Yo ya sabía del poder de la palabra, y sobre
todo de la palabra escrita. Pero supe del poder del conocido dicho Hay palabras que matan cuando lo sufrí
en mis propias carnes.
Fuimos a escuchar el Réquiem de Brahms en el Auditorio Nacional. Y en el programa de mano que nos entregan al entrar, leí con cierta
congoja que el estreno de la obra, que tuvo lugar en Viena, resultó fallido a
causa de la trastornada actuación de un timbalero de la orquesta. Como no se
daban más datos, la noticia estuvo a punto de arruinarme la audición, pues
durante el melodioso Selig sind con el que comienza el Réquiem, conformando
una delicada y mágica atmósfera, no pude dejar de pensar en un timbalero
enloquecido que se pone a percutir sin ton ni son, reduciéndolo todo a añicos.
Al llegar a casa busqué más información y encontré que, en efecto, en esa
audición del 1 de diciembre de 1867, que la Gesellschaft der Musikfreunde
ofrecía en memoria de Franz Schubert, un timbalero de la orquesta, apoyado por
otros hooligans seguidores de Wagner, interpretó
de forma equivocada las notas de la partitura con fuertes sonidos del timbal
que ahogaban las voces de los cantantes y arruinaban la audición.
En fin, que hay noticias que es mejor no
conocer (y letras que no leer), pues a partir de ahora no sé si podré escuchar
el Réquiem de Brahms sin esa amenaza, esa congoja ante un desastre inminente. Y
no podré dejar de vigilar estrechamente al timbalero.
