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jueves, 14 de febrero de 2013

Dos formas de narrar. ¿Cuál prefieres?


Luchar contra la pila de libros por leer es un empeño tan inútil como podar un seto de hiedra: año a año ambas cosas te van ganando terreno.

En mi último arrebato coincidieron dos autores españoles y sus dos últimas novelas: Javier Marías con “Los enamoramientos” y Andrés Trapiello con “Ayer no más”.

No pienso hacer una crítica de dos obras tan conocidas y menos en esta bitácora habitualmente consagrada a liberar valiosos pecios literarios, siquiera temporalmente, del limo que los mantiene atrapados en el olvido. Simplemente quiero haceros partícipes de una reflexión que me surgió tras leer ambas obras, tan distintas en todo. Y es que lo son en tal manera que me han hecho pensar en dos tipos de autores, o al menos de narrativa: aquella que proporciona al lector una profusa descripción de los sentimientos de sus protagonistas, que se correspondería con “Los enamoramientos” y aquella que prefiere provocárselos por la vía de los hechos que acontecen, sin dar más pistas introspectivas, caso de “Ayer no más”.

Pensando en ello me he dado cuenta de que he preferido siempre la segunda, aunque conozco personas, grandes lectoras, que son claramente partidarias de la primera. Así que quizás también existan dos tipos de lectores atendiendo a estas dos formas.

El caso de “Los enamoramientos” está en el límite de lo que tolero. La prolijidad con que se detiene en la explicación no sólo de los sentimientos, sino de los más nimios y a veces repetidos pensamientos de la narradora pusieron a prueba mi paciencia. Y me hizo pensar por comparación en “Epitafio”, de Paloma González Rubio (editada por LaDiscreta), que despliega con mesura esta forma de narrar en ciento y pocas páginas, las mismas que debería haber tenido la obra del académico. La anécdota de la que parte González Rubio es más original aunque menos intrigante que la de Marías pero el disfrute que me produjo conocer la evolución de los sentimientos de su protagonista fue mucho mayor que en “Los enamoramientos”, simplemente por estar en la justa medida.

Por el contrario, en la novela de Trapiello, narrada en una falsa tercera persona (se descubre al final), los sentimientos del protagonista están apenas esbozados. Conocemos bien su personalidad, su trayectoria, pero lo que siente tenemos que proyectarlo sobre él como lectores.

Siempre he preferido esta segunda forma de narrativa que deja más espacio al lector para que respire. De una cierta forma es más arriesgada porque no tienes constancia de si lo que estás proponiendo por la vía del tablero de juego que has ido disponiendo en la trama va a ser interpretado como tú quieres por el lector. Compensas el miedo incluyendo algunas frases, algunas metáforas, una referencia musical o meteorológica, pero dejas que el lector, imbuido en la piel de tu personaje, proyecte en sí mismo sus sentimientos en un esfuerzo empático. Pienso que, como todo lo que requiere más esfuerzo, produce mayor compensación.

Y ya que he hablado de música, forzando un poco la comparación, lo reconozco, pondríamos en un lado una ópera de Verdi, donde los sentimientos de los protagonistas se explican a cada paso y, en el otro, una pieza de jazz, en la que no tenemos más pistas que unas notas, a veces dislocadas, para subirnos al carro de los sentimientos que están queriendo transmitirnos los intérpretes.

Seguramente no todo es blanco o negro. Blanco (o rojo)  sería Stendhal, negro sería Chandler (no te pierdas por nada las entradas de Javier Guzmán sobre la serie negra original y la nórdica en este blog) y entre uno y otro tenemos todo tipo de graduaciones. ¿Algún ejemplo más?


miércoles, 11 de abril de 2012

Esos libros inconclusos

Igual que no hay dos escritores iguales, no hay dos lectores idénticos. Sin embargo, me parece que a estos últimos los podemos dividir en dos grandes grupos por una caracterísitica diferenciadora:  su compromiso para llegar al final de una obra.  De un lado están los que viven como una obligación alcanzar la última página de cada libro que empiezan, aunque desde la segunda  se hayan dado cuenta de que no era para ellos.  ¿Por qué lo hacen? ¿Quizás porque esperan que en algún momento la obra remonte y  les compense el martirio de tantas páginas de aburrimiento o desencuentro? ¿O quizás es simplemente una muestra de perfeccionismo extremo, un exceso de responsabilidad?
De otro lado están aquellos lectores que dan pocas oportunidades a un libro y, a la primera de cambio, lo devuelven a la estantería o piensan en alguien a quien le podría gustar para deshacerse de él. ¿Es un carpe diem que resuena en su cabeza? ¿Es gente con más libertad de criterio que los anteriores? ¿No temen perderse alguna perla escondida a la vuelta de la siguiente página?
Yo comprendo muy bien a esos dos tipos de lectores porque he formado parte de ellos en diferentes momentos de mi vida. Durante mi juventud dejar un libro sin terminar era para mí una suerte de fracaso personal. Tenía una cierta justificación: eran casi siempre obras mayores que me habían sido recomendadas encarecidamente, o que sabía veneradas por los buenos lectores. Pocos de entonces quedaron sin terminar. Alguno he citado en otra entrada, pero no quiero reverdecer heridas recientes.
Desde hace unos años, sin embargo, me he pasado al otro bando. Demasiados libros por leer y muy poco tiempo como para perderlo a disgusto. Esa es mi auténtica motivación. Pero he de confesar una cosa: nunca abandono antes de la página cincuenta. ¿Por qué? Procede de mi experiencia como lector. Cuando uno salta de un autor a otro necesita un tiempo de aclimatación. Si la prosa es muy diferente, puede uno estar desconcertado durante unas cuantas páginas hasta que le toma el pulso al narrador.  Esa es una razón. Otra, que hay autores que no quieren dar facilidades al lector, al menos de la manera en que hoy se hace y casi se exige. Aquello de: “Desde la primera página te agarra del cuello y no puedes parar hasta el final”. Es algo que yo intento practicar como escritor, pero que, creo, no debe llevarse al extremo.
En mi personal experiencia, el ejemplo más claro de esto que digo es Gonzalo Torrente Ballester. El sabio de El Ferrol no se casaba con el lector, el lector tenía que casarse con él. Esas cincuenta primeras páginas suyas son la pedida. Pero, ay amigo, el gozo que aguarda a quienes superan esa barrera compensa con creces el esfuerzo. Con pocos autores he sentido esa sensación de desespero cuando compruebas que de trescientas páginas solamente te quedan cincuenta o cien para terminar. Muchas veces, incluso, ralentizaba esa fase para seguir estirando el placer lo más posible. Una vez, en una entrevista, se lo comenté y seguro que no fui el primero porque, rápido, me contestó: “No sea tonto: la próxima vez empiece usted por la página cincuenta”.
Qué diferente experiencia la de esas otras novelas en las que el disfrute sólo está en función de la trama , del deseo de conocer si al final hay boda o quién es el asesino. Es verdad que te llevan a matacaballo agarrado de una página a otra pero, en muchas ocasiones, eres consciente de que debajo sólo hay trucos del oficio y de que eso que estás leyendo ni tiene calidad ni, a veces, coherencia.
Con Torrente, con Javier Marías, y con muchos autores discretos como E. Gavilanes, L. Junco, Caneiro, P. González Rubio o el nuevo descubrimiento, Francisco Rodríguez Criado (Mi querido Dostoievski) eso no me ocurre. No llego al final porque quiera saber nada. Simplemente porque estoy disfrutando de cada página que leo. Me encantaría saber hacerlo.