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lunes, 10 de febrero de 2014

Necroilógicas - ¿Cómo que ha muerto Félix Grande?

Por Félix Dativo Donate

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Me entero por el Conde de Abascal, que me hace avisar mediante billete con lacre negro y un criado de luto. Yo no veo la tele, ya apenas escucho la radio, desconecté mi ordenador de internet y apenas si atisbo lo que pasa por la mirilla angosta del móvil. Vivo como un eremita o como un bárbaro, más bien como Tarzán con su agreste familia en la jungla manchega. Decidí enterarme solo de lo que me interesase, y a este paso pronto no me interesará ninguna cosa.

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Pero si estuvimos con él, hace nada, no hará ni catorce años, nada, reinventando el botellón nocturno por las calles de Priego. Litros de cerveza pillados a deshora en yo no sé qué garito, acaso una discoteca, y el maestro Grande arrancándose por bulerías junto al portal de una tienda, a las tantas de la mañana. Venga bulerías y soleares, ayes y quejíos, y venga cerveza por aquí y por allá. Habíamos ido al curso de poesía que montaba siempre Diego Jesús Jiménez, otro grande de España que se murió también hace unos años, los que llevamos sin pensar ya en ir a Priego y que Martín Muelas me perdone. Fue el año en que conocimos a Manolo Vázquez Montalbán y a Pepe Hierro —allí eran Manolo y Pepe—, otros dos muertos ilustres, aquello era un Walking Dead poético, cuando Pepe Hierro casi se me queda en los brazos. Iba yo detrás de todo el grupo a la salida de no sé dónde, que me había retrasado como suelo hacer; y al maestro Hierro, que ya estaba muy tocado y se bebía la ginebra camuflada en una botella de agua mineral, le viene un ahogo y se va al suelo. Acudo, lo socorro, lo vemos mal. Rápido a buscar un coche, y doy con Carlos Sahagún, a quien me habían presentado la misma mañana. Ojo, qué pléyade en el mismo párrafo. Me dijo luego el Conde de Abascal que había perdido mi ocasión de entrar en la historia de la Literatura, pues Pepe Hierro no murió ese día en mis brazos: se sobrevivió unos meses más. Por fortuna no murió nadie entonces, pero luego han ido cayendo como moscas. Carlos Sahagún, no. A lo mejor se acuerda.

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Coincidíamos en algunas cosas. Los dos éramos manchegos de corazón, que no de nacimiento; los dos habíamos ganado el premio Felipe Trigo, de Villanueva de la Serena; y los dos nos llamábamos Félix. Bromeamos con eso. Grande solo había uno, desde luego. En su edad respetable, se mostraba gamberro y jovial como un jovenzuelo. Tenía una sonrisa perenne y una broma preparándose tras ella, a punto de escaparse. ¿Cómo que se ha muerto Félix Grande?

Recitó entonces haikus y soleás. Para él la poesía era una, y ya. Poesía popular, poesía culta, poesía extranjera, poesía española: poesía. Decían que era flamencólogo —lo mismo se inventó él esa palabra— y recuerdo que nos habló de palos y soleás . Se vino a la conferencia del curso de Priego con guitarrista y todo, y después de cenar, montó él mismo el botellón. Félix Grande en directo, la guitarra siguiéndole, los discípulos detrás, media Discreta, y venga litros de cerveza hasta que cerraron la discoteca que nos la suministraba, y nosotros cerramos Priego. Fernando Fajardo estaba en su salsa: flamencófilo siempre, legado exultante de La Discreta ante el emperador de Tomelloso. 

¿Cómo que se ha muerto Félix Grande? Era un chaval alto y desgarbado, la espesa cabellera rizada y blanca de estatua romana, o de bluesman. No parecía ni español. Más bien tenía semblante y figura de hispanista extranjero, de guiri recién licenciado y en plena búsqueda etnográfica de raíces españolas. Con esa misma elegancia despistada. Llevaba un foulard al cuello que ya no se llevaba. Un rasgo de indumentaria rebelde —todavía— en sus años de provecta juventud.

¿Cómo que se ha muerto? ¿Cómo que Félix Grande? ¿Se muere y ya está? ¿Así se muere un poeta? ¿Como Manuel del Río, natural, como dijo Hierro? ¿Cuando muere un poeta se mutila el universo? Tomelloso se ha estremecido; pero los ignorantes ni nos enteramos.  Todo se va y todo transcurre, y este mar de viñedos eternos solo atiende a la cíclica bondad de las lluvias, y ni se inmuta siquiera con estos fríos y con estos hielos.

lunes, 3 de febrero de 2014

Necroilógicas - Tres grandes poetas

Por José Ramón Fernández de Cano

Últimamente, parece como que se ha puesto de moda morirse, o algo así. O tal vez es que vamos ya para una edad en la que nuestra rutina, como nos avisó Quevedo, consistirá en sentarnos a contemplar "presentes sucesiones de difuntos". Bueno, da igual; el caso es que, como se me dan bien las necrológicas, he decidido mandaros todas las semanas, a guisa de luctuosa recapitulación, algunas de las atingentes a las pérdidas por mí más sentidas.

Luis Aragonés


Tenía esa chulería castiza y genuina de los madrileños de barrio, la majeza auténtica que con resignación cansina sobrellevamos los que hemos nacido en las barriadas, tan alejada de esa chulería graciosilla, cateta e impostada de los arquetipos de Arniches (que, al fin y al cabo, no era sino un cateto levantino en la Corte de todas las Españas). Una tarde de fútbol dominguero, en su última temporada de míster rojiblanco, tuvo que sufrir varias veces la impertinencia de un cuarto árbitro que le instaba con vehemencia (¡a él, en el Manzanares de su mocedad, plenitud y decadencia!) a quedarse recluido en la angosta área destinada a los nerviosos vaivenes del entrenador. Cuando se le inflaron las pelotas, se fue hacia el mediocre trencilla, le miró a los ojos con esa cólera encendida con que exigía que le mirasen a él sus pupilos cuando les estaba cantado las cuarenta, y le espetó con una voz rotunda que se escuchó sin dificultad en buena parte de la grada: “Tú lo que tienes que hacer es quedarte sentadito de una puta vez, que te van a dar de hostias porque estás pisando el glorioso escudo del Atleti”.


José Emilio Pacheco


Lo conocí, hace ya un cuarto de siglo, en los Cursos de Verano de El Escorial, cuando en España apenas se le había leído (yo, al menos, lo ignoraba todo acerca de sus depurados versos y sus lúcidas prosas). Tuve la suerte de charlar durante un largo rato con él, y recuerdo que me dejó tan suspenso y deslumbrado que me fui diciendo para mí, a guisa de espontáneo elogio: “De todos los mejicanos que he conocido, es el que menos se parece a Cantinflas. Ni en el acento, oyes”.


Félix Grande


¡Ya sólo nos queda un Félix Grande (por cierto que también manchego)!