidas, por ver de aliviar los vapores de la borrachera. Cristobalón, que había sido palanganero en un puterío de Lugo y ahora ejercía de filósofo zurupeto en dos de las tres aldeas del concejo, contaba luego en la taberna del lugar, a quienes lo invitaban a un cuartillo de vino, lo que había declarado ante don Cósimo Justiniano Cerdán (con perdón), el juez que lo había puesto en libertad sin cargos:
            -Yo tenía los ojos entreabiertos por aquello de saborear más el gustillo, ¿sabe?, que cada uno se corre como puede, ¿o no? Así que cuando medio vi que era la Cástula la que se acercaba sólo se me vino a la cabeza decirle: “Rapaza, ¿por qué no me la terminas tú?”. Vamos, lo que le habría dicho cualquiera en mi lugar, ¿o no? Luego vino lo que tenía que venir, que el hombre es fuego y la mujer estopa, y llega el diablo y sopla… ¿O no? Pero yo no noté que la Cástula chorreaba sangre por sus partes hasta que llegué al final de la faena, y sólo se me ocurrió pensar: “¡Hay que joderse con la luna llena! ¡Otra que está con sus días, como mi parienta!”.



lunes, 23 de febrero de 2015

Griegos y babilónicos, dos estilos de creación



En mi opinión, hay pocas diferencias en el trabajo de creación de un científico (digamos un físico que elabora una nueva teoría) y el que realiza un escritor cuando escribe una nueva novela. Los dos parten de un “problema” y buscan una “explicación”. Ambos proponen hipótesis (historias), aproximaciones, descartan, eligen, imaginan, emborronan papeles, tiran buena parte a la basura y se quedan con lo que les parece más aceptable.

La mayor diferencia tal vez esté en el contraste del resultado. El físico tiene el experimento que decide si su “solución” se adapta o no a la “realidad”. ¿Y el novelista? ¿Cómo mide las virtudes de su novela?

Aceptando todo eso que les une en el trabajo creativo y lo que les diferencia a la hora de contrastar el resultado, también creo que tanto en uno como en otro se pueden distinguir con claridad dos tipos de proceder para llegar al objetivo. Y es lo que en el libro que comentamos hoy -El arco iris de Feynman (la búsqueda de la belleza en la física y en la vida)- se llaman “el modo griego” y “el modo babilónico”.

En 1981, el autor, Leonard Mlodinow, recién doctorado en Física, obtiene una beca para trabajar en el prestigioso Instituto Tecnológico de Callifornia (Caltech), en donde el destino le coloca en un despacho vecino a dos monstruos sagrados y premios Nobel de Física de aquellos tiempos. A un lado tenía a Richard Feynman, para muchos el sucesor de Einstein y que en aquellos años ya luchaba contra el cáncer que le llevaría a la tumba. Y, al otro, a Murray Gell-Mann, descubridor de los quarks, las partículas elementales de las que están hechos los protones y neutrones. Ambos se llevaban razonablemente bien, pero sus estilos creativos eran radicalmente distintos. La apreciación de esa diferencia y la elección de un estilo propio por parte del joven becario constituyen el núcleo de este breve, sustancioso y emotivo libro.

Mlodinow encuadra a Murray Gell-Mann en el “modo griego” –el modo, por otra parte, dominante en la cultura occidental–: búsqueda de una lógica interna, un orden subyacente, estructura formal y matemática. La búsqueda de la verdad física la comparaba al trabajo detectivesco, pero un detective como Sherlock Holmes. La coherencia y armonía de las matemáticas le llevaron a deducir la existencia de los quarks antes de que su descubrimiento fuera certificado por los experimentos.


Feynman, sin embargo, era “babilónico”: la intuición y el instinto por encima de la formalidad, búsqueda de la explicación al margen de las matemáticas –los diagramas de Feynman–, violación de aceptados métodos matemáticos por otros de su invención –la integral de caminos de Feynman–. Su búsqueda también era detectivesca, pero su detective era Colombo. Y, casi al mismo tiempo que Murray llegaba al descubrimiento matemático de sus quarks, aplicando su método Feynman llegó a adivinar una estructura interna para los protones y neutrones, que llamó parvones.

