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miércoles, 14 de marzo de 2012

Muerte de Moebius (2)

La muerte de Jean Giraud “Moebius” no tendrá tanta trascendencia como han tenido su vida y su obra inmensa. Jean Giraud “Moebius” es uno de los artistas que más ha influido en el mundo que nos rodea. Quizá no sea conocido por las masas; pero sí por cada artista y cada diseñador que existe. Imitado y plagiado continuamente, su arte bien puede marcar una de las cimas principales del final del siglo XX, y una referencia necesaria para cuantos han dibujado con cierta solvencia después de él.

Junto con otros artistas como Chris Foss, Syd Mead o Ron Cobb, Moebius diseñó en gran medida el aspecto visual de la ciencia ficción moderna. Su trabajo en la preproducción de la abortada y delirante versión de Dune en los setenta, la de Alejandro Jodorowsky (no la confundamos con el horror de Lynch, más tardío), le abrió camino a otros proyectos. No sólo por sus dibujos para las escafandras de Alien (1979) y otras películas como The Abyss (1989). Su cómic The Long Tomorrow (1976), escrito por Dan O’Bannon (guionista a su vez de Alien), influyó poderosa y directamente en la concepción y alumbramiento de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), así como en la literatura de William Gibson (el creador del término “ciberespacio”, en obras como Neuromante), que a su vez desembocaría en el devenir del cyberpunk. Hay películas como Matrix que no tendrían el mismo aspecto, o ni siquiera existirían, si no fuera por la fuerza generatriz de Moebius. Tampoco lo tendrían las películas de Mad Max  y sus imitaciones, ni desde luego las de Star Wars. Si bien Moebius no trabajó directamente en todas ellas, está claro que los directores y diseñadores sí tenían muy presente su estética  en el vestuario y objetos de atrezzo. La fecunda imaginación de Moebius tenía también la virtud de fecundar la de quien lo miraba con atención.


George Lucas pidió su colaboración para El imperio contraataca, y creo que el droide espía que aparece en el desierto helado de Hoth es la única aportación directa —y pagada— de Moebius. En otros momentos de la hexalogía galáctica, la obra de Moebius aparece como fuente de inspiración, reconocida o no. Más bien no. El jedi en caída libre por las calles abismales de Coruscant es claramente John Difool en Suicide Avenue, al principio de El Incal. La montura reptiloide de Obi Wan Kenobi, en El ataque de los clones, es puro Moebius. También el ejército de los droides parece de clara factura moebiana (véase The Long Tomorrow), y el mundo arenoso de Tatooine y sus habitantes tiene claras similitudes con los desiertos —tan habituales y tan singularmente poblados— en la obra del artista francés.

Las películas en las que sí participó directamente son, además de Alien y The Abyss, El Quinto Elemento (1997), Willow (1988), Masters del Universo (1987), y sobre todo, Tron (1982). También se internó en el cine de animación con sus creaciones, en Les maîtres du temps (1982) o las animaciones cortas de Arzak Rhapsody (2002). Los resultados no quedaron a la altura de los dibujos, acaso por la tacaña animación de ambas películas. Igualmente trabajó en diversos videojuegos y otros proyectos visuales. Incluso se construyó en Los Ángeles una atracción de parque de atracciones inspirada en El garaje hermético. Creo que ya no existe.


En el mundo del manga, el influjo fue mutuo. Moebius reconoció la influencia en su obra del Akira, de Katsuhiro Otomo. A su vez, Moebius influiría en otros grandes ilustradores japoneses, y es difícil no conectarlo con la estética del Dragonball de Toriyama, sólo por señalar un ejemplo. Es muy elocuente al respecto su encuentro con Miyazaki.

