No
son muchas, pero hay ocasiones en las que, al leer un poema o las inspiradas
palabras de una novela, uno se siente literalmente transportado a un estado
alegría y excitación no fácilmente explicables.
También
hay otros lenguajes en los que eso ocurre.
Cuando
en 1915, Albert Einstein escribió unas ecuaciones que venían a decir que la
gravedad no era más que una comba en el espacio -que también curva el tiempo-,
y pudo comprobar la exactitud de esas fórmulas explicando la llamada anomalía
en la órbita de Mercurio, sufrió palpitaciones y, según él mismo dejó escrito,
no pudo dormir en los días siguientes a causa de la emoción.
Un
poco más tarde, el alemán Theodor Kaluza, añadiendo a las tres dimensiones
espaciales y una temporal del universo de nuestra experiencia habitual una
dimensión espacial más (escondida por el momento para nosotros), pudo sacar, de
las propias ecuaciones de Einstein, una adicional que, para su sorpresa,
resultaba la del electromagnetismo de Maxwell. Lograba, de esta manera, la
unificación de las fuerzas conocidas en aquellos momentos. Mirando ese pequeño
montón de signos y números que tanto revelaba sobre el universo en el que
vivimos, no sabemos si Theodor Kaluza también sufrió palpitaciones. Lo que sí
sabemos es que, habitualmente comedido, se puso a saltar como un loco y a cantar
a voz en grito un aria de Las bodas de
Fígaro.