Lo curioso es que el estilo creativo parecía trascender el trabajo de creación: Murray era tremendamente formal, le daba mucha importancia al liderazgo y a la consideración personal. Vestía elegantemente y se sentía a gusto en el pomposo Ateneo del campus universitario. Feynman, sin embargo, era descuidado en el aspecto y en la vestimenta y se trataba con cualquiera sin la menor pretensión. Se sentía a gusto entre los estudiantes en la cantina –que llamaban la Grasienta– y buscaba lugar de inspiración para su trabajo en clubs de streaptease.

Era –dice Mlodinow– como si en uno dominara el lóbulo izquierdo del cerebro (orden, formalidad, lógica) y en el otro el lóbulo derecho (intuición, búsqueda de pautas).

A pesar de su disparidad, Mlodinow descubre que ambos parecen compartir un mismo criterio de interés y veracidad.

A una pregunta suya sobre la reciente teoría de las cuerdas –que considera las partículas elementales como pequeñísimas cuerdas–, Murray le contesta: “Es tan bella que tiene que ser cierta.”

Otro día encuentra a Feynman absorto en la contemplación de un hermoso arco iris y Mlodinow se interesa por la razón que llevó a Descartes a analizar matemáticamente el fenómeno. Feynman no lo duda: “Lo que le inspiró fue el pensamiento de que el arco iris era bello.”

Como un luminoso arco iris que uniera los dos extremos, ¿hay una belleza objetiva que une con un mismo criterio las verdades de la ciencia y de las artes?

Como decíamos, en medio de aquel tour de force de los dos estilos creativos, el joven y talentoso Leonard Mlodinow al fin encuentra su camino. No sin dudas y presiones, desde luego –por ejemplo, la de su antiguo profesor tutor, que al conocer su decisión le llega a decir: “Mira, tú te debes a ti mismo, y a mí y a un montón de personas, para mantenerte en la física. Pusimos muchísimas horas en tu instrucción. Años. No puedes arrojar eso así como así. Tu talento. Tu educación. Es un insulto. Una falta de respeto.”


Y es que el prometedor becario había decidido dedicar una buena parte de su tiempo a la creación literaria. 

El arco iris de Feynman, de Leonard Mlodinow (Crítica, 2004) 

jueves, 19 de febrero de 2015

Taller de escritura creativa del Conde de Abascal - Presentación y Lección Primera

Conde de Abascal

Caros Discretos:


Venís con frecuencia a Nos, incluso los de mayor prez y renombre en este vanidoso pasacalles de las Letras, harto afligidos y no menos agraviados porque vuestros libros se almonedan poco y mal; o porque vuestros escritos no se glosan, propalan y festejan con la agudeza, la amplitud y la asiduidad que estimáis ameritan; o porque, por un quítame allá esas pajas, os hurtan el Cervantes u os ningunea la Academia sueca… Y demandáisNos, oh dilectos Discretos, las fórmulas secretas o las recetas mágicas que propician los plácemes de la crítica sañuda y granjean, a la par, el entusiasmo del vulgo leedor, si las hubiere. Pues haberlas, haylas; helas:



Lección Primera:

“Un castellano cabal”
(o “Álcese usted con la palma del castellano puro”)

1.-Teoría:

            Sea escritor racial, de verbo rancio y antañón, apegado a los surcos: dirá las mismas necedades que de costumbre, cuando no más, pero todos jurarán, al sentirlas tan bravas, sentenciosas y rotundas, que la verdad y la sabiduría seculares disertan por su pluma.
            Siente, decimos, plaza de buen conocedor de los pliegues más ocultos de la lengua, que tanto el vulgo como los letrados ubican -en celebrado error- en el regazo agreste del terruño (donosa impostura cuanto extendido disparate, trasunto gramatical del tópico del Buen Salvaje, cuando todos hemos hecho mofa, desde el parvulario, de las prevaricaciones, los solecismos y los contradioses del habla pueblerina, sea cual sea el rincón del que proceda). Hable, en una palabra, del pueblo y, a ser posible, como los paletos…; y, si no sabe cómo (porque por sus orígenes, crianza y buen gusto no le sale, por mucho que se afane), recurra a los morfemas derivativos más estrafalarios, y no se amohíne y atribule porque sus folios en limpio no los entienda ni Dios: en la urbe lamentarán haber dado al olvido esa esencia tan pura del idioma, y en la aldea creerán -los pocos que allí leen- que son exquisiteces solo aptas para el paladar de la Corte.
            Si aplica, en fin, con buen tino y justa medida esta primera y muy sencilla lección, sin tardanza saldrán de su cálamo textos como el que sigue, con los que pronto podrá ser reconocido, si no como el primer escritor del solar patrio, a lo menos como el cimero del Norte de Castilla.

