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lunes, 11 de junio de 2012

Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury


La semana pasada, en su casa de Los Ángeles y con 91 años de edad, murió Ray Bradbury, escritor de referencia para todos aquellos que nos gusta la literatura y en particular la ciencia ficción. Una buena parte de mi generación fue marcada por sus dos más importantes libros: Crónicas marcianas y Fahrenheit 451. Y sin embargo, antes de estas dos obras de referencia, yo le conocí a través de otro pequeño relato que aparecía en un número de una de esas revistas publicadas en los años sesenta y que mi padre coleccionaba. ¿Tal vez Selecciones Reader´s? No puedo asegurarlo, pero sí que aquel relato, que se titulaba Las manzanas doradas del sol, me impresionó. Como volvió a impresionarme cuando lo leí otra vez mucho más tarde, en una edición que recogía el conjunto de cuentos bajo ese mismo nombre y que publicaba la Editorial Minotauro.

El relato Las doradas manzanas del sol nos narra la expedición de un grupo de humanos que a bordo de la nave interplanetaria Prometeo tiene como objetivo arrancar del Sol un pequeño trozo de su superficie y traerlo a la Tierra. De la misma manera que hacía un millón de años –en palabras de la propia narración– un hombre desnudo en una senda norteña vio un rayo que hería un árbol y recogió una rama ardiente que dio a su gente el verano, ahora el grupo de expedicionarios siderales quería obtener aquel otro fuego que llevaba en su seno el secreto de su energía inacabable, los frutos dorados de aquel árbol en llamas.

En el momento más arriesgado de la misión, sobrecogía la descripción de cómo el capitán de la nave, con una leve torsión de su mano enfundada en un guante robot, movía allá una enorme mano con gigantescos dedos metálicos que arañaban la candente superficie y obtenía en su vasta copa de oro un trozo de la carne del Sol, la sangre del universo, la enceguecedora filosofía que había amamantado a una galaxia. Y cómo, con aquella prodigiosa carga, el pulso de la nave se aceleraba, el corazón batía con violencia, hasta que por fin se apaciguaba y los expedicionarios podían regresar.

Y de igual forma que al final de la narración la nave Ícaro (que así también se llamaba) se hundía rápidamente en la fría oscuridad alejándose de la luz, así Ray Bradbury ha emprendido su último viaje.
Además de su recuerdo, para calentarnos nos deja relatos tan emocionantes como estas doradas manzanas del sol. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Muerte de Moebius (1)


Se ha muerto el artista que más he admirado a lo largo de mi vida. Se ha muerto Jean Giraud, “Gir” o “Moebius”. Se ha muerto, también con él, mi juventud. Durante los últimos 33 años –yo conocería su obra con 12 ó 13—, la revisión de su obra y sus publicaciones han sido una constante en mi vida. Siempre había algo, de vez en vez un libro nuevo o alguna reedición interesante. En cierto modo, mientras Moebius publicaba nuevas maravillas, el adolescente que había en mí seguía atónito y abierto a sus propuestas infinitas.

Tuve la gran suerte de conocerlo personalmente. Mi madre lo abordó en una recepción con motivo del Imagfic, en el año 81, y, ni corta ni perezosa acordó con él que nos veríamos esa misma tarde —Moebius y yo— en el cine Princesa de Madrid (creo que hoy es una tienda de ropa). Mi madre era tremenda, y muy capaz de cualquier cosa que se le metiese en la cabeza. Yo tenía dieciséis años, y Moebius era Dios. Por entonces yo dibujaba muchísimo, y trataba de imitar el trazo claro, limpio y exacto de aquel descubridor de mundos insólitos. Muchos jóvenes tratábamos de apropiarnos de su estilo fascinante, que parecía a la vez puro, sencillo y aparentemente accesible.

Cuando mi madre me llamó por teléfono, desde la misma recepción donde había conocido al artista que tanto admiraba su hijo, casi me caigo al suelo. Había quedado con Moebius. Yo había quedado, esa tarde, nada menos que con Jean Giraud “Moebius”.

Muy nervioso, metí mis mejores dibujos en una carpeta y me acerqué al cine Princesa. Giraud apareció enseguida. Vestía de manera muy informal, zapatillas de deporte, vaqueros, camiseta y cazadora de plástico, y recuerdo que llevaba un colgantito también de plástico en el cuello. Bien pudo haberse zafado de mí con una breve conversación y alguna disculpa. Sin embargo, tuvo la inmensa amabilidad de indicarme asiento en un sofá del bar, charlar largo rato conmigo —para mi sorpresa hablaba español casi sin acento; yo no sabía aún que había vivido en México—, y mirar mis dibujos detenidamente. Alabó unos cuantos, y me preguntó por qué eran algunos tan violentos. Le podría haber respondido que los dibujos violentos se debían a la influencia de la revista Tótem, hija de la Métal Hurlant que él mismo había creado. No sé qué le diría. Entonces me regaló un bello consejo, que siempre he tratado de ver en su propia obra y seguir en la mía: “Dibuja lo que salga de tu corazón”.

Me dibujó y dedicó un Arzach dentro de un álbum de Blueberry. Ese dibujo, enmarcado, ha presidido cada casa en que he vivido. Moebius siempre me acompañó como una referencia constante, presente y fresca,  un horizonte abierto, como los fondos fordianos de Blueberry o las vastedades del Desierto B.

No me puedo creer que haya muerto, porque entonces se ha muerto un motor de mi imaginación. Lo crea o no, así ocurre. También murió mi madre, hace poco más de un año. Todos sabemos que el tiempo pasa y que la vida se desvanece; pero es cruel aprenderlo con tales zarpazos y mutilaciones. El recuerdo es un triste consuelo, aunque consuelo al fin. Esa tarde de marzo del 81 me regaló un magnífico dibujo, un gran consejo y uno de los grandes momentos de mi vida. Cuánto echo de menos a mi madre.

miércoles, 18 de enero de 2012

El corazón de Dios, de Carlos Pujol


Cuántos magníficos libros silenciosos hay en los estantes de las librerías. Libros de los que nadie habla, tapados por los de los figurones. Libros que esperan la llegada de un lector solitario que se pare a escucharlos. Así este El corazón de Dios, de Carlos Pujol (Cálamo, 2011), que se cierra con estos dos endecasílabos:

“Claro que un día resucitaremos,
pero ahora, esta noche, ¿no es posible?”