Si,
como decía Newton, el universo es infinito en extensión y en tiempo, entonces,
según establecía Heinrich Wilhem Olbers en 1823, la noche debería brillar con
una luz cegadora, pues de cada punto del firmamento nos llegaría la luz de una
estrella que tendría detrás de sí a otra, y otra detrás de esta y así hasta el
infinito. Pero la noche es negra.
Esto
se conoció como la paradoja de Olbers, que hizo devanar los sesos no solo a sus
contemporáneos sino a los físicos y astrónomos de las generaciones siguientes,
pues nadie consiguió resolver satisfactoriamente esta contradicción hasta casi
un siglo después de ser presentada.
Pero
lo que resulta más curioso es que quien la resolvió no fue un científico, sino
un poeta y escritor, Edgar Allan Poe. Poco antes de su muerte, en un poema
titulado Eureka: Un poema en prosa,
ponía de manifiesto el problema y resolvía el enigma: la luz tiene una
velocidad limitada, lo que estamos viendo es el pasado, el universo no es
infinitamente viejo, hubo un inicio y por tanto un apagón. Es lo que estamos
viendo como escenario de fondo cuando miramos el cielo nocturno.
En
el año 2004, el telescopio espacial Hubble, programado para conseguir la imagen
más lejana del universo, obtuvo una fotografía que fue portada de muchos
periódicos de la época. Era la imagen de un pasado remotísimo, 13 mil millones
de años atrás. Teniendo en cuenta de que hoy se sabe –con un error de un 1%–
que la edad de nuestro universo es 13 mil setecientos millones de años, aquella
fotografía, considerando al universo en términos humanos, era como la un bebé
de unos pocos días.
La
imagen muestra unas débiles siluetas de galaxias formadas poco después del
big-bang. Y detrás, la oscuridad. La negra noche de la que salimos y que seguimos
mirando. ¿Eterna?
Pero
eso es otro enigma, en el que ya se apuntan algunas respuestas interesantes.