2.- Práctica:

            Había dejado de jarriaguar, y ahora ventorreaba un airón machuno, casi cimarrero, que enrisjaba las trocheras de los tomillones y amenazaba con abadanar las rescombradas. Críspulo el Sarnoso venía triszando a duras penas por los peñurrios del pedrizón, dejándose el hollejar en las aristaduras del roquizo. Sus voceradas de criajuelo, ampliondadas por la gravedumbre del dramazón, cobraban tinteras de tragedia clásica:
            -¡Madre! ¡La mi madre! ¡Matertera!
            La escurreada corpachuela de la Águeda anegreció en la cimbrera de la lomiza, cabe el rodacho de la enmolinada:
            -¡Virgen de la Fuencisla! ¡Ay, san Saturio bendito! ¡Ay, mi Críspulo del alma, que viene hecho un eccehomo!
            El Sarnoso coronó la enlomada cubierto de lagrimazos y, aún sin resollón, acertó a tartamucir:
            -¡El llovizón nos cogió por sorpresa en la escorrendura de los barranqueles, madre! ¡A padre lo arrastrozó el agüizo, desollajándolo contra los guijarrares!
            Águeda lloriscaba y regemía mientras cubría de besales al Sarnoso, estrechujándolo contra su rescallecido repechón. De pronto, el rostrajo grietuno de la mujeruca quedó enteramente blanquillento, como si hubiera perdido hasta la última gótula de sangriza:
            -Pero… ¿y tú hermano? ¿Qué ha sido de tu hermano mayor? ¿¡Dónde está mi Argimiro!?
            Los ojizos de Críspulo el Sarnoso se abrieron como ollazones y, con la inocente seriedad de los bendecidos por la estupidez congénita, solo atinó a responder:
            -En la cobertera del leñizo, amachihembrándose a la Miguela.

lunes, 16 de febrero de 2015

Pasión y cansancio en los fragmentos poéticos de José García Caneiro

Juan Varela-Portas de Orduña

Santiago López Navia, prologuista del último libro de poemas publicado por José García Caneiro, Fragmentos de una voz cansada, con la discreción que se le supone a un prologuista y que, además, lo caracteriza a él como intelectual y como persona, hace notar, impelido por su también característica vis crítica, que el título no parece muy apropiado para la obra: “cuyos poemas vigorosos y sólidos no dan cuenta, ni mucho menos, de un sentimiento que pueda identificarse o confundirse con el cansancio. Muy al contrario, sostengo que su lectura contribuye a vivificar a quien se siente cansado, recordándole cuánto hay de posible, ilusionante y hasta de urgente en la peripecia constante y tremenda de la vida. […] Concedámosle, pues, al título de esta obra, un peso relativo”.

Pero la pregunta continúa ahí: ¿por qué el cansancio en un libro tan apasionado, tanto en lo que se refiere a los contenidos que trata como en lo que podríamos llamar la pasión verbal que manifiesta? Creo que al poner el título García Caneiro se ha dejado llevar, o traicionar, por el estudioso de Derrida que lleva dentro (es uno de los grandes especialistas en la obra del pensador francés), y ha tratado de reflejar en el título la naturaleza “indecidible” de muchos de sus versos. Quiero decir que, si se piensa bien, no puede haber cansancio sin pasión pues solo de la pasión viene el cansancio. No se puede cansar el indolente.

