lunes, 15 de junio de 2015

Los otros clásicos XXXVI – Antonio de Maluenda


Elocuencia del llanto” se titula este bellísimo soneto del burgalés Antonio de Maluenda, también conocido por su dignidad eclesiástica de Abad de San Millán. Es raro –aunque al lector habitual de “LOS OTROS CLÁSICOS” no le extrañe ya nada al respecto– que su obra se haya prácticamente difuminado entre las brumas del olvido, cuando configuró un soberbio corpus lírico –hoy en parte desaparecido– que mereció los elogios de algunos coetáneos suyos como Andrés de Claramonte, Miguel de Cervantes (quien lo alabó en el Viaje del Parnaso) y el Conde de Villamediana (quien le llamó “Fénix español y Virgilio castellano”). Su olvido se me antoja tanto más inexplicable en la medida en que Maluenda, miembro de una relevante familia burgalesa que le costeó sus estudios de cánones en Salamanca, fue archiconocido en su ciudad natal (donde ocupó una Canonjía de la catedral), en la Corte madrileña (donde sentó plaza de poeta inspirado y vihuelista virtuoso) y en Roma (donde residió entre 1580 y 1585). En Algunas rimas castellanas del Abad D. Antonio de Maluenda, natural de Burgos, único manuscrito que nos ha legado parte de su obra, sobresale otro soneto espléndido en el que Maluenda agradece, ascético, los sufrimientos de la vida (“¡Trabajos, peso dulce, don precioso…!”).



XXXVI.- Antonio de Maluenda y de la Torre, abad de San Millán de Lara (¿?-1615)

Estas lágrimas vivas que, corriendo,
van publicando lo que el alma calla,
es una diligencia sin pensalla
que está el dolor en su favor haciendo.

Quien llora, está atreviéndose y temiendo:
vencido de su pena, por no dalla,
toma el llanto a su cargo el declaralla;
nadie la dice y él la está diciendo.

Vos podréis disfrutar algún suspiro
sin que yo pierda el nombre de callado,
pues palabra no oiréis de mis enojos;

pero tendré, por fuerza, cuando os miro,
remitido el deciros mi cuidado
a la lengua del agua de mis ojos.

1 comentario:

  1. Este soneto lo tengo yo en dos antologías atribuido al Conde de Villamediana. Quien se equivoca?

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