Se ha muerto el artista que más he admirado a
lo largo de mi vida. Se ha muerto Jean Giraud, “Gir” o “Moebius”. Se ha muerto,
también con él, mi juventud. Durante los últimos 33 años –yo conocería su obra
con 12 ó 13—, la revisión de su obra y sus publicaciones han sido una constante
en mi vida. Siempre había algo, de vez en vez un libro nuevo o alguna reedición
interesante. En cierto modo, mientras Moebius publicaba nuevas maravillas, el
adolescente que había en mí seguía atónito y abierto a sus propuestas
infinitas.
Tuve la gran suerte de conocerlo
personalmente. Mi madre lo abordó en una recepción con motivo del Imagfic, en
el año 81, y, ni corta ni perezosa acordó con él que nos veríamos esa misma
tarde —Moebius y yo— en el cine Princesa de Madrid (creo que hoy es una tienda
de ropa). Mi madre era tremenda, y muy capaz de cualquier cosa que se le
metiese en la cabeza. Yo tenía dieciséis años, y Moebius era Dios. Por entonces
yo dibujaba muchísimo, y trataba de imitar el trazo claro, limpio y exacto de
aquel descubridor de mundos insólitos. Muchos jóvenes tratábamos de apropiarnos
de su estilo fascinante, que parecía a la vez puro, sencillo y aparentemente
accesible.
Cuando mi madre me llamó por teléfono, desde
la misma recepción donde había conocido al artista que tanto admiraba su hijo,
casi me caigo al suelo. Había quedado con Moebius. Yo había quedado, esa tarde, nada menos que con Jean Giraud
“Moebius”.
Muy nervioso, metí mis mejores dibujos en una
carpeta y me acerqué al cine Princesa. Giraud apareció enseguida. Vestía de
manera muy informal, zapatillas de deporte, vaqueros, camiseta y cazadora de
plástico, y recuerdo que llevaba un colgantito también de plástico en el
cuello. Bien pudo haberse zafado de mí con una breve conversación y alguna
disculpa. Sin embargo, tuvo la inmensa amabilidad de indicarme asiento en un
sofá del bar, charlar largo rato conmigo —para mi sorpresa hablaba español casi
sin acento; yo no sabía aún que había vivido en México—, y mirar mis dibujos
detenidamente. Alabó unos cuantos, y me preguntó por qué eran algunos tan
violentos. Le podría haber respondido que los dibujos violentos se debían a la
influencia de la revista Tótem, hija
de la Métal Hurlant que él mismo
había creado. No sé qué le diría. Entonces me regaló un bello consejo, que
siempre he tratado de ver en su propia obra y seguir en la mía: “Dibuja lo que
salga de tu corazón”.
Me dibujó y dedicó un Arzach dentro de un
álbum de Blueberry. Ese dibujo, enmarcado, ha presidido cada casa en que he vivido.
Moebius siempre me acompañó como una referencia constante, presente y fresca, un horizonte abierto, como los fondos
fordianos de Blueberry o las vastedades del Desierto B.
No me puedo creer que haya muerto, porque
entonces se ha muerto un motor de mi imaginación. Lo crea o no, así ocurre.
También murió mi madre, hace poco más de un año. Todos sabemos que el tiempo
pasa y que la vida se desvanece; pero es cruel aprenderlo con tales zarpazos y
mutilaciones. El recuerdo es un triste consuelo, aunque consuelo al fin. Esa
tarde de marzo del 81 me regaló un magnífico dibujo, un gran consejo y uno de
los grandes momentos de mi vida. Cuánto echo de menos a mi madre.
