Si
tienes dieciocho, veinte, incluso treinta y cinco años, es posible que esta
entrada te resulte ajena, aunque parta de la base de que, si estás aquí, es que
eres amante de la literatura. Lo digo porque nace de una observación ligada a
la edad: con el tiempo somos muchos los que habiendo sido consumidores
compulsivos de narrativa durante nuestra adolescencia y juventud, al llegar la
madurez nos confesamos cada vez menos lectores de novelas y cuentos, y más de
historia, filosofía, ensayo, aficiones...y algunos (mi caso) hasta poesía
Ese
es el hecho. Ahora habría que interpretarlo.
La
hipótesis que pueden proponerse son muchas. Las que a mí se me ocurren son
éstas:
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Como nos pasa con el cine, las series de televisión o los anuncios, al pasar
los años vamos interiorizando sus códigos internos, por lo que terminan siendo
previsibles para nosotros. Quizá sea eso, me digo yo mismo, pero las nuevas
series televisivas han roto con lo anterior y han traído una nueva narrativa
visual.
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Con los años y la experiencia, perdemos la capacidad de sorpresa. Podría ser,
pero la semana pasada asistí a una representación teatral de “El maestro y
Margarita”, de Bulgakov (por la compañía Complicité y adaptación de Simon
McBurney), que me dejó noqueado. Aún me puedo conmover ante una forma tan
elaborada de belleza.
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La novela, la narrativa, es una forma de ampliar nuestra experiencia de vivir
vidas, épocas, geografías que no son las nuestras. De alguna forma esa función
es menos importante cuando ya has acumulado suficientes experiencias propias.
También podría ser, pero la ficción fantástica no tiene límites y la novela nos
permite conocer a los personajes de una forma tan íntima como nunca llegaremos
a conocer a las personas, con la excepción de unas pocas muy cercanas.
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La novela, o mejor dicho, sus autores, han perdido la capacidad de explicarnos
la realidad desde otro ángulo. Esto vale, pero sólo para un tipo de novela.
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Hay demasiadas novelas malas o, al menos, mediocres. Eso ha hecho que con el
tiempo hayamos perdido el criterio y ya no recordamos la sensación de una gran
obra. Para solucionar ese problema, basta suscribirse a este blog y seguir las
recomendaciones de mis muy leídos colegas discretos.
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Como con los amigos, nos cuesta hacernos con autores nuevos conforme nos
hacemos mayores. Los novísimos llegan con sus propias claves generacionales que
ya no nos tocan tan directamente, mientras aquellos con los que crecimos en su
mayoría ya no están entre nosotros. Pero podemos argumentar en contra que
seguramente nos queden cientos de obras por leer de esos autores que nos
marcaron.
Puedes
formular otras hipótesis o puedes negar la mayor, si quieres. Yo me reservo
para el debate las que considero que explican mejor el fenómeno.
