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martes, 15 de septiembre de 2015

Autorretrato, nuevo libro de Emilio Gavilanes

(Punto de Vista Editores acaba de publicar un nuevo libro de relatos de Emilio Gavilanes. Transcribimos aquí el Prólogo de Luis Junco a esta nueva entrega de un escritor que, en nuestra opinión, logra mantener con ella el nivel de calidad y emoción al que ya nos tiene acostumbrados.)


PRÓLOGO de Luis Junco a Autorretrato, de Emilio Gavilanes

Quiero comenzar este prólogo con unas palabras del último relato del libro, que, bajo el título “Autorretrato”, da nombre al conjunto. Escribe el narrador:

“No me gustan los prólogos. Me los salto. Salvo que sean de Borges. En ese caso lo que me salto es el libro.”

Estoy completamente de acuerdo con él. ¿Y entonces?, me pregunto, ¿por qué el propio autor me pide este exordio? Pues, no siendo yo Borges ni teniendo el poder o la capacidad de emularlo (ya me gustaría a mí), ¿se me está pidiendo que escriba algo que pueda (y deba) evitarse para dar paso sin dificultad a la lectura del libro?

Aunque así fuera, me respondo, no tengo inconveniente. La amistad y devoción que profeso a Emilio Gavilanes me lleva a dar este salto al vacío sin vacilación, incluso con ganas. De modo que para los pocos y aguerridos lectores que, haciendo caso omiso de la sana recomendación del autor con respecto a los prólogos, la curiosidad lleve a continuar con la lectura, me pongo manos a la obra.

Y seguramente la curiosidad en primer lugar dirigirá su atención —como ocurrió conmigo— al título, Autorretrato, y a preguntarse si es que con este libro Emilio Gavilanes pretende describirse a sí mismo. Una cuestión que como toda buena pregunta no admite un sí o un no concluyentes. Esta es la respuesta que más me ha convencido, sin que por ello pretenda yo que sea la única y verdadera explicación.

Si juzgáramos a partir del relato señalado —el que cierra el libro—, la respuesta sería afirmativa. Sí, en ese “Autorretrato”, con el estilo elegante y sencillo al que nos tiene habituados, Emilio Gavilanes se retrata en un humilde decálogo de preferencias y aversiones en el que lo reconocemos. Sin embargo, basta leer unas cuantas narraciones del principio, que nos llevan —casi siempre en tiempo presente— a María, la madre de Cristo, a Clara, una muchacha de un barrio del extrarradio que asiste sin saberlo a los diez últimos minutos de la vida de su abuelo, a la hija de un cabrero, que vive atormentada por un terrible acontecimiento de la infancia, para desdecirnos de lo que habíamos afirmado. Lo más sencillo, entonces, tal vez sería convenir que se trata de un conjunto de cuarenta y ocho relatos —algunos muy cortos, de unas cuantas líneas— de gran intensidad emocional y poética, en el que se ha tomado el último de ellos, de corte claramente biográfico, para dar título al libro. Pero tampoco eso me parece del todo acertado y sigo pensando que “Autorretrato” no es solo un título, sino que su carácter vertebra todo del conjunto. ¿Y quién mejor que el mentado Jorge Luis Borges, predilecto del autor y de quien confiesa no saltarse ni siquiera los prólogos, para apoyar mi argumento?

Es conocido el texto “Borges y yo”, en el que, al alimón, el personaje y el célebre escritor argentino se describen sin que al final pueda saberse quién realmente escribe el autorretrato. Pues bien, a mi entender, este mismo juego está en las entretelas del libro de Emilio Gavilanes. Si en la última narración el autor aparece en “carne y hueso”, en el resto del libro se ha convertido en un Guadiana que se esconde entre las palabras y produce con ellas esa alquimia en que se mezcla lo real con lo imaginario para salir de nuevo a la luz transformado en lo que reconocemos verdadero.