Moebius mismo afirma que su preocupación principal nunca fue la técnica, sino la percepción: la manera en que uno ve y transmite al mundo lo que ha visto. No obstante, quizá su más poderoso atractivo tenga que ver con la limpieza de su trazo y su elaborada sencillez. Esa manera que tiene de tratar la línea, de manera que siempre se vea dónde comienza y dónde termina, como si los dibujos no tuvieran trampa ni cartón. Cuántos aprendices de dibujantes nos hemos vuelto locos intentando imitar la elegancia minuciosa del maestro. Si Hergé inició la llamada línea clara, Moebius creó otro tipo de línea impensable, no menos clara aunque con vocación surrealista, que empleó como una herramienta para descubrir mundos, romper fronteras e iluminar conciencias. Junto con un puñado de visionarios erigió la revista Métal Hurlant, la vanguardia de Europa en el cómic, la ventana prodigiosa por la que mirarían los años ochenta y noventa para conformar el futuro. Confirió a este arte menospreciado gran parte de la dignidad y prestigio del que después ha gozado. Igualmente, orientó una estética diversa y sorprendente que acabó multiplicándose en numerosos entornos gráficos, desde el cómic y el cine hasta el diseño industrial. Algunos de sus proyectos —películas especialmente— fracasaron; pero Moebius no perdió el tiempo que le fue concedido. Dejó el mundo muy distinto de cómo era cuando lo encontró: cuánto más interesante, sugerente e infinito. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Muerte de Moebius (1)


Se ha muerto el artista que más he admirado a lo largo de mi vida. Se ha muerto Jean Giraud, “Gir” o “Moebius”. Se ha muerto, también con él, mi juventud. Durante los últimos 33 años –yo conocería su obra con 12 ó 13—, la revisión de su obra y sus publicaciones han sido una constante en mi vida. Siempre había algo, de vez en vez un libro nuevo o alguna reedición interesante. En cierto modo, mientras Moebius publicaba nuevas maravillas, el adolescente que había en mí seguía atónito y abierto a sus propuestas infinitas.

Tuve la gran suerte de conocerlo personalmente. Mi madre lo abordó en una recepción con motivo del Imagfic, en el año 81, y, ni corta ni perezosa acordó con él que nos veríamos esa misma tarde —Moebius y yo— en el cine Princesa de Madrid (creo que hoy es una tienda de ropa). Mi madre era tremenda, y muy capaz de cualquier cosa que se le metiese en la cabeza. Yo tenía dieciséis años, y Moebius era Dios. Por entonces yo dibujaba muchísimo, y trataba de imitar el trazo claro, limpio y exacto de aquel descubridor de mundos insólitos. Muchos jóvenes tratábamos de apropiarnos de su estilo fascinante, que parecía a la vez puro, sencillo y aparentemente accesible.

Cuando mi madre me llamó por teléfono, desde la misma recepción donde había conocido al artista que tanto admiraba su hijo, casi me caigo al suelo. Había quedado con Moebius. Yo había quedado, esa tarde, nada menos que con Jean Giraud “Moebius”.

Muy nervioso, metí mis mejores dibujos en una carpeta y me acerqué al cine Princesa. Giraud apareció enseguida. Vestía de manera muy informal, zapatillas de deporte, vaqueros, camiseta y cazadora de plástico, y recuerdo que llevaba un colgantito también de plástico en el cuello. Bien pudo haberse zafado de mí con una breve conversación y alguna disculpa. Sin embargo, tuvo la inmensa amabilidad de indicarme asiento en un sofá del bar, charlar largo rato conmigo —para mi sorpresa hablaba español casi sin acento; yo no sabía aún que había vivido en México—, y mirar mis dibujos detenidamente. Alabó unos cuantos, y me preguntó por qué eran algunos tan violentos. Le podría haber respondido que los dibujos violentos se debían a la influencia de la revista Tótem, hija de la Métal Hurlant que él mismo había creado. No sé qué le diría. Entonces me regaló un bello consejo, que siempre he tratado de ver en su propia obra y seguir en la mía: “Dibuja lo que salga de tu corazón”.

Me dibujó y dedicó un Arzach dentro de un álbum de Blueberry. Ese dibujo, enmarcado, ha presidido cada casa en que he vivido. Moebius siempre me acompañó como una referencia constante, presente y fresca,  un horizonte abierto, como los fondos fordianos de Blueberry o las vastedades del Desierto B.

No me puedo creer que haya muerto, porque entonces se ha muerto un motor de mi imaginación. Lo crea o no, así ocurre. También murió mi madre, hace poco más de un año. Todos sabemos que el tiempo pasa y que la vida se desvanece; pero es cruel aprenderlo con tales zarpazos y mutilaciones. El recuerdo es un triste consuelo, aunque consuelo al fin. Esa tarde de marzo del 81 me regaló un magnífico dibujo, un gran consejo y uno de los grandes momentos de mi vida. Cuánto echo de menos a mi madre.