Uso el término “pasión” en su sentido medieval aristotélico, no en el sentido postromántico: “pasión” como  capacidad para sentir, “padecer”, las cosas del mundo, para no pasar por ellas como si nada; como capacidad de tener sangre en las venas, como se suele decir, y por ello de comprometerse con el mundo. En el caso de García Caneiro, comprometerse con el amor, con la búsqueda de la propia identidad, y con la dignidad del hombre como ser social. García Caneiro hace en su libro de estas tres pasiones, aparentemente tan distintas, el origen de una sola voz, que es justamente vigorosa y sólida porque está cansada, y está cansada a causa del vigor y la solidez del sujeto poético que la emite. Creo que es en esta doble paradoja (“parajoda”, diría sin duda García Caneiro) donde reside la derridiana “indecidibilidad” que justifica el título. Repárese que, según el título, lo que está cansado no es el poeta sino su voz, que, además, se expresa en fragmentos. Ello es así porque para García Caneiro es inconcebible una poesía que no baje al cuerpo a cuerpo con la vivencia personal y colectiva:

La quietud reflexiva es poesía.
También la introspección. Ver que la lanza
de una interrogación sutil alcanza
las dudas de la mente.

O, en esa apasionada diatriba contra ciertos “Poetas”:

[…] Mas vuestro verso puro
es absurdo si vemos la vibrante
sordidez de lo cierto y, aún, lo obscuro
de este diario vivir decepcionante.
Vuestra palabra es chanza.

Pero en este cuerpo a cuerpo, el poeta, o, para ser más exactos, su voz, no puede salir ilesa, justamente porque es una voz “apasionada”, que refleja el mundo y lo “padece”. Y no solo el mundo vivido por el poeta, sino el mundo que ha traído hasta este mundo. Por eso, el poeta siente que su voz no es enteramente suya, que, de alguna manera, lo deja indefenso ante el mundo que se le enfrenta:

MI VOZ

No sé. Tal vez mi voz parezca amarga,
triste, acaso, como una luz vacía
y muda, aliento quedo de agonía
anunciadora de una muerte larga.

Pero no es más que una pesada carga,
legado de mis deudos, mercancía
que debo regalar sin privacía
alguna y cuya posesión me embarga.

Por eso suena así, tan desgarrada,
tan clara, tan vivaz. Es una herencia
que hay que transmitir y hacerlo fuerte,

por más que el grito lleve, aprisionada,
la suma de mi ser y mi presencia,
dejándome tan sólo con mi suerte.

Esta ajenidad de la propia voz es la clave de que cansancio y vigor, cansancio y pasión, puedan estar contradictoriamente fundidos en la voz poética de este libro magnífico. Decíamos que la voz es apasionada para esconder el cansancio que la pasión vital provoca, la inconformidad con el mundo, la hartura e indignación que tanta fuerza dan al libro, y también la desazón amorosa, aún en el amor pleno de muchos de los poemas, y más aún el desasosiego de una identidad que tiene y no tiene al mismo tiempo una voz. Por eso, la voz es algo al mismo tiempo propio y ajeno, cansada y vivaz, amarga y clara. Y aun así, el poeta siente que entre su voz y la vida vivida con pasión –pasión intelectual y pasión sensible– hay siempre una brecha imposible de colmar porque la voz siempre será fragmentaria y cansada. Lo expresa de manera impresionante este poema extraordinario:

EL LENGUAJE

Hoy todos lo aseguran: que las palabras son
puente de plata, un arco imaginado,
un soplo ignoto, un no pensado sueño,
un ansia desbordada, intento pleno
de enlazar las estrellas y la mente.

Que lo absoluto, sentimiento o razón,
expuesto con vocablos, trasladado al lenguaje,
es cemento que tapona las brechas de las almas;
la única forma de poder exponer nuestras ideas:
la emisión de voz que conforma la palabra.