Sueños, recuerdos, obsesiones, gustos, aversiones del personaje son utilizados por el escritor para elaborar su producto. Y también, claro, datos biográficos de Emilio Gavilanes. Por ejemplo, de su ascendencia campesina, según declara en ese último relato —“casi todos mis antepasados son de dos aldeas del noroeste que distan un par de kilómetros”—, deriva La Carballa, territorio mítico que ha creado su imaginación, poblado por soberbios personajes y mitos y costumbres enraizados en una remota y rica cultura, de la que también se alimentó otro escritor de culto de Emilio: Álvaro Cunqueiro. De esta estirpe entiendo que son los relatos: “Historia de nuestros coches”, “La isla de los muertos”, “Una tertulia”, “Enero del Greño”, “Camino de la guerra”, “En el bosque”, “El perro de Magín”, “Coloquios del pasado”.

Y de la “parte visible urbanita” de Emilio Gavilanes, y, más en concreto, de la atmósfera de los barrios humildes de las afueras de Madrid y de la época mágica de la infancia y primera adolescencia, saca el escritor el material de, por ejemplo: “Carta a los Reyes Magos”, “Las cosas de la infancia”, “Los hermanos”, “Noche de frío” o “El jilguero, un grano de alpiste, el otro mundo”. (Esta misma veta biográfica inspira, a mi entender, otro de los mejores y más recientes libros del autor, Breve enciclopedia de la infancia, por el que Emilio obtuvo el pasado año el XVI Premio Tiflos de novela.)

Pero más allá de indagar en esas canteras relacionadas con la biografía de Emilio Gavilanes que el escritor utiliza para sus narraciones, quisiera ahora fijarme en ese proceso alquímico al que antes me refería, la propia escritura. Y aunque son muchas las características que podríamos considerar, voy a señalar tres, que a mi juicio son determinantes en su literatura.

La primera es la brevedad. La prosa de Emilio es concisa, sencilla y eficiente, y a tal efecto elige cuidadosamente las frases, los ritmos, las palabras. Como más de una vez le he escuchado —y en este libro vuelve a declarar en el relato “Autorretrato” refiriéndose al estilo de Chejov—, se trata de obtener la máxima emoción (conmoción me gusta más) con el menor gasto de elementos narrativos posible. Y a fe que lo consigue, no solo a lo largo y ancho de sus relatos más largos, sino sobre todo en las narraciones breves. Además de las cuatro frases de Emilio con las que empecé este prólogo (¡qué manera más elegante, precisa y cortante para decir que no le gustan los prólogos!), abundan en este libro los relatos cortos y poderosos: “Historia sagrada”, “El timbre”, “Gonzalo de Berceo imagina al niño Jesús descubriendo que es Dios”, “Señora de los Animales”, “Odio”, “La educación sentimental por el fútbol”, “Efecto mariposa”… Y, entre todos, hay dos que me han puesto la piel de gallina: “Las cosas del campo” y “Nostalgia”. ¡Cuánto puede decirse con tan poco! No es casualidad que sus protagonistas sean niños. (De esa misma vocación por la búsqueda de la brevedad son sus dos libros de haikus: El gran silencio y Salta del agua un pez.)

La segunda característica es previa a la propia escritura y tiene que ver con la selección. De la infinidad de cosas que directa o indirectamente nos sucede en la vida, hay muchas que tienen la capacidad de conmovernos. Sin embargo, son muy pocos los que se sienten “tocados” por ellas, que sienten su influencia. En ese sentido somos como el compuesto químico que, mezclado con otros muchos y diferentes, apenas reacciona con ninguno, salvo si está presente la enzima apropiada. Esta (la enzima) es en definitiva un molde, que ha evolucionado de tal manera, que su configuración ha adoptado la forma exacta de las moléculas de los elementos químicos en contacto y propicia su unión. Se produce entonces verdadera explosión “afectiva” y la velocidad de la reacción se puede multiplicar por un billón. Pues más o menos así entiendo yo la presencia en este caso del escritor con talento. No solo es capaz de crear el modelo correcto, sino que identifica y selecciona debidamente los reactivos. En mi opinión, Emilio Gavilanes es también un maestro de la selección. De ahí su interés por el trabajo de los naturalistas y, dentro de sus observaciones, aquellas de mayor significado, como las que pueden leerse en el relato “El libro de Rys”. No me resisto a transcribir aquí un breve párrafo que lo ilustra:


“Hay unos pajaritos que han desarrollado la habilidad de abrir un fruto muy duro que contiene un líquido de alta concentración alcohólica, debida a la fermentación del jugo segregado en su interior. Estos pajaritos consiguen agujerear la cáscara y beben de ese líquido hasta que completamente borrachos caen al suelo. Asociadas a ese árbol viven unas hormigas carnívoras que devoran a los animales que caen aturdidos bajo los efectos del alcohol. En cuanto esos pajaritos notan los primeros picotazos se levantan y echan a volar, pero las hormigas ya los han invadido y siguen haciendo su trabajo en pleno vuelo. Son tantas y tan voraces que se van comiendo vivo al pajarito, que no deja de aletear. Su vuelo va dejando un rastro de plumas que se van desprendiendo. Cuando el animal se desploma, lo que cae es un esqueleto que se desarma en el golpe contra el suelo y un puñado de hormigas, que no sufren daño aunque caigan desde muy alto. Vuelven ahítas al hormiguero.”

Y acabo con la tercera de las características: el asombro. Que no es solo el título de otro de los relatos del libro, en el que se pone de manifiesto la importancia de los sentidos elementales como primera vía de acceso al descubrimiento a través del asombro; sino también un grado más elevado y profundo de este deslumbramiento que se lograría a través de la literatura. Creo que en el fondo de la escritura de Emilio Gavilanes subyace este objetivo. Muchos de sus relatos son como súbitos fogonazos de luz que nos permiten ver (sentir) por unos momentos una realidad que está detrás del velo de hábito y falaz cotidianidad que nos envuelve. Y nos deja temblorosos de emoción. Una imagen que él repite en algunos de sus libros me parece que representa esta idea: un pez salta del agua y por unos instantes permanece en el aire, antes de sumergirse de nuevo en su elemento. (En este libro aparece al final de “La resurrección de Mozart”.) La imagen es muy poderosa por varias razones, pero para mí la más importante es por mostrar al mismo tiempo dos perspectivas: una, la nuestra, como observadores de una fugaz belleza que habitualmente se nos esconde; la otra, la del pez, que durante esos breves momentos descubre un mundo fuera del agua que tal vez le cause un asombro paralelo al nuestro. Las dos partes descubrimos por el asombro.


Y bueno, creo que para ser un prólogo destinado a ser evitado ya he escrito demasiado. No importa si como obstáculo ha servido de acicate para saltar sin más demora a la lectura del estupendo Autorretrato de Emilio Gavilanes. A los que ya conozcan sus otros libros, sin duda les parecerá una nueva pieza en el mágico puzle que se va conformando con toda su obra. Y a los que por vez primera acudan a sus páginas, auguro una adicción que no hará sino crecer con la lectura de cada una de sus obras anteriores: La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Ediciones de La Discreta, 2005), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011), Salta del agua un pez (La Veleta, 2011), El gran silencio (La Veleta, 2013), Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio de Novela Tiflos; Edhasa/Castalia, 2014) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015).

(El libro ya puede adquirirse en formato digital y a un precio muy asequible en http://puntodevistaeditores.com/tienda/autorretrato-2/)

lunes, 6 de julio de 2015

El fin, de Soledad Puértolas



Por Emilio Gavilanes

Trece es un buen número para un libro de cuentos. Sin supersticiones. Trece cuentos tenían los primeros libros de Faulkner y de Cheever (Estos trece y Fall River, respectivamente). Trece tiene el último libro de cuentos de Soledad Puértolas. Trece magníficos cuentos. Seguramente esto ya se habrá resaltado muchas veces: a pesar de que son trece cuentos independientes, el libro tiene una profunda unidad. La pista nos la da el título del libro, que es el del último cuento. Ese título casi valdría para cualquiera de los cuentos.

