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martes, 2 de octubre de 2012

Dos comentarios tras ver la primera temporada de Juego de Tronos


Vaya por delante que soy un auténtico ignorante en series televisivas y novelísticas. Tras más de veinte años de vivir sin televisión, habré visto completas no más de dos temporadas de series diversas, y capítulos sueltos de alguna que otra. Tampoco he tenido paciencia para enchufarme a sagas novelísticas de varios volúmenes voluminosos, con alguna excepción. Así que lo que voy a decir debe ser puesto en la más aislada cuarentena.

He visto en internet que se compara la serie novelística de Juego de tronos con El señor de los anillos, lo cual me parece un error, dado que una y otra responden a dos modos de narrar bien diversos. El señor de los anillos es una narración teleológica, que desde el principio se encamina a un final, sigue una línea que, por sinuosa que sea, conduce la narración a una conclusión que da sentido a todo el conjunto. Juego de tronos, como todas las narraciones seriales, se dedica a dar vueltas en torno a un motivo, en este caso las luchas por el poder al trono de los Siete Reinos, y va rellenando la narración con variaciones sobre el mismo asunto, complicándolo todo cada vez más, incorporando nuevos personajes, líneas narrativas, efectos de argumento, diálogos ocurrentes, etc., de modo que el final –que no conclusión– de la narración se producirá cuando el autor se canse de vender o los índices de audiencia comiencen a descender, y no será más que un broche con más o menos adornos y brillantez. Yo, la verdad, soy muy clásico para esto: toda narración que no culmine en una buena conclusión me desilusiona. Me resulta, y perdóneseme el símil taurino, como el torero que hace una faena llena de floripondios, volatines y muletazos espectaculares, pero falla en el momento de matar. Es más, en el caso de las series, en realidad ni intenta matar. Siento esto (y sé que a los espectadores de series mi apreciación les parecerá absurda) como una deslealtad por parte del narrador o guionista, como es desleal la droga que da placer momentáneo pero no sacia sino que solo busca crear ansiedad (de hecho, uno se “engancha” a una serie como a una droga u otro mal vicio). Pero lo más interesante es que, si las series–novelísticas o televisivas– tienen ahora tanto éxito es en ante todo porque el capitalismo financiero está cambiando la noción lineal y teleológica del tiempo –unida primero a la producción manufacturera, como demuestra la aparición de relojes en las ciudades florentinas de finales del s.XIII, y después a la producción industrial, que crea la idea de progreso–, haciéndonos regresar a una concepción circular, aunque tal vez sea mejor denominarla rizomática, dado que las vueltas alrededor del centro –el trono– son siempre distintas e irregulares. Parece, pues, que volvemos a una narratividad precapitalista, similar a las de los libros de caballería y las novelas sentimentales, que también eran seriales, pero en realidad es algo diferente, pues la única sacralidad que sostiene estas narraciones de hoy es la sacralidad del dinero. (Habría que rastrear, de todos modos, la pervivencia de los modelos narrativos seriales medievales en la literatura popular. Pienso sobre todo en la literatura de folletín del XIX –aunque la poca que conozco no es exactamente serial, pues siempre hay un misterio que al final se resuelve, una anagnórisis que lo aclara todo, o algo similar–, que pasa en el XX a la radio y de ahí a la televisión.)

Por otro lado, Juego de tronos abunda en otro aspecto temático también de apariencia precapitalista: la desustancialización del nivel político. Juego de tronos es una serie política, pero en ella la política se concibe como una lucha por el poder en la que las fuerzas dominantes son psicológicas o morales, algo que en sus mejores momentos da a la serie una para mí evidente reminiscencia shakespeareana, trufada, claro está, con algunos toquecillos foucaultianos que ponen al día el aparente feudalismo mercantil de fondo. El poder es, pues, una ficción en la que los problemas psicológicos de los participantes en él, sus principios morales (o sus valores, si se quiere), su astucia o inteligencia, etc., son los elementos determinantes. El poder es, en efecto, un juego, como indica el título, y en él apenas hay un atisbo de la existencia de clases sociales, o al menos de grupos de interés o lobbies. Es, en este aspecto, radicalmente premaquiaveliano, como en cierta manera lo es Shakespeare (solo que a Shakespeare lo que le interesaba, creo, es justamente el funcionamiento de la psique, del “alma” humana, más que la naturaleza del poder). ¿Qué “nos hace”, entonces, Juego de tronos? Que sintamos como natural la concepción de la política como un juego despiadado al que solo pueden jugar poderosos contendientes, un juego cruel y peligroso del que mejor alejarse y contemplarlo, despreciándolo, como un espectáculo, y no algo en lo que las personas de a pie podamos (debamos) intervenir algo más que votando dócilmente cada cuatro años.

