Pepe Junco ya colgó este
espléndido soneto en su muro, después de que yo se le enviara para que viese
las coincidencias con un poema suyo basado también en el motivo de la mujer
desnuda que, al bañarse, se funde con la naturaleza circundante. Yo lo tengo
reputado como una de las obras maestras del barroco español. Quien todavía ande
lastrado por la falsa idea (¡tan perniciosamente difundida en la escuela!) de
que “barroco” es sinónimo de hinchazón, circunloquio, palabrería vana y
retórica hueca, quedará desconcertado por el alarde de concisión de que hace
gala Ovando y Santarem en el primer endecasílabo: con un solo sustantivo
(“cristal”) y dos verbos (“dar” y “dividir”), es capaz de cifrar, en once
sílabas, lo que la función referencial del lenguaje obligaría a expresar de
este modo: “Una piel tan fina y delicada como el cristal avanzaba a través de
unas aguas también cristalinas”. ¡Ni Gracián fue capaz de condensar, en tan
breve discurso, tanta belleza y precisión!
III.- Juan de Ovando y Santarem (1624-1706).
Cristal daba al cristal que dividía
incentiva deidad, desnuda Elena,
y, entre la espuma que su luz serena,
Venus parece que otra vez nacía.
Al tacto de su cuerpo el Dauro ardía,
vuelto Troya de amor hasta la arena,
y adorándola sola por sirena
transpontines de aljófar le mullía.
Julio, a la vista, dijo en su discurso:
“¿Con cristal, a las aguas, por qué sondas,
si avivas más mi incendio en su recurso?
No el que animas marfil, Elena, escondas;
que parece se acaba al día el curso
cuando llegan tus soles a las ondas”.
