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jueves, 6 de febrero de 2014

Pájaros

Los chicos de mi barrio hacíamos expediciones a la vía del tren a buscar esqueletos de pájaros. A lo largo de la vía no era difícil encontrar ejemplares enteros, con todas las piezas perfectamente ensambladas, objetos que no parecían proceder de la descomposición de un cuerpo, sino que habían sido armados con piezas blancas, limpias, impecables, como esas maquetas que se hacen con palillos, y en los que se podía observar la anatomía del vuelo. El campo era muy didáctico.

Sabíamos que los pájaros se acuestan y se levantan como especies y el resto del día se comportan como individuos solitarios. Por la noche cada especie se acostaba en un árbol y armaban una gran algarabía antes de dormirse. Y por la mañana la pajarería de cada especie también se despertaban todos a la vez, como un solo organismo, cada una en un momento diferente. Primero las alondras, las que en Shakespeare oyen los trasnochadores Romeo y Julieta. A los albañiles se les llamaba alondras porque también eran los primeros en levantarse.

En los libros del comisario Carrasco (El sueño de los espejos -La Discreta, 2007- y Alguien envenena a los pájaros –La Discreta, 2011-), Joaquín Rubio Tovar hace observaciones preciosas sobre los pájaros de la ciudad, observaciones inesperadas en una novela policiaca. En la última aventura de Carrasco, el espléndido Viaje a la muerte (que esperamos ver pronto publicado en La Discreta), un Carrasco en estado puro (sentimental, melancólico, humorístico), se señalan tres dormitorios de lavanderas: uno en Cuatro Caminos, al final de Reina Victoria, otro en El Viso, frente al Auditorio, y otro en el paseo del Prado (este lo acabaron abandonando, quizá por el éxito de las exposiciones del museo, que llevaban las bulliciosas colas a sus cercanías). También señala la fuente de la Almendrita, en el Campo del Moro, como bebedero de muchos de los pájaros que viven en el asfalto. Una fuente entre la espesura, a la que bajan muchos pájaros a beber y alguno se da un chapuzón que dura unos segundos (hay una foto de Ramón Gómez de la Serna mirándola). Esas preciosas observaciones, diseminadas en la trama de una novela negra, urbana, como este Viaje a la muerte, resaltan con especial brillo.

Hace poco se descubrió que en el interior de la estatua ecuestre de Felipe III, en la plaza Mayor, hay un cementerio de gorriones.  Cuando acaba el verano y comienzan los primeros fríos, el metal conserva el calor del sol recibido durante el día, de tal modo que al caer la tarde, cuando baja la temperatura, la estatua aún se mantiene cálida durante unas horas. El caballo, hueco por dentro, exhala el aire tibio que contiene. Y los gorriones, que son muy sensibles al frío, lo detectan y entran en la boca del animal de bronce buscando calorcito para pasar la noche. Una vez dentro, no encuentran la salida y acaban muriendo agotados.