lunes, 2 de julio de 2012

Literatura y cine: Wallander, de Henning Mankell

Es posible que a estas alturas se haya desinflado un poco la moda de los nuevos autores suecos de novela negra, pero hace unos pocos años era sin duda la novedad dentro de el mercado generalista. Un movimiento liderado por Stieg Larssenn y su triología Millenium, pero más allá de estos Best-sellers hay una profunda corriente de autores suecos que escriben una literatura negra excelente, entre los que destaca, para mi gusto, Henning Mankell.

Henning Mankell comenzó su andadura en la literatura creando a su personaje más famoso, Kurt Wallander, un inspector de policía de la pequeña ciudad de Ystad, situada cerca de Malmo, que es testigo de cómo cambia la sociedad sueca en los últimos años. De hecho, su primer libro, Asesinos sin rostro, da mucha más importancia al tratamiento que se hace de la inmigración en Suecia que al propio caso, que sería en lo que se centraría un libro con pretensión de Best Seller, sin embargo Mankell es capaz de alejarse en cierta forma de las clásicas reglas de la literatura negra, consiguiendo aún así mantener el interés del lector sobre el caso, pero añadiendo todo un análisis de la sociedad y sus cambios a través de los ojos de Kurt Wallander.

En mi opinión, lo que diferencia a Mankell de otros autores (suecos o no) de literatura negra es la gran profundidad que consigue en sus personajes, permitiendo que el lector se identifique con ellos y nos obligue de esa forma a querer siempre conocer más de sus relaciones, sus vivencias y el desarrollo de sus vidas. Esta fórmula no le ha ido nada mal a Mankell que ya lleva 11 novelas con Wallander de protagonista o hilo de conexión y que, pese a haber puesto un punto y final a la historia del personaje en el último libro de la serie, El hombre inquieto, es posible que sigamos en ese universo propio con su hija, Linda Wallander, de protagonista.

El personaje de Kurt Wallander ha sido llevado al cine y la televisión principalmente en Suecia, donde se han producido 3 películas interpretadas por Rolf Lassgard, actor al que Henning Mankell ha agradecido en más de una ocasión su interpretación de Wallander, y una serie de televisión de 13 capítulos, pero no es de estas adaptaciones de las que voy a hablar, (principalmente porque no he tenido ocasión de verlas), sino de la fabulosa serie que ha producido la BBC en la que Kenneth Branagh interpreta a Kurt Wallander de forma magistral. Desde 2009 se han estrenado dos temporadas de esta miniserie compuestas cada una por 3 capítulos de 1 hora y media de duración. En cada capítulo se recoge la trama policial de una de las novelas, mientras que los aspectos personales de los personajes, (para mi, casi lo más interesante) están diseminados a lo largo de toda la serie, consiguiendo de esta forma plasmar esa profundidad de la que hablaba antes. Las interpretaciones de cada uno de los personajes es prodigiosa, destacando la de el propio Branagh, que consigue transmitir el carácter de este personaje gruñón, perfeccionista y atormentado, y la de David Warner que interpreta a su padre. La producción de la serie es sencillamente increíble, consiguiendo trasladar el escenario de la ciudad de Ystad a los paisajes de Irlanda, donde está rodada, y con un trabajo de adaptación visual que te hace pensar en todo momento que estás en esa pequeña ciudad sueca.

A alguien que no conozca la obra de Mankell y el personaje de Kurt Wallander, sin duda le recomendaría que primero se sumergiera en las novelas, pero pese a que no soy amigo de las adaptaciones, ya que normalmente no suelen plasmar de una forma convincente lo que puedes encontrar en un libro, también recomendaría esta serie ya que me parece una adaptación casi perfecta.

Por cierto, para aquellos que estéis siguiendo la serie, os recuerdo que la tercera temporada se estrena el próximo día 8 de julio en el Reino Unido. Como siempre, os recomiendo verla en versión original para apreciar en todo su esplendor el trabajo de todos sus actores.