Seguramente,
En nadar dos pájaros (Ed.Nórdica, 2010) es la mejor novela del escritor
irlandés Flann O´Brien (Strabane, Tyrone, 1911- Dublín, 1966); pero El
tercer policía ( Ed.Nórdica, 2006) no le va mucho a la zaga. Desbordando
imaginación y un humor delirante, es otro ejemplo de la buena literatura que
practicó este casi desconocido irlandés, contemporáneo de James Joyce, quien,
se dice, lo leía con deleite. (En otra de las novelas de O´Brien, El archivo
de Dalkey, éste -Joyce- aparece como uno de los protagonistas.)
Pensando
en el potencial lector, siempre he sido reacio a desvelar las tramas. Basta
decir, al respecto, que ésta comienza de una manera digamos clásica y lineal,
cuando el protagonista, instigado por un ambicioso y oscuro socio llamado John
Divney, es empujado a la ejecución de un ominoso crimen. Pero entonces todo se
descabala (incluido la narración) y aquel protagonista, que se olvida de su
propio nombre y sólo parece tener recuerdo del objeto de su ambición, se ve
inmerso en otro universo que llega a diferenciarse del ordinario incluso en la
forma de transcurrir el tiempo, en las dimensiones -dos espaciales en lugar de
las tres habituales – y en una extraña materia, el ómnium, de mágicas
cualidades. Todo lo que ocurre
allí está teñido de fantasía, humor y una lógica aplastante que se aplica de
manera implacable y que lleva a nuestro protagonista al borde de la muerte.
Elemento fundamental en ese mundo es una comisaría y unos policías (tres: el
sargento Pluck, un segundo agente de nombre MacCruiskeen y un tercer policía,
llamado Fox, y que siempre está ausente). Mientras el sargento Pluck está
obsesionado con las bicicletas, MacCruiskeen se dedica a realizar extrañas
medidas y anotarlas en una libreta negra. Fox, el tercer policía, será al final
la llave para desvelar buena parte de los enigmas que atormentan al
protagonista.
Muchas
son las secuencias fantásticas y llenas de humor que comparte éste con los
policías -incluyendo el descubrimiento del misterioso ómnium-, pero de entre
todas ellas no podemos dejar de anotar aquí la célebre Teoría Atómica del
sargento Pluck. Según esta teoría -que, de paso, tomó sin duda O´Brien del
célebre y divertido Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy de su
compatriota Laurence Sterne-, la continua fricción del cuerpo del ciclista con
la bicicleta obliga a un continuo intercambio de átomos entre uno y otra, hasta
el punto de que después de un largo tiempo de contacto hay una proporción de
ciclista que se ha transformado en bicicleta y viceversa.
Se sorprendería usted del número de gente
por estos andurriales que son mitad persona y mitad bicicleta a causa del
intercambio de átomos -dice el sargento Pluck-. Y le dejaría pasmado el
número de bicicletas que son mitad humanas, casi medio personas, y que casi
forman parte de la humanidad.
Naturalmente
las consecuencias de todo esto no son solo materiales, sino morales y
jurídicas. Así, al sargento Pluck le preocupa el que algún día las bicicletas
pudieran exigir el derecho de voto en el Parlamento o el quebradero de cabeza
que pudieran ocasionar a los jueces su media parte humana. Para ilustrarnos nos
cuenta que habiéndose en cierta ocasión juzgado a un ciclista, y habiéndole
hallado culpable de un crimen, al final se decidió colgar a su bicicleta, al
comprobar que ésta tenía mayor proporción humana que el propio ciclista.
En fin, muchas otras cosas inteligentes y
divertidas comentaríamos de este excelente libro, pero creo que por el momento
es suficiente para alentar a su lectura.
Otro día tal vez hablaremos de las teorías
físicas que subyacen en El tercer policía y que en parte, y sobre todo
en Estados Unidos y a consecuencia de la búsqueda de explicaciones a la serie
televisiva Perdidos, ha sido parte de su rescate del olvido. Pero,
mientras tanto, lo que me gustaría dejar claro es que, en mi opinión, las
virtudes de Flann O´Brien y El tercer policía no están en sus
conocimientos físicos y/o anticipos de recientes teorías (las supercuerdas, el
pronóstico de nuevas dimensiones espaciales, los universos paralelos) sino en
su indudable calidad literaria.