Son trece historias de hoy, muy diversas, en las que la autora explora distintas voces (de hombre, de mujer, en primera, en tercera persona) y distintas perspectivas (la de la niña, la del anciano, la de la joven, la del adulto…), y que, a pesar de esta variedad, tienen algo en común: una narración delicada, matizada, sutil, tan conseguida que parece natural, fácil; y, sobre todo, una voz que nos habla desde muy cerca, que nos cuenta algo íntimo, una voz que nos hipnotiza. Llegamos a pensar que nos daría igual lo que nos contase, pues escucharíamos con la misma atención. Y no porque lo que cuenta sea especialmente original, o porque la historia nos intrigue. No. La atracción está en la propia voz, la voz de alguien que nos confiesa algo que le importa mucho, nos muestra algo esencial de sí mismo, nos revela la clave de una época. Nosotros no podemos dejar de escuchar. No creo que haga falta aclarar que eso es muy difícil de conseguir. Las líneas fundamentales de una vida apenas se ven mientras transcurre. Con algunos escritores pasa que, una vez que hemos leído alguna de sus historias, nos damos cuenta de que estamos viendo algo; y si hubiésemos asistido al relato que podría haber hecho la vida real de esa misma historia, no habríamos visto nada. Hacen visible lo invisible.

En estos cuentos sentimos que se nos habla de algo distinto de lo que se nos cuenta. Que se nos habla de ciertas cosas de manera indirecta. Y no es que lo que se nos cuenta sea simbólico (aunque a la vez lo sea y unos símbolos resuenen en otros, algo que convierte a los textos en estructuras complejas). Lo que se cuenta tiene sentido e interés por sí mismo, quizá porque descubre sentimientos y emociones íntimas, que también son nuestras; pero también nos parece que todo eso está poniendo al descubierto un nivel de intimidad aún más profundo, que está dejando a la vista algo más central, más esencial. Y que eso es un lugar al que se puede acceder solo de ese modo narrativo (se podría acceder con un discurso poético o ensayístico distinto; el narrativo solo puede ser así). Un lugar en el que están los grandes temas, que son comunes a la poesía y a la filosofía, y que no debemos nombrar, pues su naturaleza abstracta choca, es opuesta, a la naturaleza de la narración, que trabaja con hechos concretos, palpables. Grandes temas de los que el narrador solo puede hablar así, sin nombrarlos, con un discurso leve, sin peso.

No es fácil destacar unos cuentos sobre otros, pero a mí me resultan especialmente deslumbrantes los de adolescencia y juventud, cuando la vida se revela, cuando aún nada ha desmentido las grandes expectativas que se abren en esa edad. Cuentos que no solo reconstruyen una época, sino algo más complicado: nos devuelven el aire que había en ella. Estos fragmentos pueden ser representativos: “… como la felicidad que te invade de pronto mientras tomas un helado la primera tarde de calor y, en mitad de la calle abrasada por el sol, te preguntas qué pasará ese verano, esperando algo especial, esperándolo todo”; “… y que el amor desgarrador, todo dolor de la vida, no era nada malo, casi merecía la pena, porque todo era belleza, todo era un maravilloso atardecer de verano”.


La autora nos revela algunos de sus genios tutelares, Henry James, o Chejov, autores de cuentos, llamémoslos “sin final”, o sin final sorprendente, a lo Poe. Pero ella les da un toque muy personal. En un cuento como “Lord”, espléndido, consigue que un final sin sorpresa nos sorprenda. Magias de la literatura.

Soledad Puértolas El fin (Barcelona: Anagrama, 2015)

lunes, 11 de mayo de 2015

Días con erre, de Ana Añón

Días con erre es un libro de relatos de la escritora Ana Añón, publicado recientemente por Ediciones de La Discreta. El libro ya ha sido presentado en Valencia y el próximo día 20 de mayo será presentado en Madrid.

(MIÉRCOLES, 20 DE MAYO, EN EL CENTRO DE ARTE MODERNO (calle Galileo, 52), a las 20,00 horas.
Intervienen: Paloma González (en representación de Ediciones de La Discreta), Emilio Gavilanes (escritor) y Ana Añón.
Durante el acto tendrá lugar la proyección del galardonado cortometraje Miniaturas, basado en uno de los relatos de Días con erre.)