Y yo pregunto:
¿es el lenguaje imprescindible
para poder decir lo que queremos?;
¿o no es el simple y cálido contacto de unas manos,
o el éxtasis consciente del arrobo infinito de dos sexos
en tibias noches calmas, o el brillo fugaz de una mirada,
o una sonrisa que apenas se dibuja,
sistema o instrumento suficiente
para que el mundo entero sepa lo que somos,
proyección del sueño, del afán y de la idea,
más allá de la piel que nos envuelve?


José García Caneiro, Fragmentos de una voz cansada, Madrid, Vitrubio, 2014.

lunes, 9 de febrero de 2015

Los otros clásicos XXXI- Pedro de Quirós

Por José Ramón Fernández de Cano


“A los ojos azules de Celia” se titula este soneto-trabalenguas del excelso vate sevillano Pedro de Quirós, quien no ha irrumpido hasta ahora en “LOS OTROS CLÁSICOS” debido a que la altísima calidad de sus versos ha ido, paradójicamente, en menoscabo de su incuestionable derecho a figurar en esta galería de “poetas menores bien mayorcitos”. Y es que son tantos sus poemas soberbios que al antólogo le resulta muy difícil seleccionar uno que pueda compendiar toda la riqueza y variedad de su corpus lírico. Es fascinante, como muestra acabada del pesimismo barroco, el titulado “A un hombre que fundó un convento de monjes en el desierto, y se entró con ellos a acabar la vida”; y no menos deslumbrante resulta su soneto “Ruiseñor amoroso, cuyo llanto”. Al final, he resuelto mis dudas inclinándome por este brillante ejercicio de la técnica de las palabras-rima, que ya hemos visto en un soneto de fray Miguel de Guevara (vid. entrada XIV). Sorprende, al leerlo, que un autor de la talla de Quirós haya permanecido al margen de cualquier antología de la lírica áurea hasta mediados del siglo XIX; y que, incluso a partir de esa fecha, no se haya prestado más atención al manuscrito que dejó bajo el anagrama de Doripso de Quer, recientemente editado por el profesor Lara Garrido.



XXXI.- Pedro de Quirós (¿1600?-1667)

A oposición del sol y de los cielos
hizo el divino autor tu cielo y soles,
fabricando aquí un cielo con dos soles,
como allí, Celia, un sol y muchos cielos.

Allí es cristal el sol, zafir los cielos;
aquí el cielo es cristal, zafir los soles;
vense aquí en breve cielo grandes soles;
vese allí breve sol en grandes cielos.

Vencen al cielo y sol tu cielo y soles;
que sólo por ser más que sol y cielos,
cielos son en beldad, y en luz son soles,

si no les opusieran sol y cielos
que, siendo tan helados, no son soles;
que, siendo tan crüeles, no son cielos.





lunes, 2 de febrero de 2015

La gloria de mi padre, de Marcel Pagnol (II)

II

(La imagen corresponde a la película de Yves Robert, 1990)

«Pronto nos consolamos gracias a la captura de tres grandes rezadoras [mantis religiosas], que se paseaban, con su verde intenso, sobre las verdes ramas de una verbena. Magníficos ejemplares para la observación científica.

Papá nos había dicho (con cierta alegría laica) que la rezadora era una animal feroz y despiadado, al que se podía considerar como el “tigre”  de los insectos, y que el estudio de sus costumbres era en extremo interesante.

Decidí, por tanto, estudiarlas, y, para desencadenar una batalla entre ellas, puse a las dos mayores frente a frente.

Entonces pudimos continuar nuestros estudios, comprobando el hecho de que estas bestezuelas eran capaces de vivir sin garras, sin patas e incluso sin la mitad de la cabeza… Al cabo de un cuarto de hora de esta diversión tan graciosamente infantil, uno de los campeones no era más que un tórax que, habiendo devorado la cabeza y el busto del adversario, seguía acometiendo, sin prisas, a la otra mitad del cuerpo, que se movía aún un tanto nerviosamente. Pablo [hermano de Marcel, el narrador], que tenía buen corazón, fue a buscar el tubito de goma (de los que pegan hasta el hierro) e intentó unir las dos mitades para obtener un cuerpo entero, al que podríamos devolver solemnemente la libertad. No consiguió llevar a buen fin tan generosa operación, porque el busto logró escapar.

