Si el diez es marchamo de excelencia, justo será que protagonice esta décima entrada el madrileño Gabriel Bocángel y Unzueta, poeta mayor entre los menores y ciclópeo también entre los grandes. Este prodigioso soneto-prólogo que puso al frente de su poemario La lira de las Musas es, a mi entender, su mejor tarjeta de presentación, por más que, de tan audaz, pueda sumir en el desconcierto –solo en una primera lectura– a más de algún lector desavisado. Ya en el primer cuarteto, bajo la apariencia superficial de una “chulería poética” sin precedentes (“mirad si soy hábil” –parece decirnos un desafiante Bocángel– “que soy capaz de hacer que cambiéis de opinión con un puñado de versos”), se esconde un encendido elogio del poder de la palabra poética y de quien sabe administrarla con solvencia. Pero este acierto no es enteramente suyo, porque la idea inicial –bien es verdad que desprovista de tan osado alarde– parte de Petrarca (“Io cantarei d’Amor sí novamente”) y circula luego por Camões (“Eu cantarei de amor tão docemente”). Lo auténticamente genial y genuino de Bocángel es el terceto final, donde eleva a categoría lírica (vale decir, “irracional”), tanto en la forma como en el contenido, un ejercicio de la lógica formal tan mecánico y racional como el silogismo.
X.- Gabriel Bocángel (1603-1658)
Yo cantaré de amor tan dulcemente
el rato que me hurtare a sus dolores,
que el pecho que jamás sintió de amores
empiece a confesar que amores siente.
Verá como no hay dicha permanente
debajo de los cielos superiores,
y que las dichas altas o menores
imitan en el suelo su corriente.
Verá que, ni en amar, alguno alcanza
firmeza (aunque la tenga en el tormento
de idolatrar un mármol con belleza);
porque, si todo amor es esperanza
y la esperanza es vínculo del viento,
¿quién puede amar seguro en su firmeza?