Adjuntamos aquí un texto de la propia autora en la presentación del libro y un pequeño fragmento de Días con erre.


PRESENTACIÓN DE DÍAS CON ERRE, POR ANA AÑÓN
Días con erre es un libro que no nace con una intención ni una temática concreta sino que es fruto de una recopilación de algunos de los relatos que escribí durante años en los talleres de escritura. El proceso resultó para mí un aprendizaje y un descubrimiento de mis preocupaciones como son: la muerte, que está muy presente, el miedo,  la soledad, las relaciones, las imposturas sobre todo. Así como otros temas actuales críticos con la sociedad. El resultado fue una colección de dieciséis relatos de intriga y misterio donde predominan los elementos fantásticos, el humor negro y el absurdo, aunque hay unos pocos cuentos de corte más realista e incluso alguno más oscuro que puede dejar un regusto amargo.  El título del libro proviene de un refrán que se cita en uno de los cuentos que dice así “No te cortes las uñas los días con erre porque te saldrán padrastros”. Lo escogí porque creo que esta idea de mala suerte engloba la temática del conjunto de relatos. Esos padrastros aparecen en la vida de mis personajes en forma de conflictos a los que deben enfrentarse. Me pregunté por qué se me ocurrían este tipo de historias y tuve dudas a la hora de querer publicarlas pero me convencieron los comentarios de mis primeros lectores y las palabras de algunos maestros. Recuerdo con cariño a mi primer profesor de escritura, Enrique Páez, que me decía que era yo era como Bette Davis que cuando era buena era muy buena pero cuando era mala era mejor. Con estos relatos brutales, me decía, llegarás a ser una gran narradora aunque con fama de mala entre tus amigas, que no te dejarán a sus hijos, todo son ventajas.  También Chéjov nos da buenas razones para seguir escribiendo: “No cuento para hacer llorar sino para decir que se puede vivir de otra manera.” “El hombre se volverá mejor cuando le hayamos mostrado cómo es.”  


BREVE FRAGMENTO DE DÍAS CON ERRE

Me lavé las manos a conciencia, una y otra vez, y todavía queda sangre entre las uñas. Debería cortármelas pero tendré que esperar al jueves. Dicen que si te cortas las uñas los días con erre te salen padrastros. Y yo me los muerdo, los estiro, acabo arrancándolos e, inmediatamente, siento un escozor que dura todo el día. Además, ahora ya no está Elsa para darme una palmada y gritarme que no lo haga, que se me van a infectar y que me quedaré sin dedos.

Al menos el paseo me sosiega. El cauce del río ahora está lleno de parques, jardines y fuentes. Así puedo detenerme en cada una, sacar de mi bolsillo el jabón que guardo dentro del pañuelo, olerlo, y lavarme bien las manos. Siempre recorro el mismo trayecto, voy caminando desde la parada del metro de Alameda hasta la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, pasando por arriba de los puentes, eso sí. Nunca los paso por debajo. Sé que puede suceder algo terrible. He oído decir que hay gamberros que lanzan objetos pesados desde arriba sin tomar precauciones, como si fuera un juego. Así que voy subiendo y bajando por las rampas según me acerco. El de las gárgolas es mi favorito. Allí me quedo un rato mirando esos monstruos con sus bocas abiertas, tan amenazantes.


Ana Añón (Valencia, 1965) es licenciada en Informática y ha desarrollado distintas facetas como la danza, el haiku o la narrativa. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías colectivas. Ha sido galardonada, entre otros, con el premio del I Concurso de relatos “21 de marzo” del Ayuntamiento de Tres Cantos cuyo jurado estuvo compuesto por Luis Mateo Díez, José Mª Merino,  Milagros Frías  e Ignacio Ferrando. Es autora del libro de relatos Días con erre (Ediciones de la Discreta).
Tráiler del Cortometraje Miniaturas, de Vicente Bonet