Como teníamos aún en un frasco el tercer “tigre”, decidí enfrentarlo con las hormigas, feliz idea que nos permitió disfrutar de un espectáculo maravilloso.

Volcando repentinamente el frasco, apliqué su boca a la entrada principal de un hormiguero en plena actividad. El “tigre” era más largo que el frasco, pero más estrecho, y se mantenía sobre sus patas traseras, aprovechando la movilidad de su cabeza para mirar en todas direcciones con curiosidad de turista. Del túnel salió una oleada de hormigas que se lanzó al asalto, trepando por sus patas, y aunque le hicieron perder la calma y se puso a danzar moviendo a derecha e izquierda sus cizallas, en cada uno de estos balanceos se llevaba a la boca un racimo de hormigas que caían cortadas en dos. Como el espesor del cristal deformaba la belleza del espectáculo y la incómoda postura del “tigre” dificultaba sus movimientos, me creí en el deber de retirar el frasco. La rezadora recobró entonces su posición natural: las pinzas replegadas y las seis patas en el suelo. En el extremo de cada una de ellas tenía cuatro hormigas, implacablemente aferradas con sus mandíbulas, mientras sus patas se afianzaban en la tierra. Dominado así por los liliputienses, el “tigre” se veía tan inmovilizado como Gulliver.

Sin embargo, con las pinzas que le quedaban libres atacaba, por turno, a cada uno de los grupos que la inmovilizaban, y diezmaba a sus componentes. Mas antes de que las bestezuelas cayeran cortadas en pedazos, otras ocupaban su puesto, y había que comenzar de nuevo la lucha.
Me preguntaba cómo se resolvería aquella situación que parecía estabilizada –fija en un ciclo inmutable-, cuando advertí que los reflejos de las patas de la rezadora no eran ni tan rápidos ni tan frecuentes, lo cual me hizo pensar que se debilitaba ante la ineficacia de su táctica y que sin duda se disponía a modificarla. Al cabo de unos minutos cesaron por completo sus ataques laterales- Las hormigas abandonaron al punto su nuca, su busto, su dorso, y ella se quedó en pie, inmóvil, plegadas las pinzas y el toro erguido sobre sus seis grandes patas, que apenas se estremecían ya.

Pablo me dijo:

-Está reflexionando.

Se me antojaron demasiado largas sus reflexiones y despertó mi curiosidad la desaparición de las hormigas. Me eché al suelo boca abajo y descubrí la tragedia.

Bajo la cola del pensativo “tigre”, las hormigas habían agrandado el orificio natural, y una fila de ellas entraba y otra salía como por la puerta de un gran almacén en vísperas de Navidad. Cada una llevaba su botín: las diligentes obreras estaban realizando la mudanza del interior de la rezadora.

El desgraciado “tigre” continuaba inmóvil y como atento a una especie de introspección. Como carecía de medios –de gestos y de voz- para expresar su tortura o su desesperación, su agonía no resultó espectacular. Y no comprendimos que estaba muerta hasta el momento en que las hormigas que la sostenían se desprendieron de sus pinzas y comenzaron a despedazar la leve envoltura del desaparecido organismo. Aserraron el cuello, cortaron el cuerpo en trozos regulares, mondaron las patas y desarticularon elegantemente las terribles pinzas; procedieron, en fin, como un cocinero con una langosta. Todo este material se trasladó bajo tierra para su acomodo en el fondo de algún departamento, según un orden nuevo.
Solamente quedaron sobre la tierra los bellos élitros verdes que habían volado gloriosamente sobre las junglas de hierba, aterrorizando a presas y enemigos. Despreciados por las laboriosas hormigas, aquellos élitros parecían confesar tristemente que no eran comestibles.

Así fue como terminaron nuestros estudios sobre la rezadora y la diligencia de las laboriosas hormigas.

-¡Pobre animal! –dijo Pablo-. ¡Menudo cólico el suyo!


-¡Le está bien empleado! –contesté-. Se come los saltamontes vivos, las cigarras y hasta las mariposas. Papá ha dicho que es un tigre. Y a mí los cólicos de los tigres no me importan.»