Mostrando entradas con la etiqueta pintor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pintor. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de junio de 2013

Acuarelas de Comas Quesada (Puente de Piedra)

Por José García Caneiro

PUENTE DE PIEDRA


La sillería escupe su soberbia
infinita sobre el calor del agua
y mira, altiva, desde su propio espejo,
la altivez de la piedra edificada.
Son dos punzones,
pilares
hechos de aire, cielo y roca,
que atraviesan la cintura del cristal,
sin importarles
la rota transparencia
de la sangre del sol y las estrellas.
Sobre ellos, amasado
con las palmas
desgarradas de mil manos,
un camino que enlaza, sin acierto,
un mundo sin vida con lo eterno.
En presencia
de un dios hecho de viento.

martes, 26 de marzo de 2013

ACUARELAS DE COMAS QUESADA (1)


Por José García Caneiro 

En 1978, con motivo del 500 aniversario de la fundación de Las Palmas de Gran Canaria, el pintor José Comas Quesada (1928 – 1993), considerado uno de los máximos exponentes de la pintura de acuarela  no solo en Canarias sino en la España del último cuarto del siglo XX, presentó una exposición de acuarelas titulada “Rincones de la zona antigua”. Entre Comas Quesada y éste que escribe, proyectamos la publicación (fracasada) de reproducciones de esas acuarelas, acompañadas de un poema para cada una de ellas. Conservo los poemas –de los que soy autor-, pero he perdido la reproducción de algunos de los cuadros.
En este blog de Náufragos, y bajo el título general de “Acuarelas de Comas Quesada”, voy a ir publicando los poemas, que coinciden con los de los cuadros. Se incluirá la imagen de los que tengo. De los otros, tal vez la difusión de este blog y el conocimiento de algún lector avisado puedan ayudarnos a su recuperación. Se agradecerá de corazón.


(Pinchar en la imagen para agrandar)
SAN TELMO

Una palpitación salada,
un oculto rumor de jarcias tensas
y un insistente batir
de ola adivinada contra el muelle
se abrazan desde atrás
a la campana,
se funden con su bronce
y se descuelgan,
suaves, cadenciosos,
sobre la piel de cal, de piedra y teja,
empapando de mar
toda la iglesia.
La levedad, vestida de mujer,
quiebra el cristal
oscuro de la puerta.
Y las ramas intentan,
con la luz,
aunar los rumores y el aroma.


viernes, 24 de febrero de 2012

Caravaggio ¿era maricón o no?


A la luz de las últimas biografías sobre Michelangelo Merisi de Caravaggio, parece que ésta sea la cuestión fundamental acerca del pintor y su obra. Hace unos años Peter Robb ofrecía un elaborado estudio sobre Caravaggio (M, el enigma de Caravaggio; Alba Editorial), en el que escarbaba en los aspectos íntimos más sórdidos del biografiado —y de sus allegados—, y trufaba el estudio con imaginativas conjeturas, cuando no fantásticos disparates. Helen Langdon escribió otra biografía —quizá la más objetiva y sensata—  sobre el autor de los claroscuros más violentos de la Historia del Arte (Caravaggio, Edhasa). Recientemente, Andrew Graham-Dixon ha publicado otra biografía sobre Caravaggio (Caravaggio, entre lo sagrado y lo profano; en Taurus), que intenta desmontar el mito del artista como mártir homosexual.  Esta última cuenta con los últimos y certeros descubrimientos de Keith Sciberras acerca de la fuga de Caravaggio de la isla de Malta, y aclara que fue el talante violento de Caravaggio y no sus inclinaciones sexuales lo que hizo del pintor un personaje marginal, un fugitivo con constantes tropiezos con la justicia.

Todas estas biografías coinciden en subrayar la importancia del movimiento fundamentalista religioso de (San) Carlos Borromeo, como sustrato e influencia en el enaltecimiento de la pobreza en los cuadros del artista.  Igualmente recogen y cotejan las noticias biográficas de las fuentes principales coetáneas: las biografías de Mancini, de Baglione (enemigo personal de Caravaggio), o de Bellori. Desde luego, rastrean los lances y peleas de Caravaggio con múltiples personajes, desde el camarero desatento al que estampa en la cara un plato de alcachofas, hasta el famoso Ranuccio Tomassoni, gángster romano al que Caravaggio mató durante una pelea, quizá duelo, en una pista de pallacorda. No olvidan atisbar en las relaciones de Caravaggio con Cecco Boneri, su ayudante y modelo, quizá también amante ocasional. Y documentan los amores de Caravaggio con varias mujeres, entre otras Fillide Melandroni y Madalena “Lena” Antonietti, ambas prostitutas conocidas, modelos del pintor y origen de no pocos de sus infortunios. Igualmente se sumergen en el entramado de poderosos interesados en el artista, y las disputas por los despojos pictóricos tras su temprana muerte. Las tres biografías resultan igualmente suculentas en la cantidad y cotejo de datos, y naturalmente en el análisis de los cuadros de Caravaggio, la más acabada información sobre la personalidad del pintor.

¿Tiene realmente importancia que Caravaggio fuese homosexual, heterosexual o bisexual? Todos los grandes de la cultura han sido sometidos a este ya cansino escrutinio, mismamente Cervantes o Shakespeare.  Mucho más interesante, a mi parecer, es la relación entre el quien produce el objeto artístico y sus clientes poderosos, miembros de la Iglesia o la aristocracia por lo general. Cómo un objeto de arte se convierte en signo de riqueza y después en riqueza misma, y cómo quien lo produce se convierte en algo similar por obra, favor y amparo de sus protectores, que actúan como sus propietarios. Y cómo, cuando ese artista aspira a convertirse en caballero —caso de Caravaggio, como también de Velázquez, Rubens, el mismo Baglione y otros—, se estrella como Ícaro o prospera en su ascenso social, según sea su actitud ante sus mecenas. Desde luego, Caravaggio careció de la astucia de Rubens o de la humildad de Velázquez. Su agresividad pictórica y vital resulta mucho más estimulante que indagar en sus preferencias sexuales, todavía hoy desconocidas y posiblemente irrelevantes.

El caso de Caravaggio es especialmente atractivo por su carácter indómito y molesto, por la incapacidad del artista para contentarse con la cadena de oro con la que los favoritos de las artes eran condecorados. Reincidente siempre en su prontitud a tirar de espada, altivo y pendenciero igualmente con el pincel, Caravaggio parece sucumbir a su leyenda para transformarse en agradable tema de conversación, en pasatiempo nuevamente exquisito. Sus obras mantienen la finalidad que tuvieron: exhibición de prelados y prestigio de poderosos. Pero, merced a estas biografías, Caravaggio revive como vivió, entre grandes señores, rufianes de barrio, prostitutas y pobres, con el rico traje que se cae a pedazos, la espada atenta a cualquier atisbo de menosprecio y un reguero de cuadros portentosos a lo largo de su itinerario fugitivo. A quien todavía le atraiga su arte por el morboso anzuelo de su sexualidad, posiblemente le respondería Caravaggio con una de sus expresiones mejor documentadas: “Becco fottuto!”, “¡Jodido cabrón!”.