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viernes, 17 de agosto de 2012

La oscuridad de la noche, una intuición de Edgar Allan Poe


Si, como decía Newton, el universo es infinito en extensión y en tiempo, entonces, según establecía Heinrich Wilhem Olbers en 1823, la noche debería brillar con una luz cegadora, pues de cada punto del firmamento nos llegaría la luz de una estrella que tendría detrás de sí a otra, y otra detrás de esta y así hasta el infinito. Pero la noche es negra.

Esto se conoció como la paradoja de Olbers, que hizo devanar los sesos no solo a sus contemporáneos sino a los físicos y astrónomos de las generaciones siguientes, pues nadie consiguió resolver satisfactoriamente esta contradicción hasta casi un siglo después de ser presentada.

Pero lo que resulta más curioso es que quien la resolvió no fue un científico, sino un poeta y escritor, Edgar Allan Poe. Poco antes de su muerte, en un poema titulado Eureka: Un poema en prosa, ponía de manifiesto el problema y resolvía el enigma: la luz tiene una velocidad limitada, lo que estamos viendo es el pasado, el universo no es infinitamente viejo, hubo un inicio y por tanto un apagón. Es lo que estamos viendo como escenario de fondo cuando miramos el cielo nocturno.

En el año 2004, el telescopio espacial Hubble, programado para conseguir la imagen más lejana del universo, obtuvo una fotografía que fue portada de muchos periódicos de la época. Era la imagen de un pasado remotísimo, 13 mil millones de años atrás. Teniendo en cuenta de que hoy se sabe –con un error de un 1%– que la edad de nuestro universo es 13 mil setecientos millones de años, aquella fotografía, considerando al universo en términos humanos, era como la un bebé de unos pocos días.

La imagen muestra unas débiles siluetas de galaxias formadas poco después del big-bang. Y detrás, la oscuridad. La negra noche de la que salimos y que seguimos mirando. ¿Eterna?

Pero eso es otro enigma, en el que ya se apuntan algunas respuestas interesantes. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Bastardos esféricos

Tengo para mí que el insulto es otro de los logros del lenguaje, y que hay insultos que son obras de arte. Hace mucho tiempo que me atraen, y cuando leo o escucho alguno que por su ingenio o por su intención me parece interesante, lo anoto y trato de conservar no sé exactamente para qué. (¿Tal vez para utilizarlo en momento preciso?)

Pero, ¡ay!, en los últimos tiempos, la falta de memoria, el desorden y los desastres informáticos me han hecho perder una buena cantidad de ellos.

Entre los que conservo está éste, que se debe a un astrónomo suizo, Fritz Zwicky, que trabajó en el Cal Tech en los años 30 del pasado siglo y que fue el primero que dio noticia de la presencia de una misteriosa “materia oscura” al tratar de explicar los anómalos movimientos de las galaxias del cúmulo de Coma. Pero la comunidad científica –en particular, los astrónomos– no le hizo el menor caso. Un poco más tarde, en 1933, al estudiar la muerte de algunas estrellas, el astrónomo suizo llegó a la conclusión de que algunas, con suficiente tamaño, morirían en una tremenda explosión  –y acuñó la palabra “supernova” para referirse a ellas– quedando un núcleo tan denso y pequeño que la gravedad literalmente aplastaría los átomos hasta dejarlos en puros neutrones. Son las llamadas estrellas de neutrones. En este caso, la comunidad científica –otra vez, los astrónomos– se mofó de él sin la menor consideración.

Entre esto y que algunos años más tarde esas ideas fueran atribuidas a otros astrónomos y reconocidas como geniales, lo cierto es que, como suele decirse ahora, el amigo Zwicky se cogió un rebote importante. Tan importante, que durante el resto de su vida decidió compartir su ingenio –que era bueno y aguzado– entre el estudio de las galaxias y el despotrique fino (y no tan fino) de sus compañeros de profesión. Es verdad que, por lo que he podido averiguar, el carácter de Zwicky era belicoso, pero no es menos cierto que como ocurre en casi todos los gremios humanos en una sociedad competitiva como la que vivimos, también en la comunidad científica abundan la vanidad, la envidia y la puñalada trapera.

Poco antes de morir, Fritz Swicky publicó un estupendo catálogo de galaxias, con una dedicatoria especial: A los Sumos Sacerdotes de la Astronomía Americana y a sus Sicofantes.

Pero para mí el improperio más ingenioso dedicado a todos los que habían ridiculizado su trabajo y apropiado de sus ideas es el que encabeza esta entrada: Bastardos esféricos, y que él explicaba en estos términos: Porque son unos cabrones los mires por donde los mires.