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miércoles, 16 de marzo de 2016

Sukkwan Island, de David Vann

Por Emilio Gavilanes


Cuando tenía 13 años, a David Vann (el autor de la novela) su padre le pidió que le acompañara a pasar con él un año en una isla perdida de Alaska. El niño no quiso acompañarle y unos meses después su padre se suicidó. El padre era un hombre depresivo y con problemas varios, pero Vann se ha preguntado toda la vida qué habría pasado si le hubiera acompañado.

            La mayor parte de la novela transcurre en una isla de Alaska, despoblada, a la que un padre y su hijo de trece años llegan en un hidroavión, que les deja y se vuelve a ir, con la intención de pasar un año en una cabaña alejada de la civilización (solo pueden mantener contacto exterior a través de una radio). El lugar es idílico: rodeado de bosques y montañas, junto a una bahía. El lugar perfecto para llevar una vida auténtica. El planteamiento es un poco el de Thoreau en su cabaña junto al lago Walden (más radical, pues la cabaña de Thoreau estaba a solo dos kilómetros del pueblo más cercano). Pero a Thoreau lo perdemos pronto de vista.

         Enseguida sabemos que el niño no quería hacer ese viaje y que ni él conoce mucho a su padre ni su padre le conoce mucho a él. Son padre e hijo, pero en lo más hondo son dos desconocidos. Más adelante comprenderemos que esta relación concreta es una metáfora de cualquier relación.

            Es otoño y empiezan a llegar los primeros fríos. Durante los primeros días nos recuerdan a Robinson Crusoe: cortan leña, cazan, pescan y ahúman carne, tratan de aprovisionarse de todo lo necesario para sobrevivir al largo invierno. Algunas tardes exploran los alrededores y se internan en una naturaleza salvaje que es uno de los grandes protagonistas de la novela. En nada se emplean tantas palabras en esta novela como en la expresión de esa abrumadora presencia material tan concreta. No falta el encuentro con la incontrolable fuerza animal, ejemplificada en un gigantesco oso pardo. Pero no es en el exterior donde está el peligro.

            Como cualquier construcción verbal, la lectura de esta novela no se resentiría si aquí se contasen los puntos clave del argumento (una buena novela es más una secuencia de palabras que un conjunto de ideas), pero es mejor que cada uno llegue a ellos por su cuenta.

            Esta es una soberbia novela de aventuras, a la vez exteriores e interiores, que tiene un poco de algunos de los escritores norteamericanos que a uno más le gustan: el nombrado Thoreau, el Jack London del Gran Norte, el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre, incluso la vida al aire libre de Huck Finn (solo ese aspecto; no hay nada del buen humor de Mark Twain)... escritores que ahondan en la oscuridad más grande del corazón humano y lo hacen con palabras claras.

            Después de leerla, uno le ha dado muchas vueltas a esta historia. Uno sospecha que este Vann ha debido de pensar mucho en lo que podría haber ocurrido si hubiese ido con su padre. Y en lo que debía haber ocurrido. La literatura explica lo que tenía que haber ocurrido, la vida siempre se equivoca. Quizá ha llegado a la terrible conclusión de que lo que ha escrito es lo que realmente ocurrió.